EN EL PERÚ DEL TERRORISMO Y LA GUERRILLA

La primicia de los estudiantes de periodismo

El autor, periodista peruano radicado en Madrid, cuenta la historia de cómo unos estudiantes de Comunicación de pronto se vieron frente a una de las noticias más espeluznantes del Perú de los años noventa: el hallazgo de los cadáveres de nueve estudiantes y un profesor asesinados por un grupo paramilitar.

La guerra desatada en los ochenta entre el Ejército y el terrorismo se libraba en el monte, lejos de la capital. Lo que ocurría en Los Andes aparecía como noticia en la portada de los periódicos y se veía con interés, pero como hechos que ocurrían a la distancia, lejos, las masacres y tomas de comarcas no formaban parte de la cotidiana vida de los limeños. Un día todo eso cambió, cuando el terrorismo avanzaba decidido a adueñarse no sólo de los rincones más inhóspitos e inaccesibles del Perú, sino de la misma capital, el pánico se empezó a propagar. El temor a que Sendero Luminoso alcanzara con las armas el poder se había convertido en tema de conversación en la calle, en centros de trabajo y entre familiares,  pero fue apenas a partir de los noventa cuando los ciudadanos de Lima aprendimos la lección de vivir con el enemigo y de temer ante cualquier extraño que se cruzara por la calle. El derrumbe de torres de alta tensión ocasionaba prolongados apagones, se detonaban bombas en empresas importantes, y resultaba inverosímil que cada semana volara por los aires una embajada o un canal crítico de televisión. Era una manera de advertir que los terroristas ahí estaban, confundidos entre nosotros. La policía y el ejército recurrían a diversas estrategias de seguimiento pero ni siquiera el servicio de inteligencia conseguía dar con el paradero de los más importantes cabecillas, los terroristas, se movían como cucarachas por la ciudad.

La noche que se produjo el atentado a la calle Tarata, en Miraflores, considerado el golpe más sanguinario perpetrado en Lima, yo tenía veinte años y me encontraba en clase de Análisis de los medios en un instituto de comunicaciones. El estruendo salvaje enmudeció al maestro; nosotros, los alumnos, abrimos más los ojos para tratar de ver lo inexplicable: otra bomba había explotado. La curiosidad empezó a carcomernos de tal manera que salimos a la puerta de la escuela, de igual forma los vecinos de la zona asomaban por sus ventanas con las radios encendidas. No tardaron en oírse sirenas de la policía, nunca escuché tantas al unísono, y las ambulancias que aceleraban veloces en dirección al corazón de Miraflores. Desde aquel día tomamos conciencia sobre lo que significaba el terrorismo y del peligro que acarreaba permanecer en la calle hasta altas horas de la noche o simplemente pasar cerca de un vehículo desconocido. Dos días después de aquella detonación en la calle Tarata, mientras Lima lloraba sus muertos, el ejército y el por entonces desconocido Grupo Colina (implicados en miles de violaciones a derechos humanos) empezaron una cacería despiadada por todos los rincones de la capital y alrededores.

Bajo la orden del comandante general de las fuerzas armadas irrumpieron en las instalaciones de la Universidad de La Cantuta. Aun sin contar con pruebas empezaron a gritar y a golpear puertas, se oyeron disparos al aire y, como si pasaran lista, el nombre de nueve estudiantes y un profesor. A todos se los llevaron. Entonces seguía en libertad Abimael Guzmán, cabecilla y cerebro de Sendero Luminoso, quien, según rumores, vivía recluido en Lima, pero nadie daba con su paradero. Los soldados del ejército buscaban venganza, Lima clamaba justicia y paz, sobre todo paz. Los terroristas soñaban con el poder. Alcanzarlo era su consigna.

Esa noche la Universidad de la Cantuta se convirtió en un foco de atención generalizada, se hablaba de que ahí había terroristas, que ahí dormían y vivían para concientizar a los estudiantes hasta hacer de ellos fieles senderistas marxistas-leninistas. Se rumoreaba que desde las aulas se había planificado el atentado a la calle Tarata.

Conciertos, teatros y cines contaban con equipo electrógeno, pero con la posibilidad del atentado terrorista como amenaza… uno asistía convencido de que se corría un riesgo. Así se vivía entonces, así se moría también. La locura del servicio de inteligencia dispuesto a todo por capturar a Abimael Guzmán se había generalizado y se decía que detrás estaba el ejército; detrás del ejército, el comandante de las fuerzas armadas y el grupo Colina que recibía órdenes directas de Vladimiro Montesinos, el hombre más mefistofélico que ha tenido el Perú y que vivía oculto en su oficina con túnel. La impactante  noticia de la desaparición de nueve estudiantes y un profesor de la Universidad de La Cantuta  no tardó en correr como la pólvora tanto por las redacciones como por las organizaciones de derechos humanos. Familiares de los desaparecidos se sumaban a la búsqueda, se decía que el ejército los había capturado y que los mantenía prisioneros con el fin de encontrar pruebas de los próximos planes de Sendero Luminoso. Se rumoreaba que estaban vivos, los familiares tenían plena seguridad de que, tarde o temprano, sanos y salvos volverían a casa, pero el asunto, conforme transcurrieron los meses, creó toda una ola de ambigüedades y hasta se habló de un autosecuestro con el fin de perjudicar al gobierno de Fujimori.

Un año más tarde de la desaparición de los nueve estudiantes y el profesor, en julio de 1993, el servicio de inteligencia capturó a  Abimael Guzmán. Lo sacaron con un traje a rayas en televisión para que el mundo entero lo viera, enjaulado como un león salvaje, como un cerebro peligroso. Los terroristas de Sendero que acataban sus órdenes empezaron a replegarse nuevamente al monte y cada vez se hacía más fácil dar con ellos. Se les capturaba aun cuando se consideraban en la clandestinidad y ya no había tantos atentados, pero los habitantes de Lima, marcados por aquella fatídica explosión en la calle Tarata y las desapariciones, seguían con el temor en los ojos. El miedo a morir era cosa de todos los días.

Yo continuaba con mis estudios de comunicaciones, ya me quedaba poco para culminar. En parte, vivía afanoso por encaminarme como periodista o productor de medios audiovisuales, no lo tenía muy claro. Al igual que muchos jóvenes, me encontraba en medio de una falta de orientación y los fines de semana, por las noches, en las discotecas de moda, bailaba las canciones de los grupos nacionales que criticaban al gobierno y al terrorismo, rabioso, pero también haciendo mofa del mal tiempo que nos había tocado vivir y asimismo convencido de que al regresar a casa un coche bomba nos podría matar.

Trabajaba por la mañana y estudiaba por la tarde. Por culpa del tráfico a veces me atrasaba para la primera hora de clase. Aquel viernes un accidente de un coche y una combi causó un impresionante atasco en la carretera, se desvió la ruta y llegué tarde a la escuela. Días antes, con los compañeros del curso de medios audiovisuales, como parte de un proyecto final, empezamos a elaborar un informativo de televisión. Incluía la construcción del escenario, elegir a los conductores de las noticias, a los camarógrafos del set y a los coordinadores de cámaras interiores y de la sala de controles desde donde se efectuaría la transmisión interna durante una hora. Cuando me presenté en clase el maestro se refería a los problemas de la señal. No fui el único en retrasarme, por suerte. Inmediatamente después de mi súbita irrupción en el aula, Leslie tocó la puerta y se ubicó a mi lado. Ya se habían asignado los puestos. Quedaban solamente dos. Yo elegí reportero. Leslie se tuvo que conformar con la cámara. Al día siguiente,  junto con el jefe de práctica y Leslie, salimos en dirección a una huelga de médicos en las afueras del Hospital del Empleado, huelga que nunca se produjo y que nos estropeó el entusiasmo despertado: la idea de cubrir una noticia de verdad se convirtió en un ansia por ver nuestro informe en el noticiero inventado entre todos.

Ese año las temperaturas altas, desde temprano, ubicaban al sol en lo alto como una amenaza, Lima ardía horrores. A medida que transcurría la mañana el tráfico cortado por la supuesta huelga de médicos cobraba normalidad. Ubicados enfrente del nosocomio, no teníamos claro hacia dónde dirigirnos. En vez de volver a la escuela con las manos vacías decidimos enrumbar en taxi al Congreso de la República. ¿Para qué? Leslie y el jefe de prácticas estuvieron de acuerdo conmigo en rellenar el informativo inventado con una improvisada entrevista a cualquier parlamentario. Pasamos un primer control de seguridad, pero en el segundo control, flanqueado por dos columnas de policías, nos solicitaron documentación. Al ver la cámara y el micrófono un oficial preguntó que de dónde veníamos y entre risas y nerviosismo le expliqué nuestro interés en grabar simplemente por unos minutos el acceso al recinto como parte de unas prácticas para la escuela de comunicaciones. Abierto el paso, nos ubicamos cerca de un grupo de reporteros acreditados que de rato en rato silenciaban sus frívolas conversaciones para fijarse en aquellos improvisados intrusos ubicados, al igual que ellos, en las afueras del hemiciclo. Pero nosotros, inmersos en una completa novedad, queríamos grabar un par de declaraciones sobre cualquier tema y volar a la escuela para editar las imágenes.

En cuanto salió el congresista representante de la comisión de derechos humanos los reporteros lo empezaron a rodear como parte de una gastada costumbre diaria. Recibimos codazos, sin querer pisé un cable y un camarógrafo me hizo a un lado; cogí el micrófono y me abrí paso con las manos y Leslie, cámara al hombro, se ubicó detrás de mí para grabar aquellas enérgicas declaraciones. Sorpresa fue la nuestra cuando de su bolsillo el congresista extrajo un papel con un improvisado mapa, se colocó bien las gafas y a voz en cuello se dirigió a toda la opinión pública para aseverar que en ese preciso instante se acababan de encontrar los posibles restos de los nueve estudiantes y el profesor de La Cantuta, desaparecidos hacía un año. Una vez confirmaba la ubicación del hallazgo —carretera de Cieneguilla, kilómetro 14—, los reporteros, presurosos corrieron a sus unidades móviles estacionadas cerca de la zona. Había tal alboroto en las afueras del hemiciclo que nadie reparó en nosotros, y fue así como quedamos con las manos vacías en una desolada puerta de acceso frente a decenas de relajados policías que le hacían ascos al sol. En los instantes en que ya nos disponíamos a marchar cabizbajos en dirección al hotel Bolívar, donde las gitanas asaltaban turistas —importante para el informativo—, de un aparcamiento un coche oficial salió a nuestro encuentro. Del interior, con paso seguro, bajó otro congresista de la Comisión de derechos humanos.

—¿Algunos miembros de prensa que quieran subir a mi coche? —preguntó.

Levanté la mano y seguido por Leslie, sin saber bien por qué, corrimos al confortable vehículo oficial. Yo subí a la parte de atrás y me ubiqué al lado de la doctora Gloria Helfer, que después sería ministra de Educación. En la parte delantera se sentó Leslie, a un lado del congresista. El coche ingresó a la carretera y, después de bajar el cristal, alcancé a ver a todas las unidades móviles de los periodistas detrás de nosotros. Me dio la sensación de que nos habíamos colado en tierra de nadie, por la puerta grande. Cuando el congresista preguntó a qué medio de comunicación pertenecíamos Leslie, que en parte se había visto obligada por mí a subir al coche, me miró como escudándose para que yo contestara a tan comprometedora pregunta.

—Somos estudiantes —aclaré con los dedos cruzados.

—¡Estudiantes! —exclamó el parlamentario.

Casi se le salen los ojos. Supuso que veníamos de algún canal de televisión, pero después de hacer bromas sobre dejarnos en medio de la carretera no se habló más del tema.

Entrar al desierto del kilómetro 14 por esa carretera accidentada rodeada de muladares fue como ingresar en la boca del lobo. Tuvimos que subir los cristales para evitar el contacto con la tierra que había empezado a levantarse a medida que el coche avanzaba. Enormes  moscas zumbaban por todas partes, un niño desnudo correteaba mirando al sol, extraños personajes delgadísimos y de pómulos salientes miraban atentos el ingreso de toda la caravana de vehículos. La cabeza de un colorido y sonriente muñeco hecho con un palo de escoba, y puesto seguramente para diferenciar la zona de otras, se hallaba en la entrada y hacía del lugar un territorio de verdadero espanto. En el instante que llegamos al punto señalado bajamos de prisa. Las primeras imágenes de Leslie se sumaron a los cientos de fotos. Reporteros de diversos medios de comunicación incrédulos seguían presentándose en la zona, lo mismo que representantes de la Cruz Roja, de la ONU y de distintas agencias de noticias. Al igual que otros periodistas, elaboré un texto y lo narré mirando fijamente a la cámara de la escuela. Había expectación en el ambiente rodeado hasta por algunos curiosos que vivían en los cerros de los alrededores y que habían bajado para ver lo que sucedía. La incredulidad se hacía evidente solamente en las miradas y los rezos de los familiares que se habían presentado en la zona quién sabe cómo.

Una vez confirmada la demorada presencia del médico legista, el juez dio la orden para empezar a remover la tierra. Al principio solamente se escuchaba el contacto de la lampa y la respiración de aquel excavador que se había colocado una capucha, no se veía nada en la profundidad del primer montículo marcado pero, a medida que se hacía más honda la excavación fueron apareciendo huesos en cajas de cartón, restos de cráneos y un manojo de llaves, lo que determinó, en parte, que se trataba de los nueve estudiantes y el profesor. Pese a que faltaban las pruebas respectivas, la hipótesis de que habían sido asesinados y quemados cobraba sentido.

Obviamente, la noticia dio la vuelta al mundo. Ya se había hecho de noche cuando salimos al encuentro con la carretera. Un periodista muy amable nos acercó hasta la entrada de Lima. En la puerta de la escuela de comunicaciones el director aguardaba impaciente ante el desconocimiento de nuestro paradero. En cuanto puse la cinta de video se quedó pasmado pues teníamos las mismas imágenes que a cada minuto se transmitían como primicia por televisión.

Con los años, han pasado muchos, le perdí el rastro a Leslie, creo que ahora radica en Estados Unidos. Suele ocurrir con mucha gente a la que le perdí el rastro. Estados Unidos es el lugar perfecto para los amigos del pasado. Siempre los imagino así. En Estados Unidos. No sé qué ocurrió con la cinta de grabación, supongo que se habrá borrado o empolvado hasta el extravío. Lo cierto es que aquel día valió más que todas las clases. La escuela ya no existe, pero cada vez que se cumple un año más de la masacre de La Cantuta busco en las imágenes de la televisión mi cara, y a veces me encuentro ahí de perfil, la mitad de mi rostro en los alrededores de una fosa, cuando una de las noticias más impactantes de la guerra interna que libró el Perú, sin tener idea, me hizo partícipe de una verdadera  información para un informativo de mentira. Los culpables de esta horrenda masacre, aunque parezca un invento, miembros  del grupo Colina, siguen libres. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Julio 2010


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