EN EL TALENT CAMPUS DE GUADALAJARA

Dillon, Gifford y Tolkin en un mismo menú

En el reciente Festival Internacional de Cine de Guadalajara hay una actividad muy peculiar, una oportunidad abierta para cualquiera y que recuerda a la Feria Internacional del Libro, donde todo mundo puede acudir a talleres o escuchar al Premio Nobel en curso de forma gratuita.

Seguimos entre las bestias ignorantes aparentado ser ángeles.
—B. Gifford, Las Cuatro Reinas

Con esfuerzos como el Talent Campus el festival se abre y democratiza. La parte literaria (invisible para el cine) fue especialmente importante pues el guión fue muchas veces el centro de atención. A esta edición del FICG asistieron dos invitados muy relacionados con la literatura y el cine: Barry Gifford y Michael Tolkin, escritores, novelistas y guionistas.

Michael Tolkin

Tolkin ha dirigido las cintas The New Age y The Rapture.1 Esta última, relativamente desconocida, explora las creencias religiosas extremas. Tolkin tiene una vasta experiencia con estilos contrapunteados (de The Rapture a la popular Deep Impact); su visión es muy amplia (y en consecuencia grata para un foro con estas características) respecto de la fórmula de trabajo que se gesta en la industria cinematográfica estadounidense. Inmejorable la vigencia de Tolkin: coescribió Nine, película de género musical  inspirada en el Ocho y medio de Fellini.

Entre no pocos asistentes (y que fue una constante) se ventiló un acentuado odio por el cine de Hollywood y los Estados Unidos. La primera pregunta que se le formuló a Tolkin fue: ¿Qué opina de esos dos imperios? El guionista estadounidense dividió su respuesta: Hollywood ha sanado porque la crisis que lo aquejó va de salida (así que sigue siendo un imperio) y el imperio mismo —Estados Unidos— no morirá, está enfermo pero no morirá. En esa tónica, Michael Tolkin dijo que en ocasiones ve al cine latinoamericano muy ligado a su historia, bajo la lupa o el yugo político, precisamente, lo cual quizás ha truncado otras líneas creativas, narrativas y de expresión. Desde luego, el cine latinoamericano es más diverso, pero el comentario se enfocaba a la sobrevaloración del entorno sociopolítico (de preferencia oscuro) que le da credibilidad al hecho de “hacer cine de contenido” más allá de contar una buena historia y nutrir a los personajes que la viven. “Lo que importa es una buena historia”, dijo. Los asistentes a su charla seguían viendo en Estados Unidos el Inferno del Mundo; quizás sí lo sea, pero en el universo del cine poco importaba. Hollywood y Estados Unidos no son Goebbels encarnado, anotó el escritor. Él trabaja y escribe sin rendirle culto a la política. No toma partido. Tolkin le regresó una pregunta a la audiencia: “¿Quién de ustedes quiere ir a Hollywood?” A él le gusta lo que hace y nadie puede modificar el hecho de que Hollywood es una meca cinematográfica, la más poderosa. El también novelista, autor de The Player y The Return of the Player, también dijo que no sólo está el mercado de Estados Unidos para vender guiones, ahí están China y Rusia, y aseguró que en esos dos países están aceptando nuevas ideas. ¿El punto para los guionistas? Trabajar y vender su historia, una buena historia. Irónicamente, este autor tan relajado en su forma de trabajar retrató con aguda mirada crítica el mundo del cine asaltado por voraces ejecutivos en su novela The Player, llevada a la pantalla por Robert Altman.

Un punto en común de dos plumas

Barry Gifford

Tanto Gifford como Tolkin estuvieron de acuerdo en un punto: el guión no es como una novela (su valor literario es relativo) y su proceso natural es el de recibir cambios de gente ajena al autor, en especial del director. Los dos tienen ya muy interiorizado y asimilado ese proceso. Barry, también con un estilo desenfadado (entrevistado por el director tapatío Antonio Urrutia) afirmó que a él le gusta que los directores cambien sus guiones y novelas adaptadas. Cree que es más grato explorar nuevos caminos a partir de los ya abiertos. A él le decepciona que los directores lleven al pie de la letra sus textos y nombra el caso específico de su novela Perdita Durango, la cual fue recreada en la pantalla por Alex de la Iglesia en 1997. Según Gifford, la cinta está muy apegada al libro. También mencionó Lost Highway, para la que Lynch se basó en la novela de su autoría Night People. Gifford confesó que David Lynch deseaba encarnar el libro tal cual, pero el escritor lo invitó a llevar la historia más lejos. El director le arguyó que había pasajes de la novela que quería dejar intactos, a lo que Barry asintió pero animó a su colega a crear nuevo material. El resultado ahora vive en la pantalla. Esto habla de una comunión muy ilustrativa entre uno de los directores más inquietantes y emblemáticos que ha dado el cine estadounidense y un escritor surrealista que sostiene un romance abierto con la cultura de la frontera entre nuestro país y el vecino del norte. Dice Gifford que las fronteras son especiales porque son otro país distinto en medio. Simple y ameno a la hora de charlar, Gifford es tan consciente de su labor que en ocasiones sabía que la historia iba a cambiar por cuestiones fortuitas: el texto de Night People daba para una hora y media, mientras que Lynch necesitaba dos horas o más, por contrato, para Lost Highway. Para él eso no era un impedimento, por el contrario, sabía que el guión es invisible (como lo señala J. C. Carrière) y que la imagen tiene otra lógica a la cual se debe adaptar, siempre respetuoso de la visión del director y apegado a los lineamientos de los estudios o los productores. Así de simple. En otra de sus confesiones explicó que una de las escenas más fuertes y representativas de Wild at Heart, también de David Lynch, había sido tomada prestada de Perdita Durango. ¿La razón? El relato lo ameritaba. Así de caprichosa es la creación de un guión y su puesta en pantalla. Otra de las razones por las cuales Barry está interesado en la frontera es que no encuentra lo acartonado de su país, Estados Unidos, pues en México hay, dijo, “invisibilidad; muchas desapariciones”, y “mucho misterio”.

Gifford, también poeta (su libro Las cuatro reinas, con marcada influencia de la cultura mexicana, estaba a la venta ese día), anunció una edición especial de colección de su ya clásica serie de novelas de Sailor and Lula (base de Wild at Heart). Gifford es un defensor de la imaginación y la soledad y se declaró enemigo de las nuevas adicciones tecnológicas, como Facebook o Twitter: “Cada vez menos gente se da tiempo para leer, especialmente literatura”; “Ya no estamos solos, no hay oportunidades de pensar”; “Todo está dentro de uno”, y la frase más importante de la charla: “El silencio es el lugar donde todo sucede”.

Matt Dillon

Matt Dillon, ¿un maestro sin experiencia?
“No tengo mucha experiencia como maestro”, dijo casi inmediatamente este actor icónico y desaliñado ante sus invitados. Hablar de Dillon y omitir su maestría es casi un error porque este actor estadounidense ha participado en filmes emblemáticos como Drugstore Cowboy (donde trabajó al lado de William  Burroughs), Rumble Fish o The Outsiders. Es hablar de directores ligados a él como Francis F. Coppola o Gus Van Sant y es reconocer a un actor que ha interpretado a personajes de la talla de Charles Bukowski (en Factotum). Más allá del status de actor de culto o militante del star system, Dillon es más bien un tipo bromista, cálido y centrado: empezó a comentar sus primeras experiencias, más cargadas a la pasión y el hambre por actuar que al método certero. Iracundo, explicaba que sus primeras relaciones con directores fueron basadas en el berrinche y las malas palabras. Por ello se ganó el sobrenombre burlón de “Marlon”, aludiendo al temperamental Marlon Brando). Estas experiencias sucedieron cuando Matt cursaba la preparatoria y obtuvo papeles breves como en la cinta Over the edge. Curiosamente, en ese tiempo, dijo, el joven actor no se proponía entregarse al oficio profesionalmente.

Sobre su estilo de trabajar mencionó un par de técnicas pero resumió que lo académico y lo intuitivo deben coexistir cuando mejor convenga. No hay nada absoluto, sino flexibilidad. Una de las prácticas a las que aludió fue la suplantación, la cual consiste en atribuirle a un actor con el que se comparte el foro el sentimiento que se tiene con alguien cercano, lo que ayudaba a la parte emocional del personaje que encarna.

El también director la cinta City of Ghosts (2002), con guión de él mismo y de Gifford, contó las vicisitudes de supervisar el trabajo de sus colegas. Una historia tuvo como locación Camboya, donde contaba con los servicios de los actores del Royal Theater y quienes venían de una escuela de actuación muy clásica. Relató de manera graciosa cómo uno de ellos, para señalar una calle en una escena muy breve, hizo movimientos extraños, cuasi épicos, lo que soltó la risotada de los presentes —Dillon se levantó de su silla para ilustrar la acción. Otra de las conclusiones a que llegó el invitado de honor en su Master Class fue la de que “todos llevamos dentro un actor” y eso, cuando se monta en un paisaje profesional, ofrece la oportunidad de la espontaneidad, porque en ocasiones las personas que no son actores no cargan con vicios y se entregan con más pasión, cosa que los profesionales olvidan, quizás por perezosos, explicó.

Así sucedió el Talent Campus Guadalajara, también con actividades especializadas y a puerta cerrada para estudiantes (su función primordial), del 11 al 15 de marzo, y contó también con la participación de otras personalidades, como Todd Solondz. ®

Nota
1. Vea la crítica en The New York Times (en inglés). Ahí mismo viene el avance cinematográfico.
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Publicado en: Abril 2010, Cine


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  • Pablo Bernhart

    Vaya que está bobita la nota. ¿O el autor será del departamento de publicidad del festival?