En los límites del rock

Day of Reckoning de Destruction

Activos desde hace más de un cuarto de siglo, pertenecientes a los llamados Tres Reyes del thrash metal alemán, junto con Sodom y Kreator, con un impasse noventero común a muchos thrasheros en esa década, y con renovados bríos desde hace diez años, Destruction se ha mantenido fiel al núcleo musical básico del underground desde su incepción masiva hace ya casi tres décadas.

Incluso en nuestros días, cuando prácticamente no hay subgénero del rock que no sea englobado por el mercado, el heavy metal underground conserva la frescura periférica del tiempo que lo vio nacer, hace ya unas buenas tres décadas. Alejado en la actualidad de las carencias iniciales que forjaron su leyenda, como fueron los magros presupuestos de promoción (así Voivod dibujando sus propias portadas en 1983, o Metallica haciendo sus propios flyers en 1982); las producciones de mala calidad (el primer EP, del 84, de Celtic Frost grabado en ocho canales) y las audiencias magras (Flotsam and Jetsam tocando en bares minúsculos de Los Ángeles hace treinta años), continúa empero generando un tipo de música recalcitrante y limítrofe, bamboleando siempre entre el gran público y el rock de culto.

Con diferencias notables entre sus actuales supervivientes, que van de la presencia esporádica y discreta ante audiencias fieles pero restringidas, como es el caso de Possessed, a las giras mundiales ante miles de fanáticos, como ocurre con Megadeth, lo cierto es que el underground ahora se encuentra ligado de diversas maneras con el mainstream. Marketing estandarizado, sellos discográficos con distribución mundial y managers de cabecera para organizar giras locales e internacionales, así como una dinámica base de fans, son la constante entre las bandas actualmente activas del metal subterráneo.

Pero, a pesar de todo lo anterior, el heavy metal underground posee todavía un vigor sonoro contestatario que ningún otro género del rock ha podido suplantar. En una época, la actual, en que la mera imagen pretendidamente rebelde pasa por lo más irreverente que se pueda tener, y cantantes absolutamente plegados a los dictados del mercado son elogiados como epítomes de lo exasperado, la propuesta metalera subterránea continúa firme como una de las grandes opciones de lo musicalmente inconforme.

Incluso en nuestros días, cuando prácticamente no hay subgénero del rock que no sea englobado por el mercado, el heavy metal underground conserva la frescura periférica del tiempo que lo vio nacer, hace ya unas buenas tres décadas.

Así, en un inmenso cliché difundido hasta el hartazgo por los mass media globales, una cantante de Adult Oriented Records (AOR), como lo fue Amy Winehouse, se equipara frívolamente con legendarios artistas de los sesenta (Hendrix, Joplin, Morrison) y se pretende hacer de su toxicomanía el martirologio que nuestra época necesitaba. O qué decir del reciclaje de motivos visuales chocarreros, propios de los noventa, tamizados por una música pop adecuada para las discotecas y la radio comercial, que Lady Gaga efectúa por medio de una poderosa estrategia de mercadeo y que es vendida al gran público como la nueva representante de la provocación moralmente incorrecta.

Que nadie se confunda. Lo que determina el nivel de lateralidad con respecto al núcleo normalizado del mercado no es el grado y la suma de las adicciones, la cantidad de tatuajes o los consultores de imagen que se contraten, sino la música de manera primordial. Es únicamente por medio de ésta como el rock puede independizarse, o por lo menos refutar la confortabilidad normalizada de la industria musical globalizada.

El nuevo disco de los alemanes de Destruction es una vigorosa muestra de esto último. Activos desde hace más de un cuarto de siglo, pertenecientes a los llamados Tres Reyes del thrash metal alemán, junto con Sodom y Kreator, con un impasse noventero común a muchos thrasheros en esa década, y con renovados bríos desde hace diez años, se han mantenido fieles al núcleo musical básico del underground desde su incepción masiva hace ya casi tres décadas.

Con dos de sus miembros originales al frente, el cantante y bajista Schmier, y el guitarrista Mike Sifringer, más la anexión desde hace un año del destacado baterista, Vaaver, el trío de germanos han realizado un disco excepcional. Grabado con pulcritud y a todo volumen, con especial esmero en las texturas guitarristas y percutoras, el disco es una muestra ejemplar de las posibilidades sonoras del thrash metal.

Así, la tripleta de tracks con los que se inicia el disco, “The Price”, “Hate is My Fuel” y “Armageddonizer”, marcan la maestría de un género que ya puede considerarse maduro en el mundo del rock. Una base rítmica a toda velocidad, acompañada de un rifeo puntual y elevado más una vocalización que mantiene una paradójica armonía con base en el desgañitamiento, dan vida a una música vigorosa y alerta, saturada y sin concesiones, aderezada con los temas recurrentes del género: la guerra, la maldad humana y el nihilismo como engendros eminentemente humanos, por más que a lo largo del tiempo se los haya hipostasiado en una pléyade de entidades pretendidamente sobrenaturales que son las que plagan el grueso de las religiones al uso.

(Aquí, para los interesados, el track inicial disponible en la red).

Con dos de sus miembros originales al frente, el cantante y bajista Schmier, y el guitarrista Mike Sifringer, más la anexión desde hace un año del destacado baterista, Vaaver, el trío de germanos han realizado un disco excepcional. Grabado con pulcritud y a todo volumen, con especial esmero en las texturas guitarristas y percutoras, el disco es una muestra ejemplar de las posibilidades sonoras del thrash metal.

La grabación no da respiro en ninguna de sus piezas y cada una tiene sutilezas que ofrecer, las cuales son de notar en un tipo de música cuyos detractores más de una vez han calificado de repetitiva y, en consecuencia, aburrida. De esta manera, “Devil’s Advocate” resalta los destiempos, intentados con solvencia desde “Armageddonizer”, mientras que la rola que da nombre al disco, “Day of Reckoning”, pone énfasis en la elevación del requinto y los pasajes para el impromptu de la guitarra, en tanto que “Sorcerer of Black Magic” rinde homenaje al Death Metal, por medio de la cita por performance en ciertos momentos de la vocalización de Schmier, al tiempo que resalta el prolijo trabajo de su bajeo y permite un breve pero destacado solo de guitarra a cargo de Sifringer.

“Misfit” pone en primer plano la velocidad y la pulcritud en la ejecución de la batería de Vaaver, en un alarde de producción que permite escuchar prácticamente in situ la pegada sobre el doble bombo y las tarolas por parte del baterista; esta pieza, en vivo, daría pie de manera excelente a un solo de ese conjunto instrumental, tan esperado y alabado por los fans en el mundo entero.

“The Demon is God” muestra una marcada influencia de Megadeth y, al hacerlo, pone de manifiesto la historia musical autoforjada por el metal extremo, puesto que puede identificarse con certeza en el género una línea del tiempo que marca un inicio espectacular, una consolidación (que, al mismo tiempo, fue también una depuración) y un momento de magistralidad, es decir, cuando ya la tradición ha comenzado a sedimentarse en influencias, retomas y rehechuras en torno a un núcleo musical común especializado.

El final del disco con “Church of Disgust”, “Destroyer or Creator” y “Sheep of the Regime”, es el remache de un álbum entero, poderoso de principio a fin, veloz, novedoso. Porque si algo revela el más reciente disco de Destruction es la capacidad para regenerar una fórmula ya hecha. Por medio de la perfección instrumental, la fuerza performativa y la matriz roquera perfectamente delimitada del heavy metal underground; éste, lejos de envejecer, se ha convertido en una veta inagotable de creaciones musicales que, hoy como antaño, comparten un cualidad común, a pesar de todo: ser el límite del rock, el extremo por excelencia del arte popular masivo de nuestro tiempo. ®

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Publicado en: Agosto 2011, Música

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