Enamorada tremendamente de Catherine

De cómo casi conozco a la señora de Douglas

“Iré a Nueva York en un mes”, le dije a Carlota, mi amiga, y lo primero que hizo fue mandarme fotografías del departamento donde vive Catherine Zeta-Jones, nuestra amada Catherine. Aclaró que estaba frente a Central Park y me confió la secreta misión de buscarla, cosa que honestamente no planeaba llevar a cabo.

Oh, Catherine!

Oh, Catherine!

Desde los seis años esa actriz marcó mi vida. Fui al cine a ver La máscara del Zorro y no me estaba gustando hasta que Antonio Banderas desgarró el vestido de Catherine con su espada y ella quedó con los senos apenas cubiertos por su cabello. No pude creer la belleza de aquella actriz desconocida. Con el paso del tiempo olvidé la escena. Siete años después mi hermano y yo vimos Chicago. De nuevo me flechó, aunque no sabía que era la misma mujer que hacía un tiempo había despertado mis primeras sospechas homosexuales. Cuando lo averigüé me enamoré tremendamente de ella durante toda mi adolescencia. Tremendamente.

Visité la Gran Manzana y una semana antes de regresar a Guadalajara fui a un museo del cual me corrieron porque llegué demasiado tarde. No sabía qué hacer, así que me puse a caminar por Park Avenue. Aunque llevaba ya casi treinta días en la ciudad de mis sueños, los edificios y la gente seguían hipnotizándome. De pronto me topé con un inmueble que me pareció conocido: tenía unos quince pisos, era tinto con blanco y las columnas que lo adornaban hacían recordar la Antigüedad clásica. Lo miré concienzudamente intentando acordarme dónde lo había visto antes, hasta que se me prendió el foco: ¡era el de Catherine! Busqué las fotos en mi celular y ¡eureka! Me quedé de una pieza. Crucé la calle y tomé asiento en una banca afuera de Central Park observando el lugar. Pensé en irme, pero ése era el momento que había estado esperando durante más de diez años. Estuve una hora ideando el plan perfecto que me permitiera entrar. Se me ocurrió analizar la logística para averiguar si podía irrumpir en los departamentos y gritar su nombre hasta que ella saliera, pero asumí que tal cosa era peligrosa. De pronto empecé a temblar de nervios; ¿y qué tal si la conocía? ¿Qué le iba a decir? ¿Y si me desmayaba? ¡Qué pena! Posteriormente recordé mi mala suerte y me tranquilicé. Seguro no pasaría nada.

¡Estaba en la casa de Catherine Zeta-Jones! Fue difícil contener mis nervios. Esperé unos minutos mientras mi nuevo mejor amigo buscaba pluma y papel. Cuando regresó se aproximó un anciano y me presentó como una fan de la actriz.

Cruzando la calle, afuera del lobby, dos mozos abrían las puertas de los coches que llegaban y del edificio. Se veían muy amables, trabajadores. Pensé en seducirlos, pero soy demasiado torpe para esas cosas, y más en otro idioma, así que tomé valor para acercármeles e intentar dialogar con ellos. Llegué y les dije: “Hello, my name is Adriana Mojica, I came all the way from México just to see Catherine Zeta-Jones. I know she lives here because I’ve seen this building in several of her pictures. I don’t wanna cause any trouble, I just wanna know if I can see her”. De pronto uno de ellos, el más grande, me contestó en español, era sudamericano. Por un momento no supe cómo reaccionar, así que me quedé callada un minuto. Me dijo que, en efecto, Catherine vivía ahí, pero justo ese día en la mañana ella y Michael habían salido de vacaciones. Se me fue el alma al piso, estaba tan cerca y tan lejos. El señor notó mi decepción y me dijo algo como “No creo que tarden mucho en regresar, siempre salen”. En eso tuve otro impulso, le pedí que me avisara cuando la pareja regresara, así que quise darle mi número telefónico, pero él no tenía dónde escribir, así que me hizo pasar al lugar. ¡Estaba en la casa de Catherine Zeta-Jones! Fue difícil contener mis nervios. Esperé unos minutos mientras mi nuevo mejor amigo buscaba pluma y papel. Cuando regresó se aproximó un anciano y me presentó como una fan de la actriz. Nos dimos la mano amablemente y siguió su camino. Anoté mi teléfono y me deshice en agradecimientos. Salí flotando.

En cuanto llegué al departamento de mi hermano, donde me estaba hospedando, le mandé un e-mail a Carlota contándole todo con lujo de detalles. Contestó ipso facto diciéndome que Catherine tenía que estar en Nueva York tres días después, ya que Michael acudiría a una beneficencia. No cupe en mí de la emoción. Cuando pasó ese lapso, fui corriendo a Park Avenue esquina con la calle 78, si mal no recuerdo, para probar mi suerte otra vez. Durante todo el trayecto iba repitiendo la frase “Voy a conocerla”, como un mantra. Otra vez temblé de nervios, así que de nuevo crucé la calle para calmarme un poco.

Hasta la vista, baby!

Hasta la vista, baby!

No veía al señor por ningún lado, así que fui a averiguar dónde estaba. Llegué al edificio y me abrieron la puerta, iban a llevarme al elevador para preguntarme a cuál piso iba, pero antes de hacerle caso a mi impulsividad y tocar en cada puerta para buscarla, mejor pregunté por el latino. Me dijeron que se llamaba Mario y que no tardaría en llegar. Dejaron que me quedara dentro a esperarlo. Tomé asiento en una pequeña escalera y comencé a escribirle una carta a la mujer de mis sueños diciéndole lo mucho que la admiraba. Estaba en eso cuando un hombre joven se aproximó a mí y preguntó: “¿Que me buscabas?” Le respondí que no, yo estaba aguardando por Mario. “Soy yo”, exclamó ofendido, así que tuve que describirle al otro tipo, arrepintiéndome por no haberle preguntado su nombre con anterioridad. Mario, que ya estaba un poco molesto, dijo que a quien yo buscaba era a Rubén y cuestionó mi estancia ahí. Tuve que echarle el mismo discurso de tres días antes en el que me había declarado fan de Catherine. Pareció enojarse aún más y, dirigiéndome a la puerta, aseguró que ahí no vivía ella. Estaba corriéndome sutilmente. Quise explicarle que había visto el lugar en varias fotos, pero no me dejó. Yo ya estaba afuera a punto del llanto. Caminé por Manhattan mientras rompía la carta que había escrito cinco minutos antes, y terminé sentada en un parque maldiciendo mi mala suerte. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Junio 2013


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  • GoB

    Esta historia me hace apreciar en una luz diferente la ocasión en que un pequeño de 5 años me sometió a ver El Zorro 3 veces, en forma contínua.