Encontrar a Helena

Fragmento de Otras caras del paraíso

Prácticamente no oí ruido alguno, ni chirriar de puerta ni tacones agoreros; de pronto, levanté ape­nas los ojos y encontré que mi campo de visión se componía de la desordenada superficie de mi escrito­rio y, más allá, un par de piernas estupendas.

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No recuerdo qué estaba leyendo. Probablemente era alguna novela americana contemporánea, ya que por lo general éstas me provocan niveles más bien neuró­ticos de concentración, lo que no ocurre con otro tipo de lectura. Malinchismo neuronal o simple pereza en­gendrada por la lengua materna —lo que se oye muy edípico—, al estar leyendo algo en español basta el es­tornudo de una mosca para distraerme. Y además, con frecuencia me lanzo a perseguir ese insecto hasta abatirlo con el libro en cuestión, el que, vengativo, muchas veces se deshoja. Pero en esto soy inflexible: mi lugar de lectura es una no-fly zone definitiva. Lo que quiero decir es que, pese a que me precio de ser un buen lector —aunque Carlitos Park, mi compañe­ro que le hace a las letras, no está muy de acuerdo—, abandono tan insigne forma de comunicación con suma facilidad. Por ello supongo que esa tarde estaba leyendo alguna novela americana contemporánea en inglés. Prácticamente no oí ruido alguno, ni chirriar de puerta ni tacones agoreros; de pronto, levanté ape­nas los ojos y encontré que mi campo de visión se componía de la desordenada superficie de mi escrito­rio y, más allá, un par de piernas estupendas. La pers­pectiva terminaba, en su parte superior, con un trozo de minifalda café.

Pero, antes de completar el cuadro, permítaseme presentarme. Y aclarar por qué no me apresuré a lle­narme los ojos con lo que faltaba ver.

Mi nombre es Francisco Reyes Ibáñez, ingeniero y catedrático del Tecnológico de Monterrey, o ITESM, campus Laguna, el cual tuvieron el acierto o desati­no de instalar en la pujante, industriosa y polvorienta ciudad de Torreón, todavía estado de Coahuila, aun­que no por mucho tiempo si algunos de mis secesionis­tas colegas se salen con la suya. En tan augusto recinto imparto cátedra, cumplo con algunos preceptos humanísticos y fiscales y me divierto de lo lindo. El es­critorio citado líneas arriba ocupa un 40 por ciento de mi cubículo y sirve de lugar de descanso para mi­les de papeles y mis alborozadas patas cuando ya no aguanto la espalda. La tarde de referencia pertenece al verano pasado, cuando no había mucho que hacer, excepto planear el próximo semestre, que ya está más planeado que los resultados de un proceso electoral en Hidalgo. En esas etapas de la agitada vida escolar lo único que queda por hacer es ponerse al corriente en lecturas y los juegos de la Macintosh —mi ya muy cateada computadora—, y esperar que los alumnos no den mucha lata; después de todo, ni cursos de vera­no estaba impartiendo y por tanto no tenían por qué perturbar mi santa paz. Además, andaba de no muy buen humor para atender adolescentes desgarrados por la coyuntura existencial entre un automóvil Ghia que les prometió su papá y el liberalismo social del régimen.

Pero ya sé que estoy salado. Siempre ocurre que sí llegan.

Por ello no me sorprendió que de pronto hubie­ra un par de piernas dentro del cubículo sin haber tenido su propietaria la decencia de tocar. Tampoco me extrañó que se dejaran ver tan estupendas: uno se acostumbra a todo, es por demás; las niñas de hoy se visten de cada manera… Si acaso, me pareció raro que aquel par de piernas no estuviera enfundado en medias como balaceadas por Capone.

Suspiré con displicencia: otra alumna que iba a preguntarme si podría informarle dónde puedo encon­trar X dato, siendo X una variable que va desde el presidente de Haití hasta el impacto que el TLC va a tener en los niveles de exportación de moronga. Tal vez porque me ven rodeado de libros y papeles creen que sé qué contienen, no sólo aquellos que reposan en mi escritorio —lo que es por completo erróneo—, sino prácticamente todos los existentes en este poluciona­do mundo. Lo peor del caso es que, por lo general, no tengo la más puta idea acerca de lo que me pregun­tan. Por ello me resistí a levantar más la vista, y de hecho retorné a la lectura: quizá el suspiro y mi vuelta a la perspectiva anterior hicieran desaparecer la inde­seada visita, no mejor recibida por arribar en un par de piernas estupendas.

Pasaron cinco segundos sin que se oyera el menor ruido. Decidí darme por vencido. Sin dejar de leer, busqué el separador tanteando sobre el escritorio, no lo hallé y puse un lápiz entre las páginas, a manera de señal de que aquí dejé mi lectura, como dicen obvia y estúpidamente algunos cartones alargados que han caído en mis manos y que me he negado a usar por respeto a la dignidad de mis libros; ellos también tie­nen su corazoncito.

—¿Me puedo sentar? —preguntó ella.

—¿Qué pasó? —dije por toda respuesta, con el tono más fastidiado que pude construir; no me salió mal. Si quería sentarse es que vilmente deseaba platicar, chismear, echar el chal —como se dice por acá— u ocu­par un lugar con refrigeración para perder el tiempo a gusto. Ya viene con una pena académica irremediable, pensé para mis adentros. O alguna otra idiotez.

Por supuesto, nunca he estado más equivocado en mi vida.

Sin hacer caso a mi tono, Vanessa tomó asiento. Porque en seguida la reconocí, ya de cuerpo entero: mis peritajes piernográficos no llegan a grandes niveles, pero por lo general recuerdo nombre o apellido —rara vez ambos— de quienes tienen la fortuna de recibir mi sabiduría. Había sido alumna mía dos semestres atrás, sin distinguirse particularmente ni por su astucia ni por su estulticia. Guapetona sin ser un forro, pasaba más bien inadvertida. Hasta entonces reparé en que nun­ca le había visto las piernas, malditos pantalones. Tal vez hubiera ocupado un kilobyte más de mi memoria si hubiera llevado esa falda dos semestres antes: ¿Vanessa qué? ¿Celestial? ¿Salustial? ¿Cómo rayos se apellida?

—¿No interrumpo? —inquirió con menos timidez de la que yo hubiera considerado prudente.

—No, en realidad no tengo mucho que hacer —traté de sonar socarrón, pero no salió tan bien; y es que en realidad no tenía mucho que hacer.

—¿Se acuerda de mí? —ahora sí sonó tímida.

—Claro, Vanessa. ¿Por qué te pusieron ese nombre? —pregunté sin que viniera al caso, sorprendiéndome yo mismo. Una especie de venganza subconsciente.

—Es que… mi mamá veía no sé qué novela —lo que explicaba, tal vez, otras veintiocho Vanessas que acechan en la oscuridad del campus Laguna. Aquella bajó los ojos.

Se hizo un breve silencio. De esos silencios que, por causarlos a través del simple ejercicio del amedrenta­miento, hacen que uno se sienta pinche. Decidí por­tarme más decente.

—¿Y qué querías? —poniendo mi sonrisa más bovina.

—Pues… es que… no sé si será mucha molestia.

—Depende. Si no me dices de qué se trata… —Ya estás otra vez, Paco, me autorreproché. De veras que an­das de malas—. Es decir… Claro, nada más platícame.

—Bueno —se transmutó alquímicamente, acomo­dándose en la silla—. Es que me han dicho que usted ha resuelto algunos… algunos casos…

Ya salió el peine, me dije. Y uno pensando que esos “casos” ya eran agua debajo del puente. Ahora que en Torreón hace años que no pasa ni una gota debajo de ningún puente. Ecocidio agrícola del desarrollo esta­bilizador, que se llama.

—Este… pues sí. Aunque es un decir. Yo nada más ayudé —¿Exceso de modestia o simple objetividad? That is the question. Lo cierto es que los Hados funes­tos me habían puesto en trayectoria de colisión con algunos crímenes norteños, que de una u otra forma había logrado resolver.

—Pues bueno… le traigo otro.

—¿Otro qué? —me agarró fuera de base en mis des­varíos histórico-programáticos.

—Otro caso… es decir, si usted acepta.

—¡Ah, caray! Pues no sé. Ahora sí que depende. Yo no soy detective ni nada por el estilo. Mejor cuénta­melo todo.

Mi escala pentafónica de chismoso aligeró un tan­to el ambiente: Vanessa sonrió, arrellanándose aún más en la silla —lo que me hizo temer que la cosa iba para largo, pero no tenía nada que hacer— y empezó la historia de lo que se iba a convertir en un pasaje bastante movido de mi vida. Es curioso, la mayoría de las veces no podemos precisar en qué momento empieza una etapa de la existencia; a veces, intuyo, ni cuando uno sale al atrio, con los hechos y la cuen­ta de cheques consumados. Pero ahora puedo decir que, en el momento en que Vanessa volvió a abrir la boca, empezó un verano que nunca voy a olvidar. Y como casi siempre que podemos llegar a tales preci­siones, en ese momento la situación pareció de lo más inocente.

—Se trata de algo que supongo es sencillo. Pero mis papás no quieren que se haga escándalo. Usted sabe, ellos se creen gente muy conocida en Torreón y toda la cosa —sonrió y se encogió de hombros, perdo­nándolos mentalmente. Yo correspondí a la sonrisa y meneé la cabeza, haciéndome el entendido. ¿Cómo diablos se apellida?—. Por eso no han recurrido a la po­licía o un detective o algo así. Yo les conté de usted, y me dijeron que bueno… —de repente como que brin­có—. Claro que le pagarían sus honorarios…

—¿Con recibo o sin recibo? —interrumpí por instin­to, como todo buen causante mexicano… o sea, de niño de pecho para arriba.

—Sin recibo, yo creo —dijo ella con toda seriedad, aunque dejando pendiente la idea en algún resquicio de su cerebro.

—No importa, continúa —volví a la sensatez.

—El caso es que mi prima Helena desapareció —lo soltó de un jalón.

—¿Desapareció?

—Sin dejar rastro —y cortó. Ahora fue su turno de hacerse la remilgosa con la disponibilidad de infor­mación. Así somos. Ha de ser por la perniciosa in­fluencia de Televisa, como casi todo.

—A ver, a ver, vayamos por partes. ¿Quién es esta prima tuya?

—Bueno, prima, prima no es… Viene siendo prima tercera o algo así. Nieta de una hermana de mi abuela. Pero en la familia somos muy unidos y pues se vino a vivir con nosotros.

—¿No es de aquí?

—No, ella es de Sinaloa. Hasta habla chistoso.

—¿Y vino aquí a…?

—Estudiar. Bueno, ella jura que vino a estudiar. Dijo que allá no había la carrera que ella quería. Entró a la Ibero y se salió a los dos meses dizque porque mejor quería trabajar. Encontró chamba y le iba muy bien, según ella decía. Hasta que hace un par de días no regresó. Creímos que se había ido de picos pardos, pero a la tarde del día siguiente mis papás se empe­zaron a preocupar. Eso fue ayer. Hoy a mediodía les conté de usted… y bueno, aquí me tiene.

—A ver, a ver. Creo que hay varias cosas que aclarar. ¿Qué edad tiene tu prima?

—Tercera —se puso a la defensiva.

—Cuarta o reversa —respondí, grosero—. Por algo es­taba en tu casa.

Puso cara de estoy pensando, estoy pensando.

—Unos veintidós… o veintitrés. Si quiere pregunto.

—No es tan importante… por lo pronto —yo también me puse mis moños. Total, yo iba a ser el investigador. ¿Sí? ¿Sí? La cuestión es que el asunto me empezaba a interesar—. Ya estaba medio viejita para entrar a la Ibero… o a cualquier parte a estudiar, ¿no?

—Pues sí. Es que… —y se cortó.

—Es que, ¿qué? —y adopté mi mejor tono doctrinal—. Si van a querer que los ayude me vas a tener que decir todo; lo bueno y lo malo.

—Es que realmente como que su mamá, porque su papá ya murió, la quería mandar lejos de Culiacán. Y tenerla entretenida. Por eso se vino acá.

—¿Y por qué? La neta.

—No sé. Entiendo que por un lío amoroso. Quería casarse con alguien que no le convenía o algo así.

—¿Y la niña le hizo caso a su mamá y se vino con sus tíos? —repuse, escéptico—. Vamos, ni que fuera de prepa. Y ni ésas —habló la voz de la experiencia ma­gisterial.

—Es que creo que ella, a la mera hora tampoco que­ría casarse —puso cara de “no es mi rollo, ni siquiera mi prima segunda”.

—¡Ah, vaya!

—Se metió a la Ibero como para pasar el rato… Hu­biera visto la bronca que le armó mi papá cuando le dijo que siempre no. Y luego creo que no devuelven la inscripción.

—Dejarían de ser jesuitas —me complací derraman­do gratis mi ponzoña—. Pero hay otro detalle. Aho­rita que me estabas contando dijiste “dizque, según ella…” me suena a que es medio mentirosa la prima… tercera —estaba eufórico en mi identidad de áspid. Vuela mi mente, no se detiene/ presiento que ya no se de­tendrá: Sasha.

—La verdad, yo nunca le tuve confianza.

—¿Por qué? —y de inmediato reparé en un detalle que sí era importante—. ¿Desde cuándo llegó a tu casa?

—Tiene siete meses, o poco menos. Sí, se inscribió en enero, recién llegada.

—¿Y lo otro?

—¿Cuál otro? —como que se asustó.

—¿Por qué no le tienes confianza?

—¡Ah, eso! Es que es muy voluble. Y muy… ¿cómo le diré? Coqueta. Le gusta mucho andar echándole los perros a cuanto hombre se le pone enfrente. Pero como nomás picándolos. Y cuenta muchas mentiras. Yo le caché dos o tres.

¡Ay, el eterno femenino! Dos o tres son muchas. Y me imaginé poniéndomele enfrente. Aunque, a todo esto, ¿cómo sería la tipa? Me traicioné:

—¿No tienes una foto de ella?

Hizo ademán de Raúl Velasco diciendo: “Aún hay más”, “Voy a mear” o “La tengo de este tamaño” —nun­ca he sabido bien a bien qué significa—, tomó su bolsa, hurgó en ella como si fuera la selva ecuatorial congo­leña y por fin sacó una fotografía de ocho por cuatro pulgadas. Me la extendió con un poco de pena: ha­blar de la gente en abstracto no está mal; pero darla a conocer y en foto de estudio ya es otra cosa. Lo que se aprende de psicología en los avatares de la mártir vocación del magisterio.

Tomé el retrato y lo examiné: si era reciente, la chava ciertamente no podía pasar de los veintidós. Era muy atractiva, bastante más que su prima tercera; ras­gos finos aunque con un mentón decidido, pómulos salientes, ojos grandes y —pura intuición, porque de trucajes fotográficos a mí no me cuentan las mue­las— azules; una espesa mata de cabello castaño caía —claro— coquetamente sobre un hombro. Lo que más me impresionó fue su sonrisa: era todo un reto, una invitación; la expresión precisa de que en esos labios se podría encontrar más, mucho más de lo que se apre­ciaba a simple vista. Un carácter semejante podía distin­guirse en su mirada: nada más faltaba el globo diciendo échenme otro o “ven a que te dé tu calada”. En resu­men, según lo que se podía concluir en dos dimensio­nes, una hembra de cuidado. De ésas a las que, dice la literatura, no hay que acercárseles mucho.

No se puede decir que me haya cautivado. Pero sí me impresionó. Era realmente una belleza, aunque de ese tipo impreciso que, aun en fotografía, demuestra serlo de una manera intangible, no física. En ese ins­tante decidí que la encontraría. Qué tanto tenía que ver la decisión con las ciegas esperanzas que inspira una mujer bella y misteriosa en un hombre que ni si­quiera la ha visto en persona es algo que todavía des­conozco. Pero puedo decir que la decisión fue tomada en ese momento: encontraría a Helena… ¿Cómo chin­gados se apellida?

El diálogo anterior y la cara de imbécil que debo haber puesto al estar viendo el retrato hicieron casi obligado el tono socarrón con que Vanessa interrum­pió mis pensamientos:

—Bonita, ¿no?

—Pues sí —dije en mi peor tono de indiferencia. Nue­va intuición masculina, nueva traición—. ¿Y no se habrá ido con algún galán?

—La verdad, a mí se me ocurre que puede ser. Pero es lo mismo: está desaparecida.

Odio cuando las mujeres hacen su tan esporádico uso de la lógica. Traté de volver a subir mis bonos:

—Dices que trabaja, ¿de qué?

—Como de secretaria, aunque a ella le choca que le digan así. Ella dice que es asesora o ayudante.

—¿Y qué asesora? —dejé volar mi imaginación en este sentido y no pude menos que imaginarme un lecho con toldo—. ¿A quién ayuda?

—Eso sí ya no sé. Trabaja para el señor Pastrana, el de Industrias Pastrana, Lácteos Pastrana…

—Y creo que hasta Misiles Pastrana. Sí, ya sé quién es —¿y quién no en Torreón? El tipo a todo le tiraba y a todo le pegaba: un adalid del mercado libre, la ini­ciativa privada y la voluntad de progreso de cara a un mundo globalizado y ya sin los pinches rusos. Al que, además, le encantaba salir retratado en cuanto espacio periodístico hallaba disponible. Pero, sobre todo, lo recordaba porque en una junta se había discutido su nombre con el fin de echarle un sablazo para el nuevo equipo de robótica del campus. Bueno, esa vez se ma­nejó hasta el nombre de la madre Teresa de Calcuta como posible donadora.

—Y entonces salió de tu casa a asesorar, ¿cuándo?

—Hace dos días, exactamente. Después de comer se fue al trabajo y ya no regresó. Aunque mi papá me dijo que no lo hiciera, yo pregunté ahí. Y sí, sí fue y salió como siempre. Nadie la ha vuelto a ver desde entonces —remachó tétricamente.

—Bueno, tanto como nadie… —filtré, venenoso.

—En todo caso, la cuestión es que no sabemos dón­de anda. Y queremos ver si usted… —y se puso como seda, suavecita, suavecita. Yo aún retenía la foto en la mano. Estuve a punto de abanicarme con ella, pero prefería mirar esos labios jugosos, esa mirada obli­cua pero incitante. ¿Sería de las que se fugan? No sé mucho de eso; mi Aliosha y yo jamás hemos con­templado la perspectiva, por simple güeva de andar acarreando escaleras.

—El caso me interesa —dije, como si Sherlock Holmes proclamara the game is a foot. Aunque, supongo, me­nos reflexivo.

—¿De veras? ¡Ay, qué bueno! En serio, le vamos a estar muy agradecidos… y mi papá no le va a pedir recibo. —Y luego, muy ufana—: Yo de eso me encargo.

Un mexicano profundamente agradecido de bur­lar, aunque fuera de tan mínima forma, a los gorilas de Hacienda, replicó:

—Pues a darle. Ya son las seis —dije viendo mi reloj—. Y creo que lo mejor sería empezar en la casa de tu prima… es decir, en tu casa. Y a todo esto, su nombre completo es…

—Helena Salgado Ruiz.

¿Salgado Ruiz? ¿Pues cómo rayos se apellida ésta?

—Pero tú no eres Ruiz.

—Ni Salgado, ingeniero —el enojo se notó clarito, con cédula profesional y todo—. Yo me apellido Saltiel.

¡Ah, con razón! También, pinche apellido tan raro.

—Sí, claro, eso ya lo sé —y lo dije como si fuera editor de la Enciclopedia Británica—. Yo decía el materno.

—No, si le dije que somos parientes más bien lejanos.

—Far from Over: Frank Stallone. Aunque la traduc­ción no tiene nada que ver con lo lejano.

—¿Cómo?

—No, nada. Manía musical mía. Espérame en la ca­seta y ahí te alcanzo. No vives lejos, ¿verdad?

Resultó vivir a tiro de hielazo desde la tribuna de sol del estadio Corona, donde juegan —todavía en Primera División— quienes ostentan el uniforme y nombre más ridículo del futbol mexicano. Esto es, residía en la co­lonia La Rosita, la que, con campo de golf y toda la cosa, se convirtió en el código postal par excellence de esta esnobista ciudad. La casa de Vanessa era una de las medianonas del fraccionamiento, pero no deja­ba de ocupar un 765 por ciento más de terreno que mi depa, que es el de ustedes. Luego de batallar para es­tacionarme —dado que quienes trazaron las calles las hicieron todas en curva—, acompañé a mi exalumna —que, entonces pude notar, también tenía un trasero estupendo; ¿por qué uno nunca se fija en las cosas importantes de la vida?— hasta el recibidor, donde me detuvo:

—Supongo que querrá ver el cuarto de Helena. ®

* Fragmento del libro Otras caras del paraíso [Oaxaca, Almadía, 2012]. Reproducido con autorización de la editorial. Título de la redacción de Replicante.

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Publicado en: Fragmentaria, Septiembre 2012


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