Entre mitos y doctrinas

Un italiano en la selva chiapaneca

Dos advertencias fatales dieron origen a esta historia verídica. Los indios regalan a sus hijas y si no usas ropa interior las garrapatas te chuparán los testículos.

La vida se crea en el delirio y se deshace en el hastío
E.M. Cioran

Ahora va a salir con otra de sus historias, pensé, mientras la comezón no me dejaba en paz encendiéndome los cojones.

Palenque

Susana había suspendido el relato que estaba por iniciar para limarse cuidadosamente una uña demasiado larga.

Ya estaba acostumbrado —y al mismo tiempo harto— de sus aseveraciones escatológicas. Era la clásica chilanga altanera que todo lo sabe; además su experiencia homérica por México le había conferido en su fuero interno la conciencia de ser una “mujer emancipada”, por lo tanto profetizaba y sentenciaba continuamente, como mitológica Sibila, sobre cualquier tipo de asuntos. Y además con conocimiento de causa, según ella.

Un par de semanas antes había empezado a acuciarme con la cuestión de los calzones pues, llegando a Palenque, le había confesado que no usaba ropa interior.

“A un amigo el año pasado, justo aquí en Palenque, se le pegó una garrapata en un güevo ¡por andar sin calzones! Verás que te pasa lo mismo a ti también”, seguía arengándome.

—¿Qué te estaba diciendo, Roberto? —me preguntó repentinamente sin voltear a verme, entretenida esculcando sus garras. Yo me quedé callado con la esperanza de que no evocara su nuevo relato apodíctico.

Mientras tanto, Lucas seguía manejando sin interesarse mínimamente por nosotros. Era su novio aun si ella, desde el pedestal de su experiencia, lo trataba como un paria. Además, por el hecho de ser orgullosamente argentino, se creaba en la pareja un choque cultural —soberbia vs. arrogancia— que constituía al mismo tiempo un elemento de fricción y de atracción irresistible que desembocaba en continuas peleas, seguidas por fogosas reconciliaciones.

Los había conocido apenas llegado de Italia durante una borrachera en una cantina del D.F., y después de un sinfín de vinos y cervezas me habían invitado a unirme a su periplo por el sur de México. Yo, que no tenía nada que hacer y tampoco ningún plan, me convertí en su malaventurado compañero de viaje.

Y ahora heme aquí, clavado entre ellos dos en el asiento delantero de su camioneta Ford 85, mientras trepábamos por la Sierra Madre chiapaneca en dirección a Simojovel, pueblo de las minas de ámbar.

—Ah sí, ya me acordé. Te quería contar de esta muchacha que nos hacía el aseo. Ella es de aquí, de alguna comunidad engarzada en la montaña. Su papá la vendió cuando estaba chica a una familia de la Ciudad de México. ¿Te imaginas?

—Sí, y me imagino también que ahora saldrán de la vegetación unos burundeses medio desnudos con anillos en la nariz y lanzas ¡con la firme intención de comernos! —le contesté yo antes de soltar una carcajada.

Ella, fastidiada por mi broma, añadió:

—¡Verás!

—¿Verás qué? Ya basta de esos presagios apocalípticos.

—¿Por dónde voy? —me preguntó Lucas, resucitando de improviso de la nada, llegando a un entronque.

Revisé rápidamente el mapa. Yo era el encargado de indicar el itinerario consultando la Guía Roji, mientras él manejaba y Susana se arreglaba las uñas. Le señalé una vereda que se abría entre la tupida vegetación de la sierra.

Me sumergí aún más en la cartografía aguantando la picazón siempre presente, intentando trasponer aquel enredo de rayas negras a la realidad que nos rodeaba y encontrar así el rumbo correcto para no perdernos en aquellas tierras desconocidas y un tanto amenazadoras. Oscuras montañas, altos peñascos y profundas barrancas se entreveían de vez en cuando entre los imponentes árboles y el impenetrable matorral que parecía querer engullirnos a medida que avanzábamos por la calle que se hacía siempre más angosta.

Nos perdimos. Fue mi culpa. Aunque la responsabilidad definitivamente la tenía la comezón, que atenazaba mis atributos y no me dejaba razonar y desprender la mente de ella. ¿Qué será? ¿Un bicho raro? ¿O habré contraído alguna enfermedad venérea? O será… No, claro que no. No puede ser.

Nos perdimos. Fue mi culpa. Aunque la responsabilidad definitivamente la tenía la comezón, que atenazaba mis atributos y no me dejaba razonar y desprender la mente de ella. ¿Qué será? ¿Un bicho raro? ¿O habré contraído alguna enfermedad venérea? O será… No, claro que no. No puede ser.

Luego de una larga curva se había abierto ante nuestros ojos una amplia explanada donde la calle se dividía en dos direcciones: una que cruzaba, pasando en medio de una multitud de camiones y camionetas del Ejército mexicano y otra que se encaramaba aún más en la sierra. Chequé la guía, divisé las dos rutas, volví al mapa para buscar una conexión entre lo que había visto a mi alrededor y los jeroglíficos que tenía en mis manos. Finalmente el Ejército me había hecho optar por la segunda opción. Mi atávica y connatural repulsión hacia el uniforme y a quien lo viste hicieron que volviera en mí.

—¡Por allá! —grité, como fulgurado por una iluminación. Y nos metimos otra vez entre la selva en dirección a la cima de la montaña. Fue así como perdimos la vía correcta.

Seguimos por el sinuoso camino con la esperanza de ver aparecer después de cada curva un letrero, una desviación, algo que denotara una mínima presencia humana. Nada, tampoco los aborígenes con perforaciones y armas primitivas que mi mente había preconizado al burlarme de Susana.

—¿Estás seguro de que éste es el camino correcto? —seguían preguntándome mis compañeros de desaventura.

No, no estaba para nada seguro; por el contrario, estaba convencido de que nos habíamos perdido, pero ya no podíamos regresar. El sol había empezado a esconderse detrás de las cumbres y la noche, en medio de las montañas, llega rápidamente cubriendo la realidad con una oscuridad impenetrable. Y por si eso no bastara, se nos estaba acabando la gasolina. La situación no era para nada alentadora.

¿Que podíamos hacer? Llevados por un arrebato de misticismo dictado más por la desesperación que por alguna genuina fe en el divino, no nos quedó más que esperar un milagro. No sé, ver comparecer una casa, un letrero de Pemex, una señal cualquiera de vida. El tiempo pasaba y cada vez nos hundíamos más en una profunda epoché cuando, no obstante, el milagro sucedió. Aun si en la realidad no era tan maravilloso como uno se lo imagina.

Empezamos a ver harapos colgados en filas que costeaban la carretera y luego algunas personas, en su mayoría mujeres bajitas con la cabeza cubierta por huipiles colorados y amplias faldas. “Indígenas, de alguna etnia”, sentenció nuestra mentora.

En algún lugar tenía que vivir esa gente, por lo que muy cerca debía de haber un pueblo.

Efectivamente, después de algunos centenares de metros aparecieron entre la maleza algunas casas, siempre más a medida que avanzábamos, hasta que nos recibió un letrero manuscrito en el cual se podía leer: Bienvenidos a Pueblo Nuevo.

Ahora, hay que hacer unas precisiones. No sé si se podía definir como “pueblo” aquel aglomerado de cubos de adobe descoloridos que se apiñaban uno arriba de otro en la pendiente de la montaña. Por lo que tiene que ver con el adjetivo que completaba el nombre de esta composición de lóbregas construcciones casi surrealista, “Nuevo”, digamos que no ejemplificaba exactamente la esencia del lugar. Parecía más un eufemismo, una paradoja, que un apropiado epíteto.

Nos metimos por la calle principal del pueblo, o por lo menos así suponíamos pues era la única pavimentada, en busca de una gasolinera o, vista la situación, cuando menos algo parecido.

Mientras tanto había oscurecido y en las calles no se veía ningún alma viviente.

Efectivamente, después de algunos centenares de metros aparecieron entre la maleza algunas casas, siempre más a medida que avanzábamos, hasta que nos recibió un letrero manuscrito en el cual se podía leer: Bienvenidos a Pueblo Nuevo.

De repente notamos algunos tanques amontonados frente a una finca de donde surgía una suerte de palapa con techo de lámina. Había un letrero que colgaba de uno de los postes de la estructura: Se bende gasolina. ¡Eureka!, la salvación, casi nos abrazamos por la felicidad, a pesar del error gramatical. Podíamos irnos de aquel lugar inhóspito.

Cerrado. No había nadie. Nos estacionamos enfrente de la gasolinera y buscamos en las casas vecinas si por casualidad se encontraba el dueño del changarro. Nada. Nadie nos abría, nadie nos hablaba. Teníamos que quedarnos ahí a dormir en la camioneta.

En eso, mientras nos carcomíamos el hígado por la desesperación, salió de una casa frente a la gasolinera un señor. Con un traje blanco y un casquito negro de cabello impresionantemente lacio, parecía un indígena de la amazonia. Le faltaban sólo los tatuajes tribales.

—¿Tienen algún problema? —nos preguntó en un español muy forzado, casi mecánico.

—¡Eh sí, se nos acabó la gasolina! —contestamos casi en coro.

—¡Uts! Aquí no abre hasta mañana. Y es el único que vende gas. ¿Se van a quedar a dormir aquí afuera?

—Pues sí, no tenemos opciones.

—Ah… —resopló él y después de una pausa, rascándose el mentón agregó—: entonces les dejo a fuera mis perros, para que les hagan guardia.

Este amable gesto me hizo preocupar más que sentirme aliviado. ¿Necesitábamos perros que nos cuidaran? ¿Por qué?

Al cabo de unos minutos el señor, que se había retirado a su cubo de adobe, volvió a salir.

—¿Disculpen, ustedes hablan inglés?

Mientras yo hacía como si nada, ya que en México había aprendido a dosificar mis ya escasos conocimientos de esa lengua para que no me confundieran con un gringo, Susana irrumpió súbitamente

—Sí, sí, mi amigo Roberto lo habla.

Tenía siempre que meterse en cosas que no le correspondían.

—¡Qué bien! Señor ¿me podría ayudar a leer una carta?

Nos invitó a los tres a entrar en su casa. Una cueva con camas arrimadas a lo largo de cuatro sarnosas paredes, alrededor de una mesa rodeada de tres sillas. En una especie de pretil en un rincón de la habitación una mujer, con una niña al lado, estaba preparando natillas dándonos la espalda.

—Mi esposa —la mujer se volteó y nos saludó con un imperceptible movimiento sumiso de la cabeza.

—Estas buenas personas vienen para leernos la carta de don James —le explicó el marido y luego farfulló algo en su lengua a la pequeñita que salió corriendo de la casa, no sin antes lanzarnos una mirada curiosa y al mismo tiempo divertida.

El señor, mientras buscaba la carta, nos dijo que se la había enviado un padre franciscano que estuvo en el pueblo con su congregación para llevarse gente a trabajar en la Sierra Lacandona y ofrecerle así una oportunidad laboral y de subsistencia. Además les habían enseñado a leer. En cambio don James y sus hermanos habían bautizado a toda la gente del lugar.

—Carlos, es mi nombre cristiano —nos dijo orgulloso. Además hacía alarde de conocer de memoria la Biblia. De hecho, para explicarnos las cosas declamaba continuamente citas textuales del Nuevo Testamento, completitas, con autor, capítulo y versículo. Hablaba de la bondad de Dios y del espíritu caritativo de los padres católicos. Parecía ser la única forma que conocía para expresarse en español.

Me pasó la hoja en la cual albergaba la esperanza de que el padre le comunicara la fecha de su regreso, ya que cuando se había ido prometió que volvería para ayudarlos, en el nombre de Cristo, obviamente.

Leí la fecha: ¡24 de septiembre de 2000! ¡Y estábamos ya en febrero de 2003! Había recibido la carta más de dos años antes y nunca había podido leerla, porque no sabía inglés.

Consternado y además angustiado por la comezón siempre presente, intentando rascarme debajo de la mesa para que los demás no se dieran cuenta, ojeé la carta. ¡Otra sorpresa! Estaba escrita en español y no en inglés. Miré a Susana que estaba sentada a mi lado, sin entender bien la situación. Se lo comentamos a Carlos, quien entendió menos que nosotros. Pero de repente caí en la cuenta! La carta estaba manuscrita y él había aprendido a leer con la Biblia, por lo que solamente podía entender las letras de molde. Es abrumador constatar hasta qué nivel pueden llegar las artimañas de la Iglesia católica. Sí, les habían enseñado a leer, ¡pero la Biblia! ¡Genial! En cuanto a proselitismo, los partidos políticos tendrían que aprender de las religiones.

Empecé a leer bajo las miradas esperanzadas de Carlos y su esposa.

Vivían siete en aquel tugurio: padre, madre y sus cinco hijos. Su única fuente de sustento eran una vaca, cuatro gallinas y algunos árboles frutales. La vaca le daba la leche para ellos y también para preparar las natillas que la señora vendía en la parada de los camiones. ¿Había camiones que pasaban por ahí? ¿Y para ir a dónde?, me pregunté cuando nos lo comentó, aunque no lo dije. Él quemaba leña de cierto árbol para producir un carbón que, según nos explicó, era un remedio infalible contra cualquier tipo de cáncer.

“¿Por qué no cultivan la tierra? ¡Hay un montón aquí! Estamos a tres mil metros y crecen todos tipos de árboles de fruta”, le había preguntado. No, me había respondido él, que la tierra era de grandes propietarios que la acorralaban y la dejaban inutilizada. Ni los zapatistas ni las ONG habían llegado ahí. Probablemente porque en el poblado había una mezcla de mestizos e indígenas, no era una comunidad “pura”. Un pueblo de priistas, en la jerga de los secuaces de Marcos, por lo tanto podían tranquilamente morirse de hambre.

Por todo esto, era en esa carta donde habían depositado gran parte de su esperanza en un futuro mejor. O, por lo menos, en un futuro. Imaginémonos tamaña esperanza después de acumularse durante más de dos años…

Después del primer párrafo en que venían los tópicos y los saludos, me detuve. Me volteé hacia Susana que estaba leyendo junto a mí la carta. Nos miramos sin saber qué hacer. Luego, ella tomó la iniciativa —yo no soy bueno para dar malas noticias— y empezó a relatar lo que estaba escrito en el segundo y último párrafo:

Lo siento amigo mío, pero ya no podemos ir a México. Por el momento no tenemos los recursos necesarios para llevar a cabo nuestra misión de apoyo. Si Dios quiere un día regresaremos para llevarles su palabra y un poco de consuelo. Que Dios los bendiga.

Honestamente a esta gente le hacía falta mucho más que la bendición de Dios. Carlos y su esposa se miraron por un instante sin proferir palabra o dejar entrever alguna reacción; luego él agarró la carta y la guardó debajo del colchón, de donde la había sacado anteriormente.

Las malas noticias no parecían haberlos turbado y seguimos platicando tranquilamente. En este mundo a todo te acostumbras; también a las desgracias y a la miseria.

Él continuaba con sus citas bíblicas que en realidad, mientras más pasaba el tiempo más me estaban enfadando. Parecía un títere que recitaba un papel aprendido de memoria. Además me observaba insistentemente y luego confabulaba con su esposa. En un momento de silencio logré captar algo que le estaba bisbisando en español: “¿Has visto qué ojos de color tiene? Si lo ven los lacandones lo cruzan para mejorar la raza”.

Selva chiapaneca

Oh, inmediatamente me brincó a la mente un pensamiento harto seductor: me vi en la tribu pasándomela todo el día servido y venerado, comiendo fruta de la mano de maravillosas vírgenes morenas y desnudas, ¡y fecundando a todas las mujeres de la comunidad! Sin embargo, un instante después otra macabra imagen sustituyó la anterior: el jefe de la tribu, un buda moreno y con pelo negro está sentado sobre un trono de paja y del cuello le cuelga amarrado con un collar de centellante oro el falo generador, el miembro del güero de ojos verdes que dio sus genes para las generaciones lacandonas venideras antes de ser castrado y sacrificado a los dioses protectores de la tierra. Borré rápidamente esta imagen de mi mente.

Estábamos casi por despedirnos, la situación era embarazosa y la conversación languidecía pues no sabíamos qué contestar a las parábolas de Lucas, Marcos y no sé quién más; Carlos continuaba alabando la misericordia y las virtudes de Cristo en estridente contraste con el contexto que nos rodeaba, donde todo se podía percibir menos que la caritativa intervención de la mano de Dios o de su Hijo.

De repente regresó la niña acompañada por una muchacha —quien podía tener entre los diez y los quince años—, con vestidos de señora, los cabellos recogidos sobriamente en una cola de caballo y sin maquillaje. Era imposible establecer con exactitud su edad. Se paró a un lado de su padre, quien le rodeó la espalda con un brazo y la observó por un instante. Luego volteó a verme, escudriñándome atentamente. Yo me quedé mirando a los dos. ¿Me la quería presentar? No lograba entender lo que pretendía. Ya estaba cansado de todas las morbosas atenciones que me destinaba nuestro anfitrión. Cuando me estaba levantando para invitar a mis compañeros a que nos fuéramos, Carlos dijo decididamente:

—Esta es mi hija. ¿La quieres?

¡Vaya caridad cristiana! Caí violentamente sobre la silla. Los miré. La expresión de él no había mutado mínimamente, como si me estuviera ofreciendo un café y no a su hija. La de ella menos, parecía petrificada en su casta y sumisa postura, peor que un animal que se está exhibiendo en una venta de la feria ganadera. Su mamá miraba el piso.

Atónito, busqué aliento a mi alrededor, algo que me hiciera volver a la realidad que se estaba desvaneciendo ante mi mente obnubilada por lo que acababa de pasar. Nada. Lucas impasible, como siempre. Y Susana. Susana estaba escondiendo con el brazo una mueca en un intento por contener la risa; me miraba desde arriba del hombro con una expresión que quería decirme: “¡No puedes decirme que no te había avisado! ¡Ahora es tu pedo!” Cabrona.

Boquiabierto, o más bien con una parálisis facial que no permitía ningún movimiento a mi mandíbula, me dirigí otra vez a la pareja que esperaba una respuesta.

—Bu, bu… bueno. Muchas gracias, pero vea señor yo… —logré tartamudear esta frase sin concluirla. De repente observé un cambio asombroso en la expresión de Carlos: estaba más incrédulo y estupefacto que yo. Mi reacción lo había dejado consternado. ¿Lo habré ofendido? ¿En qué absurda situación me había metido?

—Mira, si no te gusta ésta, ¡tengo otras más! —me dijo de repente.

No, eso fue demasiado.

—No, no es eso. Es que… ¡me gustan los hombres! —mentí.

No sé por qué lo hice, pero frente a la barbarie, aun si perpetrada de una forma aparentemente ingenua, el hastío latente agazapado a mis entrañas me hace reaccionar de forma imprevisible. De todos modos mi respuesta pegó en el blanco. Logré decepcionar y asquear a Carlos a tal punto que, abatido, desistió.

Luego observé a la muchacha, no se había descompuesto mínimamente de su pose. No estaba mal, todo sumado. Pero ¿comprar una mujer? Esto mi orgullo no me lo permite sino de vez en cuando y solamente por algunas horas.

Estábamos casi por despedirnos, la situación era embarazosa y la conversación languidecía pues no sabíamos qué contestar a las parábolas de Lucas, Marcos y no sé quién más; Carlos continuaba alabando la misericordia y las virtudes de Cristo en estridente contraste con el contexto que nos rodeaba, donde todo se podía percibir menos que la caritativa intervención de la mano de Dios o de su Hijo.

Finalmente nos despedimos. Carlos tenía una expresión desilusionada. ¿Será por mi negativa? ¿O por mis supuestas tendencias sexuales? Tal vez no me la quería vender, solamente pensó que con un extranjero, un hombre que venía del primer mundo, sus hijas habrían tenido más oportunidades, una vida mejor que la que les esperaba en aquel hoyo relleno de miseria y desesperación. Un gesto de profunda cristiandad que, en su opinión, posiblemente lo habría hecho merecedor de una recompensa divina.

Pues, fuera como fuese ¡adiós!

Nos apresuramos hacia la camioneta, ya no aguantaba el ardor en las pelotas, no veía la hora de subirme al vehículo y poder rascarme cómodamente. Carlos ya era una asombra enmarcada en un rectángulo de luz, todavía abrazando a su hija —¡qué padre comedido!— hasta que nos mandó un último saludo y desapareció detrás de la puerta.

—¡No digas nada! —le dije a Susana, que doblada por la risa ya quería empezar a burlarse—. Nos vemos mañana —la callé definitivamente y me subí a la parte delantera de la camioneta. Ellos dormían atrás sobre una colchoneta y yo transversalmente en la cabina de manejo, tirado sobre los asientos.

Una vez acomodado y mientras los dos de atrás cerraban la puerta, me bajé el pantalón y empecé a rasguñar y manosear mis huevos con una satisfacción y un gozo que me hicieron inmediatamente olvidar la grotesca situación que había vivido poco antes. De repente mi mano detectó una cosa extraña. Revisé otra vez, pasé despacito los dedos por el escroto a la altura de mi testículo derecho: ¡había algo! Una pequeña protuberancia, una bolita ajena a mi aparato reproductor. Prendí nerviosamente la luz de la camioneta para llevar a cabo una revisión minuciosa. ¡Noooo! ¡No es posible! ¡Una maldita garrapata!

Una sensación de derota se apoderó de mí. Susana me había aniquilado. Ya me la imaginaba burlándose de mí: “Te lo dije”. Pero el asco por las definiciones y por quien tiene convicciones tan doctrinales no me permitía reconocerle abiertamente que sus previsiones habían sido certeras, sólo de pensarlo quería vomitar.

Además estaba sumamente cansado, casi me desmayaba después de tantas emociones. No obstante, me incorporé. Tenía que quitarme inmediatamente aquel parásito que se estaba chupando mi sangre en el punto más importante de mi cuerpo. ¿Y si no se me parara nunca más? ¿Si la méndiga garrapata se tragaba toda la sangre que necesita mi miembro para erguirse?

Calma. Tengo que pensar cómo le puedo hacer. Luego me acordé de mi tía, de cuando quitaba las garrapatas a sus perros. No, ella metía las uñas hasta dentro de la piel, hasta agarrar la cabeza del animalito y luego lo extraía. Mejor no. Mejor la técnica de mi abuela, con una pincita caliente, pues, creo, era la menos peor. Buscando en la bolsita de Susana encontré una pinza para quitar las cejas —¡qué no se puede encontrar en la bolsa de una mujer! Empecé a calentar las puntas con la flama de mi encendedor. Una vez que el metal se puso al rojo vivo, con el índice y el pulgar de mi mano izquierda oprimí el escroto dejando en relieve el pedazo de piel y vello donde estaba metida la garrapata. Cuidado. Tenía que amarrar la base del cuello del parásito, entre la piel y la bolsa donde guardaba la sangre que conforma su efímero cuerpo. Y todo esto con la escasa luz del coche.

“Es fundamental sacar la cabeza, si no, si le quitas solamente el cuerpo sigue chupando y se va a formar otra vez. Por eso es importante que la pinza esté bien caliente, porque con la quemadura ella retrae un poco la cabeza y entonces puedes quitarla”. La voz de mi abuela. ¡Sí, pero es esencial que no me queme los cojones, abuelita!

La agarré, sentía el calor que emanaba la pinza muy cerca de mi piel, y el mareante olor a pelos quemados. “Ahora, Roberto”, mi abuela seguía guiándome, “tienes que girar en sentido contrario a las manecillas del reloj, si no, no sale, porque tiene la cabeza como un tornillo y luego, jala…”.

¡Ahhh, jalé! ¡Sííí, salió! Debe de haber salido.

Acerqué las puntas de la pinza a la luz. El animal estaba moviendo sus patitas como un bebé recién escupido de la vagina de su madre, que aún no entiende lo que le acaba de pasar. Tenía que verle la cabeza; quería verle la cara a aquel animal que se había atrevido a profanar el santuario sagrado de mi sexo. Estaba intentando divisar la minúscula cabeza del invertebrado, cuando de repente…

“Je je, ¡te lo había dicho yo!”

“No, por favor nooo”

“¡Por qué no me escuchas! Yo lo sé todo”

Dos ojos luciferinos que iban agrandándose me miraban desde el pequeño rostro del animal.

“¡Ingenuo! ¿¡Ves lo que te pasa por no escuchar lo que te dice una mujer emancipada y que conoce el mundo?!”

La cara de Susana, con un enorme hocico colmilludo, se deformaba y se recomponía frente a mis ojos mostrando su sarcástica sonrisa.

“¡No, te lo ruego! ¡Déjame en paz!”

“¡Ja ja jaaa! Ja ja jaaa…”, sus mefistofélicas carcajadas me retumbaban en la cabeza.

Apreté con todas mis fueras la pincita.

“Spuf”, una salpicada de sangre, de mi sangre, se estampó en el parabrisas ahogando esas terroríficas visiones.

Jadeando, apagué la luz y me tiré en los asientos.

Tranquilo, se acabó todo

Y me quedé dormido. ®

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Publicado en: Abril 2011, Destacados, El sureste mexicano

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  • MIGUEL ANGEL VALDEZ VITAL

    PRIMERO GRACIAS POR PERMITIRME LEER A ALBERTO SPILLER
    LO QUE ESCRIBIO Y LA MENERA COMO LO DESARROLLO NOS GUSTO
    Y LO LOGRASTE COMO TU QUERIAS HACERLO.
    LOS TEMAS QUE TOCASTE TODOS MUY BUENOS :USOS Y COSTUMBRES,LIBERTAD,DERECHOS HUMANOS,LA MARGINACION DE LA MUJER,EL PROBLEMA AGRARIO,LA LUCHA POLITICA Y SUS INTERESES EGOISTAS,HACE FALTA EN TODO EL CAMPO MEXICANO EL ESTUDIO DE LA FLORA Y FAUNA PARA DETERMINAR SU IMPORTANCIA Y CORRELACION EN PRO DE CONSERVAR UN MEDIO ECOLOGICO ADECUADO O CONTROLAR Y PREVENIR NUESTRA NOCIVA INFLUENCIA.Y ESTO PASA TANTO EN EL CAMPO COMO EN LA CIUDAD. NUEVAMENTE GRACIAS VOY A INVESTIGAR MAS.
    SI EN LA CIUDAD TAMBIEN OCURRE IGUAL QUE EN EL CAMPO A POCO NO…………..