Entre papeles y pixeles

Del cutter a la formación electrónica

Es una paradoja que la gran mayoría de los avances tecnológicos en el ámbito editorial estén mayormente al servicio de las publicaciones impresas —muchas de ellas con tirajes de cientos de miles de ejemplares—, que pronto serán una reminiscencia del pasado, si hemos de hacer caso al empresario Ross Dawson.

La Guerra Fría y la tecnología digital

En el año 1958 los Laboratorios Bell inventaron un módem que permitía la transmisión de datos binarios por una línea telefónica simple. En ese mismo año se creó la Agencia de Investigación de Proyectos Avanzados (ARPA, por sus siglas en inglés), dependencia del Departamento de Defensa de Estados Unidos, como respuesta inmediata al lanzamiento de la cápsula espacial soviética Sputnik y del creciente poderío militar de la antigua URSS, para dedicarse a la innovación científica y tecnológica aplicada a la defensa del país. En 1962 ARPA empezó a desarrollar una red para comunicar a los diferentes organismos estadounidenses y que pudiera resistir a un eventual ataque nuclear, creando ARPANET, cuyo primer nodo se instaló en la Universidad de California-Los Ángeles y fue la columna vertebral de internet hasta comienzos de los años noventa, cuando terminó la transición al protocolo TCP/IP. El resto de la historia es conocido, aunque el desarrollo de la tecnología digital ha sido muy desigual en naciones poco industrializadas o muy restringido, en el caso de países con regímenes totalitarios.

Del paste up a la pantalla

El primer contacto con la tecnología digital lo tuve gracias a un amigo que en los tempranos ochenta trabajaba para una compañía de investigación en medicina y que se conectaba, vía módem, al Maryland General Hospital para recibir y transmitir información. Poco más tarde el fotógrafo Pedro Meyer adquirió la primera computadora Macintosh en México, en 1984, y empezó a experimentar con las primeras fotografías digitales. (Esto lo cuento en mi artículo “El siglo digital”, publicado en zonezero.com, uno de los primeros sitios electrónicos mexicanos, fundado por Meyer en 1995)

En 1984 un amigo y yo publicamos el primer número de la revista cultural La Regla Rota, con solamente cuatro ediciones hasta 1987. Se trataba de una revista impresa en offset en papel muy económico y armada “a mano”, esto es, copiábamos-capturábamos el texto escrito por el autor en una máquina mecánica de escribir —¿recuerdan las viejas Underwood, Smith-Corona, Olivetti, Remington, Brother, la Hermes Baby diseñada por Gutierre Tibón?—, o lo transcribíamos si lo tomábamos de otra publicación, con el debido permiso, en una composer, que era una máquina electrónica para “parar” tipografía en largas tiras de papel en tamaños de los siete u ocho puntos hasta los 14, y en diferentes medidas, ya sea que se tratara de columnas angostas o anchas —las cuales medíamos con cuadratines. Cortábamos y pegábamos con cemento Iris o Uhu esas tiras —el paste up— en las hojas donde previamente habíamos trazado las secciones para textos e imágenes. Los cabezales y balazos los hacíamos a mano, con plantillas de Letraset o Mecanorma con calcomanías de letras de diferentes estilos y tamaños más bien grandes, o los ordenábamos en establecimientos que tenían máquinas de fotocomposición.

Una vez armadas las páginas se fotografiaban en una gran cámara fotomecánica, de donde salían los negativos que después se “transportaban” a láminas de aluminio sensibilizadas que se montaban en los tambores de la prensa de offset —un proceso de impresión muy común todavía al que ahora se llega mediante la preprensa digital.

Una vez armadas las páginas se fotografiaban en una gran cámara fotomecánica, de donde salían los negativos que después se “transportaban” a láminas de aluminio sensibilizadas que se montaban en los tambores de la prensa de offset —un proceso de impresión muy común todavía al que ahora se llega mediante la preprensa digital.

Iré un poco más atrás, cuando los libros y revistas se imprimían en prensa plana y las páginas se componían a partir de las barras de plomo que salían aún calientes del linotipo. En “El siglo digital” recordaba cuando

mi padre trabajó sucesivamente como linotipista, corrector y editor. ¿Linotipista? Les explico: el linotipo es una enorme máquina de escribir con un caldero lleno de plomo fundido que servía para componer las líneas tipográficas que formarían las planas de libros, revistas y diarios. […] Actualmente los talleres de imprenta tienen máquinas de offset silenciosas, del tamaño de un tráiler, operadas por computadora. Para diseñar una publicación es suficiente con una laptop y un par de programas de edición. Muy lejos en el pasado quedaron los restiradores, el cutter, el laborioso paste-up y las aparatosas máquinas de fotocomposición, que recuerdan a esos armatostes plagados de foquitos de los científicos deschavetados en las candorosas películas del Santo, el Enmascarado de Plata. En estos días ya no es necesario llevar los originales mecánicos a la imprenta, pues éstos pueden enviarse rápidamente por correo electrónico, aun si la casa editora se encuentra en Honk Kong o en Shanghai.

Del Ventura al InDesign

Después de La Regla Rota hicimos otra revista de rock, cultura y humor llamada La Pus moderna, de 1989 a 1996. Los primeros cinco números los armamos al viejo estilo, pero del seis al ocho pudimos hacerlos en una computadora en las oficinas del editor Víctor del Real, donde también se cocinaban otras revistas, como Gallito Cómics, dirigida por el propio Del Real; Nitrato de Plata, a cargo de José María Espinasa, Dos Filos, dirigida por José de Jesús Sampedro en Zacatecas, y numerosos libros. El diseñador usaba un programa un tanto básico llamado Ventura pero que significaba un avance extraordinario en la formación de las páginas. Era asombroso ver cómo vaciaba el texto en las columnas y colocaba las imágenes y ordenaba cada elemento en la pantalla. En 1993, más o menos, compré mi primera computadora, una Acer en la que armé las ediciones restantes y muchas publicaciones por encargo. Unos años después cambié a Mac y trabajé con programas como QuarkXpress, Page Maker y últimamente con InDesign.

La desaparición del papel

Es una paradoja que la gran mayoría de los avances tecnológicos en el ámbito editorial estén mayormente al servicio de las publicaciones impresas —muchas de ellas con tirajes de cientos de miles de ejemplares—, que pronto serán una reminiscencia del pasado, si hemos de hacer caso al empresario Ross Dawson y sus predicciones acerca de cuando los periódicos en su forma actual serán “insignificantes” y una parte de ellos se publicará casi exclusivamente en formatos digitales, se mudará a otros medios o combinará diversas plataformas. En una línea de tiempo de extinción de los diarios Dawson aventura, con base en factores clave y tendencias actuales, su desaparición progresiva, la cual se dará primero en Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Islandia, Noruega y otros países europeos entre 2017 y 2023, seguidos casi inmediatamente por Singapur, Australia, Hong Kong y Taiwán hacia 2021 y 2024. En las zonas metropolitanas de México este cambio se producirá en 2033, en tanto que en Chile, Uruguay y Argentina será entre 2035 y 2039. Factores clave los hay globales y nacionales. Entre aquéllos están el desarrollo del papel digital de alta calidad y de plataformas abiertas, la proliferación y la baja en los precios de smart-phones, tabletas y e-readers, cambios en los costos de producción e impresión y tendencias en gasto de publicidad; entre los factores nacionales son importantes el desarrollo económico, la actualización tecnológica, la alfabetización, las políticas gubernamentales, la censura, la solidez financiera de los principales medios, las estructuras de distribución y el comportamiento de los consumidores.

En el ensayo “Libros y edición postartefacto” Craig Mod, editor, diseñador y escritor, habla de la inutilidad de comparar objetos impresos y electrónicos, “la calidad del papel, la densidad de los pixeles en la pantalla”, pero, pregunta, “¿a quién le importa? En realidad, lo que merece la pena tener en cuenta de un libro son sólo relaciones: relaciones entre ideas y recipientes, entre el escritor y el lector, entre los lectores y otros lectores, como ha sido siempre a través del tiempo”, y continúa:

El libro también es un sistema. Por lo general, una isla en sí mismo: inmutable, un sistema que se contiene a sí mismo y que requiere grandes esfuerzos para extenderse más allá de sus ataduras. Cuando está listo, se convierte en un recuerdo de un viaje privado.

[…]

Lo digital cambia todo esto. Principalmente, lo digital elimina el aislamiento […] Los resultados: un aumento de la conectividad, la mutabilidad del artefacto, el vínculo constante con los lectores. Y, lo más emocionante, un registro potencialmente público de modificación, comentario, discusión —anotaciones marginales digitales—, superpuestas al artefacto, que se añaden al artefacto y que lo redefinen completamente.

El primer número de Replicante salió de la imprenta en octubre de 2004, al que siguieron veinte ediciones más hasta 2009. Por muchas de las razones mencionadas decidimos mutar de una revista impresa, trimestral, con un tiraje relativamente modesto —4 mil ejemplares— y grandes gastos en papel, impresión, transporte y distribución, a una publicación digital que redujo ostensiblemente sus costos de producción, incrementó exponencialmente la cantidad de lectores —no solamente en México—, hizo posible la comunicación inmediata entre editores, lectores y colaboradores de varios países y sobre todo nos permitió publicar con más frecuencia, actualizar contenidos y hacer correcciones, así como aprovechar todos los recursos de la red: la imagen en movimiento, el sonido, los hipervínculos y la interactividad. Esto es una tendencia mundial a la que decidimos sumarnos. Quizá eventualmente publiquemos alguna compilación de crónicas o de ensayos, pero estamos convencidos de la conveniencia de editar una revista electrónica que nos permite acceder a nuevas ideas de personas en todo el mundo. Una gran comunidad replicante. ®

—Publicado originalmente en la revista Casa del Tiempo, diciembre de 2012-enero de 2013.

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Publicado en: Insolencia, Noviembre 2012


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