Entrevista con Manuel Delanda

Un filósofo tecnocientífico en el siglo hacker

Mil años de historia no lineal es un extraordinario análisis de la cultura, la historia humana y su relación con su entorno hecho desde diferentes niveles: geológicos, biológicos, ecológicos, sociológicos y tecnológicos. Reproducimos esta entrevista con Manuel Delanda a propósito de la publicación electrónica en Replicante de ese importante libro.

Manuel Delanda llegó a Nueva York en 1975 con la intención de estudiar cine. Venía cargado con algunos de sus cortos en súper 8, entre los que destacaban obsesivos y sorprendentes filmes de hasta media hora pintados a mano. Sus películas del tercer año de la carrera fueron exhibidas en la Bienal del Museo Whitney de 1979 y dos años más tarde un corto suyo fue seleccionado para el festival de cine de Nueva York. Para entonces Delanda ya se había convertido en un icono de la escena artística alternativa del Lower East Side. Sin embargo, decidió abandonar el cine ya que no estaba dispuesto a sacrificar ocho meses del año reuniendo fondos para luego pasar cuatro meses filmando y editando una película. Entonces Delanda se reinventó, se compró una computadora Cromemco, un monstruo megalítico industrial nada menos que de 64K de memoria, que debía ser ensamblada, pero tenía la capacidad de digitalizar cuadros de video. Al terminar de armarla Manuel descubrió que no existían programas para ella sino que el propietario tenía que escribir su software. Así Delanda se vio forzado a convertirse en programador, inicialmente en Basic y después en Pascal. Para 1985 logró crear un programa de animación en tercera dimensión para la IBM que permitía hacer “cambios de cámara” y otros efectos. Por esa época comenzó a hacer dibujos con plotter, los cuales exhibió en 1986 en una galería del East Village y con ellos abandonó el arte, aunque durante quince años hizo secuencias de animación en computadora para anuncios. Comenzó entonces a escribir y a reflexionar en torno a la filosofía, primero partiendo del cine (su primer ensayo se llamó “Wittgenstein en el cine”) pero luego, valiéndose del redescubrimiento que tuvo de las matemáticas en su experiencia como programador y de su interés por Foucault, Deleuze y Guattari, le dio un giro a su perspectiva, y entre 1986 y 1989 escribió su libro War in the Age of Intelligent Machines (Nueva York: Swerve Editions, 1991; La guerra en la edad de las máquinas inteligentes). Después publicó One Thousand Years of Non Linear History (Nueva York: Swerve Editions, 1997; Mil años de historia no lineal), un extraordinario análisis de la cultura, la historia humana y su relación con su entorno hecho desde diferentes niveles: geológicos, biológicos, ecológicos, sociológicos y tecnológicos. Ese fue probablemente su último libro de difusión popular, ya que ahora Delanda se ha entregado en serio a la ciencia y la filosofía. Lo siguiente es parte de una conversación con Delanda que tuvo lugar en su departamento en Midtown de Manhattan.

Naief Yehya: La lectura de La guerra en la era de las máquinas inteligentes le dio un nuevo cauce a mi trabajo. Lo curioso es que lo leí pensando en la primera Guerra del Golfo y me ayudó a entender la cyborgización (la deshumanización de la guerra, la mistificación de las tecnologías, la obsesión de la vigilancia y la transformación del conflicto en entretenimiento).

Manuel Delanda: Desgraciadamente cuando ocurrió la guerra ese libro ya estaba escrito. Cuando entregué el manuscrito, a mediados del 89, el Muro de Berlín aún no se caía y la Unión Soviética no se había desintegrado. Cuando salió, dos años después, ya todo eso había ocurrido. O sea que el libro se podía haber muerto mientras se editaba, ya que hubiera quedado obsoleto de haberme enfocado en amenazas nucleares y demás. De repente ya no había URSS, se acabó la Guerra Fría y todo había cambiado. Afortunadamente me concentré en el tema de la inteligencia artificial, que resultó ser el que se ganó la lotería, ya que ocurrió la Guerra del Golfo y vimos el uso de las bombas inteligentes y todo eso. Pero no lo escribí por eso. Yo vi venir esas tecnologías. Llevaba muchos años metido en computadoras, había estudiado la inteligencia artificial y sabía quién financiaba esas investigaciones. Pero cuando ocurrió la Guerra del Golfo se confirmó que por ahí iba la cosa. Todavía no había máquinas autónomas, pero sí había bombas que calculaban su trayectoria.

—En 1997 tomé tu curso en la Universidad Columbia. ¿Sigues dándolo?

—Entonces llevaba apenas dos años con ese curso. Lo sigo dando también en otras universidades. Ahora es muy fácil porque ya me lo sé de memoria, cuando tú lo tomaste estaba fresco y nuevo. Está mejor integrado ya que he escrito algunos libros más desde entonces y he resuelto algunos problemas conceptuales. Por ejemplo, en lo que respecta a la estructura de la sociedad. Acabo de escribir un libro sobre la complejidad social, en el que resuelvo ciertos problemas cruciales para la ciencia humana.

—¿Ya lo terminaste? ¿De qué trata?

—Ya lo mandé pero me están chingando por el título. Yo no sé por qué la gente se mete en eso. Es un libro que va a vender tres mil o cuatro mil copias máximo y le dan una importancia desmesurada al título. El que tiene ahora suena un tanto académico: Teoría de los ensamblajes y complejidad social y trata sobre la teoría de los ensamblajes de Deleuze, que es su manera de reemplazar a Hegel. Básicamente antes de Deleuze la única manera de pensar totalidades que tienen propiedades irreducibles es por medio de síntesis hegeliana, una de las cosas que los hegelianos atacan de los demás es que hacen análisis y son reduccionistas. O sea que si no quieres ser reduccionista entonces tradicionalmente eres hegeliano; Marx era hegeliano, por ejemplo. Pero Deleuze sale directamente en contra de Hegel para tratar de decir: existe otra manera de ver esa síntesis, que no sea la negación de la negación, de una manera un poco más científica, con procesos de génesis sacados de la física y de la química y la biología, para no andar inventado chingaderas a priori. Y eso es la teoría de los ensamblajes, una manera de explicar las totalidades con propiedades emergentes sin pasar por la negación de la negación, sino postulando otros procesos de síntesis. Ya había escrito sobre eso. En Mil años hablo de estructuras que resultan de materiales sedimentados (materiales físicos, biológicos, culturales) que luego se cimentan y adquieren permanencia. En el nuevo libro extiendo esas ideas. El título impuesto por la editorial es Una nueva filosofía de la sociedad.

—¿Y qué tipo de estudiantes tienes ahora?

—Mis estudiantes siempre han sido arquitectos y urbanistas.

—¿Cómo es eso?

—Porque las ciudades como actores históricos es uno de los temas principales de mi filosofía social. Además hay una conexión indirecta con la guerra, ya que el primer posmoderno que comenzó a hablar de eso fue Paul Virilio, que es arquitecto. Él escribió sobre la guerra y la velocidad. Su primer libro fue sobre bunkers y refugios subterráneos, Bunker Archeology. Pero Virilio saca unos libritos casi como de Sun Tzu: llenos de máximas y sin referencias. Así que todo mundo estaba frustradísimo por estar leyendo cosas tan padres sobre la velocidad y demás pero no se podía llevar la reflexión más allá, porque Virilio quería que lo citaran a él y no a las referencias. Cuando salió mi libro de la guerra, en el que hablo de los últimos 500 años de guerra, por lo menos desde Maurice DeNassau, desde 1560, para poder entender y dar el fondo al papel que desempeñan las computadoras ahora. Si no entiendes la historia de las tácticas, de la logística o de la estrategia o de los diferentes tipos de armas no vas a entender en qué sentido son significantes o importantes, por ejemplo, los juegos de guerra computarizados. Había que darle relevancia histórica a eso y obviamente utilicé a Virilio, pero también descubrí a muchos otros autores mejores que él. Historiadores militares que dan muchos más detalles, como William McNeill, Paul Keegan, Trevor Dupuy, quien tiene los mejores modelos de computadora, y Martin Van Creveld.

—¿Has escrito acerca de la actual “guerra contra el terrorismo”?

Yo vi venir esas tecnologías. Llevaba muchos años metido en computadoras, había estudiado la inteligencia artificial y sabía quién financiaba esas investigaciones. Pero cuando ocurrió la Guerra del Golfo se confirmó que por ahí iba la cosa. Todavía no había máquinas autónomas, pero sí había bombas que calculaban su trayectoria.

—No hablé mucho de eso en el libro de la guerra. Un poco nada más al hablar de las guerras coloniales, cuando tienes a los soldados europeos que se forman en línea con sus mosquetes y disparan todos al mismo tiempo peleando contra tribus y guerreros que no se iban a formar derechos, y eventualmente tuvieron que cambiar su estilo de guerra para adaptarse al estilo de guerra de guerrillas de las colonias. Éstas son las denominadas guerras asimétricas. La idea básica es que si eres inferior tecnológicamente a tu enemigo, niégale la ventajas de la tecnología. Si el enemigo puede interceptar tus comunicaciones por radio porque tienen satélites espías no uses radio. Si el enemigo necesita verte para atacarte haz que nunca te vean, como en Vietnam, con túneles y demás. Es dificilísimo para un ejército normal pelear estas guerras.

—Así como está sucediéndole a Estados Unidos en Irak.

—Con el hecho agregado de la devoción tan intensa que tienen los hombres bomba. Los terroristas europeos ponen bombas y se van, yo no me acuerdo de ningún irlandés que se explotara a sí mismo, por más cristiano que fuera. La intensidad de la devoción añade un elemento importante a la guerra asimétrica. La guerra asimétrica y el terrorismo tienen dos historias diferentes pero están entrelazadas. No sé si te acuerdas del terrorismo de los anarquistas a finales del siglo XIX o de los irlandeses a principios del XX, sus atentados casi siempre eran contra policías, soldados, políticos e instituciones, el objetivo no era explotar civiles, eso es nuevo. Haciendo eso le quitas legitimidad a tu causa. Mucho por lo que peleas guerras es precisamente para ganar legitimidad, ganar soberanía. Por lo que esa táctica es contraproducente a largo plazo. Sin embargo, a corto plazo amplifica tu poder de resistencia. Yo lo dije desde que empezó el segundo conflicto del Golfo. Ganar la guerra va a estar fácil, ganar la paz será imposible.

—¿Te interesa hacer una continuación del libro de la guerra?

—Si hubiera una segunda edición sí lo rescribiría, no tanto porque haya pasado nada en el mundo militar que cambie mis opiniones. Toda la información iba primero a una agencia central y luego era mandada a los diferentes websites, nunca hubo un uso descentralizado que realmente permitiera que la internet ofreciera algo diferente. De manera que las conclusiones de mi libro sobre el exceso de centralización en las instituciones militares siguen siendo válidas. Los cambios serían porque mi teoría de lo social ya se volvió más sofisticada y me gustaría componer algunas cosas y claro, además, la internet sí ha cambiado un chingo y la última sección del capítulo 3 es sobre la internet. Esa parte sería la que cambiaría más. Acuérdate cómo era la internet en 1989.

—Estoy de acuerdo en que sí hay cuellos de botella mediáticos y hay un gran filtrado de la información. Pero algo que me impresionó fue el fenómeno de los bloggers, lo que permitió que cada soldado pudiera convertirse en reportero y con lo que aparecieron miles de improvisados corresponsales de su propia guerra.

—El fenómeno de los blogs es importante, aunque yo no los leo mucho porque todo mundo tiene su opinión y son miles y miles de opiniones. Pero tiene mucho sentido que haya tanta gente que quería exponer sus opiniones y ahora tienen su forum descentralizado. Ya desde las elecciones de 2004 los escandalitos salieron primero en blogs, se le adelantaron a la prensa en un par de ocasiones. Hay un chingo de mierda pero me imagino que hay buenas cosas y esto de los soldados haciendo sus propios blog me parece buenísimo, habría que analizar bien la historia para ver qué tan censurado estuvo, pero ciertamente está mucho mejor que las noticias oficiales. Después de Vietnam los militares aprendieron que si no se controlan los medios de comunicación pierdes la guerra en el frente doméstico.

—Me parece muy interesante cómo viniendo del cine de pronto te conviertes en icono cultural de la generación del mundo virtual.

—Fue por el libro de la guerra, yo creo. El capítulo 2 usa ejemplos militares pero es una explicación filosófica del software. Y habla filosóficamente de los programas, de lo que son las matemáticas, los lenguajes formales y cómo han evolucionado hacia la inteligencia artificial. No tanto el tema de la guerra, sino ese capítulo hizo que programadores y hackers pusieran atención. Y como te dije, exhibí todo un año en una galería, como artista de computadora, y mi trabajo se dio más o menos a conocer, salió en alguna revista y en una entrevista también se me presentaba como artista de computadora. La entrevista de la revista Mondo 2000 (que ya desapareció) salió precisamente un año después del libro. Eric Davies hizo la primera reseña sobre el libro para Village Voice. Después arrancó la internet y yo arranqué con ella. Porque participé en toda clase de ferias y conferencias de ciberpolítica, ciberesto y ciberaquello en 93, 94 y 95, y cuando llegó el web en 95 entonces hubo aún más interés. Durante casi toda la década de los noventa mi audiencia era gente del ciberespacio. Di muchas conferencias y escribí muchos ensayos, algunos de los cuales van a ser reescritos para un nuevo libro que se va a llamar Virtualidad real.

—Explícame cómo fue que te metiste en Deleuze.

—Cuando llegué a Nueva York en 1975 nada más traía dos libros, Lógica del sentido, de Gilles Deleuze, y La estructura ausente, de Umberto Eco. A Deleuze no le entendía una chingada, pero yo sentía que tenía un secreto que debía descubrir. Por ejemplo, la palabra singularidad es un término matemático, es una estructura topológica de ciertos espacios que es muy importante y él la usa en ese libro. Deleuze me entró inconscientemente: empecé a leerlo en 75 y hasta el 85 realmente no le entendía. Ya llevaba diez años leyéndolo y aún me preguntaba: ¿Te cae de madres que hay máquinas deseantes conectadas a cuerpos sin órganos por series conectivas…? ¿Qué es eso? Pero a la vez que pensaba que era un alucine, había palabras que se me pegaban, como singularidad o multiplicidad, y poco a poco fui descubriendo que estos conceptos eran tema de libros de ciencia. Eran libros de matemáticas que parecían ininteligibles, pero los compraba y empecé a hacer mi colección de teoría de catástrofes, teoría del caos, bifurcaciones y atractores. Desde el principio de los ochenta ya estaba leyendo sobre estos temas que resonaban con Deleuze y así fui entendiéndolo poco a poco. Deleuze descubrió las ideas de Henri Poincaré, un matemático francés de fines del siglo XIX, que ideó una manera visual de ver las ecuaciones que se llama espacio de fase, que te da diagramas topológicos en vez de símbolos. Las ideas de Poincaré sólo tuvieron influencia filosófica en algunos rincones de Francia. Pero en los sesenta, y más aún con la aparición de la teoría del caos, Poincaré fue redescubierto y aumentó su influencia. Deleuze leyó a todos los principales discípulos de Poincaré en los sesenta y cuando escribió Diferencia y repetición y La lógica del sentido él ya sabía de todo eso. Esto lo demuestro en mi libro Ciencia intensiva (Intensive Science and Virtual Philosophy, Londres: Continuum Books, 2002) y realmente hay que leerlo para creerlo, ya que yo mismo no lo creía. De hecho hasta que no escribí ese libro no estaba convencido. Ese libro no utiliza ni uno sólo de los conceptos de Deleuze, no hay cuerpos sin órganos ni desterritorializaciones ni chingaderas de esas. Todo está escrito en un lenguaje que un científico puede entender, así el primer capítulo es de matemáticas, luego hay biología, física teórica, etc., y al final entiendes que Deleuze está hablando de un nuevo materialismo, precisamente lo que se necesita para remplazar al materialismo dialéctico. Por tanto no podía haber estado tan loco. Lo que sucede en libros como el Antiedipo es que decidieron [él y Guattari] alucinar con el lenguaje, precisamente para desconcertar a todo mundo. De hecho, ultimadamente es su peor libro ya que se concentran demasiado en el psicoanálisis que en los sesenta era un gran tema, pero ahora nadie habla de eso fuera de ciertos departamentos académicos. Creo que es mucho mejor libro Mil planicies. Al final de Ciencia intensiva hay un apéndice que es una especie de piedra Roseta de las palabras de Deleuze: libro por libro voy explicando lo que significa cada término. Y al final de ese apéndice toda su terminología loca termina teniendo sentido. Desgraciadamente, en muchos de sus libros (no todos) experimenta demasiado con la terminología. ¿Y para qué? Quién sabe, porque se condenó a muerte, en este país [Estados Unidos] Antiedipo es su libro más popular, y es el peor, nadie lo entiende y nadie jamás lo ha leído en los departamentos de filosofía. Lo filósofos lo ignoran totalmente. ¿Cuál era la idea de escribir así? Hasta la fecha no lo entiendo. Yo creo que fue el espíritu del 68. Seguro Guattari le pasó un ácido a Deleuze. Pero la convergencia de la topología, la física de la autoorganización y las matemáticas diferenciales que explora Deleuze, y que es sobre lo que yo escribo en mi libro, es ciencia real y es filosofía muy seria. Deleuze sabía definitivamente quién era Prigogine, lo menciona una vez en ¿Qué es la filosofía? Y además Guattari, quien era diez años más joven que él, lo conocía. También ahí mencionan el libro del Caos y en Mil planicies hablan de fractales. Diferencia y repetición y Lógica del sentido son sus libros más técnicos, pero ahí está presente una teoría basada en la ciencia de las estructuras topológicas de la autoorganización, que es una manera de reemplazar a la dialéctica. La autoorganización es una síntesis material de átomos, moléculas, huracanes, montañas, pero también de plantas y animales, etcétera. Y reemplaza a la dialéctica ya que es mucho más abierta a la ciencia moderna. Bergson es también parte de este movimiento. Uno de los primeros libros de Deleuze es sobre bergsonismo y de ahí también tomó cosas. Spinoza es uno de los primeros materialistas de este tipo, con todo y que escribió en el siglo XVII. Esta es básicamente la historia de mi relación con Deleuze. Pero hay otra conexión: desde que vivía en México he usado hongos y peyote para filosofar. Llegando a Estados Unidos cambié a ácido que para mí es mucho más confiable porque las dosis son mucho más racionales y controlables. Sabes que cinco tienen tal efecto, seis hacen esto, con tres puedo aún saludar, con cuatro no. En cambio con hongos y peyote tú nunca sabes. Yo siempre he sido muy alucinado en ese sentido, y el estilo alucinado de Deleuze también me influyó. Desde la primera vez que lo leí yo se los recomendaba a mis amigos pachecos de México. Yo lo leía y lo volvía a leer y pensaba que ahí estaba la teoría del viaje, que ahí estaba la explicación de esa dimensión del viaje que yo veo, de esa locura esquizofrénica que producen esas sustancias. Me tomó años y hasta que no lo entendí no escribí de eso. Pero en el libro de la guerra ya hablo de Deleuze, del filum maquínico y del filum autoorganizante. Cuando eventualmente descubrí a Prigogine, uno de los principales físicos químicos de la autoorganización, y a Benoit Mandelbrot, de los fractales, todas las piezas del rompecabezas comenzaron a caer en su lugar, por ahí de 1988 y 1989. Entonces regresaba a los libros de matemáticas que coleccionaba y veía que en ellos se trataban los mismos conceptos.

—Ahora Deleuze tiene seguidores muy apasionados, es un filósofo de culto y alrededor de sus ideas se forman capillas de fieles. ¿Cómo te ha ido con tu libro entre ellos?

—En las últimas dos conferencias a las que he ido, una en la que había tantos deleuzianos que si un terrorista hubiera puesto una bomba hubiera eliminado el movimiento, me fue de maravilla.

—Hace algunos años querías escribir libros más populares.

—Sí, como el de la Política del software, pero la única manera en que lo habría hecho es si me hubieran dado un buen adelanto, eran ensayos nuevos sobre la política de los domain names (.com, .org, .edu), los cypherpunks, el movimiento open source, etc. Pero eso implicaba dedicarle un año de mi vida. En cambio el libro que terminé escribiendo es lo opuesto de lo popular (Ciencia intensiva). Es Deleuze para científicos, y lo hice en parte porque yo tenía que defenderlo de los críticos que atacaban, de los que decían que él no entendía nada de ciencia.

—¿Tuvo que ver el libro de Alan Sokal y Jean Bricmont [Imposturas intelectuales, el escandaloso ensayo en el cual pasan cuchillo a filósofos a los que acusan de abusar de conceptos científicos que no entendían] en tu decisión de tomar a la ciencia tan en serio?

—Completamente, y hasta la fecha estoy tratando de tener un debate con Sokal y lo podemos hacer al estilo de máscara contra cabellera. Y estoy seguro de que al final aceptará que cometió un error al incluir a Deleuze en su libro.

—¿Pero estás de acuerdo con algunos de sus argumentos?

Deleuze descubrió las ideas de Henri Poincaré, un matemático francés de fines del siglo XIX, que ideó una manera visual de ver las ecuaciones que se llama espacio de fase, que te da diagramas topológicos en vez de símbolos.

—Sí, claro, felicité a Sokal cuando le hizo lo que le hizo a Andrew Ross y a los de Social Text [Sokal sometió a la revista un artículo paródico titulado: “Transgressing the boundaries: Toward a transformative hermeneutics of quantum gravity”, que no era más que un amasijo delirante de incoherencias entre las que destaca la noción de que p (pi) y la G de Newton no son constantes universales ya que pueden ser percibidas en su “ineluctable historicidad”]. Todo el campo de “science studies” es un horror: sociólogos y antropólogos tratando de atacar el contenido objetivo de la ciencia sin realmente entender los detalles técnicos. Yo de hecho llamo a este campo académico “scientology studies” (tú sabes, como la dianética), y Bruno Latour es como el John Travolta de la cientología, un actor talentoso del cual uno se pregunta ¿cómo es posible que le hayan lavado el cerebro para meterlo en eso? Algo parecido le pasó a Latour, quien tiene buenas cosas pero no es ni por error el genio que él cree que es. De hecho en el libro serio que estoy haciendo ahora (tardará tres años en salir) por primera vez discuto cómo se produce el conocimiento científico, y voy a poder escribir de Latour y sus seguidores y dar mis críticas en detalle.

—Obviamente has elegido un nicho cultural muy especializado, ¿o esperas llegar a un público más amplio?

—No, para nada. Al revés, quiero escribir cada vez más en un lenguaje más técnico. Económicamente me puedo pasar el resto de mi vida dándoles clases a arquitectos, quienes son mitad artistas mitad ingenieros y por tanto tienen que ser materialistas, no son como un escultor abstracto que sólo maneja conceptos. Y mientras yo esté hablándole a materialistas y ganándome la vida así no tengo el menor problema. Porque yo sé que Deleuze inventó algo nuevo y soy el único (ejem, ejem) que está poniendo su trabajo de manera clara, porque continuar con el mismo tipo de lenguaje, blofeando la mayoría del tiempo, pretendiendo que uno sabe lo que significa “desterritorializar”, pero sin realmente saber (mucha gente hace eso), es una pendejada, y me pongo furioso ya que quienes lo hacen no pueden ni definir los términos que usan. Esas gentes van a transformar a Deleuze en otro Derrida. La palabra deconstrucción, por ejemplo, cuando la usa Derrida, significa algo serio. Estarás o no de acuerdo con el, pero él pensó que tenía una teoría seria de los sistemas conceptuales que según él estaban todos basados en dicotomías (femenino/masculino, blanco/negro) en los que siempre uno de los términos es el dominante y el otro el dominado. A lo mejor su teoría es correcta, a lo mejor no. Pero si todos los sistemas conceptuales están hechos así, claramente Derrida no podía crear otro sistema conceptual porque caería en lo mismo, por lo que deconstruir era su única opción. Pero la decontrucción se aplica únicamente a sistemas conceptuales, no al cine ni a la arquitectura ni a las motocicletas. Pero la pinche palabrita ya la oyes hasta en la televisión y es tan sólo una manera pretenciosa de decir análisis. Deconstruir algo de la manera en que el término es usado por gente ignorante es analizar algo. Ese estilo posmoderno, de cualquier manera, es demasiado siglo XX, demasiado sesentas, demasiado hippie. Lo que tiene que llegar es otro estilo para este siglo, un estilo hacker, claro y preciso, tan claro que corra sin errores en una computadora. ®

—Publicado originalmente en Replicante no. 8, “Sólo ciencia”, agosto-octubre 2006.

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Publicado en: Hemeroteca, marzo 2011


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