Éric Cantona, el Diógenes de las canchas

Fragmento de Éloge du mauvais geste, de Ollivier Pourriol

Cantona era Dios y se le juzgó como a un hombre cualquiera cuando castigó con la furia de sus zapatos y sus puños a otro mortal que lo había insultado.

http://www.youtube.com/watch?v=VhOtPeq5xIU&feature=related

Selhurst Park, Croydon.
Campeonato de Inglaterra (Liga Premier)
Crystal Palace FC vs Manchester United
25 de enero de 1995, minuto 61

¿Ya ha escuchado a un estadio entero clamar su nombre? Es lo que le sucede todas las semanas a Éric Cantona, alias “Eric the King”, rey de Manchester United —también se le dice “God” o simplemente “Dieu”, en francés. Cantona, confiesan incluso aquellos que aman odiarlo, aportó al futbol inglés la fineza que le faltaba, la gracia, la inspiración: el French touch. Los hinchas del Manchester, agradecidos, tienen por hábito cantar La Marsellesa en su honor, remplazando las letras originales por un más bien lacónico “¡Oooooh Ahhhh! ¡Cantona!” En Manchester Dios es french, y su nombre es Éric.

Esa noche el equipo de Éric está en desventaja y juega contra el Crystal Palace. El partido es viril, sin ser incorrecto. Cantona, bien marcado, neutralizado por la defensa adversaria, no puede mostrarse en su completa mesura. Frustrado, se deja llevar y responde con una patada a un adversario que se frota a él demasiado cerca. Cantona aprecia a los árbitros ingleses. Cuando cometen errores, son errores “justos”, “sólo son errores”, dice, no incompetencia o corrupción. Errores de hombre. El árbitro que lo excluyó aquella noche no cometió un error: Cantona mereció sobradamente su tarjeta roja. No protesta, sabe perfectamente lo que hizo y deja el terreno. Para llegar a los vestidores debe pasar a lo largo de una tribuna llena de hinchas del Crystal Palace. Momento de soledad pero pasaje obligado. Camina, con la cabeza en alto, bajo los gritos burlescos de la muchedumbre y los rituales “Off! Off! Off!” que escoltan a los jugadores expulsados, cuando de repente… algo atrae su atención. Se acerca a la barrera que lo separa del público, luego, con una determinación salvaje, se avienta, con el pie derecho por delante, al estilo Bruce Lee, sobre un tipo a quien golpea en el pecho, con su suela de tachones. Sigue un breve intercambio de puñetazos, uno de cada lado, pero Cantona rápidamente se ve rodeado, alejado y dirigido a los vestidores. Estupor general.

Éric Cantona

¿Por qué, mientras que toda la tribuna de los hinchas del Crystal Palace lo acosaba, haber tomado como blanco a ese tipo en particular? ¿Qué fue lo que llamó su atención? Los insultos, evidentemente. Cantona habría podido hacer como si no hubiera escuchado nada, como siempre. Un hincha lo insulta, no es propiamente a usted a quien insulta, en última instancia se trata de un cumplido al revés, que reconoce su valor en oposición: “Me regocijo de tu expulsión porque eres el mejor del equipo adversario”. Pero entre el montón de insultos, dos palabras aparecen muy seguido: “French” y “motherfucker”. A Cantona —como a Zidane cuya madre habría sido igualmente evocada por Materazzi—, no hay que hablarle de su madre. No en esos términos. La prueba de que los futbolistas seguido se quedan como niños grandes, ¿no es apego visceral a su mamá? Sobre el terreno, Cantona es reputado por su bueno ojo y su visión de juego. Quizás también percibió el movimiento de ese hincha, que dejó su lugar y descendió once gradas para lanzar sus invectivas. ¿Cómo ser insensible a semejante celo? El lastimoso, protegido por el anonimato de la muchedumbre, viene a escupir sobre la estrella que imagina debilitada por su expulsión. Si me atacas personalmente, si no permaneces suficientemente general y ritual en tu insulto, y que te ofreces el derecho de venir a insultarme no en masa sino en persona, entonces me otorgo el derecho igualmente de replicarte personalmente, de hacerte salir de la muchedumbre en la que te encuentras fundido para atacarme. Te aíslo, te tomo por blanco, a ti, a ti que tienes una madre también, y te castigo, como lo mereces, y como ella debió hacer hace mucho tiempo para enseñarte las buenas maneras.

Una brutalidad no equivale a otra. Schumacher golpea un adversario para evitar la derrota: es mezquino. Cantona, él, golpea, luego de haber dejado el terreno, a alguien que no juega, que normalmente no cuenta, no existe, el jugador número doce, un pequeño pedazo de eso que llamamos el jugador número doce para designar a la afición de un equipo, generalmente cuando juega de local y puede contar masivamente en su público. Pero él es un jugador número doce que lo insulta. Uno puede verse insultado en el terreno, eso incluso sea tal vez parte del juego, pero cuando no se juega más, ¿por qué no reaccionar como hombre? Cierto, no es a Éric a quien insulta, es a Cantona. No el hombre, el jugador. La estrella. Cantona es una idea, Cantona es el King, el God de Manchester: Cantona no existe. Pero Éric sí. Y esa noche Éric toma la defensa de Cantona. O más bien se siente aludido personalmente. O tal vez tiene ganas de sentirse aludido. Ganas de desatarse. “Motherfucker” no alude jamás a la madre de nadie, entonces uno es libre de tomarla por la suya. “Primero soy una persona, luego un jugador”, concluye para esclarecer su gesto.

Se acerca a la barrera que lo separa del público, luego, con una determinación salvaje, se avienta, con el pie derecho por delante, al estilo Bruce Lee, sobre un tipo a quien golpea en el pecho, con su suela de tachones. Sigue un breve intercambio de puñetazos, uno de cada lado, pero Cantona rápidamente se ve rodeado, alejado y dirigido a los vestidores. Estupor general.

Su club, pensando de esa manera evitarle consecuencias penales, decide castigarlo de manera ejemplar: una multa consecuente y una suspensión hasta el final de la temporada. Castigado igualmente a escala internacional, pierde el brazalete de capitán del equipo de Francia. Pero nada de eso le impide ir y mostrarse frente a los tribunales. No menos de diez oficiales de la policía metropolitana fueron movilizados para reunir pruebas y testimonios concernientes al hecho, cuando se cuenta sólo con seis, al mismo tiempo, para un caso de homicidio. El día de su juicio Éric Cantona enarbola, talismán a manera de guiño o provocación irónica, una reproducción de la Estatua de la Libertad. La juez decide golpear duro: dos semanas de prisión. La Estatua de la Libertad cobra el golpe. Cantona, herido pero no resignado, se ampara.

Inglaterra está dividida sobre el caso Cantona. ¿Quemar al ídolo o salvarlo? Fue Michel Platini quien había tenido la idea de arreglar la transferencia de Cantona a Inglaterra. En Francia ningún club lo quería más. Demasiado inestable. Imprevisible. Indeseable en la república francesa, rápidamente se convirtió en rey en esa monarquía parlamentaria donde gusta tanto reconocer el esplendor de un “carácter”. Durante el segundo proceso, de entrada es el elemento que la defensa pondrá por delante y que convencerá a la corte: si Cantona golpeó al hincha es porque ha reaccionado a una provocación, por su “carácter”. Y el “carácter”, esa pasión que hace la calidad de su juego, lleva en él el riesgo o la promesa de la cólera. Generosidad, bravura de toro. Esa pasión no es un defecto que habría que eliminar, que un consejero en la gestión de la cólera podría hacer desaparecer beneficiosamente, al contrario es su fuente del talento, su esencia misma. La genialidad siempre en el límite con la locura. “Sin compararme con McEnroe”, dice Cantona, “¿ustedes creen que habría dado los mismos golpes, tenido la misma inspiración con el carácter de Borg? Imposible”. Cantona comparte el análisis de Gilles Deleuze quien, en su Abécédaire, en T de “Tennis” pone en oposición el tenis “aristocrático” de McEnroe, colérico, con audacia, arriesgado, cerca de la red y, sobre todo juega al límite, sin ninguna seguridad. Borg, a su vez, se queda confortablemente en el fondo de la cancha e inventa el tenis de usura, con grandes lances elevados, asegurados de caer al interior de las líneas. Un poco como si un caballero enfrentara a un artillero. ¿Qué quiere decir Cantona? Todo el mundo puede jugar como Borg, es por eso que Deleuze dice que inventó el tenis “democrático”. Mientras que McEnroe es inimitable. Borg inventa un tenis reproducible, industrializable, igualitario: trabaja. Mc Enroe inventa un tenis inimitable, artista, “aristocrático”: juega.

Como McEnroe, Cantona juega. Como McEnroe, siempre inventa. Incluso en la forma de responder al insulto de un anónimo en la muchedumbre, inventa. Si Cantona es tan imprevisible y sorprendente, no es a causa de un defecto en su carácter, sino por un método: trabaja la sorpresa, por lo tanto a sorprenderse igualmente. Para ser realmente imprevisible hay que poder escapar a veces a su propia vigilancia. La espontaneidad hay que trabajarla. O más bien no hay que trabajarla: hay que vivirla. Trato, dice Cantona, de ser tan instintivo como sea posible. Cuando tiro mi camiseta al piso, o algún otro acto de rebelión, es porque reacciono con pasión. Eso que aceptamos en el cine o en el teatro, ¿por qué no aceptarlo sobre el terreno de juego?

Entre sus héroes de infancia, Bruce Lee, el rey del kung-fu, al igual que Johan Cruijff, el maestro holandés del juego bello, o “football total” de los años setenta. También están Baudelaire, Rimbaud, poetas malditos tal vez, pero sobre todo inventores de la belleza en la punta de la modernidad, y, más humanista, menos venenoso, Saint-Euxpéry. Finalmente, Jim Morrison, cantante de los Doors, “el grupo, como decía su manager, que amarán odiar”. Un panteón donde se codean indistintamente los grandes del verbo y los grandes del gesto.

Si Cantona se hubiera contentado con un gesto pequeño, con un banal puñetazo, como se ve todos los fines de semana en los pubs ingleses atestados de borrachales a flor de piel, quizá el asunto habría causado menos ruido. Pero su gesto es inaudito. No es simplemente el jugador que golpea a un hincha, entre hombres, a puñetazos, como todo el mundo, sino una irrupción de las artes marciales de extremo oriente en la arena del deporte occidental. ¿Gesto de kung-fu o de King fou?1 Una suerte de collage, una cita cinematográfica surgida de un póster de recámara infantil, un gesto que se sueña perfecto, un gesto de chiquillo tratando torpemente de imitar a su héroe Bruce Lee en el patio de recreo. Un gesto de héroe asesino y al mismo tiempo un gesto casi ficticio, salido de un imaginario de serie B. Una venganza como en una película. Hay que ver la dimensión ficticia de ese gesto. Y su lado fracasado. Cuando los niños juegan a imitar las películas de artes marciales, si se hacen daño se debe sobre todo a su torpeza. Hay ese momento un poco extraño donde Cantona queda atrapado por la barrera, como un toro que habría querido saltar en la muchedumbre, y que cocea, una fuerza salvaje, incontrolable. Una intención enmarañada en la materia, en la barrera, y que lucha con la energía de la desesperación. Sueño con ser Bruce Lee y de volar hacia ti con una trayectoria perfecta para aniquilarte. En lugar de eso me golpeo contra una barrera y trato patéticamente de darte un puñetazo, que me regresas también patéticamente, y ahí nos quedamos: nos han separado. Pero el principio de mi gesto era bello, de una belleza extraña, como poética: un vuelo, los brazos separados, como un águila negra, los puños por delante. “Lo bello siempre es raro”, escribió Baudelaire.

Éric Cantona

Se le moralizó mucho a Cantona. No, eso no se hace, golpear a un espectador. Es la estrella quien debe mostrarse ejemplar cuando el fan no lo hace. Los roles están claramente definidos. Aunque Cantona, con su gesto, da su propia lección de moral. Cada uno, por oscuro que sea, es responsable de sus actos y de sus palabras. Yo que soy una persona, antes que jugador, respondo a tu provocación, a ti que no eres nadie, y te elevo a la dignidad de un individuo responsable. Hago de ti un hombre como los otros, mi igual, mientras que tú te comportas como un cobarde escondido en la muchedumbre, protegido, crees, por esa ridícula barrera. Pero el poeta no conoce ninguna barrera y es también por elevarte que te castigo primero con los pies. Educación mediante el ejemplo. E igualmente, es la paradoja, esplendor monárquico. Si me insultas, en el recinto aparentemente anónimo de un estadio, pagas, y te hago justicia de inmediato, a la vista de todos. De manera desproporcionada, casi irreal, dejo estallar mi fuerza, sobre tu cuerpo que guardará el rastro: la marca de mis tachones, sello de mi reinado. En mi gesto, lo que cuenta es el arrebato, una suerte de loca generosidad —conceder tanto a un solo individuo en medio de la masa—, y el riesgo insensato. Se puede ver en las fotos que Cantona tiene los ojos cerrados en el momento en el que se lanza. Aparentemente los tiburones lo hacen cuando atacan a su presa. Cierran los ojos ante su propia violencia. Nada de piedad por la presa, no verla, no cruzar su mirada.

En la raíz de ese gesto sorprendente, hay una injusticia invisible. Se le podía haber reprochado a Cantona de hacer justicia por sí mismo, pero ¿qué hacer cuando nadie la hará por usted? Cantona se ve insultado por un quídam, el árbitro no escucha nada y no puede hacer nada. Nadie puede. Un gran jugador no acepta nunca no hacer nada. Intenta algo justo donde los demás renunciarían. Intenta lo imposible, aún si nunca se ha hecho, y tal vez incluso porque nunca se hace. La exigencia de justicia se reúne aquí con la exigencia artística: “Zambullirse en el fondo de lo desconocido”, escribió Baudelaire, “para encontrar lo nuevo”. Zambullirse en lo desconocido, antes que aceptar la ya demasiada conocida injusticia. Zambullirse, con los ojos cerrados. No como un tiburón asesino, sino como un poeta que arriesga. Franquear una imposibilidad, es incluso, crear. Cantona siempre se ha visto como un artista.

Pero crear es también crear caos. Cantona, que atraviesa la frontera entre jugadores y público, quebranta una prohibición civilizatoria. En la armada napoleónica, un oficial no puede batirse en duelo con un simple soldado. A una violencia que viene de demasiado abajo no habría que responder. A cierta altura, el oído debería devenir selectivo. Dios no debería responder a la provocación de una de sus creaturas. Pero, por cierto, ¿por qué? ¿Dios, de entrada, es libre no? Comportarse como un dios, ¿no es estar más allá del bien y del mal, más allá justamente de todos los “habría que”, considerar que sólo la acción justa es la acción libre? Poco importa el orden: sólo la libertad vale. Dios, alias God, alias Cantona, ¿pensó en todo esto antes de arrojarse al mismo tiempo sobre un desconocido y en lo desconocido? No tuvo que pensar: su gesto piensa por él. Ése es su credo: la espontaneidad, la verdad del arrebato, revelados en la violencia. En el fondo, tal vez ni siquiera hubo un insulto. Tal vez ese fan, que afirma no haber dejado su lugar más que para ir al baño, simplemente se encontró en el mal momento y el mal lugar. Tal vez Cantona escogió al azar. Poco importa. André Breton decía: “El acto surrealista más simple consiste, revólver en mano, salir a la calle y disparar al azar todo lo que se pueda en la muchedumbre”. Provocación de poeta, elogio del brote incontrolado que no ha dado a luz otra cosa que obras maestras… pero Cantona, con su gesto, hace también temblar las fronteras. Bajo el arte del futbolista, tal vez del arte simplemente. “La espontaneidad es mi forma de pensar; no escribo otra cosa que lo que pasa por mi cabeza. Los futbolistas son surrealistas porque crean en el momento”. Un futbolista, siguiendo a André Breton, es tan surrealista que, como todo lo que es demasiado bello, no puede más que ser verdad. En el poeta, explica Breton en su célebre Manifeste, las imágenes surrealistas se ofrecen “espontáneamente, despóticamente. No puede despedirlas porque la voluntad no tiene ya la fuerza ni gobierna las facultades”. La razón, la decisión no tienen ningún peso sobre la imaginación, la sensibilidad, la creatividad. Lo que cuenta, en efecto, es la ausencia del “menor grado de premeditación”. La espontaneidad pura, en el deporte como en el arte o en la cólera. Cantona es “un ser de la especie de los revólveres, de los petardos y de las bombas”.2 Un petardo. De mecha corta.

Se hacía burla, por aquí y por allá, de su propensión a las citas y sus referencias poéticas incluso en el seno del vestidor. Pero ¿cómo reprochar a un futbolista hacer citas con sus pies? Diógenes el Cínico, adepto de la filosofía a bastonazos, que vivía en la calle y atacaba a los transeúntes, habría disfrutado esa patada. Como todos los representantes de la escuela cínica, tenía como deber filosofar con el cuerpo tanto como con las palabras, de vivir su pensamiento con el mismo despojo y la misma rabia que un perro,3 de hacer reflexionar por medio de puras acciones —como masturbarse en público— antes que por vanos parloteos. Hay algo de un Diógenes de los estadios en este Cantona lanzándose como un perro rabioso sobre el imbécil que tuvo la mala fortuna de cruzar el camino de su exigencia. Cantona, filósofo a tachonazos.

Se hacía burla, por aquí y por allá, de su propensión a las citas y sus referencias poéticas incluso en el seno del vestidor. Pero ¿cómo reprochar a un futbolista hacer citas con sus pies? Diógenes el Cínico, adepto de la filosofía a bastonazos, que vivía en la calle y atacaba a los transeúntes, habría disfrutado esa patada.

Durante la conferencia de prensa organizada a la salida, feliz, de sus dos procesos, Eric the King, en un ambiente eléctrico, delante de una bandada de periodistas ávidos de recoger su sentir después de semanas de silencio, suelta una frase lapidaria de una oscuridad que igualaba finalmente la luz deslumbrante: “Cuando las gaviotas siguen la barca”, aquí hace una pausa para beber un vaso de agua perfectamente dramático, “es porque esperan que lanzarán sardinas al mar”. No todos los periodistas presentes ese día cayeron en cuenta de que ellos eran las gaviotas. La pirueta fue recibida con una risa de incomprensión, de connivencia o de burla. Cantona no dice nada más y, como un maestro zen orgulloso de proponer un enigma a la sabiduría de su auditorio, se levanta y deja el salón con un “Thank you” sonoro como un “Fuck off”. Esas sardinas tenían un gusto a cola de pescado.

Interrogado más tarde sobre esa frase falsamente enigmática, Cantona dirá haber simplemente querido tender un espejo a los periodistas presentes. Los periodistas, que se pretenden a sí mismos espejos fieles de la realidad, se encontraron a la vez divertidos y ciegos en este cara a cara entre dos espejos, al punto de buscar en el hecho un sentido escondido. Sus detractores pudieron burlar el vacío o la falsa profundidad de este haiku de futbolista supuesto filósofo, pero es precisamente la vacua espera de su auditorio lo que pretendía revelar. ¿Qué quiso decir ese día? Nada. Precisamente la nada de la situación. Tender un espejo a todos esos periodistas-gaviotas a la espera de que Cantona les lanza algo con que alimentar sus periódicos indigentes. Los trata de gaviotas, un insulto, pero se ríen, porque no quieren o no pueden comprender. Ellos se ríen y él los abandona. Con esa frase como rúbrica. Érica Cantona, collage de poeta y futbolista. Éric Cantona, surrealista. ®

Notas

1 Juego de palabras intraducible: en francés fou significa loco. N. del T.
2 Jean-Paul Sartre, “Érostrate”, in Le Mur. N. del A.
3 “Cínico” viene del griego cunos, el “perro”. N. del A.

[Traducción de Pedro Trujillo]

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Junio 2011


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