Errancias del cuerpo mutante

Sobre Chris Cunningham

La historia de MTV podría resumirse en que si el video mató a la estrella radial, la teverrealidad vino y los aniquiló a todos. Pero hubo un tiempo en el que el canal era el conducto para un nuevo medio, el del video musical, en donde los televidentes eran relevados de su condición pasiva hacia una serie de estímulos chocantes en donde la música se convertía en imagen.

Horrors

Semejante inducción televisiva nunca alcanzó la condición de revolucionar mentalidades (pese a sus intentos), aunque para su segunda década de existencia permitió la emergencia de un grupo de entes que elevarían la empresa dedicada a la propagación viral de una tonadilla a la categoría de arte. Aquellos trabajos, memorables como los días marcados por ciertas catástrofes, provocaron a la música ir un tanto más lejos de sus coordenadas espacio-temporales, instaurando impresiones radicales en la retina y creando mundos paralelos que potenciaban el imaginario de los artistas que promovían, a la vez que inoculaban en los televidentes la gracia del arte y la imaginación. Pero poco entendería de esto la empresa comercial que dirige no sólo MTV sino el mundo entero, y apenas renovado el medio dirigiría prontamente sus pasos hacia una lenta muerte de promoción burocrática de astros musicalmente menores que sería paulatinamente adulterada con series encargadas de reproducir exégesis de anodina realidad.

Ninguna afección recaería sobre el grupo de entes responsables de semejante sedición ante la tragedia del video musical, pues esas rebanadas audiovisuales que la otrora impasible retina había presenciado sólo habían provocado una salivación extrema en el resto del cuerpo de los televidentes, demandando estímulos de larga duración que de nuevo sublevaran su interior.

Casi todo el grupo satisfizo las demandas en pantallas de mayor formato, plasmando sus impresiones en celuloide con mejores o peores resultados, pero sólo uno decidió rezagarse en el camino para responder más que a la masa babeante a su verdadero mundo interno, ese capaz de producir las visiones más frenéticas, perturbadoras y traviesas. Las de Chris Cunningham, por supuesto.

El cuerpo es una obsesión manifiesta en Cunningham, anatomista esperpéntico, pornógrafo desquiciado, tecnócrata sensible, y también es su territorio de acción como caja resonadora del sonido que se le impone.

Pese a que sus credenciales lo acreditaron como colaborador destacado en el área de efectos especiales para Clive Barker, David Fincher y Stanley Kubrick en una edad en la que ni siquiera podía votar, el salto de Chris Cunningham hacia el cine resultó una promesa avivada en cierto tiempo, con la adaptación de Neuromancer, de William Gibson, que lentamente se fue apagando hasta consumirse por completo. Pero quizás este rezago no es de extrañar si pensamos que el medio es un contenedor, así como el cuerpo es el tupperware de los órganos, y lo que esta criatura necesita es encontrar una nueva corporalidad en la cual pueda expresar cabalmente las muy peculiares pulsiones de su interior.

El cuerpo es una obsesión manifiesta en Cunningham, anatomista esperpéntico, pornógrafo desquiciado, tecnócrata sensible, y también es su territorio de acción como caja resonadora del sonido que se le impone.

Dentro de su corta videografía el espectador es testigo de cómo la identidad de esos cuerpos, verdaderos esclavos del ritmo, se convierte en un territorio que trastocado por la mano de Cunningham va más allá de cualquier identidad posible, arrojando géneros y convenciones por la borda, sólo para dejarla a merced de su terrorífica parodia o ante la posibilidad de una reinvención. Siempre bordando entre la inusual línea entre el humor y el horror, el trabajo de Cunningham se presenta con la amoralidad propia de las caricaturas (su fuente de inspiración), creando una realidad suspendida de imaginario procaz y fantástico que adolece de una cortísima duración, cuál animálculo apenas visible.

Pero el efecto que estas visiones provocaron sobre la masa jadeante, con sus neuronas en pleno estado de excitación, ya figurando la innovación de sus propios cuerpos, se convirtió en una demanda incumplida, coronada por largos periodos de invisibilidad y silencio rotos por apariciones espontáneas que provocarán el mismo efecto que un susto. La voluntad poco tuvo que ver, pues ignorantes son los organismos en que la evolución de una nueva especie toma su tiempo.

Lentas y novedosas mutaciones surgieron del imaginario de Cunningham para la primera década del siglo XXI, como su participación en el Apocalipsis (de la galería Anthony d’Offay) con la prodigiosa pieza Flex (2000), una clase de anatomía humana en movimiento carnal y frenético que prontamente revela el conflicto silencioso que yace ante la proximidad de los cuerpos.

Hacia la mitad de la década dio un paso importante en su permanente exploración somática con la aparición del curioso Rubber Johnny (2005), un inquieto chico mutante, primo hermano del Elephant Man de Lynch, cuya danza rabiosa al más puro estilo rave es destinada al ridículo entretenimiento de un perro Chihuahua. La corta pieza, cincelada celosamente con programas de edición y animación, se hizo acompañar por un sugestivo libro en donde la errancia corporal de Cunningham alcanzaba una apoteosis radical. Compuesta por un conjunto de autorretratos e ilustraciones, capaces de paralizar la retina de algunos, muestra al cuerpo como una masa maleable de anos, encías, dientes, escrotos, nalgas, axilas y glandes en búsqueda de una forma de recomposición corporal convincente. A diferencia del performance clásico, en donde la piel es soporte de un discurso, Cunningham se divierte con su propia corporalidad y expone al cuerpo como un contenedor de fuerzas internas que anhelan expandirse sólo para salir a jugar.

Casi continuando con la misma línea de reformas corporales exploradas en Rubber Johnny, Cunningham regresa al medio del video musical con la infecciosa Sheena is a parasite (2006), para la banda The Horrors, y se retira de las cámaras para concentrarse en la producción musical. Semejante decisión, sorprendente para la masa jadeante que esperaba imágenes y no sonidos, responde a la obsesión de Cunningham con la música como catalizadora de imágenes en su peculiar cabeza y no resulta ser el abandono de un medio por otro, sino una más de sus andanzas para encontrar el medio que realmente lo soporte.

Secuela de esta búsqueda resulta la mutación mediática llamada Chris Cunningham Live, presentada desde el 2009 e incluso vista por estas tierras. Un “espectáculo” armado con tres pantallas y rayos láser, que promete no ser una película ni una instalación ni una serie de videos con mezclas musicales para estadios, sino lo más cercano a la Terapia Ludovico para entretenimiento masivo que podamos conocer. Con mezclas musicales a tono y sincronización perfecta de escenas que van del horror al jugueteo porno, de la híperviolencia a la galería de mutantes conocidos y nuevos como la notabilísima adición de Grace Jones, una colaboradora más que un objeto de intervención, Cunningham vuelve a romper los esquemas, como en los viejos días en los que un canal dedicado a la promoción musical podía transgredir tu retina para el bien de tus neuronas, incursionando en un medio de entretenimiento que puede llamarse del siglo XXI, en su acepción más futurística y visionaria.

Pero la masa se encuentra aún jadeante, pues no ha visto su deseo colmado. Con impaciencia espera a la nueva encarnación del cuerpo de Chris Cunningham y sus cerebros, cuales perros carnosos grises y sedientos, se preguntan a dónde será el siguiente paseo.

En términos de las mutaciones a las que el Sr. Cunningham ha sido objeto es difícil predecirlo, sólo queda la esperanza de tener miedo, mucho miedo. ®

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Publicado en: Aquí no es aquí, marzo 2011


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