Escribir en la cárcel

El silencio manchado

El autor de este artículo fue invitado a impartir un taller de escritura en un “centro de readaptación femenil”, es decir, en un reclusorio. Una experiencia insólita más para él, al parecer, que para las participantes. No siempre la escritura es un acto liberador.

En medio de un grupo de mujeres comienzo a hacer estos trazos escriturarios. La calma es pesada. El ruido de un motor —después descubriré que se trata de una nevera— mancha el silencio. Los balbuceos de un infante que juega con algo en el piso. Alzo la mirada, mis ojos encuentran los suyos. Sé que el silencio no es algo que calma aquí; al contrario, es motivo de alarma. Les pido a las participantes que escriban sobre su infancia. Les explico que el taller va a constar de cuatro sesiones: la primera etapa de su vida, la segunda (la etapa donde se encuentran) y finalmente un fragmento a manera de prólogo o epílogo, como ellas prefieran hacer. Les recomiendo que cambien los nombres, si no quieren ver a terceros afectados por sus confesiones. Los gritos del niño se vuelven amenazadores. Es claro que claman por algo; no sé qué es. Casi imposible parece sostener los 90 minutos restantes. El pequeño se acerca y se me queda mirando. Busca al macho alfa, lo huele, añora al padre como todos los infantes. Tiene unos ojos enormes, llenos de luz. La madre —no la que yo creía sino otra— viene pronto a recogerlo y se lo lleva. Ahora ya no está inquieto. De pronto me siento bien entre este grupo de mujeres. La cuna de otro niño se mece. Es uno de esos armatostes modernos, provistos de un mecanismo supongo a base de baterías, que lo mantienen en un movimiento perpetuo. No lo sé. El silencio es engañador, porque aquí no es tal, siempre hay una expectación de que algo suceda.

© Carolina Camps

Por segunda vez levanto la mirada, la poso alrededor de estas mujeres. Me pregunto por qué están aquí. De pronto me siento identificado con ellas. También yo estoy atrapado en un mundo que no me deja ser. Las rejas están dentro de cada uno de nosotros. Es la misma línea que forma nuestra vida. Historia de vida es precisamente como reza el título de este encuentro que ciertos programas comunitarios han querido hacer responsabilidad de un instituto de cultura y de un escritor. La infancia, ¡qué fácil se dice!, lugar común de psicoanalistas y de aquellos que no saben por dónde comenzar una entrevista. ¿En verdad la reflexión sobre el inicio nos aclara el camino? ¿Cuándo, en realidad, comenzó todo? ¿Cuál es el recuerdo más remoto de nuestra niñez? En una sociedad que rinde culto a las imágenes los primeros retratos son los asideros de la memoria; asideros falsos, meros pretextos para la reflexión, para iniciar una historia ficticia que, a punta de repeticiones, acabamos volviendo propia. Me veo sobre el césped de mi casa sentado a horcajadas con las grandes gafas negras de Alma Rosa, aquella hembra adolescente a quien hacía rabiar arrancándoselas y poniéndomelas. Me veo regando las plantas con una manguera verde muy larga, tan larga como una anaconda inverosímil y ridícula por lo delgado. Desde luego, de cada uno de estos dos recuerdos existen las imágenes. Ayer, no muy lejos, hurgando entre mis cosas, me topé con ellas y con otras fotografías. ¿Debo inventar aquí un fragmento para cada una? Por la segunda foja voy entrando y parece que no entré con pie derecho, pues fin con esta línea no le voy dando. La escritura es disciplina desgarradora. Para escribir jamás se tiene facilidad, la única idea sincera que le oí a Gonzalo Celorio cuando lo entrevisté en Monterrey. Ayer, por cierto, vi una charla televisiva con él. ¡Un portento! Una de las pocas veces que la algo rebuscada idea de realizar una entrevista a bordo de la caja de redilas de un camión, donde se ha improvisado un foro y se ha montado una cámara, resultó lograda. Bueno, el programa no se sostuvo únicamente con eso sino con la visita a una cantina. Gonzalo se echó una cerveza con un caballito de tequila al lado. Prefería dejar para otra mejor ocasión un submarino, que es verter el tequila en la cerveza y ver cómo se hunde. Ponderó sobremanera los efluvios del licor, semejantes al toque de un pitillo —para ponernos castizos, a tono con los supuestos orígenes hispano-cubanos del escritor forzado o per accidens, a quien tanto le cuesta menear la pluma.

No sé si esto les esté pasando a las amables mujeres de quienes estoy rodeado. Los seres humanos, a pesar de todas sus culpas, siempre tienden a la pacífica convivencia. Entre las comunidades indígenas, he oído, es práctica común castigar a los infractores de sus normas y usanzas (para ellos no existe la Ley con mayúscula) imponiendo trabajos comunitarios al infractor. Quien atenta contra lo social es lícito que haga algo concreto, de provecho, para los demás. No hay necesidad de barrotes ni de llaves. El castigo en una sociedad sana se lo impone uno a sí mismo o bien son los otros —la vergüenza ante los ojos ajenos— quienes la imponen. Hace unos segundos oí el primer Ya terminé, maestro. En seguida, van a ser decenas. Me parece percibir pequeños susurros. Quiero, para finalizar esta primera sesión, leerles un poco de un libro. Todo movimiento es delicado. No queremos romper la relativa armonía, prendida con alfileres, que hemos logrado hasta ahora. Tampoco es la idea vaciar impunemente las alcabalas de la imaginación, como yo mismo escribí en otra parte. La cuna del niño seguirá meciéndose ciegamente hasta que las baterías se agoten, o bien hasta que el hambre lo haga despertar si bien todo mareado. A cada uno de los estímulos externos se habitúa el cuerpo, incluso a los más hostiles.

No hay necesidad de barrotes ni de llaves. El castigo en una sociedad sana se lo impone uno a sí mismo o bien son los otros —la vergüenza ante los ojos ajenos— quienes la imponen. Hace unos segundos oí el primer Ya terminé, maestro.

Poco a poco se hace hora de comenzar con los comentarios. Hay algunas todavía que están escribiendo. No sé, aún no he decidido cómo continuar. Traje conmigo dos libros: una versión de Ficciones de Borges en la traducción inglesa y El cazador recubierto de cascabeles de Giuseppe Lo Presti. Borges, aun en castellano, es a todas luces un despropósito. Lo Presti, quien conoció la prisión y desde ahí se hizo famoso, sería lo más indicado. No quiero, de ninguna manera, encender falsas esperanzas de carreras literarias en ninguna de las asistentes. Yo mismo, estando en el exterior, me enfrento a innumerables dificultades: la primera de ella es encontrarme fuera del mundo de las mafias literarias, particularmente robustas en el noreste. Me decido, en principio, por hacer un breve comentario no de libros sino de sus experiencias de vida. Informarme acerca del papel catártico de la escritura, si es que alguno sintieron. Así lo haré. Cuando oigo un Ya me cansé me doy cuenta de que es el momento preciso. Catártico. Hoy, cuando hablé por teléfono con la directora del Centro, mencionó la palabra catarsis (purga, purificación). Empleado en su sentido psicológico, no estético, este término adquiere un sesgo peculiar. La escritura se reduciría entonces a su valor en tanto que terapia. El testimonio real de lo vivido serviría de desfogue, recreación o mero esparcimiento. Cuando alguien escribe, sin embargo, también engendra confusión. Lo vivido se esclarece para ciertos fines aunque, para otros, sucede justamente lo contrario. El fingir historias obnubila el carácter de la realidad, volviéndola maleable, sugerente, sujeta a las leyes de la estética (la de principio y fin, clímax y anticlímax, final abierto o cerrado).

¿La literatura testimonial y la de ficción son tan distintas entre sí? En el espíritu vital que anima a todo artista se da una suerte de fidelidad hacia la experiencia. Cómo se transforma ésta y entra en el terreno de lo fantástico es una de las preguntas más difíciles que pueda formularse. Alcanzada pues la tercera etapa, hubo más participantes que llegaron tarde, aparentemente unas se encontraban descansando y otras estaban rezando un rosario. No sé si lo de la plegaria sea verdad. Aunque, por qué no. A los centros de readaptación llegan numerosos grupos que quieren tender una mano. Lo que se alcance con estas pretendidas buenas obras puede ser, en realidad, otra cosa. Cada vez es más difícil mantenerlas concentradas. El ruido de la nevera —al principio una molestia de la que resultaba imposible sustraerse—ahora se ha vuelto parte del ambiente. Si cesara no sabríamos qué hacer. Al menos yo, quien me he habituado enteramente. Aún a deshoras llegó la última. Es preferible tener una más que una menos. Todavía el día de hoy se incorporaron dos nuevas. Momentos antes de venir para acá tuve una charla con mi coordinadora. Yo estaba en la creencia de que sólo se les iba a extender reconocimiento a quienes habían asistido por lo menos a tres de las cuatro sesiones que comprende el taller. Pero estaba obviamente en un error. Su argumento fue tan sencillo como demoledor: “Se las ha excluido de todo, incluso de su libertad, ¿debemos nosotros continuar con esa eterna cadena de restricciones?”

Su juicio fue tan breve como contundente. En efecto, en este último bastión de la humanidad hay que ser generosos. Es cierto que no es el único lugar límite: las guerras, las pestes, las hambrunas, los desastres naturales y las enfermedades catastróficas son otras tantas barreras para la libertad. Un filósofo —obviamente no un adepto del determinismo— precisaría contextos, no barreras. La libertad es un concepto absoluto y sus fronteras son tan anchas como la razón humana. Esta forma de vida en el presidio debe tener sus peculiaridades. Y no hay otro modo de descubrirlo que pasar aquí una temporada aunque sea breve. Los testimonios que se pretende recabar pueden decir mucho o muy poco, dependiendo de las capacidades de imaginación, las propias tendencias hacia los comportamientos considerados extremos o la concepción radical de las distintas modalidades que puede asumir la existencia. La más grande enseñanza acaso que puede desprenderse de estas llamadas situaciones-límite es darse cuenta de que, sean cuales fueren las circunstancias adversas, mientras haya vida hay esperanza.

Acaso no sea tan buena idea comprimir la experiencia vital en unos cuantos trazos sobre papel. La mera pretensión, a todas luces, resulta ridícula. No hay que menospreciar, por otra parte, a las tan ponderadas virtudes —y no injustamente— de la escritura. Poner los propios pensamientos en tinta puede ser el mejor camino para encararlos. Ignoro si escribir hace bien. La escritura considerada en sí misma, como queda dicho, es una actividad liminar, antisocial, subversiva. Sobre el papel, sin embargo, las ideas se encapsulan, se potencian, se vuelven bombas de tiempo que esperan sólo el momento de estallar. Ese instante en que llegue un lector y descubra toda su virtud cifrada, oculta tras los diminutos caracteres y las sutiles líneas. Ese momento para la mayoría de los escritos no habrá de llegar, si bien hay unos cuantos por ahí compuestos bajo el influjo de un daimon, que son como el alma del cosmos, el ser de las cosas. Estoy muy intrigado por pasarle la vista a los testimonios de las participantes. Sé que sólo unos cuantos resultarán bendecidos por el estro de la poesía. Se trata del mismo capricho que observamos en las obras de los llamados vates: unas pocas resultan logradas mientras las más asumen la forma de la medianía, ese fruto que se desprende del oficio únicamente con los años. En el caso de personas que carecen del hábito de la escritura y que no saben disfrazar lo trivial y hacerlo pasar por trascendente, los resultados son menos halagüeños.

La literatura testimonial y la de ficción son tan distintas entre sí? En el espíritu vital que anima a todo artista se da una suerte de fidelidad hacia la experiencia. Cómo se transforma ésta y entra en el terreno de lo fantástico es una de las preguntas más difíciles que pueda formularse.

“Contad si son catorce y está hecho”, reza el endecasílabo final del Soneto de repente de Lope (parafraseado más arriba). Catorce de una veintena son también las valerosas participantes que se han quedado hasta el final. Aún no leo los textos. Tengo la esperanza de que unos cuantos sean buenos. Al levantar la vista advierto la presencia de la celadora. ¿Qué traumas y qué carácter serán necesarios para desempeñar un oficio semejante? No es fácil estar aquí ni como guardián ni como recluso; menos como visitante. Uno, francamente, no sabe qué hacer. Ofrecer palabras de consuelo es abiertamente un despropósito. El silencio es lo mejor, ese silencio manchado con el cansino estrépito del motor que no deja de fustigar los oídos. Ignoro cuándo volveré a este lugar. No sé si hubiera servido conocerlo mejor. Las cárceles nunca han sido ajenas a los hombres de letras, las padecieron fray Luis de León, Cervantes, José Revueltas, Ezra Pound (el manicomio se parece mucho a la prisión). Estoy en ascuas por leer algunos de los escritos que me llevo. No me hago demasiadas promesas. Estoy dispuesto a recibir lo que quieran darme. Quizá algunos de ellos (unos cuantos, se entiende), pasados por el crisol de la edición, puedan ver la luz pública, salir al mundo, ser libres. La escritura es eminentemente liberación. Espero haber depositado la semilla en suelo fértil o más bien que la callada lección de vida que ellas me dieron no haya sido en vano.

La realidad real es engañosa. Pareciera ser que aquellos quienes han enfrentado las situaciones más difíciles tendrían más que contar. Es cierto, desde el punto de vista del contenido, aunque en el arte lo esencial es la forma. He pasado la vista por algunos de los escritos de mis talleristas. Me he quedado pasmado ante la moralina y autocensura inmisericordes que han ejercido sobre sus propias vivencias. Más parecen los consabidos alegatos de inocencia de todos los culpables. Debí aclarar al inicio —creo haber hecho lo opuesto— que la información proporcionada en forma alguna podría utilizarse en su contra. Habría que empezar con un taller de desinhibición, pero eso, claro está, no le haría ninguna gracia a sus guardianes. La literatura depende más de la calidad de la experiencia que de su carácter desgarrador. En los ojos del escritor está la obra, no tanto en los hechos narrados. De cualquier manera, mi experiencia en un centro de readaptación femenil ha sido sumamente fructífera, lo cual tengo que agradecérselo a ellas. El silencio que reinaba en aquel ámbito, por más acogedor y pacífico que pareciera, distaba mucho de tranquilidad. Más que con las anécdotas me quedo con la expresión benevolente de sus rostros y con el zumbido sordo que lo llenaba todo. Difícil hallar un momento de concentración ahí. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Junio 2011


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