Espejos entre Nueva York y la Ciudad de México

El deshielo, de Nayar Rivera

Al tomar a pecho la afirmación de André Gide, autor del epígrafe de su excelente libro de ensayos, El deshielo. Apuntes del paraíso (Felou, 2011) Nayar Rivera ha tenido el coraje de alejarse de la ribera de un mundo acostumbrado y coherente para entrar de lleno en una meditación sobre las relaciones y diferencias entre dos ciudades-mundos que el autor habita y que conoce —al parecer— como la palma de su mano: una mano que pergeña observaciones e impresiones nacidas no sólo de dos ciudades emblemáticas sino en una “síntesis rara” de ambos mundos, de ese lugar ubicado dentro del “hyphen” —es decir, guión— como lo ha bautizado el cubano-estadounidense Gustavo Pérez Firmat, una zona límite que conecta Estados Unidos con México y, por supuesto, a los mexicano-estadounidenses.

A su vez delimita una zona nueva, nada utópica en el sentido de Tomás Moro, ni esto ni lo otro, pero, como dijo famosamente ese filósofo mexicano llamado Cantinflas, “todo lo contrario”. En este sentido, el autor devuelve esos terrenos a su mítico origen, cuando se hallaban en un paraíso terrenal, que en un mapa se representaba no con una esfera terráquea, sino más bien como la teta de una mujer y cuyos ríos fluían dulcemente de la parte superior convexa, forma, según Cristóbal Colón, muy parecida a la del pezón materno.

El libro de Rivera constituye un texto híbrido pero no por eso resulta en una construcción narrativa amorfa. Toma su inspiración, creo, en el ensayo personal, género cuyos orígenes se remontan al menos hacia nuestro querido Michel de Montaigne, otro amante de lo americano (de lo ajeno), que aparte de demostrar en un texto memorable que los más feroces caníbales se hallaban no en las Américas, sino en la vieja Europa, nos recuerda que el término proviene del verbo francés “essayer”, o sea, intentar, ensayar. Aquí el autor se propone no sólo documentar una realidad, digamos, vista y vivida (porque entonces el resultado sería una crónica como las que escribieron Toribio de Benavente, Motolinia y el Inca Garcilaso de la Vega). Más bien su designio es el de construir y asimilar una novedosa realidad que también raya en lo mítico, e incluso lo fatídico, al describirnos su viaje entre Escila y Caribdis o, más precisamente, entre la Estatua de la Libertad y su coterránea Coatlicue, para llegar a un puerto remoto de la imaginación donde existe un mundo que se halla en un precipicio entre lo reciente y lo arcaico, lo higiénico y lo fétido, el orden y el caos, la prosperidad descomunal y la carestía brutal.

El de Nayar Rivera es un texto monográfico que, en este sentido, también se inserta en la tradición del ensayo latinoamericano, a la cual le añade una nueva perspectiva a ese género al inscribirse en un territorio dual que aborda la relación —muchas veces conflictiva— entre México y su vecino del norte. Esta idea queda expresada por medio de una profunda meditación perpetrada desde diversos ángulos y que produce un vaso comunicante entre dos entidades cuya médula se encuentra, no en un lado u otro, sino en el mismo tránsito entre norte y sur, catolicismo y protestantismo. De modo que El deshielo es una suerte de polifonía emitida desde la actualidad, a partir de una mirada profunda que contempla dos ciudades representativas y distintivas: Nueva York y la Ciudad de México, con sus respectivos habitantes, que nos acerca a dos mundos radicalmente diferentes que ocupan un solo continente. Es igualmente una reflexión personal y colectiva que nos introduce en una galería de espejos que reflejan y son reflejados al mismo tiempo. No obstante su carácter caleidoscópico, permite aprehender con precisión la realidad presente de este “valiente nuevo mundo” estadounidense el cual se expresa tanto en inglés como en español.

¿Y qué decir del título? Confieso que ahí sí tuve que recorrer al autor porque no comprendía adecuadamente cómo se podría aplicar este curioso sustantivo al contenido de su texto, desbordante, ahora veo, no por su limpia prosa y agudas observaciones, sino por su gradual auto-destrucción al volverse líquido y transparente algo que antes estaba congelado, opaco, cuajado, rígido —ahora transformado en una infusión que, si bien escurridiza como el agua, es también transparente, nítida—, enfocado en una realidad que se representa admirablemente en la portada del libro. En ésta se ve el antiquísimo ombligo de la luna —y del mundo prehispánico— el cual sirve como base para la construcción de una catedral hecha con sus propias piedras profanas pero en donde —¡oh sorpresa!— se enarbola el “Stars and Stripes”, aunque la bandera de Estados Unidos se presenta quizá tímidamente en una invasión que es más bien una inversión. Ya no es México el que se vuelve cada vez más colmado de una población indígena, sino lo contrario, en ciudades como Nueva York (como ahora es el caso de Los Ángeles) pronto habrá más mexicano-estadounidenses (los que viven en ese problemático “hyphen-guión”, claro) que gringos tradicionales, como el que escribe estas líneas. Estos mismos que según otra pluma viajera y mexicana —en este caso la de Frida Kahlo— la ofendían con sus caras de birotes a medio dorar pero quien al mismo tiempo adoraba a sus Tres Chiflados y Buster Keaton, entre otros productos culturales netamente estadounidenses.

El de Nayar Rivera es un texto monográfico que, en este sentido, también se inserta en la tradición del ensayo latinoamericano, a la cual le añade una nueva perspectiva a ese género al inscribirse en un territorio dual que aborda la relación —muchas veces conflictiva— entre México y su vecino del norte.

En cuanto a su estructura formal, al leer el libro de Rivera se me presenta al ojo y al oído como una especie de música en contrapunto, en latín puntus contra punctum, es decir punto contra punto, donde los dos lugares geográficos y culturales se convocan, se interpelan, se difuminan, se derriten en una masa cristalina que evoca una nueva cultura —regada por las fértiles aguas del deshielo— y un mundo híbrido y sincrético. ¿Podría ser la reconstrucción del aquella “raza cósmica” con que soñaba Vasconcelos antes de dejarse seducir por las teorías eugénicas y odiosas de Hitler? No lo sé. Lo que sí creo es que estos puntos musicales convertidos en puntos geográficos, lingüísticos, culturales, políticos, se diferencian, se diversifican antes de volverse otro mundo con habitantes que son a su vez productos de ambas culturas; personajes estos que tal vez haya inaugurado Octavio Paz en su conocidísimo Laberinto de la soledad en la figura del pachuco (y otros extremos), pero que hoy tienen una miríada de formas, de costumbres, de modales.

El libro está dividido en siete partes (o partidas pues) que son: “Mirada”, “Hipérbole”, “Esperanza”, “Guerras”, “Convivencia”, “Confesión” y “Revoluciones”: una infinidad de conceptos que ante su pluma lúcida se ordenan, se relacionan y se contagian. Como mencioné anteriormente, estos apartados se pueden leer individual o colectivamente porque son, digamos, unas “jícaras comunicantes” que tienden puentes, que crean mundos y que, finalmente, nos devuelven a un estado de percepción que nos hace cuestionar, dudar, pestañear, pero al mismo tiempo celebrar, encomiar y realmente sentir que somos —tú, yo y todos— inmensos y, en palabras de un gringo universal, Walt Whitman, que “contenemos multitudes”. Hace más o menos 83 años un joven andaluz desembarcó en uno de los muelles de Lower Manhattan para descubrir y describir una ciudad mercantil, inhumana, gris y mecánica —su nombre era Federico García Lorca. Para terminar mis comentarios sobre un libro que ya mi querido príncipe del Cuauhnáhuac (y también del Anáhuac) Luis Zapata, ha calificado como extraordinario, voy a leer unos versos de este titán de la vega de Granada que también, a su manera y en su tiempo, trató de develar los secretos y las vergüenzas de la vieja ciudad de los rascacielos:

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean en las aguas podridas.

La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraísos ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.
—Calles y Sueños: “La aurora” ®

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Publicado en: Junio 2010, Libros y autores


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