Espoliar los ánimos a la acción

Ginger & Rosa, de Sally Potter

Los enredos de la historia son en sí mismos desdeñables, si bien exhiben los avatares de la época, como la revolución sexual, la independencia de los jóvenes, la emancipación de las mujeres y el miedo generalizado ante el inminente fin de los tiempos a causa de la amenaza constante de la guerra nuclear.

Ginger y Rosa.

Ginger y Rosa.

Acercar a las nuevas generaciones al activismo social en provecho de la paz del mundo puede parecer una idea encomiable aunque peregrina, en particular en vísperas de la marcha colectiva contra Siria. Al final, ¿a quién le importa el futuro lejano cuando el futuro inmediato se dibuja tan lleno de promesas de un progreso fácil, siempre constante, salpicado sin cesar de innovaciones tecnológicas? La directora británica Sally Potter (Londres, 1949) da comienzo a su reconstrucción de época por medio de una serie de imágenes coloreadas de la terrible explosión atómica en Hiróshima el fatídico año de 1945, fecha de nacimiento de las dos protagonistas de su película Ginger & Rosa (2012), quienes en plena crisis de los misiles, durante aquel año de 1962, completarán sus diecisiete primaveras, esa edad de la punzada, transida de experiencias, cambios hormonales y decisiones que afectarán el resto de la existencia. Hermanadas en un inicio por la amistad de sus respectivas madres, a medida que van despertando a la madurez temprana, si se quiere precoz, ambas muchachas comienzan a contrastar en sus respectivos temperamentos, caracteres y tendencias anímicas e intelectuales.

Ginger (Elle Fanning), joven actriz estadounidense, en un alarde de virtuosismo lingüístico respecto de la cualidad de las vocales, su duración y realización particular de algunas consonantes oclusivas en inglés británico, deja impresionado al espectador. Gran mérito del voice couch que debió ponerle la directora. Ya Sofia Coppola y otros realizadores se habían dejado seducir por la simpatía y la naturalidad de la hermana menor de Dakota Fanning. Los rasgos algo bastos del rostro, lo chato de la nariz, lo sonrojado de la tez, las pobladas cejas que enmarcan esa mirada gatuna constituyen un verdadero festín para la cámara. De natural confiado, apacible y tranquilo, Ginger en realidad responde al nombre de pila de África, cuyo padre es agnóstico y fue objetor de conciencia durante la Segunda Guerra, hecho por el que es encarcelado e incomunicado. Roland (Alessandro Nivola) es un profesor e intelectual que lucha por los derechos y libertades civiles de las masas amenazadas por las riesgosas decisiones de los estadistas. Para ponerse en acción, irse de pinta del colegio, besarse en callejones oscuros con chicos desconocidos, Ginger necesita el aguijón de su inseparable compañera, Rosa (Alice Englert), adolescente abiertamente precoz, quien creció sin un padre y busca en el fondo una figura paterna en quien confiar.

Ginger acaba descubriéndose como poeta. Sufre ante la pequeña infatuation de Roland, su padre, por su amiga del alma, Rosa, a quien dejará preñada. La hija acaba tomando el partido de la madre, pintora frustrada, debido a un embarazo temprano, precisamente el de Ginger.

La reconstrucción de época, por medio del vestuario de ropas abrigadoras y casas con revestimientos interiores acogedores y antiguos de madera, sirve para crear una distancia y un contraste respecto de la comodidad de los tiempos actuales en todos los sentidos posibles, incluyendo aquellos del conformismo y la tibieza. Una crítica mordaz, en ocasiones sutil por indirecta, la que realiza Sally Potter, autora de otros filmes memorables, no demasiados, como Orlando (1992) sobre la novela homónima de Virgina Woolf, The Man Who Cried (2000), Yes (2004) y Rage (2009), sin mencionar una serie de documentales, cortometrajes y filmes de índole más bien experimental como The Tango Lesson (1992), en que la directora intervino incluso en la música. Los contrastes y las peculiaridades de estas tentativas fílmicas dejan ver la vastedad y los alcances de la exploración de recursos expresivos y técnicos de esta insigne realizadora, más bien exigua y celosa con su producción, siempre cuidando los excesos. En la última cinta las dos púberes son apoyadas por actores de reparto de una calidad excepcional, baste mencionar a Annette Bening, quien hace el papel de poeta y activista estadounidense, y del británico Timothy Spall, un buen amigo de la madre de Ginger (Christina Hendricks). Los enredos de la historia son en sí mismos desdeñables, si bien exhiben los avatares de la época, como la revolución sexual, la independencia de los jóvenes, la emancipación de las mujeres y el miedo generalizado ante el inminente fin de los tiempos a causa de la amenaza constante de la guerra nuclear con la consabida destrucción total.

Una escena de la película.

Una escena de la película.

Ginger acaba descubriéndose como poeta. Sufre ante la pequeña infatuation de Roland, su padre, por su amiga del alma, Rosa, a quien dejará preñada. La hija acaba tomando el partido de la madre, pintora frustrada, debido a un embarazo temprano, precisamente el de Ginger. Las marchas con el conocido símbolo contra las armas nucleares. La brutal represión de las fuerzas policiacas. El encarcelamiento de la muchacha. La presunción de locura por parte de un médico de la prisión. El oponerse a la guerra, ¿qué otra cosa puede ser más que demencia a ojos de quienes detentan el poder? Melodrama de época, con una convincente reconstrucción londinense, filme de imágenes memorables, Ginger & Rosa representa algo más que un conflicto entre adolescentes durante la transición hacia la madurez, con los consiguientes dramas familiares. Es un llamado de atención al mismo tiempo contra la abulia y la neutralidad de las juventudes hodiernas y el público en general ante cuestiones que atañen al género humano en su conjunto: la futura supervivencia y a qué precio. ®

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Publicado en: Cine, Octubre 2013

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