ESTAMPAS DE FUNDAMENTALISMOS DISTANTES

Dioses enemigos

El pretexto es un dios y sus enseñanzas, pero las causas reales son odios ancestrales e intereses muy terrenales. Judíos y palestinos, indios católicos y evangelistas… priistas y zapatistas se dan con todo en nombre de la fe.

El sueño de la razón produce monstruos. —F. Goya
…y la pesadilla de la sinrazón los hace realidad. —El Lemming

La estampa típica del imaginario colectivo del fundamentalismo religioso se centra desde el inicio del siglo XXI en dos aeronaves de American Airlines estrellándose contra el icono arquitectónico del neoliberalismo económico mundial: las Torres Gemelas del World Trade Center. La imagen que el ya fallecido músico alemán Karlheinz Stockhausen calificara en medio de críticas en su contra como “la máxima obra de arte que se haya producido jamás” colocó una vez más en el pensamiento global los riesgos que implican la sinrazón y el pensamiento centrado en las doctrinas y el dogmatismo más recalcitrantes.

La mía particular viaja desde esa mañana del 11 de septiembre de 2001 a las andanzas de tres periodistas —yo, uno de ellos—, culminadas apenas un par de semanas antes de ese mañana fatídica, en la Belén palestina; en el norte de Israel, en un campamento del Ejército de Defensa Israelí en los altos del Golán, y en una céntrica oficina de una fundación española donde Benjamín Netanyahu dictaba una cátedra que por momentos le enrojecía el rostro para exponer por qué ellos —el pueblo judío— tienen la razón en el conflicto con los palestinos, para avanzar después hasta las imágines del centro y la periferia de San Juan Chamula, en el estado sureño de Chiapas. Guardadas las distancias en miles de kilómetros y en el número de muertos, coinciden en el uso de la violencia y el terror como la fórmula más aceptada para establecer un control sobre el Otro, el que piensa distinto, el que tiene otra cosmovisión y que, además, desequilibra el orden en el que el primero ha mantenido no sólo su organización social, sino además, el control de los factores económicos.

Julio-agosto de 2001

Nasser guía el viejo Mercedes Benz por la laberíntica, y llena de túneles que cruzan bajo casas color arena, ciudad de Belén. El joven de unos treinta años entonces, nos lleva a la búsqueda de Salah el Tamene, representante del ala radical de Al Fatah, inconforme con la disposición al diálogo del extinto líder palestino Yasser Arafat y proclive a establecer el pronunciamiento de que a los judíos hay que “lanzarlos al mar si no aceptan nuestra propuesta” como una solución al conflicto que hace cincuenta años no permite la convivencia pacífica de dos pueblos del Medio Oriente: el israelí y el palestino. En un español de acento claramente ibérico, Nasser lamentaba una guerra que desde su regreso a Palestina, luego de estudiar una Maestría en Derecho en la Universidad Complutense de Madrid, no le había permitido tener más trabajo que guiar turistas en su ciudad natal, la misma que los registros históricos identifican como el punto de nacimiento de Jesús. Y eso cuando el Ejército Israelí no cierra prácticamente todos los accesos a la ciudad bajo la presunta amenaza de la movilización de grupos terroristas como Hamas o Jizbolá.

Milicia de Al Fatah

Minutos antes de llegar a las oficinas de El Tamene nos adentramos en las ruinas de lo que fue la casa de unos católicos inmigrantes chilenos destrozada por un misil israelí que buscaba disolver una turba de jóvenes palestinos que se enfrentaba con elementos del Ejército judío. La alfombra de cristales crujiendo bajo nuestras pisadas lleva a Eber Gómez, periodista porteño hoy metido a Profesional Hunter, a poner el índice silenciador en sus labios para callar los comentarios en voz baja de Javier Valdivia, el peruano-dominicano, y los míos, y recordarnos ese sonido que hacen nuestros pasos con la frase del Territorio Comanche de Arturo Pérez Reverte: “El suelo de las guerras está siempre cubierto de cristales rotos”. El saldo del enfrentamiento ha sido una familia sin techo que tratará de solicitar apoyo al Estado de Israel para encontrar otro sitio donde vivir y una decena o más de palestinos heridos por fragmentos de metralla, según comentaba un medianamente informado Nasser, convertido en intérprete de la realidad para nuestros registros de buscadores y contadores de historias.

Entre los fragmentos de muebles, la base de una máquina de coser, astillas de madera esparcidas como en carpintería, paredes ennegrecidas por el humo y la pólvora, cacarizas de hoyos de bala, se alza como milagrosamente, para quien quisiera creerlo, la imagen apenas manchada de una virgen María de brazos abiertos que pareciese llamar a la calma en medio de la destrucción.

Ese “ruido de tus pasos sobre cristales rotos” se apaga en la mente al mismo tiempo que el del motor del Mercedes Benz frente a lo que parece un pequeño edificio de departamentos de unos tres niveles. La puerta principal se abre a un pasillo a media luz que hace a su vez de galería del martirio: las paredes, en una curaduría de guerra santa, exhiben pósters de fotografías de hombres barbados de distintas edades, armados con kalashnikovs rusas o AK-47, unos serios, otros sonrientes. Son, o más bien eran, mujaidines, mártires de la causa palestina que son honrados por su muerte, en cumplimiento a uno de los cinco preceptos de la Jihad, a favor de la reconquista de sus territorios perdidos por la ocupación judía. Al fondo, una escalera nos lleva al segundo nivel donde un hombre moreno y de pelo cano nos espera en una oficina, tras un escritorio flanqueado por banderas palestinas y ni una sola foto de Arafat. La entrevista oscila entre postulados de sus razones, que se centran principalmente en la necesidad de recuperar Jerusalem, Al Kudz, le llama; la ciudad santa, la que les pertenece, luego del resto del territorio que les fue “arrancado”. Con los minutos se va enardeciendo hasta cambiar el tono de la piel del rostro al granate y soltar casi en un grito señalando un mapa de Israel en una pared: “¡Al mar, hay que echarlos al mar si no ceden. Son ellos o nosotros!” “Alá está de nuestra parte”, aseguraba. Unos años después, en su justificación por invadir Iraq, veríamos a George W. Bush decir ante el Congreso estadounidense, en cadena internacional gracias a CNN, expresar a sus “fellows americans”: “God is on our side”.

Ese “ruido de tus pasos sobre cristales rotos” se apaga en la mente al mismo tiempo que el del motor del Mercedes Benz frente a lo que parece un pequeño edificio de departamentos de unos tres niveles. La puerta principal se abre a un pasillo a media luz que hace a su vez de galería del martirio.

Un par de semanas después del viaje a Belén los tres viajaríamos con el resto de la delegación latinoamericana, que había acudido a Israel a estudiar las razones del conflicto en la zona, hacia un campamento del Ejército de Defensa Israelí en los Altos del Golán. El acceso no había sido permitido, pero gracias a las gestiones de uno de los tutores del curso hablaríamos un poco con una integrante del cuerpo armado, una chica de apenas unos 19 años. El uniforme militar contrastaba con la imagen típica del soldado enfundado con marcialidad en sus firmes botas de cuero. El cabello apenas recogido en un chongo un tanto amorfo y unas sandalias daban la imagen de una soldado más relajada, bonachona incluso en las sonrisas que dejaba salir mientras hablaba de la disciplina de las armas, de la soltura con la que recibía permiso para ir a ver sus familiares mientras estaba en el servicio y de cómo departían en el campamento mientras se les preparaba para eventualmente ir al frente, en caso de ser necesario. La pregunta de Javier Valdivia borró su sonrisa y las nuestras su respuesta:

—¿Qué es un terrorista para ti?

—Es muchas cosas. Es un palestino que representa una amenaza, es un tipo cargado de explosivos que está dispuesto a morir por su causa… es un niño con una piedra, porque esa piedra es también un arma que atenta contra nosotros. Es al que hay que combatir.

No hubo más preguntas. Tampoco le hice más de una a la mujer judía que, mientras esperábamos en una sala de pasajeros en tránsito del aeropuerto de Newark, en New Jersey, en el camino de regreso de Israel a México, me adoctrinaba sobre los peligros que se podían correr en su país cortesía de los “extremistas” musulmanes. Mi único cuestionamiento fue, quizá con la ingenuidad de una reina de belleza que desea la paz del mundo, para señalarle que debía haber una posibilidad de encontrar una solución razonada al conflicto. Su respuesta exhibió la intolerancia por el Otro: “No hay forma, ellos no razonan. No se puede dialogar con la maldad”. Por un momento pensé en el sombrío futuro que esperaba a los niños del curso de integración del que había sido testigo en el Instituto Histadrut, de Beit Berl, a unos cuarenta minutos de Tel Aviv, donde pequeños judíos y palestinos convivían en una práctica de tolerancia y aceptación de sus diferencias que habría hecho las delicias del mismo John Lennon y de las miles de familias palestinas e israelíes que abogan por la paz, que se identifican con la “izquierda” política en esa región: la que está a favor de la solución más equilibrada para ambos pueblos; de las historias contadas por el periodista Efraím Davidi, que le abrían la esperanza a seguir promoviendo en sus textos la posibilidad de terminar la guerra.

Noviembre de 2001

Decenas de notas periodísticas sobre el otro conflicto en Chiapas, que mucho tiempo fue información menor en comparación con los comunicados del Subcomandante Marcos, y que debía “reordenar” en mis jornadas como corrector de estilo en la Coordinación Regional Sureste de Notimex, comenzaban a tener más sentido mientras veía las imágenes de los santos fuera de las urnas en la iglesia católica de San Juan Chamula. La explicación posterior es que son castigados por no cumplir con lo que se les ha pedido. Los católicos tzotziles de Chamula creen de tal forma en su conexión con lo divino que son capaces de reclamarles su proceder inadecuado a sus intereses.

San Juan Chamula

Detrás quedaba el olor a frutas y verduras en el mercadillo frente a la iglesia y el correteo incesante en derredor mío de niños que pedían “peso o dólar”, mientras jalaban los tirantes de mi backpack, o que ofertaban “cinco pesos foto”, mostrando la sonrisa que usarían para posar si accedía a cubrir la cuota que demandan a los turistas. La imagen no distaba mucho de los pequeños palestinos con los que en los recovecos de la Jerusalén oriental pateamos por minutos un balón, mientras Eber trataba de explicarles, en medio de su expectación, que venía de la tierra del mismísimo Maradona.

El sabor de los liches o rambutanes se disolvía en la lengua y el paladar mientras el calor del posh cubría mis papilas gustativas. El licor pasaba raspando la garganta mientras un tzotzil de rodillas me animaba a beber más. El envase de pet de Fanta no tenía ya ni el espíritu de la anaranjada-falsa gaseosa. El efecto de embrutecimiento que la bebida puede provocar se podía percibir en los primeros tragos. Irónicamente esa bebida era de uno de los factores —económicos— detonantes de otra forma de fundamentalismo religioso que había provocado la expulsión de miles de tzotziles chamulas de sus viviendas, la prohibición de la entrada de sus hijos a las escuelas, el secuestro y la tortura de otros, los linchamientos e incluso el homicidio de algunos más. Una expresión de un catolicismo intolerante que, guardadas las distancias, me recordaba las formas del fundamentalismo musulmán y el radicalismo de la derecha judía.

Lejos de la iglesia que tanta admiración causa, del morbo que incita el saber que está prohibidísimo tomar fotografías en su interior: “Toma foto, rompo madre”, dice el mayordomo mostrando el bastón de oscuro ébano, parado ante la puerta para verificar que quien entre haya pagado antes la cuota de 50 a 100 pesos que se cobraba entonces al turismo, está la periferia de San Juan Chamula, zona que descubre un empobrecimiento mayor entre la pobreza común de la geografía chiapaneca. Cientos de familias que sobreviven o subsisten bajo la presión de los caciques católicos, por cierto, muchos de ellos medianamente solventes económicamente gracias a la fabricación del posh, con el que embrutecen a los tzotziles para mantener un control sobre ellos. Alcohol y religión. Mediante ambos, intercambio forzado de tierras, de hijas e hijos, pago de cuotas y “colaboraciones”, apoyos a los candidatos del Partido Revolucionario Institucional (PRI), entre otras formas de sometimiento de la población.

Preguntas aquí y allá, respuestas entrecortadas y una que otra lectura me permitieron encontrar el hilo de una historia de fundamentalismo religioso que por años ha vivido la población de San Juan Chamula y que también ha dividido pueblos, que ha provocado el odio, la exacerbación de las diferencias al grado de provocar muertes y, si no, como mínimo, el exilio, la ocupación de territorio mediante la expulsión de los dueños originales, porque creen de Otra forma, porque tienen otra cosmovisión que les fue traída por grupos protestantes, principalmente evangélicos pentecostales.

Alcohol y religión. Mediante ambos, intercambio forzado de tierras, de hijas e hijos, pago de cuotas y “colaboraciones”, apoyos a los candidatos del Partido Revolucionario Institucional (PRI), entre otras formas de sometimiento de la población.

En la década de los sesenta la llegada de los evangelizadores protestantes comenzó a cambiar la configuración de las creencias en San Juan Chamula. Uno de los principales preceptos de la nueva doctrina cristiana para los tzotziles era dejar de consumir el posh, en tanto que bebida alcohólica, que había pasado de su forma tradicional, como una fórmula usada por curanderos y chamanes, a su uso indiscriminado en las fiestas populares y después a su consumo masivo sin necesidad de pretextos o argumentos de carácter cultural. La diferencia en las formas de vivir ambas religiones de origen judeocristiano: la católica y la pentecostal, sumada a las mermas en el negocio del posh, había abierto una brecha entre los radicalismos que acabó con la tranquilidad de la comunidad.

Las notas corregidas en la oficina de Notimex donde laboraba en Mérida se convertían en estampas reales de un fundamentalismo y un radicalismo que dejaba muertos y sangre. Con reserva en sus palabras, casi cualquier cuestionado en la plazoleta de San Juan Chamula sabía, había escuchado, leído o sido testigo de lo que en otros tiempos me llegaba por el trabajo de los corresponsales en Chiapas, con historias que entre otras narraban las muertes de chamulas evangélicos en celadas en las afueras de la cabecera municipal o en sus propios domicilios; linchamientos en las colonias, en medio de la calle, ya fuera en la noche o el día; escuelas cerradas y cientos de niños tzotziles imposibilitados para entrar a sus de por sí poco funcionales aulas rurales porque no eran católicos.

El radicalismo expreso en frases como “los evangelistas se tienen que ir” y en las acciones tomadas por grupos enardecidos de hombres que embrutecidos por el alcohol seguían las órdenes de los líderes católicos de la comunidad y saqueaban casas, sacando a sus habitantes a golpes y jalones, aventándolos a la calle y quitándoles los predios que luego los caciques repartirían entre los “fieles”.

Todo, en nombre de la religión, de un fundamentalismo que tiene cientos de formas de expresión en diversas partes del mundo y que esconde, tras el pensamiento místico, ese monstruo que asola detrás de la sinrazón y que crece sediento de sangre, muchas veces, en el nombre de un ser supremo: Alá para los musulmanes, Yavéh para los judíos, Dios para los católicos… Manobel Tobel, en tzotzil. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Enero 2011


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  • Ignacio Ramírez

    Gracias por esta crónica. En el nombre de Dios se comete todo tipo de pecados veniales y mortales. Ah mi educación jesuita…

  • Gran crónica, Luis. Cualquier forma de fundamentalismo es autodestructiva, puesto que deja al individuo indefenso, desarmado ante las amenazas de su pensamiento. Al fundamentalista, es su propia (in)conciencia la que lo aniquila.
    Saludos, pues.