Ética, política, democracia

Fuenteovejuna al revés…

Con la izquierda reducida a la autodenominación y esporádicamente al discurso, el abanico de posibilidades que se ofrece al ciudadano en cuanto elector se distingue únicamente por las siglas, los colores y nombres de los partidos. Las ofertas reales, salvo diferencias secundarias y de estilo, son sólo variaciones sobre una misma tonada.

Entiendo, tú hablas del Estado que nosotros fundamos y discutimos y que no tiene realidad, más que en nuestros discursos, pues yo no creo que en la tierra se encuentre en algún lugar.
—Platón

I

Comunistas

En cierta ocasión, broma en ristre, Ignazio Silone dijo a Palmiro Togliatti —entonces dirigente del Partido Comunista Italiano— que “la lucha final será entre los comunistas y los excomunistas”. Esta terrible frase, a la cual las circunstancias de la época le conferían cualidades premonitorias, fue retomada por Isaac Deutscher para abrir el primero de los ensayos, escrito en 1950, que formarían su Herejes y renegados, publicado cinco años después.1 Deutscher opinaba que la broma, en realidad, contenía una amarga gota de verdad, a la vista de la proliferación de antiguos comunistas que se pasaban, con armas y bagajes, al otro campo. Todos ellos, apuntaba, “han abandonado un ejército y un campamento: algunos como objetores de conciencia, algunos como desertores y otros como merodeadores. […] Todos ellos llevan sobre sí pedazos y andrajos del antiguo uniforme, complementados con los más fantásticos y sorprendentes trapos nuevos”.

Las circunstancias mutaron, y con ellas la premonición a la que habían otorgado sustento desapareció. Aquella “lucha final” no sólo no tendría lugar, sino que los adversarios que la entablarían también se esfumaron. Desde hace diez, veinte años, los marxistas perviven como individuos aislados, que intentan mantener su ideología al nivel de la ética personal, pero alejados conscientemente de una actividad política partidaria que contemplan, sobrados de razón, con desdén.

Desde hace diez, veinte años, los marxistas perviven como individuos aislados, que intentan mantener su ideología al nivel de la ética personal, pero alejados conscientemente de una actividad política partidaria que contemplan, sobrados de razón, con desdén.

Hoy, también, sólo siguen creyendo ser anticomunistas los más silvestres, los que cambiaron las teorías de la conspiración, el riesgo rojo extranjero y los traidores a la patria domésticos por la guerra a muerte contra el aborto, la oposición fundamentalista contra los recursos anticonceptivos, la postura goebbeliana contra la homosexualidad e incluso contra el feminismo y la minifalda. El sexo y no la política. La hipocresía y no la congruencia entre el decir y el hacer. Sedicentes virtudes públicas y certeros vicios privados.

II

Entre nosotros, en un país que siempre ha ido a remolque de lo ocurrido en tierras alógenas, la izquierda no fue la excepción. Jamás produjo un solo pensador original, ni dentro ni fuera de sus pequeñas organizaciones. Sus lineamientos de política, de corto o mediano alcance, emanaban primero de un centro externo y después, una vez desaparecido ese centro, de las modas más o menos fugaces en boga también en el exterior. No fue original y tampoco oportuna, pues algunas de esas “modas” eran asumidas cuando habían casi fenecido en sus lugares de origen, como sucedió con los retazos mal comprendidos que del llamado eurocomunismo quisieron adoptarse acá en los tiempos finales del Partido Comunista Mexicano.

Antonio Gramsci.

Antonio Gramsci.

Marxista sólo por advocación, la izquierda mexicana se extraviaba entre el heroísmo esporádico e individual y la liturgia. La potencia y la sofisticación teóricas del marxismo fueron, casi en todos los casos, reducidas a la palabrería de la catequesis. Ello era constatado para Italia, ya desde 1926, por el que quizá haya sido el más fino y sutil de los pensadores marxistas:

Se hablaba de clases, se predicaba la revolución, se tronaba contra la burguesía y contra el oportunismo, pero todo se reducía […] a una fraseología inconsistente y vacía. Incluso el marxismo se convertía en una expresión carente de contenido. Con la “lucha de clases” se “justificaba” y “explicaba” todo, pero no se entendía nada y nada se hacía entender. La burguesía […] era un obsceno personaje que maniobraba de manera diabólica para conservarse y engañar al proletariado.2

El dirigente, además, era siempre el que tenía la última palabra y “el que sabía”, aunque para asegurarse de ello tuviese que rodearse de los mecanismos burocráticos que garantizaban, si no su infalibilidad, sí su invencibilidad. De ese modo la subalternidad de los militantes estaba también garantizada, puesto que se la propiciaba. Y así la izquierda mexicana invirtió más esfuerzos y batallas en mantener el control interno que en perseguir su eficacia exterior.

Las burocracias partidarias de cualquier signo ideológico han demostrado ser infrangibles: los mecanismos y las reglas del juego interno se encargan de ello. La libertad de opinión de sus miembros puede estar más o menos a salvo, pero las decisiones se toman siempre en otro lugar. Añádase a esto la sumisión resignada —y en algunos casos incluso entusiasta— de la masa, su contumaz aceptación acrítica del dirigente, la manipulación de los ingenuos, la conversión en clientela de los necesitados y la cooptación de los renuentes, y se tendrá un círculo perfecto, paradójicamente porque excluye los medios internos de su modificación y perfeccionamiento.

Un aparato de estas características funciona para mantenerse en el poder, pero resulta inservible para hacerse con él a contracorriente de la estructura estatal. Al PRI —además, por supuesto, de muchos otros recursos que tuvo a mano— le permitió mantener las riendas durante decenas de años, y según todos los indicios le alcanzará para recuperar dentro de dos la parte de ellas que perdió.

III

La desaparición de las ideologías ha sido preconizada en más de una ocasión. Algunos fueron aún más lejos y decretaron el fin de la historia. Ellos mismos convertidos en modas, se demostraron fugaces y tanto la ideología como la historia les sobrevivieron. La transformación y ciertas evanescencias han ocurrido, sí, pero en otros ámbitos. La política —no como práctica sino como concepción general de la vida asociada— entre los antiguos solía subordinar las soluciones político-prácticas a las religiosas, éticas o filosóficas; mezclaba, por tanto, el manejo y la conducción del Estado con la solución de los grandes problemas metafísicos y morales.3

Pero ya desde el siglo XVIII Rousseau pudo lamentarse de que “los hombres políticos antiguos hablaban continuamente de las buenas costumbres y de la virtud; los nuestros no hablan más que del comercio y del dinero”. Esto ocurría ya en una época en la cual no existían partidos ni sistemas de partido tan cristalizados como ahora, ni la política misma se había convertido en una profesión y un medio de vida.

Desde el siglo XVIII Rousseau pudo lamentarse de que “los hombres políticos antiguos hablaban continuamente de las buenas costumbres y de la virtud; los nuestros no hablan más que del comercio y del dinero”.

Con la profesionalización de la política también se uniformaron los políticos. Si algún valor posee la expresión “clase política” sería justamente la de indicar la transformación de “los políticos” en un estamento; es decir, según la estricta definición del diccionario, un estrato de la sociedad definido por un estilo común de vida. Tan común y compartido que ya no es posible distinguir a un “político” de otro salvo en lo contingente y lo anecdótico. En esta ruta fue como la izquierda se extravió: al emprender el camino de su integración a “la normalidad democrática” no supo, o no quiso, mantener su identidad y desapareció.

Hoy resulta imposible deducir la adscripción ideológica de un político mexicano a partir de su conducta individual y de su desempeño como “servidor público”; tampoco por sus propuestas o el sentido de su voto. Mucho menos por sus discursos, que atienden siempre al cálculo preciso de lo inmediato y nunca a disposiciones estratégicas, fundadas no en el lugar común doctrinario sino en un conocimiento profundo y meditado, y sobre todo en una ética de la política genuina, muy otra que la caricaturización de la doctrina instituida por el persa Manes acerca del bien y el mal.

De ninguna otra manera, sin aquella identidad esencial, podría comprenderse el libérrimo, fluido y frecuente transvase de individuos de un partido a otro. Fenómeno este que no indica una cierta madurez democrática del sistema y de sus integrantes, sino tan sólo una ósmosis movida por el interés individual, permitida precisamente por la fundamental identidad entre los “partidos” y facilitada por unas relajadísimas normas éticas según las cuales la fisonomía y la congruencia políticas están por debajo del interés electoral.

IV

Ilustración para Fuenteovejuna.

Ilustración para Fuenteovejuna.

En este escenario, en esta Fuenteovejuna al revés, todos son culpables: no es el pueblo ajusticiando al Comendador y negándose a delatar a los autores directos; son los comendadores abusando del pueblo y cubriéndose entre ellos o, a lo más, señalándose unos a otros y escondiendo la mano. El enriquecimiento muy explicable, aunque antaño se lo haya tipificado como “inexplicable”, se encuentra —con diferencias sólo de grado— en una parte y en la otra. Lo mismo las tentaciones de heredar los cargos al hermano, la hermana, la esposa o el fiel subordinado. La inoperancia y la mediocridad en el servicio público también son universales. No existen los buenos de un lado y la mafia del otro, del mismo modo en que lo que se critica a voz en cuello durante las campañas electorales se practica con entusiasmo cuando se está aposentado en el poder. En el límite: un gobernante que no es capaz siquiera de garantizar la seguridad de los gobernados merecería la suerte del Comendador creado por Lope de Vega. Y entre esos comendadores los hay priistas, panistas y perredistas.

La desgracia para nuestra Fuenteovejuna es que carece de opciones, una desgracia de consecuencias y alcances más deletéreos que lo que la mayoría percibe. Con la izquierda reducida a la autodenominación y esporádicamente al discurso, el abanico de posibilidades que se ofrece al ciudadano en cuanto elector se distingue únicamente por las siglas, los colores y nombres de los partidos. Las ofertas reales, salvo diferencias secundarias y de estilo, son sólo variaciones sobre una misma tonada: la de una democracia que encuentra una coartada para sus propias deficiencias e insuficiencias declarándose eternamente “en proceso”, y la de una “clase política”, que se supone ahora diversificada, que invierte mucho más en la autopromoción que en la labor legislativa y de gobierno y viene vendiendo, desde hace decenios, el cebo de una democracia —si no completa sí suficiente— siempre en el horizonte.

Como el palo y la zanahoria, ni más ni menos. ®

Notas

1. Isaac Deutscher, Herejes y renegados, Ediciones Ariel, Barcelona, 1970.

2. Antonio Gramsci, La costruzione del partito comunista (1923-1926), Einaudi, Turín, 1971.

3. Humberto Cerroni, Introducción al pensamiento político, Siglo XXI Editores, México, 1976.

Publicado originalmente, con otro título, en la desaparecida revista M Semanal en enero de 2011.

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Publicado en: agosto 2013, Días del futuro pasado


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  • La ciudadanía no carece de opciones sino únicamente en el campo electoral. Esta carencia es el resultado de la complejización y especialización del sistema político con el subsecuente sistema de intereses tan maniatado. La ciudadanía no es ajena ni a los partidos ni a las ideologías y por ello quizá está condicionada pero no imposibilitada de actuar políticamente. Pero ello sucede porque como ciudadanos tratamos de resolver nuestros problemas cívicos apelando a un Estado viciado. Esa es la opción del ciudadano: volver a la ciudadanización de la política, más aún: volver a la comunitarización de la política. Que poner un drenaje no dependa de los polos de interés de actores políticos, que no dependa de las perspectivas ideológicas empleadas, que no dependa de los resultados electorales. Por el contrario que la ideología y la política dependan de nuestras acciones cívicas. Desde el momento en que permitimos ser cooptados y manipulados somos exactamente víctimas y victimarios de la misma red del estamento político: somos parte del mismo estamento aunque en su clase baja pues compartimos ese estilo común de la vida política. Los ciudadanos también somos victimarios y no sólo víctimas.