Explosión, disparos

Explosión

© Gjon Mili

Explosión. Disparos resonando en las botellas rotas y tinas vacías que desaparecen en la punta de mi lapicero. Estallar. En jardines despeinados mis pasos sobre la tierra mojada dejan baladas en la voz de la grava. Caer. En el aroma coagulado en las telarañas del techo, de esos que nacen en el silencio de un triángulo dormido. Levantar. La mirada que atropelló la velocidad de los semáforos. ¿Qué soy yo sino la mirada cabizbaja que llega con el susurro de las piedras? Quemar. Las ventanas se derriten al sentir el roce del aliento que despertó a la gasolina. Perder. Los continentes sin nombre gotean sobre rostros desfigurados. Gritar. El relámpago oxidado le da al tráfico un sabor a cristales rotos. Romper. La flauta afinaba el cláxon de las patrullas. Dormir. Con la madrugada barriendo las bocas que dispararon el relámpago que separó al cielo de su color y su sonrisa. Arrancar. El vago llevaba una fiesta en la garganta, retratando un recuerdo, pasado viendo su sombra en un espejo de tiempo, y las señoras viéndolo preguntaban sobre el paradero de la dignidad, orgullo diluido en agua. Cantar. Las rimas que se amarran al abejorreo de los motores. Manchar. Con las hebras de humo de la punta del cigarro el desteñido rostro con el que apagaste las farolas y clausuraste el día, piel del cielo. Atropellar. La mecha de la que cuelgo, de la que hablaban las que llevaban unas vías del tren en los dientes. Contemplar. Las risas encendidas que se quedaron pegadas en el asiento trasero de los autos luego de ser usadas por el beso de los amantes, y el abrazo que guiaba a las manos por las cascadas de cabello, como en las películas anónimas que nunca vimos. Reprender. Al chico ciego que le da pistolas a la mugre y la furia. Regañar. El silencio dice lo que queremos esconder, cantaban las auroras tristes. Un segundo de tu rostro descansa en bancas. Explotar.

Uh

¡Ah! ¡Mi futuro es una de esas mujeres que te sonríen pero no te hablan! Ecos resbalaban en las paredes de la ciudad que llevaba en la palma de mi mano, mano radioactiva gritó la última guillotina antes de arrancarle los pezones fosforescentes con sus dientes de papel. La amnesia besó en la boca a los vagos que dormían al final de un arcoiris de basura. El horizonte cerró los ojos y nuestras miradas se derrumbaron, desperté en las pupilas del cristal, hambriento de comerciales, con sed de traducir el silencio que el acantilado dejó en mi piel antes de diluirse en el silbido del albañil, como cuando mi cara se disolvió en los parabrisas de las ambulancias descompuestas. El sonido de la amargura cambió de color en el humo de mi cigarro, dejó su voz en los peluches mordisqueados por los perros, las puntas de un grito dibujan los rincones en los que me tiro a temblar junto a mis ojeras, hasta no ser más que polvo bajo el colchón de los niños pobres. Mi voz callada entre los dedos del viento se escribía en los oídos del silencio. Nos paramos a caminar un poco antes salir hacia la entrada que bajaba la subida que nos bajaba el cierre con sus uñas postizas, y nos sentamos a trotar por estos susurros que apagan la voz del trueno que el cielo se guardaba en la garganta. Mi silencio, sonido desierto, se asomaba por el zumbido de mis oídos para ver al viento quitarle sus nombres a las calles, ese viento era sombra de mi silencio. Viento que se aceleró para poder husmear bajo las faldas de las colegialas. Viento, invisible voyeur, tus oídos en la mirada de los mendigos y en mis faltas de ortografía. Silencio de niños regañados, silencio de perros atropellados imprimiéndose en tus manos que bautizan el muelle donde me dejas llorando. Hace mucho que la verdad murió para vivir por siempre en la sombra de nuestra duda. En el fondo del espejo los labios en la culata del fusil desprendieron la primera letra de esta frase. El sol consumió los últimos bemoles que anidaban en mi cama. Y nadie lleva en su discurso el insomnio de los niños armados, nadie lleva en sus pancartas el cansancio del que trabajó horas extra para terminar alimentando a su familia con pan duro, nadie lleva en sus propagandas a los que lloran su desgracia en los callejones, y yo apenas traigo las cenizas de su respiración entrecortada. Los huecos iban llenando el aire y tallando el chillido que deambula por mis ojos, los tres archipiélagos de brisa que llevas bajo las uñas, vieron a las niñas decapitadas que los lunáticos guardaban en su risa, el ritmo que se tejía en los dedos del pianista se volvía laberinto del que mis oídos encontraron la salida en el silencio, pero sólo para seguir perdidos. ®

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Publicado en: Diciembre 2011, Narrativa

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  • Eréndira

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    “Con sinceridad digo que me cayeron de maravilla a las 2:08 am recién llegando de una noche de fiesta… Están buenos.”