Felices puertas felatorias

Los antros de ambiente en Torreón

¿A dónde se puede salir de noche en Torreón? La gente responde: ya no hay antros, los balacearon, cerraron, nos juntamos en casas de amigos. Pero esta noche queremos divertirnos. Estoy en la esquina de la Blanco y Morelos con un grupo de vestidas, travestis o locas. Ellas saben que, pese a la violencia, el desempleo y la peste, el ambiente gay vive su apogeo.

Hermosas y borrachas

La putería nunca morirá. Pero los clientes sí, por eso hay que jalar desde temprano.

Ocho de la noche. Vestidos, tacones y pelucas. Minifaldas, shorts o pantalones ajustados. Maquillaje y brillos. La piel prieta pierde la batalla.

¿Eres de ambiente?, me preguntan. Me gusta el ambiente pero ¿cuál? ¿Eres joto, mayate o buga? ¿Que si eres gay, cabrón? Me gustan las morras, buga al cien, muñecas.

Que quede claro: el ambiente es la palabra clave para decir gay.

A mi lado, Alexia, una rubia que presume un culazo forrado de mezclilla, aprieta mis muslos: qué ricas piernas, papi. Roxana, flaquita y con peluca roja, le contesta: déjalo, jota, ahorita me lo voy a llevar yo, ¿o no?, vámonos al estacionamiento de atrás, te cobran veinte pesos, es más, yo los pongo, nomás dame cincuenta por la mamada. Río sin atinar a darle gusto al grupo de vestidas que se ha formado.

¿Te estás bufando de nosotras o qué? Son muy hermosas, chicas, mejor pónganse a jalar, aquí las espero.

En eso Ashley se baja de un taxi, ay, prostituta, dame un chicle porque este albañil traía puro requesón. ¿Por qué no se la mamaste con condón? Ya se me habían acabado. Entonces te ha ido bien. Sólo traía uno, es que dejé los condones en otra bolsa.

En el centro del cadáver

Me quedo sentado frente al aparador de lo que antes era una tienda mientras las vestidas detienen los pocos carros que pasan. Algunas se trepan, regresan en poco tiempo, se echan unos enjuagues litro de cerveza y paran la nalga al siguiente carro.

La muerte del Centro Histórico se ha acelerado durante este sexenio; la gente cree que aquí matan. Y sí. Han balaceado cantinas, ha habido persecuciones, han aparecido cabezas y cuerpos despedazados en las letras que decoran la entrada de la ciudad: Bienvenidos a Torreón, la ciudad de los grandes esfuerzos. Por la noche es común escuchar tiroteos por las colonias del cerro que rodean esta parte de la ciudad.

La putería nunca morirá. Pero los clientes sí, por eso hay que jalar desde temprano. Ocho de la noche. Vestidos, tacones y pelucas. Minifaldas, shorts o pantalones ajustados. Maquillaje y brillos. La piel prieta pierde la batalla.

A tres cuadras de nuestra esquina el Hotel Palacio Real hospeda a los Policías Federales. Durante el día hay más de diez trocas estacionadas a ambos lados del camellón de la Morelos. En la noche las patrullas se detienen con las putas.

A la vuelta del hotel se encuentra nuestro primer punto: El Sótano de Elvira. Un bar para agasajarse al ritmo del cumbión disparado por la rocola o un trío de sintetizadores que mezclan banda sinaloense, cumbia, norteño y electroboda, esos ritmos que todos bailan como ejército de hormigas alcoholizadas.

El Sótano de Elvira no es un bar de ambiente, a diferencia de otros bares que no permiten mujeres ni vestidas, aquí las reciben con gusto. Los albañiles y malandros anclados a la barra las miran. Ellas son las joyas de la noche y, lo mejor, orinan en el baño de hombres, codo con codo.

Efebos salvajes

En la Avenida Colón se erige un muro imaginario que divide a la ciudad en Oriente y Poniente. El Torreón viejo, oscuro y temido yace donde el sol se oculta tras los cerros. También es el territorio que pertenece a un cártel. Al oriente, el Torreón nuevo, el otro cártel, fraccionamientos residenciales, colonias apestadas, malls, universidades, bares, terrenos abandonados, el Territorio Santos Modelo.

Aunque existe horror por cruzar a Torreón Poniente, en cualquier lado de la ciudad se despachan cabezas. Las balaceras en los antros El Ferrie (31 de enero de 2010), bar Las Juanas (15 de mayo de 2010) y la quinta Italia Inn (19 de julio de 2010) ocurrieron en la zona oriente.

Cuando uno cruza el muro de la Colón lo primero que se encuentra es grupos de jotitas adolescentes en cada esquina de la Morelos. Efebos, delgados, pantalones entubados, playeras piratas tipo Ed Hardy, cejas depiladas, corte de cabello estilo reguetonero.

Ellos también talonean. En la madrugada, después del jale, los efebos beben en los antros de ambiente, bailan coreografías de Lady Gaga y ninguno piensa ni cuándo ni cómo regresar a casa. No es cuestión de violencia. Es cuestión de un palo.

Vivimos en Putorreón, por favor, 1

Torreón es una ciudad cachonda. No hablamos de amor. Just wanna have fun. El sexo es nuestra moneda. Y sin embargo conozco jotos vírgenes de treinta años. Bad romance.

Preámbulo

Después de la chamba y unas caguamas Carta Blanca en el Elvira, regresamos a putear. Pay, un joto maduro, quizá de cincuenta años, atlético, mamalón, en shorts deportivos y camisa sin mangas, cabello largo y güero natural, me cuenta de sus novios de dieciocho años. Él también putea pero lo suyo, aunque no lo crea, es el amor. No como las otras jotas que están cazando. Él es un enamorado. Y un estilista como la mayoría.

Isis

Oh, Gran diosa madre, Reina de los dioses, Fuerza fecundadora de la naturaleza, Diosa de la maternidad y del nacimiento bendice a tus hijas, que esta noche encuentren el fierro soñado, la fama, la envidia y el feliz regreso a casa.

Tras los muros rosas y un portón negro el incienso de la media noche: orines y piedra. Comienza el desfile de lo que en cien años ha logrado una ciudad como Torreón. Vaqueros con texana y botas, panza caguamera y una vestida operada en cada brazo; malandros, cholos, albañiles recién salidos de la obra, morritas bien arregladas, machorras, lesbianas, jotos de boutique, efebos salvajes, jotos socialités, jotos viejos aferrados al maquillaje para ocultar las ojeras, jotos prietos con el típico bigote chocomilero y ojos vidriosos, vestidas altas, chaparras, nalgonas, tetonas, delgadas, robustas, gordas, morenas y espolvoreadas con capas de corrector y maquillaje. Isis, nuestro antro, abarrotado.

Todas y todos se saludan. No existen desconocidos en el ambiente.

Invito rondas de cerveza a mis hadas que ya se fueron a volar entre la fauna del tugurio. Me acerco a otro grupo de vestidas, les invito un trago. Una loca, vestida como la mujer maravilla, se me acerca y me lleva a la zona de sillones que está justo a lado de las felices puertas felatorias de los baños. Veo montones de zopilotes esperando su turno, los que salen se limpian la boca con la mano.

Bebo hasta no saber de mí. En un brazo una vestida hablando por mi celular, en el otro una vestida a quien le agarro las nalgas. Frente a mí una vestida me presume que sus implantes no son de aceite vegetal, se baja la blusa y sus pezones bizcos me saludan, tócamelas pa que las sientas; tengo ocupadas las manos, sonríe, ándale con la boca. Chichis de corteza de puta. Alguien me pregunta mi nombre. Alguien me pide un trago. Alguien me pide que le consiga un pase. Corro al baño chocando contra la muralla de carne e implantes, vomito y recupero el equilibrio.

Cuando salgo del baño veo que varios malandros se quitan las camisas y perrean a putarracos y vestidas. Comienza el show con un striper carnoso. El griterío. En otros antros de ambiente llevan stripers de Monterrey. Pero el Isis se ubica en la franja en que toda la pelusa de Torreón se arremolina. Las vestidas, como un coro griego, son la voz subliminal hacia donde se dirigen los héroes de la noche. Agárrate, papá, canta Gloria Trevi.

Peligro

En varios lados me preguntan por qué me gusta el ambiente. A Torreón le cuesta saberse mundo de putería. Hasta hace pocos años las muestras de afecto en público entre parejas homosexuales estaban penadas.

Invito rondas de cerveza a mis hadas que ya se fueron a volar entre la fauna del tugurio. Me acerco a otro grupo de vestidas, les invito un trago. Una loca, vestida como la mujer maravilla, se me acerca y me lleva a la zona de sillones que está justo a lado de las felices puertas felatorias de los baños.

Algunas amigas me llaman naco. Entonces pienso que a la gente de Torreón le gusta la comodidad. Las palabras que delimitan un lugar seguro. Fresa. Ambiente. Naco.

En grupos literarios sucede algo similar. No ven que la literatura es una posibilidad de peligro. La palabra es violenta. Elimina fronteras. Expande límites.

La jotería perturba a las buenas consciencias y a los apellidos que supuestamente escribieron la historia regional.

Pero en el Isis nos sentimos seguros. Afuera la ciudad truena con granadas y se chorrea la sangre. Adentro Lady Gaga, Katy Perry y el beat electrogay de moda nos mantienen enloquecidos, sudorosos y chorreadotes. No creemos en los balazos. Puro fierro.

A beber y a mamar que el mundo se va a acabar

La comunidad gay había permanecido fuera del ataque del crimen organizado hasta que entraron al Bar París (14 de octubre de 2011). Un pequeño y cochino bar de jotos viejos y efebos terribles, porno típico y cervezas baratas incluso los domingos. Tres muertos. Sin embargo el París sigue abierto.

Vivimos en Putorreón, por favor, 2

Entiendo la ecuación a mayor violencia y matanzas en centros nocturnos, menos antros. Lo que no tiene lógica es a mayor violencia más antros gay. Podemos contar cinco antros de ambiente, casas de spa para ligar, cafés que se convirtieron, tal vez por el bajo precio de la cerveza, en barecitos de gays adolescentes. El resplandor de la jotería reloaded.

También tengo un precio

En el Isis suceden milagros: adentro la noche continúa aunque afuera ya esté clareando. Encienden las luces blancas que muestran a los habitantes del congal sus rostros erosionados. Hora de la retirada. Unas vestidas que no distingo me piden un taxi sobre la calle Múzquiz que también marca el límite entre el Centro Histórico y las colonias que trepan por los cerros. En contraesquina, un bar de putas viejas y algunas jovencitas polvorientas, huesudas y desmañanadas. Puro cochambre.

Llego a casa, golpeo la puerta y nadie me abre. Olvidaba que mi novia había salido temprano a trabajar. Saco la llave, entro, me quito la ropa que apesta a algo parecido al pachuli mezclado con humo y semen. Al fin, en mi cama, sin peligro. Me quito el pantalón y me doy cuenta de que no traigo celular y que a mi cartera desgreñada le falta mi única tarjeta. ®

Publicado en: Apuntes y crónicas, Febrero 2012

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  • Miriam, gracias por leer y por tu comentario. Francamente yo también estoy buscando ese libro ‘Eros díler’. Todavía no sale publicado pero está próximo a irse a imprenta. Quisiera asegurare que ya en marzo lo encontrarás en librerías o en Jus. Ojalá así sea. Te aviso cuando organicemos la presentación. Un saludote y un abrazo.

  • Miriam Lezama

    Que tal solo para comentarte que en pasada publicación recomiendan tu libro “Eros díler” realmente lo he estado buscando pero la editorial no da buena respuesta, es la ubicada en Donceles 66, quizá organicen una reimpresión o sabrás donde si lo tienen, pues gracias y honestamente me agrada tu estilo.