FIEBRE DE MUSEOS

Otra ocurrencia: el museo del tequila

El fallido Museo Guggenheim sobre la barranca.

Hay noticias que parecen buenas y no lo son, o al menos no tanto. Ejemplo de ello es la fiebre por querer abrir nuevos museos, a troche y moche, en la zona metropolitana de Guadalajara, un achaque que ha hecho chuza entre autoridades y fuerzas vivas de la localidad.

Primero fue el anuncio del nebuloso conjunto de museos variopintos que, se dice, habrá de albergar el nonato Centro Cultural Universitario, ese faraónico y delirante proyecto que empuja el ex rector de la Universidad de Guadalajara, Raúl Padilla, zanqueando por todos lados el dinero de los contribuyentes. Luego vino el malogrado Museo Guggenheim en los terrenos del parque Mirador Independencia Dr. Átl. Y en seguida de su cancelación, en octubre del año pasado, apareció el anuncio de que el fallido Guggenheim sería reemplazado, en el mismo sitio, por algo de nombre bastante retorcido: Barranca, Museo de Arte Moderno y Contemporáneo Guadalajara. Más tarde vino el anuncio de convertir la finca que ocupa la popularmente llamada Quinceava Zona Militar en un museo de historia, con motivo del Bicentenario de la Independencia de nuestro país y del Centenario de la Revolución Mexicana.

Por esas mismas fechas comenzó a circular la versión de que las oficinas del Arzobispado de Guadalajara saldrían de la parte posterior de la catedral de Guadalajara y que esa área del templo principal de la Arquidiócesis sería habilitada para convertirla en un museo de arte sacro.

Hace poco se inauguró el Museo Tonallan, el cual, según las nuevas autoridades municipales, estará dedicada al “patrimonio intangible” de los tonaltecas. Habrá que ir a verlo para saber en qué consiste lo intangible y lo patrimonial de sus haberes.

Y apenas hace unos días se dio a conocer la noticia de que se planea convertir al Palacio de Gobierno en un “museo multi-temático”, con una sala  que estaría dedicada al tequila y su historia. Esta idea amenaza con transformar a una de las más imponentes y originales edificaciones del estado en algo parecido a un bazar, antes que en un museo del que los jaliscienses se pudieran sentir orgullosos. Y ello por una razón muy simple. Porque por más importante y representativo que el tequila pueda ser en el ámbito popular, el edificio que originalmente fue concebido para ser Palacio de la Audiencia, durante la época colonial, y que luego de la Independencia ha cumplido la función de ser la sede del poder Ejecutivo de Jalisco, no es el lugar adecuado para ese fin.

Para mostrar, a propios y extraños, la historia del tequila, así como la de la charrería, el mariachi, los birotes, los equipales, el tejuino, la birria y otros atributos típicos que cierta tradición  popular, y no la verdadera historia, “reconoce” como originarios de Jalisco, existe otro género diferente de museos: el dedicado a las culturas populares, a la historia de la vida cotidiana o a la petite histoire, como dicen los franceses.

Aun cuando para la edificación de la finca que ocupa el Palacio de Gobierno se haya aplicado un impuesto al “vino mezcal” (el nombre que en esa época se daba al aguardiente que después fue conocido como tequila), eso no es motivo suficiente para que —al lado de una sala dedicada a la estancia en ese sitio de Hidalgo y, medio siglo después, de Juárez— se exhiba la colección de botellas del Consejo Regulador del Tequila.

Así como en la capital del país el Palacio Nacional y el Castillo de Chapultepec han sido transformados —el primero sólo parcialmente— en museos de historia, pero no de frivolidades, el Palacio de Gobierno de Jalisco debiera seguir esa misma directriz.

La historia de este último es tan amplia, rica, relevante y aun excepcional que, incluso cuando todo el edificio fuera habilitado como museo no tendría espacio suficiente para dar cabida a tantas piezas, objetos, documentos y materiales de la mayor relevancia histórica.

Para empezar, el Palacio de Gobierno no sólo fue la primera sede, sino la única que tuvo el gobierno de Hidalgo. Entre otras cosas, ahí se firmó el acta de la abolición de la esclavitud el 29 de noviembre de 1810. Ahí mismo, el 13 de diciembre del mismo año, Hidalgo expidió el nombramiento del primer diplomático mexicano, Pascasio Ortiz de Letona, quien fue enviado por el gobierno independiente para ocupar el cargo de embajador plenipotenciario ante Estados Unidos.

Casi medio siglo después, el Palacio de Gobierno se convirtió en Palacio Nacional, en virtud de que el presidente Benito Juárez, acompañado de su gabinete, instaló en Guadalajara la sede de su gobierno, del 14 de febrero al 20 de marzo de 1858.

El incidente que a punto estuvo de costarle la vida al Benemérito, provocado por Antonio Landa, un coronel liberal que, ocultamente, se pasó al bando de los conservadores, y frustrado, de manera casi providencial, por el ministro de Hacienda juarista Guillermo Prieto al grito de “los valientes no asesinas!”, ahí lo vivió también Benito Juárez.

En Palacio de Gobierno agonizó y vio la última luz (la del amanecer del lunes 11 de noviembre de 1889) el que tal vez haya sido, hasta ahora, el gobernador más popular y querido en toda la historia de Jalisco: el general Ramón Corona, quien la víspera había sufrido el atentado del lunático Primitivo Ron, una suerte de Mario Aburto de la época.

Porfirio Díaz, buena parte de los caudillos revolucionarios, todos los presidentes del México del siglo XX, así como jefes de estado de otras naciones, estuvieron en Palacio de Gobierno.

Entre 1937 y 1938 José Clemente Orozco pintó uno de sus murales mayores en el cubo de la escalera de Palacio de Gobierno y escuchó, in situ, una mañana de julio de 1938 los reclamos del líder revolucionario soviético León Trotski, por entonces asilado en nuestro país, inconforme por la forma carnavalesca en que Orozco había representado, en ese mural, a los movimientos políticos e ideológicos de la época.

Y como éstos, son muchísimos más los acontecimientos, históricamente relevantes, que han tenido por escenario al Palacio de Gobierno. ¿Por qué pretender habilitarlo pues, así sólo sea parcialmente, en museo del tequila? Habrá que convencer a los promotores de este proyecto, por más duros de entendederas que puedan ser, de lo improcedente de su idea; una idea que, hay que repetirlo, es buena para otro lugar, pero no para el Palacio de Gobierno.

Por lo demás, en el nombre de las musas y de los museos se suelen cometer muchas barbaridades y no pocos crímenes. Impidámoslo, siempre que sea posible. Y cuando no, al menos perseveremos en el intento. ®

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Publicado en: Arte, Mayo 2010


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