Filosofía para el desayuno

De nazis kantianos y filósofos ignaros

“Estridentes más que provocadores, como corresponde a un enfant terrible y al público al que se dirige, habitualmente despliegan una agresividad y un desembarazo para emitir juicios que no se paran en minucias como el sustento documental, las concordancias históricas ni las lecturas comprehensivas y directas.”

Pórtico, preludio, exordio, preámbulo o Einleitung, donde se da sucinta cuenta del origen de lo que más adelante se leerá

Kant

De mis ratos de ocio, no escasos pero tampoco abundantes, últimamente he dedicado algunos a la lectura del idealismo alemán del siglo XVIII y la primera mitad del XIX, revisitando algunas de sus muchas, variadas y complejas parcelas e incursionando en otras antes negligidas por mí. No se ha tratado —quien tenga alguna familiaridad con la materia sabrá que ella misma lo impide— de lecturas de esparcimiento, tampoco de las exhaustivas propias de una investigación determinada sino de ese sondeo de profundidad media y en ocasiones superficial, frecuente en el picoteo nacido de un interés personal que carece de propósito específico.

Todos los grandes pensadores, y en particular aquellos sobre los que se asienta la llamada cultura universal, han tenido discípulos de mayor o menor valía, simples partidarios o seguidores y adversarios. Aunque siempre hubo críticos de caletre limitado, sólo nuestra época ha conocido —además de fenómenos como el cotidiano terrorismo político, religioso o del narco y la sumisión de las economías nacionales a dictados externos— a esa caquéctica cohorte de bufones que se presentan como filósofos (o historiadores, según sea el caso) que con la mira puesta en las listas de bestsellers eligen a alguno de aquellos pensadores, y con la mano en la cintura y el escrúpulo filológico y heurístico en el bote de la basura, escriben libros de título ampuloso o “ingenioso” con los que —según pretenden ellos y creen sus seguidores aún más limitados— demuelen al gigante y derruyen su obra.

Se trata, casi por definición, de libros de contenido y conclusiones predecibles. Estridentes más que provocadores, como corresponde a un enfant terrible y al público al que se dirige, habitualmente despliegan una agresividad y un desembarazo para emitir juicios que no se paran en minucias como el sustento documental, las concordancias históricas ni las lecturas comprehensivas y directas. El resonar de sus baratijas y la superficialidad de sus contenidos, la audacia insustentada vendida como novedad y pensamiento desacralizador, el oropel y la banalidad; todo ello los convierte en lecturas fáciles que hacen presa en el lector desprevenido y se abren a sí mismas el camino a las listas de los más vendidos, un destino que resulta imposible imaginar para obras como la hegeliana Ciencia de la Lógica, el Ensayo de una crítica a toda revelación de Fichte, el Sistema del idealismo trascendental de Schelling o la Crítica de la razón pura, de Kant.

Este último, como se sabe, es uno de los autores más importantes de aquella variopinta —y a menudo ferozmente encontrada— corriente de pensamiento filosófico. Y justamente de él trata uno de aquellos filósofos de estanquillo, asunto que acudió a mi memoria cuando, revoloteando en aquellas lecturas, recordé haber leído algo al respecto en el número de febrero de esta revista, bajo la firma de Pedro Trujillo y con el título “Kant y el nazi”. Aunque no sea válido comparar lo pequeño con lo grande, quizá como divertimento sea lícito ocuparse, con relativa brevedad, de todo este embrollo.

Un portento llamado Michel Onfray

Todo esto habría pasado en el dominio del pensamiento puro.
—Marx, La ideología alemana

Escribió 8 libros. Hubiera hecho mejor plantando 8 árboles o teniendo 8 hijos.
—Lichtenberg

Si se juzgara sólo por la cantidad de títulos, Michel Onfray bien podría ser equiparado al escritor y eclesiástico de la orden de los Cartujos, Alonso de Madrigal (1400-1455), conocido como “el Tostado” y cuya extensa obra fijó su apodo al proverbio: “Ha escrito más que el Tostado”. De la estirpe de aquéllos que echan de sí libros como buñuelos, Onfray tiene en su haber alrededor de cuarenta de ellos entre 1989 y 2010, a razón en ocasiones de tres y hasta cuatro por año. Si se considerase la variedad de los temas no sólo sería prolífico sino una eminencia que haría rabiar de envidia al mismo Leonardo da Vinci. Véase, para documentarlo, la siguiente lista parcial:

El vientre de los filósofos. Crítica de la Razón Dietética

La escultura de sí. Por una moral estética

La razón del gourmet

Teoría del cuerpo enamorado. Por una erótica solar

Antimanual de filosofía. Lecciones socráticas y alternativas

La filosofía feroz. Ejercicios anarquistas

Tratado de ateología. Física de la metafísica

Títulos por demás pintorescos, eso no se le puede negar. Aunque esa producción casi industrial de libros y tan abigarrada temática no pueden sino suscitar sospechas. El que mucho abarca poco aprieta, o aprieta mal. En el Tratado de Ateología (vocablo acuñado por Bataille) Onfray se sirve con largueza, entre otros, de Freud para apuntalar su “novedoso” discurso. Por ejemplo: “El choque entre el libre albedrío y la elección voluntaria del Mal que legitima la responsabilidad, por lo tanto la culpabilidad, por lo tanto el castigo, presupone el funcionamiento de un pensamiento mágico que ignora lo que la obra poscristiana de Freud ilustra a través del psicoanálisis y la de otros filósofos que demuestran el poder de los determinismos inconscientes, psicológicos, culturales, sociales, familiares, etológicos, etcétera” [pp. 66-67]. Contra un anatema de la Iglesia, que Onfray menciona pero al parecer no identifica, defiende tanto la credibilidad de Freud y sus descubrimientos como la posibilidad del psicoanálisis [p. 107], y así en varios pasajes más.

Nada de ello significó impedimento alguno para que cinco años después, en 2010, el mismo Onfray publicara su nuevo buñuelo, El crepúsculo de un ídolo. La fábula freudiana, que en la propia página oficial de este polímata de los siglos XX y XXI se identifica del modo siguiente: “El prestigioso filósofo [of course] francés, autor del best-seller [juro por Og Mandino, Paulo Coelho y doña Mary Higgins Clark que así dice] Tratado de Ateología [de tantos y tantos libros tuvieron que citar precisamente ese] ha escrito un ataque virulento contra el psicoanálisis y en particular contra el freudismo, [aquí y en adelante, si no hay señalamiento en contrario, las cursivas me pertenecen] vehementemente argumentado y…” etc., etc.

En otro de sus libros, Cinismos. Retrato de los filósofos llamados perros, se identifica a los cínicos —como si la composición, los rasgos característicos y el origen de esta escuela, y la cuestión misma de si se trató de una escuela, no fuesen todos ellos asuntos problemáticos— como filósofos del siglo IV antes de Cristo que “eran individuos que aspiraban a identificarse con la figura del perro”, recogiendo, quizá para poder lograr así otro título “ingenioso” y llamativo, la vieja opinión de algunos autores que, efectivamente, afirman que aquellos antiguos adoptaron su denominación a partir del vocablo griego que denota al can. Sin embargo, un testigo mucho más cercano epocalmente, Diógenes Laercio, asegura que el nombre deriva del hecho de que Antístenes —habitualmente considerado el fundador de esta “escuela”— impartía sus enseñanzas en el Cinosargo, gimnasio situado cerca de Atenas.

Finalmente, para concluir con este breve retrato, en una entrevista concedida al diario español El País el 16 de enero de 2006, Onfray insistía en una de sus idées fixes —además del nazismo, cuyos orígenes y sustentos el “prestigioso filósofo” ve en los lugares más insospechados—; esto es: que la sociedad sigue siendo cristiana incluso en el campo de la filosofía. “Hay una idea dominante”, decía Onfray en esa entrevista, “la que aparece en las historias oficiales, la que se aprende en clase. Una filosofía idealista, platónica, espiritualista, cristiana. En ella se integran Platón, Descartes y Kant sin dificultad […]. Y hay otra tradición filosófica, que yo enseño. Estoy escribiendo dos volúmenes que aparecerán muy pronto. Se trata de una filosofía hedonista, sensualista, materialista, empírica, cínica”.

De ese modo, además de la genial y penetrante agudeza que nos ilustra informándonos que Platón “se integra” en la filosofía platónica y de esa pasmosa productividad escritural (“estoy escribiendo no uno sino dos volúmenes a la vez”), Onfray no ve dificultad alguna en incorporar también a pensadores tan disímbolos como Descartes y Kant (para hacer justicia he de decir que se le escapó uno emblemático: el obispo Berkeley), y no sólo “se integran”, ésos y los que haga falta: deben integrarse para que así pueda llegar Onfray a inaugurar y enseñar otra tradición filosófica, hedonista, sensualista, materialista, empírica, cínica, cibernética, atómica y supercalifragilísticaespialidosa.

El padre de este “mal” espiritualista, reo del pecado de no hedonismo, es Pablo de Tarso, a quien Onfray hace culpable de la misoginia cristiana, del odio al cuerpo y al deseo carnal porque, dice, el pobre hombre “era impotente”, y además la conversión al cristianismo de este apóstol con disfunción sexual “fue pura histeria”. Pero esto (es decir, la histeria, no la impotencia) “no es un insulto sino un diagnóstico”, y sepan ustedes que “lo grave de Pablo es que su neurosis se convirtió en una neurosis planetaria”.

Tal es el hombre, tales son su obra, su estilo, su autoestima y sus procedimientos heurísticos. Consideremos ahora la influencia de este faro luminoso, guía hedonista, poderoso destructor de lo establecido y gran timonel de los ejércitos de amantes de lo “novedoso”.

Kant en Auschwitz

Del Giordano le rive saluta,
di Sionne le torri atterrate…
Oh, mia patria sì bella e perduta!
Oh, membranza sì cara e fatal!

—Va pensiero, Giuseppe Verdi

En 1961 Hannah Arendt asistió como reportera, en Jerusalén, al juicio contra Adolf Eichmann. De esa experiencia surgió su libro Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, publicado en 1963. En aquella ocasión, naturalmente, el otrora feroz genocida nazi interpretó su versión del infantil juego del “yo no fui, fue Teté” y declaró: “No perseguí a los judíos con avidez ni con placer. Fue el gobierno quien lo hizo […]. Acuso a los gobernantes de haber abusado de mi obediencia”. Arendt, que no dejó de señalar las magras capacidades intelectuales del hombre que entonces pasaba por ser el mayor asesino de Europa, abrió sin embargo un resquicio para la justificación de Eichmann al pensar que las atrocidades cometidas por éste podrían ser las de un individuo atrapado en la lógica de un régimen como el hitleriano, y consideró que su motivación “no fue un odio fanático hacia los judíos sino el deseo de avanzar en una carrera que convirtió su trabajo en el de un nazi”.

De la estirpe de aquéllos que echan de sí libros como buñuelos, Onfray tiene en su haber alrededor de cuarenta de ellos entre 1989 y 2010, a razón en ocasiones de tres y hasta cuatro por año. Si se considerase la variedad de los temas no sólo sería prolífico sino una eminencia que haría rabiar de envidia al mismo Leonardo da Vinci.

Es, aun así, inadmisible el que semejantes consideraciones alcancen para justificar la barbarie nazi y la responsabilidad del Obersturmbannführer de las SS en ella. Pero además autores como David Cesarini, profesor de Historia en la Universidad de Southampton, arguyen que Eichmann en modo alguno era “un robot que recibía órdenes” sino “el gerente general del mayor genocidio de la historia”. El mismo Cesarini, en su biografía sobre el personaje, lo cita presumiendo ante sus colegas en Berlín, en los estertores de la guerra: “Saber que tengo sobre mi conciencia a cinco millones de judíos me da una gran satisfacción”.

Pues bien. En su libro El sueño de Eichmann. Precedido de Un kantiano entre los nazis —que consta de dos partes: una ficción teatral y un “ensayo” que no es menos ficción— Onfray declara haber quedado estupefacto al leer el libro de Arendt y descubrir ahí “que el criminal de guerra apela durante su interrogatorio y su juicio en Israel […] al kantismo cuya reivindicación parece tan ruidosa como un disparo de cañón en un monasterio”. Aunque Arendt opinó en su momento, ante la afirmación de Eichmann de ser un lector atento de Kant, que el teniente coronel no entendió en absoluto al filósofo, este otro “filósofo”, Onfray, a pesar de haberse preguntado en torno a los alegatos de Eichmann sobre la cuestión judía: “¿Debemos confiar en su palabra?”, abandona toda actitud incrédula respecto al supuesto kantismo de un jerarca y matón nazi, le cree a pie juntillas y sostiene que éste conocía a Kant y sus principales tesis.

De esto trata el artículo de Pedro Trujillo, quien por lo visto le cree a Onfray como éste le creyó a Eichmann. Pero en cuestiones de fe nadie sabe lo que nos depara el destino. Por lo pronto yo no logro determinar qué es más asombroso: olvidar que alguien a punto de ser ajusticiado siempre alegará inocencia y repartirá culpas al mundo entero, desde la maquinaria estatal y el dominio hipnótico de la serpiente Hitler hasta un filósofo muerto hacía 158 años, o creer que un individuo como éste, ocupado primero en ascender en una carrera militar y no intelectual, y después en la organización y el cumplimiento del genocidio llamado la “solución final”, hubiese podido ya no digamos estudiar y comprender a uno de los pensadores más herméticos, sino haber tenido tiempo y sobre todo interés para hojear algunas de sus páginas.

En el cielo no hay cerveza

In Heaven there is no beer
That’s why we drink it here
And when we’re all gone from here
Our friends will be drinking all the beer
—Autor incierto

Michel Onfray

Quizá para emular el estilo “libre” de Onfray, Trujillo construye su punto de partida no con un hecho documentable sino a partir de uno imaginario. Como se sabe, las bases imaginadas no serán sólidas pero sí muy convenientes: se las puede elaborar a modo para apoyar cualquier conclusión previamente decidida. “Piadoso y austero, no es difícil imaginar a un contrito Immanuel Kant deplorando la ingesta alcohólica que le llevó a extraviarse una noche, trastabillante, por las calles de Könisberg, ciudad que nunca abandonó en setenta y nueve años, y que le impidió encontrar su domicilio en la Magistergasse”. El “rectilíneo pensador”, nos informa Trujillo, estableciendo al mismo tiempo su hipótesis y sus conclusiones, “pensaba que la cerveza era ‘un veneno lento pero mortal’ y que, además, constituía una de las causas más importantes de la mortalidad y las hemorroides”; que la ebriedad es “el estado contranatura producto de la incapacidad de ordenar las representaciones sensibles según las leyes de la experiencia, la medida de este estado resulta del consumo desmesurado de un brebaje”. A esto último lo cataloga como “la palabrería del idealismo alemán, la verborrea que tanto deleita a los burdeles universitarios”, en clara imitación tanto de la estridencia como del malditismo de Onfray. De este modo, apenas en el primer párrafo y sobre la base de aquella figura que “no es difícil imaginar”, convierte ipso facto a “la imaginación” en un hecho y concluye que “por eso [¿por qué? ¿Por lo que antes se ha supuesto, imaginado, inventado?] uno no puede sino esbozar una feliz mueca cuando imagina al creador del idealismo trascendental y la nebulosa protosolar fluctuando erróneamente por las calles de su cristiana ciudad”.

Y sí. Igual podría no resultarnos “difícil imaginar” a Kant bailando una jota aragonesa sobre el techo de su morada y bajando en caída libre al suelo, para así poder también “esbozar una feliz mueca” al ver al ebrio puritano dando con sus huesos en la calle. Además de retomar el antiguo, banal y equívoco lugar común según el cual Kant nunca salió de su ciudad natal, Trujillo indica que el pasaje sobre la bebida y la ebriedad se encuentra en la Antropología en sentido pragmático. Pero la frase entrecomillada que cita Trujillo, además de parcial, inexacta y fuera de contexto, es una caricatura de lo dicho por Kant. Tómese en cuenta que la frase real se encuentra en el Libro primero (“De la facultad de conocer”, donde aquél trata de la conciencia, el egoísmo, la sensibilidad y los cinco sentidos), específicamente en el parágrafo 29 del capítulo “De la imaginación”.

“Para excitar o apaciguar la imaginación”, afirma ahí Kant, y las cursivas son suyas, “hay un medio corporal, el empleo de sustancias productoras de embriaguez, de las que algunas, venenosas, debilitan la fuerza vital (ciertas setas, uñas de oso salvaje, el chica de los peruanos y el ava de los indios del Pacífico, el opio), otras la fortifican, o al menos elevan el sentimiento que se tiene de ella (como las bebidas fermentadas, el vino y la cerveza, o el espíritu extraído de ellas, el aguardiente), pero todas son artificiales y antinaturales. El que los toma con tal exceso que se torna durante cierto tiempo incapaz de ordenar las representaciones sensibles según las leyes de la experiencia, se dice ebrio o borracho; y el ponerse voluntaria o deliberadamente en este estado se dice embriagarse”.

Como se puede apreciar, además de la efectiva postura de Kant —“puritana”, dirían Trujillo y un montón detrás de él—, la frase entrecomillada es cuando mucho una tendenciosa paráfrasis, no una cita textual aunque así se la presente. Por ningún lado aparece esa supuesta mención kantiana de la cerveza como “un veneno lento pero mortal”, y desde luego tampoco como “una de las causas más importantes de la mortalidad y las hemorroides”, como si Kant hubiese sido un charlatán cualquiera. Todo lo contrario, este señala con claridad, evidente incluso para un ciego, que la cerveza “fortifica la fuerza vital”. Inmediatamente después del pasaje citado Kant dice de la cerveza que, a diferencia del vino, es “más nutritiva y parecida a un alimento”, y que ambos “provocan la embriaguez sociable”. Todavía más: indica “La diferencia de que las orgías de cerveza son más soñadoramente herméticas, frecuentemente también groseras, mientras que las de vino son alegres, ruidosas y de chistosa locuacidad”. Es decir, una cosa es el Kant caricaturizado, incluso en un asunto tan trivial como este comparado con lo fundamental de su sistema, y otra muy distinta, aun con su “puritanismo”, el Kant real.

Casi al final de su artículo Trujillo vuelve a citar mal —supongo que por hacerlo de oídas o retomando las “citas” de un tercero, Onfray— la Antropología en sentido pragmático. Se refiere ahora a ella, con superior y enternecedora displicencia, como el último y “senil tratado” de Kant. De nuevo se mutila, se “acomoda”, se descontextualiza y se extrae, en labor más de carnicero que de cirujano, las frases convenientes para los propósitos preestablecidos. Según Trujillo, en esa obra Kant “se extiende en una curiosa descripción sobre el carácter del pueblo alemán”. Siempre según Trujillo, aquél “es descrito como apto para adaptarse al gobierno que los rige, adepto del orden establecido, enemigo del desorden y el cambio”; el pueblo alemán —y aquí se trata de citas kantianas pretendidamente textuales— “se destaca en todo lo que puede ejecutarse gracias a una aplicación obstinada” y “se somete al despotismo antes que embarcarse en novedades… éste es su lado positivo”.

De nuevo es necesario ver, más o menos por extenso, lo que sí dice Kant. Este discurre, casi al final de la obra, sobre el carácter del pueblo y describe lo que él concibe como las características respectivas de la nación francesa, el pueblo inglés, el español, el italiano y por último los alemanes. Expone las distintas razones por las que deja fuera a Rusia, Polonia y Turquía. Sobre los franceses Kant es elogioso, incluso en algunos aspectos frívolos. Encomia su “predisposición a la servicialidad, la benevolencia solícita y […] el amor universal a los hombres según principios, y ha de hacer a un pueblo semejante digno de amor en conjunto”.

Casi al final de su artículo Trujillo vuelve a citar mal la Antropología en sentido pragmático. Se refiere ahora a ella, con superior y enternecedora displicencia, como el último y “senil tratado” de Kant. De nuevo se mutila, se “acomoda”, se descontextualiza y se extrae, en labor más de carnicero que de cirujano, las frases convenientes para los propósitos preestablecidos.

Como no era precisamente un revolucionario, y además la época no estaba como para esperar el surgimiento de un Lenin o un Einstein, Kant aprecia el reverso de la medalla en “la viveza no bastante contenida por principios reflexivos, y junto con una razón clarividente cierta ligereza en no dejar durar algunas formas, meramente por haberse hecho viejas o simplemente por haber sido apreciadas con exceso, aun cuando todos se hayan encontrado bien con ellas; y un contagioso espíritu de libertad, [las cursivas en ambos casos son de Kant] que arrastra a su juego incluso a la razón misma y produce en la relación del pueblo con el Estado un entusiasmo que lo conmueve todo y que rebasa los límites más extremados”.

De los alemanes dice que poseen fama de tener un buen carácter, “el de la honradez y el amor al hogar, cualidades que no son precisamente apropiadas para brillar”. “El alemán es, de todos los pueblos civilizados, el que más fácil y duraderamente se somete al régimen bajo el cual está, y es el más alejado del afán de innovación y la oposición contra el orden establecido […] Es, al propio tiempo, el hombre de todos los países y climas, emigra fácilmente y no está apasionadamente encadenado a su patria”. Intelectualmente (“por el talento de su justo entendimiento y de su razón profundamente reflexiva”) el alemán está a la altura de cualquier otro pueblo “capaz de la máxima cultura”, con la excepción del “sector del ingenio y del gusto artístico, en el cual acaso no pudiera igualar a los franceses, ingleses e italianos”. Por último Kant indica que el alemán “no tiene orgullo nacional, ni se apega, como cosmopolita que es, a su patria” y “educa a sus hijos en la virtud con todo rigor, como por su inclinación al orden y la regla antes se dejará tratar despóticamente que se meterá en innovaciones (sobre todo en reformas políticas arbitrarias). Este es su lado bueno”.

Si alguien no es capaz de apreciar las diferencias de matiz entre el Kant según Onfray-Trujillo —sacado de contexto y, por si fuese poco, modificado— y el Kant según Kant, yo haré como Pilatos y me lavaré, hedonista y cínicamente, las manos.

Lo cierto es que “el senil” Kant tenía aún la fuerza para citar, en esta “obra senil” y al tratar de “las debilidades del alma en la facultad de conocer”, al ciertamente iracundo y en este caso injusto padre de Voltaire cuando fue felicitado por tener a dos hijos tan célebres: “Tengo dos necios por hijos: el uno es un necio en prosa, el otro, en verso”, y para añadir por su cuenta que “en general, el tonto concede un valor mayor de lo que racionalmente debería hacer, a cosas; el necio, a sí mismo” [p. 130]. El mismo Kant de diecisiete años atrás, cuando aún no era “senil”; el Kant de la Crítica de la razón pura, su obra mayor y casualmente no mencionada ni por Onfray ni por Trujillo, que en una nota del libro segundo de la segunda parte disparaba: “La falta de juicio es lo que propiamente se llama estupidez, defecto para el que no hay remedio. Una cabeza obtusa o limitada que sólo carece del grado conveniente de inteligencia y de conceptos propios, es susceptible de instrucción y aun de erudición. Pero casi siempre acompaña en estos casos la falta de juicio y con frecuencia encontramos personas sumamente instruidas que a cada paso descubren esta irreparable falta en sus trabajos”.

Ni tan piadoso ni tan austero el viejo Kant.

Audacia, audacia y más audacia…

Ahí se aplica a la perfección lo que Butler dice de un mal crítico: si no encuentra un error, lo comete.
—Lichtenberg

El discurso de Trujillo en cierto modo se delata a sí mismo. Por un lado su admiración no por la solidez y la coherencia sino por “la audacia” de Onfray: expresiones como “Onfray no duda en acusar a Kant”, Onfray “no titubea en señalar que”, delatan a su vez el carácter real de la obra de éste no como un estudio crítico del filósofo de Königsberg sino como una suerte de fácil proceso judicial, perezoso y negligente respecto al acopio documental, pero precisamente por ello con la estridencia y la “accesibilidad” —propias más de la nota roja o el chisme sobre “famosos” que del ensayo filosófico— que le permiten adquirir el brillo de las cuentas de vidrio.

Por el otro el recurso a la imaginación como sustituto de la indagación histórico-documental. Ya hemos visto cómo “la imaginación” se convierte, nada más y nada menos, en el punto de partida del texto de Trujillo. Más adelante nos ofrece otro ejemplo de esta noción de la imaginación como fuente: “No es difícil imaginar que, en el protestante ambiente prusiano dominante en los hogares que ulteriormente formarían parte del Reich tal contenido [se refiere al tema de la obligación a la obediencia] pudiera ser leído, escuchado de la boca de algún inquieto tutor, parafraseado por algún pastor o garabateado por cierto estudiante…”. Es decir, bordando de nuevo sobre una oportuna y absurda suposición, se llega al extremo de presentar la difícil obra kantiana como si ella hubiese logrado alcanzar una penetración popular (en la Alemania inmediatamente anterior a la Primera Guerra Mundial) similar a la de Vogue, TVyNovelas o El Libro Vaquero, de modo que ella sería leída, citada, murmurada, garabateada y quizá hasta cantada a coro, con música de Wagner, por las calles de toda Alemania. Y como indicios probatorios de “lo imaginado” no se aportan testimonios, ni ensayos o notas periodísticas de la época sino… una película.

Más estrafalario aún resulta otro párrafo en el cual, hablando de la obediencia debida —el viejo argumento autoexculpatorio esgrimido por todo represor o genocida llevado ante los tribunales, efectivamente sustentado por Kant pero también por muchos de sus coetáneos, un montón antes que él y algunos actualmente—, Onfray-Trujillo dicen que “cualquier funcionario, soldado, burócrata o miembro de partido nazi que hubiese contemplado la cámara de gas, la fosa común o la humanidad reducida a la nada sólo tendría que llegar a casa y leer un pequeño extracto de ¿Qué es la Ilustración? para eliminar debilidades”. Y “no es difícil imaginar” tampoco, ya que en esas estamos, a estos cultísimos nazis, desde el soldado al funcionario, después de guardar a Kant en sus respectivas y bien provistas bibliotecas y como quien toma un bocadillo, echar mano del primer tomo de la Suma Teológica con sus 992 amenas páginas, o para matar el tedio ojear y hojear la Ética demostrada según el orden geométrico del buen y ligero Baruch, o ya picados y entrados en calor emprender la lectura recreativa de las varias centenas de páginas de la hegeliana Enciclopedia de las ciencias filosóficas.

Ya en el segundo párrafo de su artículo Trujillo había aportado una muestra adicional de esta curiosa (por decir lo menos) concepción de la labor historiográfica. A estas alturas bien podríamos tomarla como una suerte de declaración de principios. “Si se cree”, dice Trujillo, “lo que Michel Onfray relata en su Le Ventre des philosophes, y no hay razón para no creerlo…”, Kant fue un absoluto ignorante en cuestiones de arte. Otra vez el conocimiento histórico como artículo de fe: si se cree lo que alguien afirma entonces lo afirmado es cierto, y más cuando “no tenemos razones para no creerlo”. Ni rastro de duda, ni metódica ni vaga. Nada de indagación propia, que habría llevado a Onfray-Trujillo a descubrir, por ejemplo, que Kant tenía dos poetas favoritos, Pope y Halle. Nada, siquiera, de una simple verificación en los textos enjuiciados. Sólo la fe, la fe y siempre la fe en lo que otro dice de un tercero. Es asombroso. Es para dejar patidifuso, boquiabierto y babicolgante a cualquier intelecto medianamente sensato. Como aquellas viejas anécdotas reales de personas que sostenían con firmeza que algo era verídico porque lo habían visto en el televisor, o el antiguo lema de un diario regiomontano, lamentablemente venido a menos, que rezaba: “Si lo leyó en El Porvenir es cierto”.

Ya en el segundo párrafo de su artículo Trujillo había aportado una muestra adicional de esta curiosa (por decir lo menos) concepción de la labor historiográfica. A estas alturas bien podríamos tomarla como una suerte de declaración de principios. “Si se cree”, dice Trujillo, “lo que Michel Onfray relata en su Le Ventre des philosophes, y no hay razón para no creerlo…”, Kant fue un absoluto ignorante en cuestiones de arte.

Pero por lo demás y en cuanto a esto último, ¿qué más da que Kant haya sido, si es que lo fue, un negado para la pintura, la literatura y la música? Con una postura cómicamente aristocrática, que refuta de plano el carácter autoatribuido de esta falange que se dice libertaria, progresista y popular, no sé si Trujillo y Onfray, u Onfray y Trujillo, o sólo uno de los dos, decretan que aquella supuesta ignorancia kantiana —tan grave ella— sólo “pone en evidencia su insulso origen rural”. Es verdad que cada quien tiene derecho a mirar por encima del hombro al prójimo, y creer que sólo por ser el uno urbano y el otro campirano, el primero es “culto” y el segundo un palurdo analfabestia.

Pero ya no es tan elegible ni exento de crítica el desliz. Mira tú que colocar al Königsberg de la primera mitad del settecento al nivel de un rancho cualquiera, siendo como era la capital de la Prusia Oriental desde tiempos inmemoriales, próspero comercial e industrialmente, con cincuenta mil habitantes en la época del nacimiento de Kant (1724) y con su propia universidad, y no de las menores. En contraste, Manchester necesitó que llegara 1801 para alcanzar los 75 mil habitantes y Chicago más de cien años después tenía la ridícula cantidad de 300 (sí, trescientos) en 1833. Nueva York, ese paradigma de lo urbano, casi cien años después que en el caso de la ciudad de Kant contaba con menos habitantes: 33 mil en 1801. En México, lo que ahora es el DF tenía 170 mil habitantes, pero en 1790; Monterrey tres mil en 1746 y Guadalajara 25 mil en 1775.

Se puede, entonces, ser indulgente con el clasismo clasemediero, valga la aparente redundancia, ínsito en la expresión del “insulso origen rural” —después de todo el sentimiento infundado de superioridad es algo existente desde los tiempos prebíblicos—, pero no con la ignorancia incluso de los elementales datos, y mucho menos con la no tan inocua carencia de toda noción de periodización ni con esas tan recurrentes y casi instintivas asunción, evaluación e interpretación de la historia a través de los pre-juicios y las verdades adquiridas actuales.

De nazis que Onfray se dejó en el tintero

[…] ¿cuántos hombres se dedican a la lectura? Y entre los que leen, veinte leen novelas y uno solo estudia filosofía. El número de los que piensan es muy reducido y además no se preocupan de turbar al mundo.
—Voltaire

En verdad hay muchos hombres que leen sólo para no pensar.
—Lichtenberg

En esa misma ruta y siguiendo a Onfray, en un apartado en el que muy filosóficamente se llama a Kant “el profesor racista”, Trujillo deja caer este párrafo:

En algunos pasajes de sus escritos de la filosofía de la historia, sostiene Onfray, “Kant fue también defensor de la superioridad de la raza blanca con respecto a los negros”, a quienes recrimina su mal olor. También hace un breve pero contundente recuento de algunas fórmulas antisemitas y misóginas y, alega el filósofo francés, Kant era un “militante furioso de la pena de muerte, abominador de todo regicidio, defensor estricto de los derechos del Estado y de los deberes de los ciudadanos, teórico de la interdicción de toda revolución popular”. Pensador de la ciega obediencia a la autoridad, a la ley, difícilmente difiere de alguna posición nacionalsocialista.

Onfray puede ser todo lo breve y contundente que quiera en su pepena de esas “algunas fórmulas antisemitas y misóginas” de Kant, pero la brevedad y la “contundencia” no le permiten ver que lo que hace, en realidad, es retratar el espíritu de una época aunque él crea estar descobijando a Kant, y sólo a él. La cereza del pastel, la joya de esta indigente corona, el summum de la epónima aportación onfrayana, es la muy “contundente” aseveración según la cual la postura ahí descubierta “difícilmente difiere de alguna posición nacionalsocialista”, pues de tener razón éstos que inventan algo para luego poder descubrirlo y presentarlo al mundo, el nazismo habría sido el compendio y la realización de prácticamente todo el pensamiento político y filosófico europeo de los siglos XVII, XVIII y parte del XIX.

Asombra la ingenuidad de frases como la que “delata” a Kant en tanto que defensor de la superioridad blanca sobre los negros, “a quienes recrimina su mal olor”. En su santa indignación denuncian un “racismo” en Kant, cuando esa vergüenza para el género humano existió siglos antes de Kant, en sus tiempos era moneda de curso corriente, continuó existiendo después de él hasta hace unos decenios en varios países, señaladamente en los Estados Unidos, y aún ahora sigue siendo albergado en los hirsutos pechos de algunos arios (y de otros no tan arios), mentecatos que ni siquiera pueden argüir que son hijos de su época. Asombra también, aunque es sumamente indicativo, el que Onfray (y Trujillo lo recoja), con su recopilación de “pruebas” llevada a cabo con escrupulosidad de hormiga pretenda haber demolido a Kant con estas vulgaridades y deje por completo en paz lo trascendental de su obra filosófica. Ninguna mención de, por ejemplo, los paralogismos de la razón pura, la analítica del juicio teleológico o la de los conceptos; vamos, ni siquiera un somero análisis crítico del celebérrimo pero desconocido imperativo categórico. Es mejor, más fácil y menos riesgoso “acusar” como fiscal a Kant de cuanto cotilleo se haya logrado recolectar que criticarlo filosófica y teoréticamente.

Pero volvamos, descendiendo, al nivel onfrayano. De entrada, no existen “los escritos de” filosofía de la historia de Kant; Filosofía de la historia no es más que el título, en alguna medida arbitrario, de una recopilación moderna de escritos suyos, entre ellos la “Contestación a la pregunta: ¿qué es la Ilustración?”, que Trujillo cita encogiéndole el nombre. Pero esto es peccata minuta y no quiero incurrir en ello para que no se me acuse de “onfrayano”.

Onfray, no me atrevería a dudarlo, conoce o al menos sabe de Montesquieu. Pues resulta que Charles-Louis de Secondat, barón de la Brède y de Montesquieu, universalmente reconocido como uno de los portaestandartes de la Razón, heredero del racionalismo cartesiano y acogido por los enciclopedistas franceses como uno de los suyos, en su Del espíritu de las leyes, obra magna atacada en su momento por jesuitas y jansenistas y adoptada por los filósofos de la Ilustración por su crítica del despotismo y sus cantos a la libertad y la tolerancia, en el capítulo V del Libro XV de la Tercera parte, que trata de la esclavitud de los negros, dice: “Estos seres de quienes hablamos son negros de los pies a la cabeza y tienen además una nariz tan aplastada que es casi imposible compadecerse de ellos. No puede cabernos en la cabeza que siendo Dios un ser infinitamente sabio, haya dado un alma, y sobre todo un alma buena, a un cuerpo totalmente negro”.

Téngase en cuenta que esto lo publicaba Montesquieu en 1748, es decir, contemporáneamente a Kant. Ante semejantes asertos los remilgos olfatorios kantianos quedan reducidos a la calidad de chisme, de minucia, y sin embargo ni Onfray ni Trujillo acusan de racista a Montesquieu, quisiera pensar que por ser éste más “popular” que Kant y no porque tampoco lo hayan leído. Todavía el barón de la Brède se extiende en una suerte de tipología y catálogo de las “condiciones aceptables” de la esclavitud, apoyándose en Aristóteles quien, como se sabe, hace dos milenios afirmaba que ella estaba en el orden natural de las cosas. No me extenderé más en el tema, y sólo me preguntaré por qué Onfray no los ha incorporado, a ambos, en el apartado de los precursores del nazismo.

Onfray puede ser todo lo breve y contundente que quiera en su pepena de esas “algunas fórmulas antisemitas y misóginas” de Kant, pero la brevedad y la “contundencia” no le permiten ver que lo que hace, en realidad, es retratar el espíritu de una época aunque él crea estar descobijando a Kant, y sólo a él.

Igual ocurre con la misoginia, con la cuestión de la democracia y la relación pueblo-gobernantes. En varios capítulos del Libro VIII de la Primera parte, Montesquieu habla de la corrupción del principio de la democracia, que ocurre “no sólo cuando se pierde el sentido de la igualdad, sino también cuando se adquiere el sentido de igualdad extremada, y cuando cada uno quiere ser igual que aquellos a quienes escogió para gobernar”. En tales condiciones, cuando el pueblo quiere hacer todo por sí mismo, continúa Montesquieu, “la virtud de la República deja de existir. El pueblo, al querer ejercer las funciones de los magistrados, deja de respetarlos”, dejan de tenerse consideraciones para con los senadores y los ancianos, “y si no se respeta a los ancianos, tampoco se respetará a los padres, no se tendrá deferencia para con los maridos, ni sumisión para con los amos. A todos les gustará esta licencia: el peso del mando fatigará, como el de la obediencia. Las mujeres, los niños, los esclavos no tendrán sumisión ante nadie”.

En el capítulo III Montesquieu, teórico en este punto del justo medio, sostiene: “El verdadero espíritu de igualdad está tan alejado del espíritu de igualdad extrema, como el cielo lo está de la tierra. El primero no consiste en arreglar las cosas de tal modo que todos manden, o que nadie sea mandado, sino en obedecer y mandar a sus iguales. No se trata de no tener un dueño, sino de tener por dueños sólo a los iguales. […] La diferencia entre la democracia sometida a normas y la que no lo está, es que en la primera todos son iguales en cuanto que ciudadanos, y en la otra lo son también en cuanto magistrados, senadores, jueces, padres, maridos o amos”.

Y en el capítulo IV remata: “Los grandes triunfos, sobre todo aquellos a los que el pueblo contribuye en gran medida, le dan tal orgullo que hacen imposible dirigirle. Celoso de los magistrados, se hará celoso de la magistratura; enemigo de los que gobiernan, pronto lo será de la constitución”.

Todavía más, Montesquieu (Parte primera, Libro V, capítulo III) se declara partidario de la mediocridad, a la que le encuentra virtudes insólitas: “El buen sentido y la felicidad de los particulares reposa en gran parte en la medianía de sus talentos y de sus fortunas. Una República donde las leyes hubieran creado muchos individuos mediocres, compuesta de personas prudentes, sería gobernada sabiamente; compuesta por hombres dichosos, sería muy feliz”.

Pero basta y sobra con Montesquieu. Consideremos sólo de paso a alguien más cercano a nosotros, también contemporáneo de Kant. Fray Servando Teresa de Mier, aunque asumido en la tan ignorante cuan interesada opinión oficial como independentista, insurgente y antiguadalupano desde la cuna, o al menos desde el famoso sermón de 1794, el dominico que llegaría a ser, pero aún no lo era, un revolucionario de acuerdo con las connotaciones de la época, el 1 de enero de 1792 predicó en la iglesia conventual de Santo Domingo para impugnar la Declaración sobre los derechos del hombre y del ciudadano poco antes proclamada por la Asamblea Nacional francesa, y el 19 de mayo del año siguiente, en la mismísima Catedral, pronuncia un discurso en condena de la decapitación de Luis XVI, sustentado en la antigua y venerable norma que reputaba como esencialmente cristiana la obediencia a los reyes.

Uno más antes de concluir con este punto. Hobbes, éste sí anterior a Kant, en el capítulo XXVIII del Leviatán o la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil, establece un argumento de base: “Una pena es un daño infligido por la autoridad pública sobre alguien que ha hecho u omitido lo que se juzga por la misma autoridad como una transgresión de la ley, con el fin de que la voluntad de los hombres pueda quedar, de este modo, mejor dispuesta para la obediencia”. Es decir: vigilar y castigar, la antigua norma de alcanzar la obediencia por medio de la punición. Más adelante Hobbes se extiende en una formulación que no tiene desperdicio: “En último lugar, el daño infligido a quien se considera enemigo no queda comprendido bajo la denominación de pena, ya que si se tiene en cuenta que no está ni sujeto a la ley, y, por consiguiente, no pudo violarla […] todos los daños que puedan inferírsele deben ser considerados como actos de hostilidad”. Y puesto que en esos casos toda imposición de un castigo es legal, “se sigue que si un súbdito, de hecho o de palabra, con conocimiento y deliberadamente, niega la autoridad del representante del Estado […] puede legalmente hacérsele sufrir cualquier daño que el representante quiera, ya que al rechazar la condición de súbdito rechaza la pena que ha sido establecida por la ley, y, por consiguiente, padece ese daño como enemigo del Estado, es decir, según sea la voluntad del representante. En cuanto a los castigos establecidos en la ley, son para los súbditos, no para los enemigos, y han de considerarse como tales quienes, habiendo sido súbditos por sus propios actos, al rebelarse deliberadamente niegan el poder soberano”.

Pero aún no es todo. En un pasaje éste sí “escalofriante”, no como el de Kant que escandaliza a Trujillo, Hobbes asienta que: “contra los enemigos a quienes el Estado juzga capaces de dañar, es legítimo hacer guerra según el derecho original de naturaleza; en esa situación la espada no discrimina, ni el vencedor distingue entre el elemento perjudicial y el inocente […]. Por esta razón, y respecto de los súbditos que deliberadamente niegan la autoridad del Estado establecido, se extiende también legítimamente la venganza no sólo a los padres, sino también a la tercera y aun la cuarta generación que todavía no existen, y que, por consiguiente, son inocentes del hecho en virtud del cual recae sobre ellos un daño. La naturaleza de esta ofensa consiste en la renuncia a la subordinación, lo cual constituye una recaída en la condición de guerra, comúnmente llamada rebelión; y quienes así ofenden no sufren como súbditos sino como enemigos, ya que la rebelión [esta cursiva es de Hobbes] no es sino guerra renovada”.

Recapitulando y volviendo al origen de esta humilde disquisición: Kant, según Onfray-Trujillo, era un “militante furioso de la pena de muerte, abominador de todo regicidio, defensor estricto de los derechos del Estado y de los deberes de los ciudadanos, teórico de la interdicción de toda revolución popular”, y todos estos pecados —presentados como exclusivos suyos y no, según acabamos de ver, como parte del sentido común, de la Weltanschauung de la época—, dicen, “difícilmente difieren de alguna posición nacionalsocialista”. Con esta misma concepción ahistórica, con esa misma alegre y superficial facilidad para espulgar y expurgar aquí y allá, recolectando en fuentes secundarias e incluso terciarias las “pruebas” de lo que previamente se ha decidido que serán las “conclusiones”, recurriendo además al astuto procedimiento de exponer, adulterándolas, citas supuestamente parafrásticas presentadas como textuales, cualquiera puede ser un David matagigantes. En cuanto a Onfray, si hubiese sido más prolijo en su labor de pepenador —a no ser, claro, que se los esté reservando para futuros bestsellers—, su libro no se habría llamado Un kantiano entre los nazis sino Aristóteles, Hobbes, Montesquieu, Kant, Mier y un chingo más entre los nazis. Sin olvidar, por supuesto, al también nacionalsocialista Jesucristo del “Sermón de la montaña”, si es que de sumisión y obediencia debida se habla.

Quizá sea demasiado pedir, lo sé, incluso a un “filósofo” y escritor bestsellerista que escribe (se supone) sobre filósofos —o a un reseñador que escribe sobre lo que escribe el que escribe sobre filósofos—, que traguen la enorme y amarga manzana de los abultados, densos y herméticos infolios que aquellos desconsiderados solían redactar. Pero siendo Onfray francés bien pudo haber acudido en busca de fuentes que le son más cercanas temporal y físicamente, y además ya digeridas. Le paso, por intermedio de Trujillo, resumidamente los datos e incluso le regalo algunos pasajes.

El libro es La lección de Althusser, de Jacques Rancière, y algunos de los párrafos que pudiesen servirle para una edición corregida y aumentada los siguientes:

1. Bentham: “Es singular que la más horrible de las instituciones presente al respecto un modelo excelente [Jeremy se refiere al modelo de institución más adecuado para la entonces joven República francesa: la Inquisición]. Con sus procesiones solemnes, sus vestiduras emblemáticas, sus decoraciones pavorosas, la Inquisición encontró el verdadero secreto para estremecer la imaginación y hablar al alma”. Onfray —y con él Trujillo si así le place— podría añadir a Bentham como el nazi anticipado que le sopló al régimen hitleriano toda la parafernalia de la que hizo abundante ostentación.

2. Goudchaux, banquero entonces y futuro ministro y fusilador en 1848: “Cuando se trata de industria y de trabajo, ustedes lo son todo, por inteligencia y fuerza. Ustedes toman un trozo de mineral y en sus hábiles manos él adquiere un valor de cien escudos; pero los creemos incapaces de gobernarse a sí mismos. Y además no queremos un gobierno semejante”. Esto para diversificar el alegato sobre la obediencia obligada, la negación del derecho a la rebelión, etc., etc., etc.

3. El Journal des débats del 8 de diciembre de 1831: “La sedición de Lyon ha revelado un grave secreto, el de la lucha intestina que tiene lugar en la sociedad entre la clase que posee y la que no posee. Nuestra sociedad comercial tiene su llaga, como todas las otras sociedades. Esta llaga son sus obreros […]. Y con una población de obreros siempre en aumento, siempre necesitada, no hay descanso para la sociedad. Cada fabricante vive su fábrica como los plantadores de las colonias en medio de los esclavos, uno contra cien […], los bárbaros que amenazan la sociedad no están en el Cáucaso ni en las estepas de Tartaria. Están en los suburbios de nuestras ciudades manufactureras”. Esto podría ser utilizado por Onfray para documentar la política “laboral” nazi, e incluso para decir, con la audacia que lo caracteriza, que aquí se encuentran los fundamentos —por desgracia no kantianos, sorry— de los campos de concentración vendidos como campos de trabajo.

4. Persil, procurador entonces (1833) y ministro de Justicia después: “Todo lo que la justicia ha hecho contra la libertad de prensa y contra las asociaciones políticas estaría perdido, si cada día pudiera pintarse a los obreros su posición, comparada a la de una clase de hombres más elevada de la sociedad, repitiéndoles que son hombres como ellos, y que tienen derecho a los mismos goces”. El tal Persil bien pudiese ser presentado por Onfray, para aligerar algo del peso de los lomos del pobre Kant, como un antecesor de Goebbels.

Y hasta aquí, que tampoco se trata de hacerle todo el trabajo.

El libro, el espejo, el mono y el apóstol

Digamos que existen dos tipos de mentes poéticas: una apta para inventar fábulas y otra dispuesta a creerlas.
—Galileo

Pedro Trujillo © Marshall

Enfocar un tema cualquiera —y más una obra de la vastedad y complejidad que la kantiana posee— a través de un microscopio, pasando hoja tras hoja con la única intención de encontrar frases y pasajes ad hoc, equivale a tener delante unas cuartillas, leerlas a través del tubo de un rollo de papel sanitario y ver sólo una palabra, una frase a lo sumo. El sentido de totalidad se pierde, las conexiones del conjunto desaparecen y sólo quedan trozos aislados de los cuales se puede deducir cualquier cosa. Si además de ello el entendimiento se extravía al olvidar que, salvo los muy escasos adelantados, las obras son hijas de su tiempo y que los autores se parecen más a su época que a sus padres, entonces todo está perdido y los resultados sólo pueden ser fallos monumentales o patéticas caricaturas.

Las tensiones y paradojas que habitan la obra kantiana —como la de cualquier otro— están ahí. Lo mismo encontramos su condena de la democracia al concebirla como una forma de despotismo y su defensa de la obediencia absoluta a la autoridad, que su crítica al gobierno paternalista —porque coarta el derecho del individuo de buscar su felicidad por el camino y los medios que mejor le parezcan— como la mayor expresión del despotismo y el más grande obstáculo para la libertad. O la nítida formulación de la Crítica de la razón pura (obra esta, junto con las otras dos Críticas, ante las cuales tanto Onfray como Trujillo pasan “de ladito”): “Una constitución que permita la máxima libertad humana de acuerdo con leyes que establezcan que la libertad de cada cual pueda coexistir con la de los demás (no de la máxima felicidad, pues ésta ya vendría por sí misma como consecuencia), es por lo menos una idea necesaria que tiene que servir de base, no sólo en el primer proyecto de una Constitución del Estado, sino también en todas las leyes”.

Ideas todas —particularmente las negativas, que son las únicas que interesan a los onfrayanos—, insisto, incorporadas en la concepción del mundo de la época. Posiciones encontradas más que contradictorias, remiten a dos aspectos recurrentes de la libertad política cuya coexistencia en Kant ha propiciado que se lo asuma, por unos, como representante del republicanismo, y como un pensador liberal por otros.

En el fondo opera la perenne confusión-identificación entre democracia y liberalismo. Para no repetirme, y porque ya sería tensar demasiado a ciertos intelectos, remito al interesado a mi texto publicado en Replicante de agosto del año anterior [http://revistareplicante.com/el-marxismo-hoy/]. El caso es que un pensamiento lineal y a ras de la superficie podría, así, considerar a Kant “contradictorio”, pero sólo un pensamiento extravagante, de ignorancia ecuménica, enciclopédica, podría establecer conexiones entre él y el nazismo. Hablar de un “Kant nazi”, diría yo si fuese Arthur Pap, es sólo un predicado del cual no hay denotata, como el “unicornio” o un “hombre de diez metros de altura”.

Kant no puede ser leído como se hojea el periódico en el desayuno o como se lee una novelita para pasar el tiempo en el metro. Es verdad que Trujillo puede tratarlo de “pensador rectilíneo” y referirse a uno de sus libros, quizá sin haberlo leído, como “obra senil”. Y Onfray puede, en su labor comercializadora, enfrentar a Kant como el filodoxo que es y no como el filósofo que pretende ser. Hacer el ridículo es un derecho humano universal, después de todo.

Qué más da que un enano intelectual de la escasa talla de Fichte, contemporáneo y en su primera etapa discípulo de Kant, haya dicho que ninguno de sus numerosos seguidores había entendido —antes de él, claro está— lo que el maestro había dicho, y que “Kant es hasta ahora […] un libro cerrado, y lo que se ha leído en él es justamente aquello que no ajusta dentro de él y que él quiso refutar” (Introducción a la teoría de la ciencia). O esos otros disminuidos mentales comparados con Onfray, de los que daba cuenta Julián Besteiro, traductor al español de la edición de 1911 de los Prolegómenos a toda metafísica del porvenir que haya de poder presentarse como una ciencia. Moses Mendelssohn, admirado por Kant, dejó de leer la Crítica de la razón pura porque le resultó imposible entenderla, y otro profesor de Königsberg, Schultz, decía en 1784 que el carácter abstruso de la obra era tal que se la “mira como un libro sellado que nadie puede abrir”, y que “para la mayor parte del público sabio es tanto como si estuviese escrita en jeroglíficos”.

O el retardado mental de Humboldt, en el siglo XXI corregido por el genio onfrayano, que afirmó en su momento que, “si se quiere determinar la gloria que Kant ha dado a su patria y sus servicios al pensamiento especulativo, hay que considerar necesariamente tres cosas: 1º que lo que ha destruido, nunca volverá a levantarse; 2º que lo que ha fundado nunca perecerá, y 3º lo más capital, que ha establecido una reforma a que muy pocas se asemejan en toda la historia de la filosofía”.

Es verdad que Trujillo puede tratarlo de “pensador rectilíneo” y referirse a uno de sus libros, quizá sin haberlo leído, como “obra senil”. Y Onfray puede, en su labor comercializadora, enfrentar a Kant como el filodoxo que es y no como el filósofo que pretende ser. Hacer el ridículo es un derecho humano universal, después de todo.

En sus afanes por denostar a Kant no sólo como filósofo protonazi sino también como soso y mojigato (¿qué corchos tendrá que ver una cosa con la otra?) Trujillo lo llama piadoso, austero, rectilíneo y puritano, sin tener ni repajolera idea y siguiendo, supongo, a Onfray, cuando le habría bastado buscar la temprana y breve biografía escrita por Kuno Fischer. Ahí encontraría un retrato (muy en el estilo de la época) harto distinto de la caricatura que él construyó, trazado por Johann Gottfried Herder, filósofo, poeta y crítico literario que asistió a los cursos impartidos por Kant: “Yo tuve la dicha de conocer a un filósofo, que fue mi maestro. En los años más florecientes de su vida tenía la jovialidad de un mancebo y creo que siempre la tuvo hasta en su edad madura. Su ancha frente, que indicaba la fuerza del pensamiento, era morada de permanente jovialidad; salía de sus labios la palabra más abundante en pensamientos; disponía a su antojo del chiste, del humor y de la broma, de suerte que sus lecciones, a la par que científicas, eran el entretenimiento más agradable. Con el mismo interés examinaba a Leibniz, Wolf, Baumgarten, Crusius, Hume, estudiaba las leyes de Newton, de Kepler y otros físicos; daba entrada a los escritos de Rousseau, Emilio y la Eloisa, que entonces acababan de publicarse, así como también a cuantos descubrimientos científicos ocurrían […], nada digno de ser sabido le era indiferente; buscando siempre la verdad y su propagación, no conocía cábalas, ni sectas, ni prejuicios. Animaba y hasta obligaba a sus oyentes a pensar por propia cuenta. Ignoraba lo que era el despotismo”.

Claro está que Onfray (o Trujillo, pues ya que las frases siguientes no están entrecomilladas en su artículo es imposible saber si pertenecen al genio desacralizador francés o son una “paráfrasis” trujillana) siempre podrá recurrir de nuevo a la coartada y decir que todos los mencionados, incluidos los testigos auditivos y oculares, son sólo parte de “la mediación pedagógica institucionalizada” y víctimas del “saber vulgar”, pues el único depositario del saber culto y real sobre Kant es él. Se trata del mismo pasaje del texto de Trujillo en el que se exhorta a “leer [a Kant] como individuo libre” para así poder escapar a ese “saber vulgar”. Y a la vista de lo expuesto uno se siente tentado a decir que el exhorto deberían dirigirlo a ellos mismos; que habría, simplemente, que leer los textos para poder escapar, si no del “saber vulgar”, sí de la simple y llana ficción vendida como historia y de la ocurrencia ofrecida como obra filosófica.

Epílogo

En aquellos tiempos, informaba Besteiro en referencia a la Crítica de la razón pura, “los críticos callaban ante el temor de arriesgarse en un trabajo que suponía tantos esfuerzos por la prolijidad del libro, por sus dimensiones y por la dificultad de los pensamientos en él contenidos”.

Existieron también, naturalmente, pensadores alígeros antecesores no del nazismo pero sí de Onfray; esos que hicieron decir a Lichtenberg (otro contemporáneo de Kant) que si bien Inglaterra era una potencia en caballos de carreras, Alemania lo era en plumas de carreras: “He visto”, decía, “a algunas superar con una sola frase los más altos obstáculos y las más extensas hondonadas de la crítica, como si se tratara de briznas de paja”. Hoy los hay que no sólo se desembarazan de las críticas con dos o tres frases, sino que salvan densas y altas murallas del pensamiento ajeno de un plumazo y con gracejadas para el consumo masivo de bobos. Por si fuese poco, como nunca antes trafican y mercadean con lo que ellos llaman filosofía, pasan por ser gurúes más o menos efímeros, y en nombre del síndrome del enfant terrible y sin más pruebas que su palabra y sin otro sustento que su inexistente escrúpulo investigador, ningunean a pensadores que intelectualmente se encuentran a varios pársecs de distancia de ellos.

Pero ya el mismo Lichtenberg nos lo había advertido: “Un libro es como un espejo: si un mono se asoma a él no puede ver reflejado a un apóstol”. ®

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Publicado en: Días del futuro pasado, Mayo 2012


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  • Benjamín Palacios Hernández

    O hacer culpable a Heráclito, a través de Mao (por aquello de las generosas metáforas heraclitianas del segundo), de la existencia del Partido del Trabajo. O responsabilizar a Tomás de Aquino por el mocherío hipócrita panista y a los antiguos griegos por el “amor” de Maciel a los efebos. O a los cínicos filósofos precristianos por los cínicos políticos priístas (paradigmáticos pero en modo alguno únicos), cuatreros de baja estofa, además. O a Marx, de nuevo, por tanto “marxista” que aún vaga por el mundo pregonando tres o cuatro letanías y salmos aprendidos de memoria. O lo que es aun peor: por el PRD; ya ves que se refieren a sí mismos como “la izquierda”. Si los muertos pudieran defenderse…

    Gracias a ti por las flores, Alberto.

  • Alberto Sánchez

    Felicidades, Benjamín. Un texto redondo y hallo que uno de sus ramales enfoca las baterías a otras afirmaciones, indocumentadas e igualmente ahistóricas, similares: si Kant es el tutor del nazismo, Marx lo es del estalinismo. No sería dificíl hallar con esos “métodos” la responsabilidad del pobre Cristo en la bendición que daban los obispos a los bombarderos de la Segunda Guerra.
    Magnífico.
    Gracias.

  • Benjamín Palacios Hernández

    Todos, incluidos quienes lo niegan, tenemos la piel demasiado sensible; el menor rasguño de la crítica nos hace sangrar a borbotones. Yo no lo niego sino que lo confieso: el más mínimo roce epidérmico suele levantarme ámpulas, y el furor tiende a hacerme olvidar aquello que dijo alguien cuyo nombre no retengo (en realidad sí lo recuerdo, pero disimulo para que no se me acuse otra vez de hacer “citas cultísimas”), según el cual sería muy sano enfrentar un debate albergando la disposición a aceptar que el otro puede tener razón.

    Así le ha sucedido, me parece, a Trujillo (adopto el estilo indirecto suyo, para no desentonar). Que escriba “Lichtemberg” y no Lichtenberg en todas las ocasiones, en un texto inconexo que delata el espíritu ofendido con que se tecleó, no es el indicio mayor; que se sienta “vituperado” cuando aquello del mono, el apóstol, el libro y el espejo no iba para él sino para Onfray, tampoco; ni siquiera eso de ir a buscar y pillarme en mi jactancia de independencia jurando sobre “dos bestsellers”. Que hable de “mi demostración de fuerza y mi elocuencia” lo tomaré como un elogio inmerecido, aunque me siento obligado a declarar y aclarar que no las puse en juego “para defender a un inocuo filósofo”, sino para criticar y pitorrearme (lo acepto) del crítico y las críticas del que ha pretendido tratar al “inocuo filósofo” como a perro muerto.

    Tampoco es asunto mío que Onfray y Trujillo “caricaturicen” a Kant o a quien les apetezca; sí lo es, y por eso escribí, el que esa caricatura se construya sobre inventos, tergiversaciones, lecturas no hechas o “imaginaciones”. Kant, por cierto, no es “mi ídolo” y por tanto difícilmente podría “entronizarlo”: jamás me referiría a él como Trujillo se refiere a Onfray, por ejemplo. Y miren ustedes que entre Kant y Onfray hay un buen trecho.

    A final de cuentas lamento la ofendida respuesta de Trujillo. De haber sido otra hubiese podido decirle, por ejemplo, que no es que “yo lo acuse de citar, imaginariamente, un pasaje sobre la ebriedad de Kant”: él mismo es quien dice que “no es difícil imaginar a Kant” haciendo “eses” por ahí. Le diría también que su defensa al “corregirme” en cuanto a la fuente de “la cita imaginaria”, como dirían los abogados, no procede e incluso le resulta contraproducente. Dice Trujillo que dicha “cita imaginaria” (qué citas tan curiosas son éstas) “está tomada del libro ‘Emmanuel Kant. Une vie’”, de un tal Arsénij Goulyiga, citado a su vez por Onfray en uno de sus miles de libros. Es decir, se trata de una cita de una cita de una cita: Trujillo que cita a Onfray que cita a Goulyiga que cita a Kant. Como dije: demoler al tipo no a través de lecturas directas sino a través de varias mediaciones, de lo que dijo el que citó al que citó a Kant.

    Pero siendo así, si se refiere a la primera frase, la de “la ingesta alcohólica”, ella ni siquiera está entrecomillada de modo que cualquiera tiene a derecho a pensar que era del propio Trujillo. Y más aún: sin siquiera un punto y aparte sino “y seguido”, Trujillo dice que “la ebriedad, escribe Kant en “‘Antropología en el sentido pragmático…’”; o sea que lo dijo él, no yo. Pero el pasaje, el verdadero y no el “modificado”, efectivamente está en la “Antropología”. Que Trujillo intente defenderse diciendo que no, que se encuentra en… un libro que habla de Kant, sólo demuestra y reafirma ese muy curioso procedimiento que permite fabricar libros (o reseñas) “contundentes” sobre la base no de las fuentes originales, aunque traducidas, sino de “comentaristas”, biógrafos y “superadores”. Es tanto como pretender escribir historia tomando como fuentes “El código da Vinci” o “Los pilares de la tierra”.

    Si otra hubiese sido la actitud, retomo el hilo, podría haberle dicho que no hay que tender cortinas de humo, que el asunto que importa no es “el vituperio” real o, digamos, “imaginado”, ni la menesterosa defensa victimista que alude a “la solemnidad y el solaz de los iniciados”, a “la disertación y el rigor académicos” y las “citas cultísimas”. Tampoco, por supuesto, si Kant era puritano y ebrio arrepentido o penitente. El asunto central era bien claro: Kant, se dijo con singular alegría y desparpajo, es “un antecedente” del nazismo y mi “culto, académico y solemne” discursillo se proponía desmontar tan peregrina tesis. Y de eso nada se dice. That’s all…

  • Pedro Trujillo

    Ser vituperado mediante un aforismo de Lichtemberg es reconfortante. En todo caso muestra el buen gusto cultural de quien envía el vituperio y es halagador para el testigo: Lichtemberg brilla por su agudeza, su precisión, su sentido del humor y, sobre todo, su brevedad. Por eso llama la atención que, aunque el autor advierte que “no sea válido comparar lo pequeño con lo grande, quizá como divertimento sea lícito ocuparse, con relativa brevedad, de todo este embrollo” y dedique alrededor de nueve mil palabras, más o menos encarnizadas, y otra decena de citas cultísimas para desenmascarar la terrible, malintencionada y, sobre todo, estúpida malinterpretación de Kant. No deja de sorprender. Y debe hacerlo, no sólo por su novedosa concepción de la brevedad, aunque esta sea relativa como se advierte, también por su demostración de fuerza y su elocuencia para defender a un inocuo filósofo. Criticar a alguien (como critica a Onfray) por ser “ampuloso” falsamente pretendido “ingenioso” y luego comenzar un texto así: “Pórtico, preludio, exordio, preámbulo o Einleitung, donde se da sucinta cuenta del origen de lo que más adelante se leerá”, es de tomarse en cuenta. Criticar el espíritu “best seller” es comprensible, debería saberlo bien alguien que se jacta de declarar su independencia “con la mano izquierda sobre los tres tomos de El capital y los dos del Quijote”, otros dos “best sellers”.

    El autor me acusa de citar, imaginariamente, un pasaje sobre la ebriedad de Kant, y de ahí se larga a defender con vehemencia y autoridad la “ruralidad” del pensador, que tanto ofende, y su origen “puritano”. Y bien, la cita imaginaria está tomada del libro “Emmanuel Kant. Une vie” de Arsénij Goulyga citado a su vez por Onfray, ese charlatán, en “Le ventre des philosophes, critique de la raison diététique” y no en “Antropología en sentido pragmático” como dice.

    Si la filosofía no es para el desayuno entonces ¿para qué es? Intuyo para la solemnidad y el solaz de los iniciados, pertrechados en un conocimiento superior, oculto y de difícil acceso: las cosas son serias y no se toman a la ligera. Convertir lo que no se debería en “lecturas fáciles” es un error y para ello este texto ofrece una singular guía y un cúmulo de referencias que deben ruborizar. Es cierto que mi texto Kant y el nazi (http://revistareplicante.com/kant-y-el-nazi/comment-page-1/#comment-6171), peca de estridencia y “malditismo”, que emula y que no ofrece las estrictas citas que requiere la disertación y el rigor académicos, y bien, un libro no puede reflejar a un apóstol si un simio se asoma a este. Los apóstoles sobran, “caricaturizar” a Kant es tan terrible como sacarse los mocos en misa: ser “perezoso y negligente”, propenso a la “nota roja” y el “chisme sobre famosos” en detrimento del ensayo filosófico: cada quien tiene el derecho de “hacer el ridículo” de la misma forma que cada quien tiene derecho a entronizar sus ídolos, cimientos de la “cultura universal”, aunque resumidamente. Un texto no puede reflejar lo que no es, como dijo Lichtemberg, por eso no se ve reflejado en él un análisis exhaustivo de la obra completa de Kant ni de todos los filósofos de su época. “Kant no puede ser leído como se hojea el periódico en el desayuno o como se lee una novelita para pasar el tiempo en el metro”, máxima que nos ofrece el autor como advertencia, y tampoco nos recomienda, ávido lector del “Quijote” la “llana ficción vendida como historia y de la ocurrencia ofrecida como obra filosófica”.

    Diógenes pensaba que no se podía hacer filosofía sin molestar a nadie, lo que es diferente de pretenderse filósofo.