Folsom Street Fair

La originalidad de un gesto

Ésa era la primera vez que yo veía en la calle una celebración en la cual mujeres y hombres iban casi o completamente desnudos, bebiendo y dando vueltas en círculo a lo largo del perímetro de varias calles. Una fiesta en la cual, conforme transcurrían las horas, se agudizaba el poderoso ambiente sexual que flotaba en la atmósfera…

En días recientes leí el libro de ensayos de Mario Vargas Llosa titulado La civilización del espectáculo. Aunque difería con algunos de sus puntos de vista, también coincidía con otras opiniones, pues en muchos sentidos es un libro aleccionador y vigente en el que reflexiona sobre los malos tiempos que padece la cultura.

Casi al mismo tiempo leía las reflexiones del ensayista Fred Ritchin, editor y profesor de imagen visual en la Universidad de Nueva York, quien en su libro Después de la fotografía razona sobre cómo y de qué forma la fotografía digital ha transformado nuestra forma de ver el mundo. El autor habla de cómo lo original ha sido sustituido por la copia o el simulacro.

Haciendo un balance de las dos lecturas, pensadas y escritas en distintas latitudes, creo que ambas reflexiones coinciden en un mismo punto: la importancia del arte en la cultura como bien primordial en el desarrollo del ser humano. Pero lejos del artificio banal del espectáculo.

Ese mundo banal y absurdo que, sin darnos cuenta, se ha apoderado hasta de nuestros más simples gestos, incluso de nuestra vida íntima.

Gestos que, en algún momento de la historia y la sicología individual, eran el símbolo distintivo de cada ser humano. Gestos que hoy, en el mundo de la fotografía instantánea y masiva, se repiten y se copian hasta la saciedad. Como si en lugar de estar presenciando una realidad cambiante estuviéramos encerrados en una caja tapizada de espejos.

El capítulo “La desaparición del erotismo” del libro de Vargas Llosa rondó por mi cabeza varias veces al disparar el obturador de la cámara cuando documentaba algunos momentos de esta fiesta que se celebra cada año en San Francisco el tercer domingo de septiembre:Folsom Street Fair. Es una fiesta que tiene como único propósito ver y ser vistoy en la que los participantes representan un papeles ligados a su sexualidad y erotismo.

Recuerdo la primera vez que, por azar, estuve en esa celebración, hace veinte años. Después de haber pasado una noche con una chica española a la que conocí en una fiesta y de la que los dos salimos muy borrachos. Aun así, a pesar de nuestro estado, continuamos nuestra propia celebración fumando mariguana en la cama. Al día siguiente, con la cabeza maltrecha por los excesos de vino y hierba, decidimos dar un paseo por las calles de San Francisco. Tras deambular un rato sin rumbo, siguiendo los sonidos estridentes de una música electrónica, arribamos a la sorpresa que nos deparaba ese domingo: una sorpresa agradable y desconcertante. Ésa era la primera vez que yo veía en la calle una celebración en la cual mujeres y hombres iban casi o completamente desnudos, bebiendo y dando vueltas en círculo a lo largo del perímetro de varias calles. Una fiesta en la cual, conforme transcurrían las horas, se agudizaba el poderoso ambiente sexual que flotaba en la atmósfera; en los rincones había parejas homosexuales y heterosexuales copulando o practicando sexo oral sin el menor pudor. No obstante que en esa época el sida hacía estragos en buena parte de la población de San Francisco.

El capítulo “La desaparición del erotismo” del libro de Vargas Llosa rondó por mi cabeza varias veces al disparar el obturador de la cámara cuando documentaba algunos momentos de esta fiesta que se celebra cada año en San Francisco el tercer domingo de septiembre:Folsom Street Fair. Es una fiesta que tiene como único propósito ver y ser vistoy en la que los participantes representan un papeles ligados a su sexualidad y erotismo.

En dicho ensayo Vargas Llosa hacía mención de un Programa educativo que se pensaba impartir en las escuelas públicas de la provincia española de Extremadura. El programa consistía en talleres de técnicas de masturbación para adolecentes. Vargas Llosa aprueba y desaprueba, a la vez, esas prácticas. Su argumento a favor consiste en fomentar el derecho de cada individuo a experimentar y conocer de forma libre y plena su sexualidad. El argumento en contra, con el cual el autor defiende el derecho de cada individuo a descubrir su propio cuerpo sin necesidad de mecanizar ni banalizar un acto tan sublime, lo sustenta en la magia y el misterio que encierra el erotismo. Según el escritor peruano, mucha libertad técnica termina arruinando el placer físico que conlleva este acto íntimo.

Así que, al tomar estas fotos, no pude evitar que llegaran a mi cabeza fragmentos de ese libro, sobre todo al presenciar algunos actos que, más que eróticos, semejaban un espectáculo circense.

En uno, por ejemplo, en un pequeño escenario una mujer desnuda colgaba amarrada de una argolla, como una res. Colgaba boca abajo y tenía el cuerpo marcado de moretones rojizos. La mujer parecía estar desmayada.

No sé cuánto tiempo llevaba colgada de cabeza, atada por una cuerda gruesa que le marcaba la carne y le apretaba el cuello y daba vueltas por el resto del cuerpo. Sus senos firmes y juveniles estaban casi negros por la escasa circulación sanguínea.

Entre el público había dos chicas con antifaz vestidas de negro, quienes, con voz de niña, decían emocionadas algo como “lo increíble y fabuloso que sería tener un trabajo así…”, es decir, estar colgada como una res recibiendo latigazos.

Más tarde, cuando la chica fue descolgada y al parecer a punto de asfixiarse, fue arrastrada de los cabellos por su verdugo, otra mujer, en medio de gritos y sonoros aplausos.

Horas más tarde, luego de recorrer las calles por las que se desarrolla la Feria, al ver a varios grupos de hombres y mujeres que se tomaban fotos entre sí o con los personajes más llamativos, pensé en las reflexiones de Ritchin, en las que hablaba de cómo y por qué en la era digital se ha perdido la originalidad del gesto. Esos grupos de chicos y chicas que se tomaban fotos tenían las mismas expresiones que bien podían haber tenido en Disneylandiaposando junto a Mickey Mouse me hicieron pensar que los viejos tiempos fueron mejores… Los viejos tiempos, cuando se defendía el derecho a ser original. El derecho a no ser solamente una imagen disfrazada para salir en una fotografía, repitiendo un gesto inventado en un mundo virtual.

Al día siguiente, al comentar con un amigo la experiencia que había visto, éste me dijo: “Imagínate que en lugar de una mujer hubieran colgado un perro…”, y los dos nos reímos a carcajadas al imaginar la revuelta que aquello hubiera causado en una sociedad tan preocupada por los derechos de los animales. ®

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