Fresa y chocolate o el collage cubano

La 12 Bienal de La Habana y el arte disidente

El arte cubano y sus batallas siguen siendo el espejo enterrado de las fantasías libertarias de todo aquel que pretenda ser sujeto ético en la era del espectáculo, porque este deshielo se celebra en el marco de un encuentro internacional siempre y cuando nadie repare en los esbirros y segurosos que reprimen a sus víctimas de a pie mientras los visitantes forman filas en la heladería Copelia.

Tania Bruguera en una representación de “El susurro de Tatlin No. 6″ en Nueva York (Chicago Art Magazine).

Tania Bruguera en una representación de “El susurro de Tatlin No. 6″ en Nueva York (Chicago Art Magazine).

Lorenzo García Vega fue un poeta laureado, premio nacional de literatura en 1952 (perteneció al erudito círculo de la revista Orígenes, fundada por José Lezama Lima y Pepe Rodríguez Feo). García Vega escribió sus memorias origenistas a manera de collage, con imágenes de sí mismo como portero uniformado moviendo diligentemente las puertas giratorias de la tienda Gucci de la Quinta Avenida en Nueva York, letras de mambo, pasajes de Paradiso y poemas de Cintio Vitier, junto a imágenes menos memorables que no califican para una postal del destierro.

El 22 de mayo se inauguró la Duodécima Bienal de La Habana, poco después del deshielo que resultó de conversaciones diplomáticas a puerta cerrada entre Barack Obama, Raúl Castro y el papa Francisco. Propongo a quienes asistan a la Bienal que interpreten al modelo cultural cubano como un collage a lo García Vega, con las olas encrespadas del mar del malecón y el arco de la crueldad que se presenta como reverso victorioso de la letrina contado por los vencedores de la historia, como diría Bertolt Brecht. El final del bloqueo ha llegado sin la presencia de miembros de la sociedad civil, no ocurrió una revolución de terciopelo, no se produjo un diálogo que escape de los clichés ideológicos en uso, pero una contraimagen corrosiva e inesperada da la razón al poeta exiliado. Me refiero a un duro contragolpe propiciado por la artista Tania Bruguera, la bloguera Yoani Sánchez y los colegas y activistas de derechos humanos que ocuparon la plataforma de visibilidad global que ofrece el arte público en su terco intento por torcer el rumbo previsto del real politik. Bruguera y sus aliados quisieron re–escenificar el performance “El susurro de Tatlin No. 6” en la Plaza de La Revolución en diciembre del 2014 sin contar con la autorización oficial para hacerlo. Tamaña falta a la corrección política de no contar con un permiso para ocupar un espacio que se supone configura el lugar del poder —en teoría de todos—. Mucho se ha especulado en las redes sociales, los blogs y la prensa sobre las motivaciones y tácticas seguidas por la artista y sus colaboradores al confrontar al apparatchik cubano para exigir el derecho a una discusión cívica que se centre en el tema político entre los ciudadanos de la isla. Se ha dicho, inclusive, que Bruguera sólo proyecta sus ambiciones personales (su hubris, su ego) sobre un tema que afecta al colectivo de una nación que aún no se pronuncia sobre el cambio de curso de su propia historia. De sobra sabemos que lo que liquida a las comunidades políticas es precisamente la falta de poder y la impotencia final de no tenerlo. Si bien se ha criticado a Bruguera dentro y fuera de su país en segunda o tercera persona singular, también se la ha defendido de los ataques directos o indirectos de las autoridades que ejercen el poder en Cuba desde 1959 transformándola en una suerte de Juana de Arco tropical del siglo XXI.

Es un hecho que, desde diciembre, Bruguera y varios de sus colaboradores y colegas han sido detenidos y amedrentados por las autoridades. En consecuencia, el performance “El susurro de Tatlin No. 6”, renombrado por los activistas cubanos desde diciembre “Yo también exijo”, se ha re–escenificado en varios puntos de Estados Unidos, Europa, Asia y América Latina como gesto simbólico que ha intentado blindar a Bruguera de la salida binaria de la deportación o la cárcel, creando una sombra mediática muy incómoda para un régimen exangüe que aspira a recibir con los brazos —y las piernas— abiertos a los inversionistas. Hannah Arendt apuntala que cuando el poder carece de realidad, se aleja y esta pérdida no la compensan las mayores riquezas materiales.

El arte cubano y sus batallas siguen siendo el espejo enterrado de las fantasías libertarias de todo aquel que pretenda ser sujeto ético en la era del espectáculo, porque este deshielo se celebra en el marco de un encuentro internacional siempre y cuando nadie repare en los esbirros y segurosos que reprimen a sus víctimas de a pie mientras los visitantes forman filas en la heladería Copelia. Que la Bienal sirva para abrir la discusión cubana hacia un camino donde se disuelva la distancia entre las palabras y las cosas: “No me pidas firmas, fotos créditos para un abominable desarrollo de la doblez”. ®

Publicado en: Arte

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