Frontera e identidad en la producción cultural tijuanense

De la exofrontera a la endofrontera

El concepto de frontera, asegura el autor, ha cambiado en las representaciones culturales tijuanenses. Este ensayo, que se presentó en la exposición de arte Tijuanilla (mayo de 2011), busca dar cuenta de este giro y esbozar algunas explicaciones históricas, generacionales y socioeconómicas.

La exofrontera

Frontera e identidad son conceptos correlativos. Uno implica/explica al otro. Uno no existe sin el otro. La identidad es un complejo delimitado de elementos simbólicos que representan cierta subjetividad. La frontera: el intersticio entre al menos dos identidades disímiles.

La frontera es una noción que enfatiza lo espacial. La identidad: una elaboración que se desarrolla y transmuta en lo temporal.

En el plano social, por ejemplo, el complejo de elementos simbólicos que definen una identidad se construye echando mano de imaginarios colectivos, sistemas semióticos, arquetipos, valores, metáforas y demás representaciones producidas a través del desarrollo histórico de una comunidad.

La frontera surge, pues, cuando este complejo simbólico entra en interacción por contigüidad con otro que le es ajeno.

A esta frontera que aparece cuando interactúan identidades o complejos simbólicos heterogéneos la llamaremos exofrontera.

Desde la perspectiva exofronteriza, la identidad —así sea una identidad impostada o parodiada— es un constructo que surge en relación con lo otro.

La exofrontera tiene varios avatares. La relación entre identidades puede representarse ya sea como hibridación o melting pot, como un intercambio o traducción semiótica o como choque, ironía o sátira.

Por muchos años la producción cultural tijuanense se ha caracterizado por elaborar representaciones simbólicas de las exofronteras.

La exofrontera tiene varios avatares. La relación entre identidades puede representarse ya sea como hibridación o melting pot, como un intercambio o traducción semiótica o como choque, ironía o sátira.

La lista es extensa: el sonido global de la electrónica en relación con el norteño en Nortec Collective. El choque y la negociación simbólica entre el primer mundo y el tercer mundo en Marcos Ramírez ERRE (Century 21, Toy an horse, etcétera). La oscilación lúdica entre el inglés y el español —y sus respectivos vocabularios e imaginerías— en la escritura de Rafa Saavedra. El enfrentamiento satírico entre México y Estados Unidos en las ilustraciones de Hugo Crosthwaite (A tail for two cities). La irónica iconografía bicultural en los dibujos de Charles Glaubitz (en el personaje del Niño burro, por ejemplo). Omar Pimienta y su Estatua de la Libertad sobre una pirámide en la colonia Libertad (Lady Libertad). El cruce fronterizo de estadounidenses a Tijuana vuelto una sátira zombie en el cine de Giancarlo Ruiz (The Z’s). Las rayas de los cuadernos de notas como sinécdoques del muro divisorio entre México y Estados Unidos en la serie fotográfica de Mónica Arreola (Cartas geográficas). Y un largo etcétera les prosigue.

Vemos, pues, que en la exploración exofronteriza hay una dinámica intersistémica reconocible. Esta dinámica entre identidades o complejos simbólicos tiende a representarse en lo espacial y desde una perspectiva binaria, donde hay una simultaneidad de dos mundos antagónicos: México/USA, inglés/español, alta cultura/cultura popular, primer mundo/tercer mundo, etcétera.

La exofrontera como objeto de representación en la producción cultural tijuananse se ha desarrollado principalmente desde los noventa y hasta la primera mitad de la década pasada. Actualmente, sin embargo, esta noción de la frontera ha sido desplazada frente a otros procesos creativos. En los años recientes una distinta concepción de lo fronterizo ha comenzado a ganar terreno: la endofrontera.

La endofrontera

La frontera conceptualiza a la división fundamental. La exploración exofronteriza insiste en las divisiones entre identidades disímiles, es decir, entre unidades espacialmente diferenciadas. La endofrontera, en cambio, apela a las divisiones dentro de la identidad misma, cuyas partes temporalmente unificadas entran en crisis.

Mientras la exofrontera tiene una estructura binaria, la endofrontera suele representarse en al menos dos planos: desde una perspectiva aislacionista, donde no hay una relación intersistémica identificable, o desde una perspectiva rizomática, donde varios complejos simbólicos se desarticulan y entran en juego.

El primer caso lo vemos, por ejemplo, en los ejercicios fotográficos de Yvonne Venegas —en particular las series María Elvia de Hanky Las novias más hermosas de Baja California—, donde su objeto de análisis (la identidad en la clase económicamente acomodada) es delimitado y aislado. A Venegas, pues, no le interesa esta identidad social para contrastarla con su contraparte socioeconómica (y ver, por ende, sus relaciones exofronterizas) sino que quiere captar los equívocos que hay dentro de esta identidad en sí misma, sus lapsus (el odd moment, ha dicho ella en entrevista).

Mely Ávila elabora otra interpretación de esta exploración endofronteriza en su serie Mapas, que juega con huellas de acrílico hechas por su piel sobre el papel y recreadas posteriormente mediante el dibujo. Mapas es, pues, el paso del cuerpo al registro simbólico, y, tras esta transacción, las representaciones que componían la identidad corporal tienden a difuminar su referencia, su complejo simbólico original. Quedan sólo como remanentes semióticos en interacción deconstructiva.

Esta noción de la identidad que pierde su estabilidad y vuelve imprecisos sus límites se repite, asimismo, en otros jóvenes artistas, como en las ilustraciones de cuerpos semitransparentes de Toni Larios y en las pinturas de Jessica Sánchez.

Por otro lado, la endofrontera que parte de la perspectiva rizomática pone en juego varias identidades cuyos componentes deambulan, nunca son fijos, entran en dispersión lúdica. Surge como consecuencia de la fragmentación, desarticulación, desterritorialización de los complejos simbólicos que delimitaban las identidades sociales ahora decadentes. La identidad se representa aquí a partir de la diseminación simbólica de lo temporal, desplazando así la perspectiva espacial que definió a la exofrontera.

Esta aproximación está presente en el ruidosón, un movimiento musical que lleva más de dos años gestándose en la ciudad y cuyos proyectos más sobresalientes son María y José, Los Macuanos, Santos y El Hijo de la Diabla. En el ruidosón los distintos ritmos tradicionales mexicanos y sonidos tropicales caribeños son apropiados no como identidades musicales estables sino como complejos simbólicos en crisis. Es el son que devino ruido. Por eso al ruidosón lo define un tono entre apocalíptico y carnavalesco.

El ruidosón es la fiesta que actualiza imaginerías lejanas, un vaivén lúdico entre estilos pretéritos. Su música elabora una reterritorialización de componentes simbólicos desarticulados por el paso del tiempo, un bricolaje que reordena las líneas de fuga de las identidades en crisis.

En distintas entrevistas Los Macuanos han hablado explícitamente sobre su obra en términos del hauntology derridiano, cuyas ideas han influenciado a movimientos contemporáneos de música electrónica inglesa (The Caretaker, la disquera Ghost Box y demás). Para Derrida, pensar al ser (ontology) implica conjurar espectros del pasado (hauntology). La endofrontera, entonces, es la representación de una ausencia-presencia fantasmal donde las identidades —musicales, sociales, etcétera— subsisten sólo como “espíritu invisible” (María y José dixit).

Ya Julio Orozco había reflexionado sobre esto en su obraSalas del pasado, proyecciones en el futuro, que retoma la imaginería alrededor de los antiguos cines en desaparición de la ciudad. Igualmente, algunos artistas emergentes han desarrollado esta aproximación fantasmagórica, como el artista plástico Ricardo Mendtorr (Vencer al villano, Iniciativa D inmortalidad, etcétera) o el fotógrafo Gilberto Memmua (los nostálgicos hogares vacíos en Perla abotonada, Family days u otras sin título).

Como podemos comprobar, la endofrontera ocurre en el intervalo entre ausencia y presencia, cuando la identidad ha entrado en secesión. Así pues, la identidad es aquí como un muerto-viviente que se cae a pedazos y la endofrontera es la representación simbólica —ora festiva, ora melancólica, ora repulsiva— de esta descomposición, de estos órganos cuyos cuerpos devinieron fantasmas.

Giro cultural

En los años recientes la tendencia de la producción cultural tijuanense es a pasar de lo exofronterizo a lo endofronterizo. ¿Qué explica este giro cultural? La repuesta es, por lo menos, doble.

Primero, como quizá más de uno habrá notado, hay una razón generacional de peso. Lo exofronterizo ha sido una exploración dominante en una generación de artistas más o menos reconocible que comenzó a producir alrededor de los años noventa y que tuvo cierto boom a principios de siglo. Las ediciones de InSite, ARCO ’05: Tijuana Sessions, Strange New World y demás exhibiciones consolidaron su posición en el mundo del arte.

Aunque no exclusivamente, lo exofronterizo se representó constantemente a través de ejes temáticos en buena medida identificables: la frontera geográfica, la migración, la cultura norteña, los conflictos de clase, el yonke, la narcocultura y demás.

Con el tiempo las generaciones emergentes han tenido un cierto distanciamiento hacia estos temas. Buscan romper con su pasado inmediato. Y este desplazamiento temático ha causado el paso de lo exofronterizo a una exploración endofronteriza, menos ligada a los temas de la generación precedente.

Así pues, en muchos sentidos, es viable una explicación generacional del fenómeno. Sin embargo, este giro cultural trasciende lo meramente generacional, no sólo porque vemos a artistas de generaciones anteriores explorando también lo endofronterizo sino porque detrás de esto hay una explicación histórico-económica importante.

Tras el ascenso de la violencia mexicana y la paranoia terrorista post-S11 estadounidense, el turista gringo a mediados de la década pasada comenzó a ser una especie en peligro de extinción en Tijuana. Esta decadencia en la interacción económica binacional en Tijuana ha marcado las dinámicas culturales de la ciudad.

Cabe señalar que los dos polos de lo fronterizo (lo exo y lo endofronterizo) operan muchas veces de manera simultánea y en muchos contextos es difícil diferenciarlos. Sin embargo, la distinción conceptual es más que pertinente para explicar un aspecto clave en desarrollo cultural que actualmente vivimos.

Pasamos del turismo fronterizo de la Revu al mercado local de la Sexta, del dólar al peso, del americano de los Chargers al fut de los Xolos. Estos hechos, aparentemente desvinculados, son todos síntomas de un cambio profundo en el paradigma fronterizo que tiene fuertes consecuencias en el consumo cultural y en la producción estética, por decir lo menos.

La endofrontera surge cuando la identidad, entendida como complejo simbólico, derrumba sus viejos sentidos, cuando las relaciones históricas entre sí y el otro se enturbian.

Esta condición ha permeado a la fiesta tijuanense. Por ejemplo, al igual que el ruidosón, han surgido otras propuestas musicales que, a pesar de ser heterogéneas entre sí, entran en el mismo paradigma cultural endofronterizo, como la post-cumbia de Sonidero Travesura, el folk blusero de Ejido Mike y sus Fusileros Paracaidistas o, desde Mexicali, el corrido country de Juan Cirerol; propuestas que exploran identidades musicales pretéritas encarnándolas y, por lo tanto, extrañándolas (en las dos acepciones del término).

Cabe señalar que los dos polos de lo fronterizo (lo exo y lo endofronterizo) operan muchas veces de manera simultánea y en muchos contextos es difícil diferenciarlos. Sin embargo, la distinción conceptual es más que pertinente para explicar un aspecto clave en desarrollo cultural que actualmente vivimos.

En ambas aproximaciones hay actitudes frívolas y hay actitudes críticas. A veces la propuesta viene del lugar común, del naco es chido, de la perspectiva meramente cool o de un cínico everything goes. A veces viene como crítica lúdica pero políticamente consciente, como carnaval apocalíptico que se pregunta What went wrong? A veces el límite es difícil de marcar y los juicios respecto a qué es progresista y qué reaccionario suelen apresurarse. Frente a ello lo más conveniente es tomar cierta distancia analítica y sopesar el fenómeno en contexto.

Lo cierto es que mientras una interpretación de lo fronterizo comienza a tener un declive en su producción cultural, un nuevo paradigma comienza a perfilarse, un paradigma cultural que, respondiendo a una nueva condición sociohistórica, así como generacional, replantea la relación entre identidad y frontera. ®

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Publicado en: Arte, Marzo 2012

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