Gárgolas: milagros fuera del agua

Desde Montevideo, tierra de Isidore Ducasse, conde de Lautréamont

Una singular galería de animales y seres mágicos —gárgolas, dragones, sirenas— pueblan una antigua ciudad del centro mexicano. Aquí la invitación a descubrirlos.

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En Querétaro todo o casi todo tiene que ver con el agua: el sorprendente acueducto, una obra maestra para su tiempo (no sólo de ingeniería sino de tesón); las numerosas fuentes de la ciudad que permitieron jardines llenos de pájaros; las desbocadas inundaciones en época de lluvias; el agua milagrosa de Tlacote cuya fama ha trascendido al resto del mundo; el río que in illo tempore marcaba la frontera entre la “vida civilizada” y “la otra banda”… Así como otras ciudades pueden presumir de pertenecer al elemento tierra (como Guanajuato, que tiene un alma telúrica, de montaña, de misterio subterráneo) o reconocerse hijas del elemento fuego o del mismísimo aire, Santiago de Querétaro porta sin ninguna duda un particular espíritu acuático. Una inclinación por los bautismos y el sonido del agua que fluye. Allí nació mi hijo, Astor. Le hubieran divertido las gárgolas si hubiera crecido allí.

Es que si uno camina con cierta vigilancia por las hermosas calles del Centro Histórico, seguramente divisará en los capiteles y terrazas algunas figuras hechas en piedra o bronce que le llamarán la atención. Pueden ser cabezas de animales, semblantes humanoides con cierto enojo o ternura, o quizás hasta híbridos monstruosos. Claro, después de un cierto entrenamiento en los mundos góticos de Víctor Hugo y el Jorobado de Nôtre Dame (así sea en la versión de Walt Disney), la gente se siente muy sagaz: “¡Ajá! ¡Con que Querétaro tiene gárgolas!” Y así prosigue el paseo con ojo de detective, deleitándose al divisar las maravillosas caras grotescas del exterior de Santa Rosa de Viterbo o las curiosísimas aldabas que, como verdaderos rostros vivos encerrados en metal, aún suelen encontrarse en los andadores y callejones de esta ciudad.

En algún momento de la vida los profanos de la arquitectura solemos llevarnos una buena sorpresa en lo que a gárgolas se refiere: en realidad, la gárgola es propiamente el desagüe o canalón por el que desciende el agua de los edificios altos, esa especie de cañón insulso apuntando su chorro lejos de las paredes, y no los esculpidos fantásticos con formas humanas o animales que tanto nos intrigan. La palabra viene del francés antiguo gargouille y quiere decir “garganta”; para colmos, cualquier glosario de arquitectura confirmará nuestras sospechas al definir a nuestras preciadas gárgolas con algo tan sin gracia como “desagüe de los tejados para que el agua no caiga por el muro”. Otra vez el agua protagoniza la escena queretana, pretende robarle cámara a estos seres tan enigmáticos convirtiéndolos en apenas un añadido ornamental a la insistente presencia de los fluidos, del líquido vital.

Así como otras ciudades pueden presumir de pertenecer al elemento tierra (como Guanajuato, que tiene un alma telúrica, de montaña, de misterio subterráneo) o reconocerse hijas del elemento fuego o del mismísimo aire, Santiago de Querétaro porta sin ninguna duda un particular espíritu acuático.

Sin embargo, el extraño amor por los monstruos y lo grotesco hace que los canales de desagüe nos tengan sin cuidado. Miramos hacia lo alto de los edificios buscando su mirada vigilante por el mero placer de descubrirlos en sus escondites. Son seres tristes que se tapan los ojos y la boca frente al invisible horror del que quizás estén siendo testigos. Seres casi diablos que nos sacan la lengua y se burlan, como haría cualquier demonio aburrido condenado a apoyarse para siempre en una cornisa. Algunas parecen tomar café o comer hamburguesas; otras tienen la ogresca dulzura de Shrek en la mirada. Lloran y gritan, como petrificadas piezas de Munch o grifos castigados a la hora del recreo; son arpías sin piedad que en realidad hubieran deseado ser mujeres bellas, pero que sólo logran la atención de los hombres por sus caras malas a fuerza de tanto espiar en el infierno. Seres pensativos. Contemplativos. Quizás hasta sangrientos. Otros son inocentes animales o bondadosas caras de hombre ángel con sombrero, pero en el fondo siempre tienen algo de siniestro, sospechoso. Como si un hada mala los hubiera condenado a la inmovilidad exterior con un alma aún bullendo dentro, por toda la eternidad. Estatuas monstruosas. Querétaro, la palabra más bella del idioma español según una reciente votación del Instituto Cervantes, quizás esconde muchas insospechadas fealdades.

En Querétaro también hay perros mágicos que vigilan a los marqueses (no sabemos si para asegurarse de que nadie les pueda hacer daño o para impedir que aquellos se escapen de sus pedestales); según el nivel de poesía que queramos imprimirle a un pajarraco de cuello estirado, hay patos o grullas sosteniendo a las diosas en sus fuentes; hay androides metálicos como salidos de Star Wars, caballeros águila, espantajos cachetones, dragones y sirenas, gatos. Uno de los mejores lugares para sorprender a estos seres mágicos es la Casa de los Perros, en la calle de Allende. Además del interés que reviste por haber sido creación del famoso arquitecto Mariano de las Casas (así como su hogar hasta 1773, año de su muerte), tiene una fuente espectacular con esfinges talladas en cantera rosa; el mismo patio interior que alberga la fuente está coronado con gargolitas de diferentes semblantes bestiales. Una visita al Antiguo Convento de San Agustín, hoy el bellísimo Museo de Arte de Querétaro, también nos dará la oportunidad de descubrir varios gestos petrificados entre el caos barroco, angelitos con cara de malvados, quimeras y enormes cariátides que bien podrían ser atlantes o hasta gigantes de Tula coloniales.

El último desafío en materia de gárgolas y animales fabulosos lo ostenta la fachada de la Casa de Ecala, en plena Plaza de Armas: no hay que dejarse distraer por sus preciosos detalles en hierro y talavera ni su magnificencia, sino mirar hacia arriba e identificar a las gárgolas guardianas del edificio. Las redes metálicas que colocan para proteger al edificio de las palomas y posibles deslaves las vuelven todavía más misteriosas. De pronto nos parecen fieras encerradas tras los barrotes de un zoológico invisible, y nos entra la sospecha: ¿estas gárgolas queretanas no serán también —como cuentan las historias de sus primas europeas—almas condenadas por sus pecados en vida? Advertencia ejemplar para nosotros. Puro temor de Dios encerrado en la piedra. ®

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Publicado en: El otro monte, Julio 2011

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