Gondry, el olvidadizo

Reflexiones sobre una mente sin recuerdos

Eternal Sunshine Of The Spotless Mind se ha vuelto una película comercial de culto. A pesar de lo que se le pueda criticar cinematográficamente, el tema del control y descontrol de la memoria sigue siendo fascinante.

How happy is the blameless vestal’s lot!
The world forgetting, by the world forgot.
Eternal sunshine of the spotless mind!
Each pray’r accepted, and each wish resign’d.
—Alexander Pope, fragmento del poema “Eloisa to Abelard”, del cual se extrae el título de la película.

Escena de la película

Eternal Sunshine Of The Spotless Mind es el primer largometraje de ficción realizado por el aclamado cineasta francés Michel Gondry. Estrenada en la primavera de 2004 y protagonizada por Jim Carrey y Kate Winslet, la película logró cautivar tanto a fanáticos del séptimo arte como a la crítica especializada alrededor del mundo. Gondry pudo sortear con desahogo el reto que representaba trasladar a la pantalla grande esos mundos fantásticos llenos de color y surrealismo que lo habían llevado, ya para entonces, a ser uno de los directores más prolíficos en el mundo del videoclip (disciplina tan respetada como denostada en la industria del arte).

Pese a ello, lejos de representar un intento más que se pierde en el inmenso mar de la iconografía cinematográfica de otro realizador de videoclips, Eternal Sunshine Of The Spotless Mind se convirtió casi de manera inmediata en un clásico de nuestra época, difícil empresa para el cine comercial de las últimas décadas. Una apuesta original y creativa que combina la introspección del cine europeo con el dinamismo de las películas independientes estadounidenses puso rápidamente a Gondry y a su elenco en el banquillo del cine elevado al grado de verdadero arte. No es de sorprender que muchas de las voces más autorizadas del medio pongan a este trabajo al nivel de obras maestras de la cinematografía mundial como Citizen Kane, de Orson Welles, o The Goodfather, de Francis Ford Coppola.

Más allá de resaltar los atributos propios de esta obra, habrá que enfocarnos en el sentido más ontológico de lo que ella nos arroja. Detrás de todas esas capas de imágenes y sonidos alucinantes, la película plantea un cuestionamiento tan quimérico como existencial a la vez: ¿Qué pasaría si fuéramos capaces de borrar los recuerdos relacionados con cualquier persona que hayamos conocido durante nuestra vida? ¿Si pudiéramos hacerlo cuantas veces nos fuera posible? Lo que al principio parece ser algo meramente anecdótico puede llegar a tener repercusiones en los aspectos más trascendentales de nuestro propio ser. Se convierte, al menos para todos aquellos que buscan en lo más puro del conocimiento, en una dialéctica digna del más profundo análisis científico y filosófico.

I Want To Erase You…

Una modesta clínica ubicada en algún vecindario neoyorquino; una joven recepcionista; un grupo de técnicos con aspecto de hackers más que de médicos en formación, y un doctor que, lejos de interesarse en la salud de las personas, centra su tarea esencial en alcanzar el éxito económico a cualquier costo. Todos ellos son los encargados de realizar un procedimiento, relativamente sencillo, por medio del cual las personas son capaces de borrar todos aquellos recuerdos relacionados con un determinado evento. Pese a que la idea puede llegar a sonar ridícula desde su mero esbozo, pocos pueden negar el deseo que sentimos por que ese escenario dejara de ser un simple planteamiento utópico. Cuántos no serían los recuerdos que cualquier persona quisiera sacar de su mente, exorcizar los demonios internos que durante mucho tiempo la persiguen, a la vez que, de manera colateral, influyen de una u otra forma en su desarrollo. Visto desde este ángulo, la idea planteada en Eternal Sunshine Of The Spotless Mind es en sí misma una proyección inconsciente de aquello que el grueso de la población desea, una pequeña luz en la búsqueda de la solución a muchos de sus problemas. Si ha ocurrido algo, o si hemos conocido a alguien que vino a cambiar el curso lineal y consistente de nuestra vida en un aspecto negativo, todo se reduce al simple hecho de contar con los recursos suficientes para ser sometido a un procedimiento quirúrgico, el cual en unas cuantas horas habrá expulsado de nuestra mente todo aquello que mantenga relación con esa persona o ese suceso.

Desde el borde más poético, muchos de los problemas del transcurrir cotidiano de nuestras vidas encuentran una alternativa más radical y empírica para ser dejados atrás. Pero existe una arista más desde la cual el planteamiento de la película puede ser analizado: el de la sustentabilidad existencial, el de la ciencia más humana.

Desde una estructura simplista y condescendiente, el proceso de eliminación de recuerdos resulta una opción a la que se le puede encontrar pocos defectos. Desde el borde más poético, muchos de los problemas del transcurrir cotidiano de nuestras vidas encuentran una alternativa más radical y empírica para ser dejados atrás. Pero existe una arista más desde la cual el planteamiento de la película puede ser analizado: el de la sustentabilidad existencial, el de la ciencia más humana. Clasificar la naturaleza de una idea como ésta puede llevar a interminables discusiones, psicoanálisis, surrealismo, ciencia ficción; todo puede caber en ella, y analizarla desde una postura más lógica no tiene por qué representar un ejercicio intelectual poco valorado.

En algún pasaje de la película podemos encontrar el sustento clínico del procedimiento que permite borrar los recuerdos de la mente. Se trata de un daño cerebral provocado intencionalmente, algo así como un síndrome de Alzheimer controlado a voluntad. Una idea que nuestra percepción actual de la realidad difícilmente puede considerar posible, pero debemos recordar que del mismo modo fueron concebidos los avances más revolucionarios de la biotecnología y la informática que hoy en día son hechos cotidianos; por ello, mientras la idea sea acogida en la mente de una sola persona merece tomarse como un sueño por el cual alguien hará hasta lo imposible para verlo convertido en realidad. No subestimemos la profundidad del hecho mismo, pues si hoy es visto como una utopía poco factible, en un mundo cada vez más tecnificado no sería de sorprender que nuestros propios hijos decidan sacarnos de sus vidas para siempre.

Sobre agujeros negros en nuestro cerebro y el caos del olvido

Escena de la película

Planteando un hipotético caso en el cual el procedimiento de borrar los recuerdos se ha convertido ya en un mero trámite, tan común como una cirugía plástica o un trasfusión de sangre, sería conveniente indagar en las repercusiones más elementales que ese procedimiento causaría en nuestra vida cotidiana. Desde una nueva forma de interrelacionarse con las personas hasta cuestionamientos más abstractos en torno a su origen y fondo. Como primer punto podríamos considerar el análisis puramente lógico de esa acción. La película plantea, en una de sus secuencias, el caótico dilema existencial que gira en torno al hecho de que alguien más pueda llegar a tener la capacidad de controlar nuestros pensamientos; si ya la idea misma de que el sujeto tenga la opción de alterar su propio subconsciente rebate más de cien años de teoría psicoanalítica, el hecho de que sea un tercero el que cuente con esa facultad viene a trastocar los más elementales principios de la libertad de albedrío.

¿Cómo saber pues que no estamos viviendo en una realidad alterada? ¿En una sucesión de acciones mutilada a conveniencia de alguien más? Por principio de cuentas, la creciente desconfianza de saberse indefenso ante cualquiera que haya podido alterar nuestra percepción de la realidad con el fin de obtener control sobre nosotros, de sacar ventaja de un juicio previo creado con base en nuestras acciones y pensamientos. Además, ¿en donde quedan todas esas personas que olvidamos de forma antinatural? En el más común de los casos, ellos no tendrán que someterse al mismo procedimiento con la encomienda de pagarnos con la misma moneda, de sacarnos de su mente.

El caos de una socialización fragmentada se apodera de lo que ya de por sí es una socialización carente de fundamentos. Personas que conocen a personas que no las recuerdan, sujetos con un pasado borroso e inconsistente que han recurrido a la pseudociencia para dejar atrás parte de su pasado. Aquellos que prefirieron olvidar en lugar de afrontar y cerrar un ciclo. Tópicos tan superfluos como el amor y el desamor se llegan a mezclar con los aspectos más profundos de la conciencia propia de cada individuo, como su ideología, su religión o sus aportaciones más valiosas en beneficio de alguna causa (cualquiera que ésta fuese). Todos son borrados por igual: si decidimos olvidar a la persona que nos enseñó tanto o más de lo que nos lastimó, todo lo que aprendimos de ella se marchará junto con su imagen.

Segundo punto. Si, como ya vimos, el transcurso lineal de nuestra vida se ve afectado de manera ineluctable al borrar de nuestra mente toda una serie de recuerdos, que por sí mismos representan un segmento de la línea de vida que todos seguimos, es posible hacer la conjetura de un salto espacio-temporal en nuestra vida, al menos en un sentido meramente interpretativo. ¿Cómo llegamos del punto A (el momento del que parte nuestro hipotético corrector cerebral) al punto B (en el que despertamos una mañana después de que los técnicos de nuestra clínica de preferencia han culminado su labor)? La acción en sí representa un salto cuántico en nuestra propia concepción de los sucesos que han acontecido a lo largo de una vida. De repente nos introducimos en un agujero temporal, el cual, a su vez, se lleva consigo parte de nuestra más elemental libertad, la de pensamiento.

La metáfora de lo rutinario. A manera de conclusión

Si la originalidad de las imágenes y la yuxtaposición de escenarios atrapan la atención del espectador y lo sumergen en un mundo de ilusión altamente realista, es sensato decir que el guión de ese filme, escrito por Charlie Kaufman y el mismo Gondry, sostiene en buena parte el peso artístico encerrado en él. Contradiciendo a los que piensan que el cine ha sido creado sólo para entretener y darle algo de descanso a las neuronas, esta película se aleja completamente de esa percepción. Toda película, por más común y corriente que sea, nos envía un mensaje directo, la moraleja como justificación de un trasfondo difuso es aceptada por una sociedad cada vez menos crítica; el mensaje simplista, que poco después nos servirá como tema de conversación en una reunión familiar, es visto hoy como un requisito obligatorio en cualquier obra cinematográfica.

Toda película, por más común y corriente que sea, nos envía un mensaje directo, la moraleja como justificación de un trasfondo difuso es aceptada por una sociedad cada vez menos crítica; el mensaje simplista, que poco después nos servirá como tema de conversación en una reunión familiar, es visto hoy como un requisito obligatorio en cualquier obra cinematográfica.

Pero lo que pone a producciones como ésta en un peldaño más arriba de las estadísticas es la profundidad de su metáfora. A sabiendas de que las interpretaciones de esta película pueden resultar de lo más variadas, me interesaría enfocarme en el análisis que el realizador hace acerca de la vida monótona y rutinaria, ésa que en algún momento todos hemos seguido. La rutina y el desencanto por las cosas más elementales de la vida, que en este caso en particular conducen al desinterés y la indiferencia.

Para la posteridad queda esa vorágine de escenas que nos conducen a través de la vida en retrospectiva del personaje interpretado por Jim Carrey. Desde una perspectiva más filosófica y menos tecnicista, encontramos cómo(Joel)entiende que al ir derrumbando cada una de esas capas de recuerdos sórdidos e individualistas regresa al punto en el que descubrió la magia de la novedad y la sorpresa. Esa etapa en la que se vio atraído por una persona sumamente interesante para él (Clementin), en la que sin prejuicio alguno cedió a la siempre apasionante tarea de descubrir y aprender de lo hasta entonces desconocido. La frustrante rutina de una vida vacía nos orilla a perder esa pasión que algún día nos llevó a dar el primer paso en la consecución de cada uno de nuestros sueños; la rutina se lleva con ella no sólo nuestras ilusiones, sino también las de todos aquellos a nuestro alrededor. De una manera muy subjetiva, la rutina desnuda cada uno de nuestros defectos, a la vez que empobrece de sobremanera nuestras virtudes. ®

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Publicado en: Cine, marzo 2011


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