Gorgeo

Ayer, después de casi tres meses en mi nueva casa, hice un openjaus e invité a mis amigos. Pero nadie vino, sólo uno que es muy enfadoso, pero se enteró y llegó con una sonrisa como si quisiera presumir sus dientes. Yo no lo invité. Cuando abrí la puerta me dio un efusivo abrazo como si se tratara de mi cumpleaños. Luego alzó la mano para enseñarme la cerveza que traía en una bolsa. Después se puso a ver mi casa de un lado a otro y me palmeó el hombro al menos un par de veces. Durante la autobienvenida nunca dejó de sonreír y de su boca no salió ni una palabra. Lo invité a sentarnos en las sillas que había puesto en el jardín para mis invitados de verdad y, después de un rato, se puso a platicar sobre los pájaros que gorjeaban en mis árboles:

—Oye, y vienen muchos pájaros a visitarte, ¿verdad?

—Sí.

—¿Y vienen seguido?

—Todos los días.

—¿A qué hora?

—A toda hora.

—Se oye como si estuvieras en un rancho, ¿verdad?

—Sí.

—Qué bonito se oye, ¿verdad?

—Sí.

—Como en el campo.

—Puede ser.

—¿Cómo se llama ése?

—¿Cuál?

—Ése.

—No estoy seguro si es el mourning dove o el common ground-dove. También se le conoce como paloma habanera. De ser esa estaríamos hablando del

zenaida macroura.     

—Qué bonito, ¿verdad?

—Sí.

—¿Y vienen todos los días?

—Todos.

—¿Y ése cómo se llama?

—¿Cuál?

—Ése.

—Debe ser un

red-cockaded woodpecker     
su nombre científico es picoides boreales.

—Qué bonito, ¿verdad?

—Sí.

—¿Y ése cuál es?

—¿Cuál?

—Ése

—¿Ése?

—Sí.

—Es el

carolina chickadee     
científicamente conocido como parus carolinensis.

—Qué bonito, ¿verdad?

—Sí.

—¿Y cómo sabes tanto de aves?

—Wikipedia.

—Es como estar en un rancho, ¿verdad?

—Sí.

—¿Y te gusta vivir aquí?

—Mucho.

—¡Qué padre!

—Sí.

—Me imagino que con los ojos cerrados ha de sentirse más bonito. ¿Te importa si los cierro un momento?

—No, ¡digo…! No.

—…qué bonito se oye, como si estuvieras en un rancho, en el campo. Voy a venir a verte más seguido.

—Si quieres ya ábrelos —le dije al ver que después de un rato no los abría.

—Aguanta.

—¿Y qué me cuentas? —le pregunté para hacerlo hablar, era preferible oírlo a verlo con la cabeza echada atrás y con los ojos cerrados.

—¿Te importa si platico con los ojos cerrados? ®

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Publicado en: Enero 2012, Narrativa


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