Grandeza y miseria del Mundial

El futbol no tiene la culpa

Aun cuando una buena parte de la humanidad dice ser ajena al futbol, es innegable que éste es, sin disputa, entre todos los deportes y juegos que ha concebido la especie humana, el que ha llegado a convertirse en más popular del planeta. Tanto así que no sería exagerado decir que es también, junto con el cine, del cual es contemporáneo, el espectáculo más importante del siglo XX y de lo que va del XXI.

Campo de batalla. Imagen tomada de wallres.com

Campo de batalla. Imagen tomada de wallres.com

Por razones obvias, ningún torneo futbolístico ha llegado a tener el alcance multitudinario del Campeonato del Mundo, el cual, a diferencia de lo que sucede con la llamada Serie Mundial de Beisbol, sí es verdaderamente universal. Y ello porque, al contrario a lo que ocurre con el llamado “rey de los deportes”, cuya práctica de élite se limita a los Estados Unidos y parcialmente a Canadá, en el Mundial de futbol sí se incluyen naciones de todas las latitudes, que en una primera etapa se eliminan regionalmente entre sí, a fin de buscar un sitio entre las 32 selecciones nacionales que en la actualidad participan en un campeonato como el que jueves 12 de junio se inauguró en São Paulo, la ciudad más poblada de Brasil.

Tan extendida está la práctica del futbol en el orbe que no es casual que la FIFA cuente con más países asociados que la misma ONU. Y ello para hablar sólo del futbol organizado, pues si se incluyera la práctica informal, ésta sería sencillamente incuantificable, por no decir inimaginable.

Lo anterior porque ningún juego o deporte atrae tanto a los niños, incluidas las niñas, hasta el punto de que en una nación tan poco futbolera como los Estados Unidos las niñas lo juegan tanto o más que los varones.

Dicho de otro modo, en la época moderna el espíritu lúdico de la humanidad no ha encontrado un mejor medio de expresarse que el futbol; entre otras cosas por sus cualidades intrínsecas, por sus reglas sencillísimas y sabias, y sobre todo porque se puede jugar casi en cualquier sitio despejado, sin más requerimiento que una simple pelota, la cual incluso puede llegar a ser improvisada. Lo demás es obra de la imaginación, del gusto y de la destreza de quienes lo practican.

En la época moderna el espíritu lúdico de la humanidad no ha encontrado un mejor medio de expresarse que el futbol; entre otras cosas por sus cualidades intrínsecas, por sus reglas sencillísimas y sabias, y sobre todo porque se puede jugar casi en cualquier sitio despejado, sin más requerimiento que una simple pelota.

Todo esto —más allá de lo que, con razón o sin ella, puedan alegar los impugnadores y hasta detractores que también tiene el futbol— forma parte de la grandeza de este juego, que igualmente fomenta la convivencia humana, la identificación con determinados olores o el sentimiento de pertenencia a un grupo social.

Algo muy distinto es el hecho de que, por ejemplo, la popularidad del futbol casi siempre sea una tentación irresistible para ciertos espíritus taimados —entre ellos muchos políticos y no pocos negociantes— que tratan de aprovecharse del arrastre masivo del balompié, haciendo de él un nuevo circo que, como el de la Roma de los césares, también puede servir para distrae, aturdir, enajenar…, hacer que se sobrevaloren cosas secundarias y, en contrapartida, se releguen y aun oculten asuntos de primer orden.

En 1978 la Junta Militar de Argentina, encabezada por el general golpista Jorge Videla, aprovechó que la selección de ese país se alzó con el Campeonato Mundial de ese año para tratar de legitimarse ante la eufórica ciudadanía amante del futbol y prolongar de esa manera un gobierno antidemocrático, represor, asesino.

Jugadora. Diseño © Mike Campay.

Jugadora. Diseño © Mike Campay.

Ahora mismo, la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, se está jugando su futuro político —y también parte del futuro de ese país— con la organización del XX Campeonato Mundial de Futbol en tierras amazónicas, por todos los fondos públicos que han sido destinados a su organización, incluidos graves casos de corrupción, lo cual ha desatado una serie de protestas masivas y manifestaciones populares de repudio en contra de que se haya echado mano del erario para el certamen mundialista.

La esperanza que la señora Rousseff tiene para reelegirse en los comicios del próximo mes de octubre ahora depende en buena medida de que la Selección de Brasil salga campeona del Mundial y, al mismo tiempo, que la derrama económica de esta justa deportiva compense el descomunal gasto público que el gobierno hizo con el dinero de todos los brasileños, pues, de lo contrario, el nuevo maracanazo será para la actual presidenta de Brasil y para su partido político.

Pero la manipulación y el uso político del futbol son cosa que se da también más cerca de nosotros. Así, por ejemplo, no sería obra de la casualidad que la eventual aprobación de la legislación energética vaya a darse mientras la Selección Mexicana lucha por su pase a la segunda fase del campeonato Mundial. Otro ejemplo de ese uso y abuso extradeportivo del futbol es el encargo que, hace semana y media, el propio presidente de México, Enrique Peña Nieto, les hiciera a los seleccionados de nuestro país pidiéndoles que se trajeran la Copa del Mundo, haciendo abrigar ilusiones desmesuradas a los aficionados desaprensivos de los alcances reales del equipo mexicano.

Claro que de las miserias citadas y de muchísimas otras más que podrían enumerarse, no tiene la culpa el futbol, esa invención deportiva con la que la mayoría de la humanidad gusta ejercer el espíritu lúdico de la especie, practicándolo de preferencia, como bien dijera el buen Antonio Gramsci, al aire libre. ®

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Publicado en: Barra brava, Marzo 2014


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