Habemus pelopincho

Instrucciones para armar

Pagaron y cargaron en un remise una caja rectangular que contenía una lona con dibujitos de símil azulejos celestes y azules, caños machos y hembras, esquineros, soportes, tornillos y tuercas. Todo eso bajo la leyenda seductora de Disfrutala en pocos minutos”, contendría 2,800 litros de agua. Todo marca “Pelopincho”.

¡Pelopincho...! Ilustración de Alejandro Cervera, "Cebolla".

¡Pelopincho…! Ilustración de Alejandro Cervera, “Cebolla”.

Las cosas arrancaron mal.

Se llama “pelopincho”, pero es un sustantivo propio femenino. O sea, no cerraba por ningún lado.

Es, además, la marca desde hace casi cuarenta años de piscinas de lona, otra cosa que a Alejo Bayote no le entraba en la cabeza.

Pero la familia sudaca insistía. “Viene el verano y hay espacio en la casa para armar una pelopincho, dale, hagámoslo por los nenes”, le decía una y otra vez su mujer argentina.

Y el yucateco que vive hace siete años en el fin del mundo no paraba de hacerse una y otra vez la misma pregunta: “¿Qué necesidad tienen los argentinos de remojarse el culo tres meses al año en un cuadrado pedorro de lona?” Justo él que viene de un lugar donde hace calor los 365 días del año y lo soportan tirados en una hamaca pateando la pared, bebiendo varios cartones de cerveza o, en el mejor de los casos (si la billetera está gorda o el tanque de gasolina lleno) con piscina “de verdad” o en las playas de Progreso, que quedan a treinta minutos de su blanca Mérida.

Pero no había caso, los sudacas no entienden. Llega el verano en la city porteña y la única forma de soportarlo —aunque sólo sean tres meses roñosos— es armando la bendita pelopincho en el patio de la casa.

Y ahí fue Bayote al Easy del barrio con los otros tres integrantes de la familia (un adulto y dos niños pequeños con los ojos mojados de emoción) a buscar la pelopincho para apalear el pinche calor.

La consiguieron a un precio razonable, a pesar de la loca demanda. Pagaron y cargaron en un remise una caja rectangular que contenía una lona con dibujitos de símil azulejos celestes y azules, caños machos y hembras, esquineros, soportes, tornillos y tuercas. Todo eso bajo la leyenda seductora de Disfrutala en pocos minutos”, contendría 2,800 litros de agua. Todo marca “Pelopincho”.

Bayote, diseñador gráfico e ilustrador, miró detenidamente el logotipo de la marca —el mismo de hace casi cuarenta años— cuando en plena dictadura militar los argentinos comenzaron a fabricar la marca Pelopincho.

En el logo aparece un chico de cabello oscuro haciendo una brazada sobre una ola que dice, claro, “Pelopincho”. “Un clásico que no merece ninguna aclaración”, pensó el yucateco. Y no se equivocaba porque nunca en su vida se olvidaría del maldito chiquito ese, haciendo crol.

Sin salida

Al regreso al hogar comenzó el calvario de Bayote. Con 37 grados y 99 por ciento de humedad, su familia lo motivaba con cantitos de cancha para que armara la pelopincho.

Y la perversidad se hizo presente. Al instante Bayote comprobó que la leyenda “Disfrutala en pocos minutos” era puro verso. Se enfrentó en cuerpo y alma con un instructivo pobre, sin dibujos explicativos… Un manual burlón que lo acarreó a una tarea titánica de horas, más acorde para que lo ejecutara un robot de inteligencia artificial o un adivino, que un pobre yucateco errante.

Lloraba, gritando, desesperado. Insultaba al señor Pelopincho por la chingada y tortuosa idea (“Por algo la inventaron en plena dictadura a esta chingada madre”, pensaba) de meterlo en este callejón sin salida, un sábado a la tarde en el que podría disfrutar de unas cervezas heladas.

Estaba más perdido que perro en cancha de bochas. Miraba desorientado los caños machos y hembras esparcidos en el suelo, los caño “pata curva”, esquineros, soportes, tornillos y cuerdas y quería llorar, a los gritos.

Y lloraba, gritando, desesperado. Insultaba al señor Pelopincho por la chingada y tortuosa idea (“Por algo la inventaron en plena dictadura a esta chingada madre”, pensaba) de meterlo en este callejón sin salida, un sábado a la tarde en el que podría disfrutar de unas cervezas heladas, tirado en el sillón.

Como era previsible, se la agarró con su mujer. La trató de “campechana” porque ubicaba mal los caños y no permitía que los niños hablaran en voz alta mientras “él pensaba” ¿Qué? Nadie lo sabía.

Pero “Todo pasa”, como dice la canción. Y después de cientos de minutos, Bayote “desculó” el sistema y llegó el momento de meter caños a través de largas rendijas en bordes de lona. Y todo se convirtió en un albur: “Mételo por acá, derechito que encaja, agárralo que yo lo empujo…”, aunque no había sonrisas socarronas ni miradas cariñosas.

…Y las cosas tampoco funcionaban, vale decir. Ponían un caño acá y se caía otro allá. Bayote gritaba, escupía bilis y se le reventaban los divertículos. Preocupada, su mujer sudaca, fue en puntas de pies hasta la computadora y clickeó YouTube, en busca de un tutorial que los salvara. Y existía.

Aunque se negó en un principio, a los dos minutos el yucateco se acercaba sigilosamente y por detrás a la computadora para pispear el tutorial, como quien no quiere la cosa. A pesar de ser porfiado, necio y loco, no come vidrios.

Pero Bayote no quería ayuda a esas alturas, ni muchos menos de la web. Así que enajenado le gritó a su mujer que “¡Ni madres voy a ver eso!”, aunque ella le insistía que no duraba más de cinco minutos y hacía dos horas que estaban al rayo del sol, sin resultados.

Aunque se negó en un principio, a los dos minutos el yucateco se acercaba sigilosamente y por detrás a la computadora para pispear el tutorial, como quien no quiere la cosa. A pesar de ser porfiado, necio y loco, no come vidrios, así que en unos pocos minutos descubrió dónde radicaba el error del armado y volvió al campo de juego, con la frente alta.

Tres horas después de una manguerita salía un chorro fino de agua para llenar la pelopincho, ya armada y segura. Se llenó por la mitad a la noche y al otro día amaneció llena de hojitas y mugre de la city.

“Ahora hay que comprar filtro y barrefondo, que cuestan casi como la pileta”, le dijo su mujer. Bayote la miró resignado, llenó sus pulmones de aire y al mejor estilo Skyler White en Breaking Bad se hundió en la pelopincho mugrienta.

Todavía no sale de debajo del agua. ®

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Publicado en: Diciembre 2013, Mínimas sudacas


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