Hallelujah

La canción sigue sonando

“Tienes que visitar el Muro de los Lamentos, amigo. Te echo de menos”, leí en una postal que me envió de aquel viaje.

El muro de los lamentos. Foto El Medio.

Eran las dos de la madrugada cuando empezó a sonar aquella canción que duraba un poco más de lo normal. No lograba conciliar el sueño; tenía miedo, extrañaba mi casa, quería dejar de sentir por un momento. La canción no ayudaba del todo.

Él dormía cerca de mí. Lo conozco desde la secundaria, nos hicimos amigos de inmediato. Tal vez fue que los dos éramos judíos, que soñábamos con enlistarnos en el ejército, que teníamos una nariz más judía que nuestros apellidos, o que él era difícil de detestar.

Dormía, suspiraba y parecía que estaba sincronizado con el ritmo de la canción. Los pequeños silbidos que se le escapaban coincidían con la melodía. Se me partía el corazón con cada nota: The fourth, the fifth, the minor fall and the major lift.

Cuando llegó el momento de entrar en el ejército lo hicimos por razones diferentes, no por aquel sueño que comentamos en la adolescencia. Él lo hizo por cuestiones políticas, sentía suyo a Israel. Yo lo hice porque era eso o heredar aquel negocio de la familia en el que juré nunca trabajar.

Lo más difícil de formar parte de las fuerzas armadas ha sido ver cómo le iban a cortar esas mechas que le bailaban sobre la cara cuando reía. Lo irónico del asunto es que si le preguntas cuál es su historia favorita la respuesta siempre es la misma: la de Sansón.

Él no tenía fuerzas sobrehumanas ni tampoco fue seducido para que le cortaran el cabello, fue él quien tomó aquella rasuradora que le regaló su abuelo en su último cumpleaños y se afeitó la cabeza. A diferencia de Sansón, él no perdió las fuerzas pero sí perdió un poco de inocencia de aquellos ojos color miel junto a esos mechones de cabello.

Perdimos el contacto durante el verano después de graduarnos de la preparatoria. Él viajó con su familia a Israel. “Tienes que visitar el Muro de los Lamentos, amigo. Te echo de menos”, leí en una postal que me envió de aquel viaje. Yo me quedé en casa; salí a pescar un par de veces con mi papá y manejé dos o tres fines de semana a donde vivían mis abuelos, todo para extrañarlo menos.

Pero yo lo extraño hasta teniéndolo cerca de mí. Dan las dos con cinco de la mañana, estamos en Israel, la canción sigue sonando, y le toco la cabeza donde nace ese cabello que me gusta tanto. Suspira. Pienso: Hallelujah. ®

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Publicado en: Narrativa

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