Halley y la existencia

El primer zombi de la Ciudad de México

La enfermedad que Beto padece es la verdadera enfermedad mortal teorizada por Kierkegaard, no la muerte en el común de los sentidos sino el saber que se está condenado a vivir, a superar a la muerte misma para siempre, una pesadilla que sólo desde el paganismo moderno puede ser reelaborada bajo la figura del zombi.

El cartel.

El cartel.

Halley es la ópera prima de Sebastián Hofmann, un proyecto que según el director surge a partir de su cortometraje Jaime Tapones, que aunque también explora al hombre desde una trinchera existencialista a partir de una enfermedad, difiere en la problemática y en la narración.

La película, que ya ha pasado por distintos festivales, retrata a la Ciudad de México como un lugar invadido por la infinitud donde la gente se traslada en el metro como si fueran títeres desprovistos de razonamiento, exhibiendo ese lado gris que sólo una metrópolis caótica como el Distrito Federal puede lograr, un lugar que continuamente invita al absurdo.

La historia es la vida de Beto (Alberto Trujillo), un enclenque sujeto que trabaja como guardia de seguridad en un gimnasio. Es un tipo solitario, callado y que padece de una enfermedad rara que lo carcome sin compasión: su cuerpo ha perdido la sincronía con la vida y se está muriendo, se está transformando en una especie de muerto-viviente. Lo interesante es el planteamiento del zombi que difiere del común de cintas de este género, ya que lleva la problemática de la vida carnal “más allá de la muerte” hasta un punto en que obliga a una interpretación filosófica. Beto es un no-muerto en sentido completamente kantiano (juicios indefinidos), es un ser que ha superado a la muerte misma y que más que ser un mero “ser para la muerte”, como exponía Heidegger, es un cadáver pestilente que deambula por las calles y que enfatiza al cuerpo como principio y trámite de la humanidad.

La historia es la vida de Beto (Alberto Trujillo), un enclenque sujeto que trabaja como guardia de seguridad en un gimnasio. Es un tipo solitario, callado y que padece de una enfermedad rara que lo carcome sin compasión.

Beto, a pesar de ser un muerto-viviente, es una persona obsesionada con los objetos que habitan su casa: lava los trastes a diario, lustra la vajilla y quita el polvo a la perfección, esto (tal vez) como un mero reconocimiento a cómo éstos parecen sobrevivir intactos al tiempo, a diferencia suya. El que Beto trabaje en un gimnasio rodeado de gente angustiada por la “belleza” de su cuerpo abre el cuestionamiento sobre quién está más muerto en realidad: él, que es un zombi reflexionando continuamente sobre su condición, o ellos que viven sin el menor cuestionamiento sobre su existencia, recordando aquella máxima socrática que dicta: “Una vida sin examen no vale la pena ser vivida”. Conocerse a sí mismo puede ser perturbador para varios.

Beto frente al espejo, frente a la muerte.

Beto frente al espejo, frente a la muerte.

Curiosamente uno de los mejores diálogos se da cuando por accidente Beto termina en la morgue platicando con un embalsamador, quien lejos de sentir miedo o asombro hacia lo que Beto representa, siente compasión y familiaridad, razón por la cual lo invita a quedarse a vivir en la morgue pues es un sitio seguro en comparación con la calle, donde podría pasarle cualquier cosa, como ser desmembrado y seguir existiendo, de manera cartesiana, separado de su cuerpo (res cogitans – res extensa). Una forma moderna de reinterpretar quizá esa famosa oración de Deleuze: cuerpo sin órganos.

La enfermedad que Beto padece es la verdadera enfermedad mortal teorizada por Kierkegaard, no la muerte en el común de los sentidos sino el saber que se está condenado a vivir, a superar a la muerte misma para siempre, una pesadilla que sólo desde el paganismo moderno puede ser reelaborada bajo la figura del zombi. Todos somos Beto, todos comenzamos a morir desde el momento en que nacemos.

Hofmann.

Hofmann.

Plagada de escenas profundas que no sólo se reducen a buenos encuadres y actuaciones sino también a diálogos y silencios reflexivos, la película es un magnífico ensayo sobre la muerte frente a la pulsión que nos lleva a querer vivir presos del goce y del instante, como si la vida siempre superara a la muerte. La propuesta de Hofmann logra abrir el diálogo alrededor de ciertas problemáticas humanistas que en el cine de género zombi sólo se habían mostrado de manera exagerada o risible, sin que se prestara para análisis hondos.

Halley es un trabajo que merece reconocimiento desde todas sus aristas, la actuación de Alberto Trujillo como Beto, el maquillaje logrado por Adam Zoller, la fotografía de Alexis Zabe y el guión de Julio Chavezmontes y Sebastián Hofmann. Un filme completo y con ciertas escenas repugnantes que cumple con su tarea de brindar una estocada existencial al espectador. ®

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Publicado en: Cine, Julio 2013


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