Hay una luz que nunca se apaga

La sumisión de Occidente ante el islam

Dicen que el terrorismo no es islámico porque lo que ISIS defiende no es islam sino otra idea completamente diferente. En suma, los terroristas son alienados de la propia bandera que ellos defienden y creen predicar. Algo completamente absurdo.

Vigilancia en la Torre Eiffel. Foto © A.P.

¿Cuántas veces en las últimas semanas hemos escuchado o leído acerca de un ataque terrorista en países europeos, árabes o africanos? El mismo número de veces en las que la Torre Eiffel se ha apagado durante la noche para rendir tributo a los centenares de fallecidos durante esos ataques en cada rincón del mundo.

La tradición parisina, replicada en cientos de monumentos alrededor del mundo, se vuelve cada vez más en un evento común y carente de valor alguno. Lo que alguna vez fue símbolo de fortaleza, solidaridad y esperanza se torna en el monumento a lo ordinario y pareciera que sigue la línea de pensamiento del actual presidente de Francia, quien sin ninguna gota de vergüenza ofrece a sus compatriotas un hombro para llorar a sus muertos mientras les susurra “hay que aprender a vivir con el terrorismo”.

No ha habido recientemente ningún gran golpe terrorista en Francia, pero la Torre Eiffel se mantiene apagada en honor a las víctimas de Manchester, Kabul, Londres y más lugares de África y Asia. Este masivo ahorro de energía eléctrica y el flujo de innumerables “hashtags” conforman esa defensiva progre contra ese terrorismo islámico. Dicen que no hay que responderles con miedo, no hay que contestar al odio, no hay que apuntar con el dedo ni llamar nombres. Totalmente de acuerdo. ¿Para qué hacerlo?

¿Qué pasaría si pasáramos este mismo pensamiento con el cristianismo, por ejemplo? Podemos fácilmente crear apologías de la violación y de la pederastia porque los sacerdotes que violan infantes no son cristianos y no predican la palabra del señor; son individuos alienados y puramente malvados.

El segundo concierto de Ariana Grande en honor a las víctimas de Manchester, me dijeron, fue espectacular. Deje pasar unas semanas y espere el siguiente atropellamiento masivo, el siguiente acuchillamiento, la siguiente bomba y repita todo el proceso: ese eterno retorno con color negro ISIS.

“No todos los musulmanes piensan así. No todos son terroristas. El islam es la religión de la paz. Los terroristas ni eran musulmanes; ¡infórmate! Franceses matan franceses e ingleses matan ingleses.” Muy de acuerdo. La respuesta parece clara a la mayoría de los europeos: el islam es la paz y los terroristas son individuos alienados por su propia locura, su propia visión aislada de cualquier otra posible. Son locos, son el mal puro.

Una respuesta muy kantiana: el mal y el terrorismo, al parecer, son esta carente voluntad de hacer el bien, esta decisión que germina en la ignorancia, esa inconsciencia. Así es el mundo perfecto donde el terrorismo existe de la misma manera en la que existe el mal: porque sí, y nada se puede hacer para evitarlo. Me hace recordar a Leibniz y pienso que bajo este patético esquema de pensamiento el terrorismo existe en contraposición a la vida pacífica. Cada ataque que sobrevives, cada mochila en el metro que no explota, cada día que no se te ocurre caminar por Notre Dame y sobrevives es un día milagroso en el cual la inevitable sombra del terrorismo no te ha cobrado como víctima.

Ésta es la vida que pintó alguna vez Emmanuel Macron en una desatinada oración, ésta es la vida que representa un simple tweet con el #NotAllMuslims. Es el nuevo modo de vida europeo.

Nadie puede negar el miedo. París sigue siendo una fiesta, pero siempre una diferente a la de Hemingway y Sartre. Uno toma el metro en la mañana y espera que no haya mochilas olvidadas —sospechosas— que interrumpan el tráfico durante media hora. Después uno llega a cualquier centro comercial, biblioteca o museo parisino para formarse en la entrada donde un control casi aeroportuario revisa chaquetas, mochilas, bolsas. Durante el día uno ve a los gendarmes marchando por las calles. Cuando apenas había llegado a París los franceses seguían impactados cuando un auto militar hacía ronda por los bulevares. Me preguntaron mi opinión al respecto pero yo, mexicano, ya estoy acostumbrado a ver militares entrar y salir de la ciudad cotidianamente, y sorprendidos por mi cinismo e indiferencia les respondo que es común, mas no normal.

Efectivamente, no son normales los ya miles de muertos que ha cobrado la bandera del terrorismo islamista. Ése el nombre del supuesto fantasma descarado y anónimo que aterroriza Europa. No obstante, y muy preocupantemente, ellos no son el enemigo mayor.

Sumisión, de Michel Houellebecq, el poeta —profeta— francés, ya es un clásico hasta en punto en el que el ex presidente Hollande afirmó haberlo leído porque sabía que estaría en boca de todos, obviamente. Lo demás es historia.

Una lectura ingenua de la obra de Houellebecq puede volverlo a uno islamófobo, mientras que la lectura atenta y sobre todo crítica de Sumisión nos llevará inevitablemente por la vereda de una fuerte crítica al espíritu europeo. Mathias Enard, galardonado con el Goncourt 2015, reafirma esta lectura afirmando que a Houellebecq poco le importa el islam, la crítica va dirigida a los franceses. El fenómeno de la sumisión es obra y arte de los europeos, pues no se trata de un fenómeno de imposición. En este sentido sí, podríamos decir ingenuamente, que el islam es una religión de paz que nada tiene que ver con el terrorismo porque efectivamente el islam no se ha consolidado en Europa tirando puertas. Aunque podemos con toda libertad proponer otra tesis: el islam es la ideología del miedo.

Y no, esto no es islamofobia, y sí, el cristianismo también produce terroristas y también es una religión de miedo —todas las religiones lo son. Pero seamos coherentes y sobre todo críticos, el cristianismo y sus fallas no tienen cabida en esta discusión en particular. Quienes desvían el debate de la política, la moral y la influencia del islam en el mundo actual intentando linchar también a otras religiones no solamente construyen hombres de paja sino que añaden trivialidades a un debate que es completamente ajeno. Eso sólo es querer desviar el tema para arrojar las piedras a un blanco familiar y más vulnerable. ¿Por qué el islam y no el cristianismo? Porque el islam ejerce poder, mientras que el cristianismo actual no tiene ya el papel que tuvo hace un siglo o dos. No negamos que hay locos ultraderechistas, identitarios católicos y panistas; pero el poder y la política del mundo lo rige el islam y sus vertientes.

¿Es el islam una religión de miedo y odio? Houellebecq lo afirmó no solamente con estos adjetivos sino que incluso añadió que es “la más imbécil de las religiones”. Michel Onfray y Bernard Henri–Lévy lo han hecho igual desde una perspectiva más filosófica, política y moral. Houellebecq, por más genial, profundo y acertado que parezca no deja de ser un satírico. Enard, por otra parte, defiende la cultura árabe y rescata la riqueza del mundo musulmán en su novela Brújula. ¿Qué error comete Enard y toda la cultura occidental políticamente correcta? Desviarse por la tangente cultural.

Enard y muchos más en el mundo occidental hacen bien en rescatar y exponer la belleza y riqueza de la cultura musulmana en su obra y en sus opiniones. Mi adorado Borges lo hace en cada uno de sus textos. Sin embargo, Enard al enfrentarse a Houellebecq entra a la zona de lo indubitable. Mientras que muchos intelectuales en Europa critican al islam como una ideología moral–política peligrosa, otra mayoría creciente como Enard entran en el campo político a defender eso mismo con cultura. Enard pretende que dejemos de hablar y criticar las raíces musulmanas del terrorismo en Europa y que vayamos mejor a extasiarnos con las mil y una noches.

No solamente esa postura es problemática y errática sino que llega a ser una contradicción. Uno puede perfectamente criticar al islam y leer poesía árabe, deleitarse con el arte en las mezquitas, conversar y conocer gente con raíces en el medio oriente. Ése es un primer error que desencadena muchos más graves. En algo podemos estar de acuerdo todos: la cultura árabe y el islam no son terrorismo, no son odio, no son miedo. Pero hay algo que inevitablemente debemos aceptar: del islam han surgido las recientes posturas de terror y odio que se materializan en la muerte de miles de inocentes en nuestros años recientes.

Es ahí donde se marca la barrera entre la sátira de Houellebecq y Charlie Hebdo e intelectuales como Enard, y de la gran mayoría de occidentales que defienden dogmática y ciegamente al terrorismo con hashtags. Desde su idea de tolerancia y respeto máximos se pretende defender no al terrorismo sino a la cultura árabe y musulmana. La postura y las intenciones son admirables y necesarias, aunque la manera en la que se plantea es la que tiene a Europa en ese estado de sumisión y ceguera.

¿Qué se defiende?, que no todos los musulmanes son terroristas, que el islam en teoría es una religión de paz —porque lo sustentan en el Corán cuando el conflicto está en la praxis, vida cotidiana—; dicen que el terrorismo no es islámico porque lo que ISIS defiende no es islam sino otra idea completamente diferente. En suma, los terroristas son alienados de la propia bandera que ellos defienden y creen predicar. Algo completamente absurdo.

¿Qué pasaría si pasáramos este mismo pensamiento con el cristianismo, por ejemplo? Podemos fácilmente crear apologías de la violación y de la pederastia porque los sacerdotes que violan infantes no son cristianos y no predican la palabra del señor; son individuos alienados y puramente malvados. Los sacerdotes pederastas, según aquel esquema, no pertenecen al cristianismo y deberíamos alienarlos con tal de defender a la gran mayoría que sí predica su fe con bondad. Sin embargo, esto no sucede puesto que los casos de pederastia así cómo de machismo, homofobia y demás le han servido a la Iglesia para criticarse y reformarse, para romper con el mal y, de alguna manera, para crecer. Es cierto que el cristianismo sigue igual de corrompido, pero en nuestro Occidente podemos criticar esa religión e ideología como nos dé la gana. ¿Por qué? Porque nos parece peligroso, porque no queremos que abusen de la inocencia de los niños, porque queremos que la mujer sea tratada con respeto y equidad, porque queremos que la comunidad LGBT+ tenga los mismos derechos ante la ley. ¿Por qué no le exigimos lo mismo al islam?

No hay que confundirse, este debate no se concentra en el machismo, la homofobia u otros problemas centrales en el islam, sino en un problema aún mayor: el hecho de que esta religión en particular sea hoy intocable y defendida ciegamente.

Aceptar que el islam tiene fallas y que entre ellas están las ideas que propician y siembran la muerte en todo el mundo con tal de imponerse es parte de una primera solución. El islam no es terrorismo pero el terrorismo es islámico y surge del islam. Hace falta tener valor crítico para aceptarlo y comenzar el diálogo para poder, musulmanes, cristianos y demás, acabar con el terrorismo.

El diálogo comienza con nosotros y el reconocimiento del problema, sin negarlo por partes o por miedo a lo establecido. Un error común —y el más terrible, en mi opinión— es negar el problema. Cuando le negamos el componente islámico al terrorismo lo que hacemos es negar el problema, volverlo un mal cualquiera. Matar a periodistas por dibujar a Mahoma, a niños y adolescentes por ir a un concierto, a mujeres y homosexuales por buscar libertad equivale entonces a robar una Coca–Cola en la tienda. Hay que afrontar los problemas completamente en toda su profundidad, extensión e intensión. Solamente así podremos finalmente atisbar soluciones completas.

Esta posición se encuentra con una oposición inmediata. Hannah Arendt, cuando estudió a Eichmann fue llamada antisemita y apologista de nazis. Actualmente es muy fácil acusar a cualquiera de islamófobo, intolerante y retrógrada, lo cual vuelve muy difícil entablar un diálogo crítico, entrar en una reflexión que nos ofrece pensar los problemas desde diferentes puntos de vista. “Intentar comprender no es perdonar”, y no es odiar.

La pensadora alemana no solamente abogó toda su vida por un regreso al pensamiento y a la reflexión crítica, sino que desenmascaró al fantasma del mal. Para Arendt el peor de los males, la banalización, lo ejecutan los “don nadie”, aquellos que permiten que el mal se materialice. Esta postura moral no solamente inculpa a Eichmann y a la totalidad de los nazis y una gran parte europea, es un argumento que inculpa a gran parte del mundo musulmán en relación con la violencia islámica.

Había una pancarta afuera del estadio de Manchester donde se llevó a cabo el atentado terrorista durante el concierto de Ariana Grande en la que se leía: “Fue un monstruo, no un musulmán”. Para nuestra mala suerte, los monstruos no existen, los hombres sí. Esta apologética frase disfraza a un asesino de monstruo inasible del mal en sí mismo, cuando en realidad no es más que un hombre de carne y hueso.

Así como Eichmann, los terroristas son hombres comunes que piensan, que viven y que actúan con motivos e intenciones. Los musulmanes no son monstruos pero hay musulmanes radicales que con sus discursos llegan a atentar contra la vida de miles de inocentes. Éste, creo, es de los errores más graves que nos impulsan hacia las apologías del mal terrorista, a deshumanizar a los terroristas, a privarlos de su religión, de sus pensamientos y convertirlos en monstruos casi ficticios.

Cuando convertimos a los monstruos en hombres hemos de confrontar que el enemigo común para luchar contra el terrorismo es un grupo de hombres que se abanderan bajo el manto del islam. Ésta sí es una guerra contra el islam, contra aquellos que siembran muerte y contra esa preocupante mayoría que ve y apoya a estos criminales que atentan contra mi vida cada vez que subo al metro o camino cándidamente por París, que atenta contra mi libertad de pensar libremente, de criticar, de amar a quien yo quiera, de vivir en nuestras diferencias. Si ese islam, el islam de ISIS quiere destruir a Occidente con todo y su decadencia tendrá que pasar antes por todos aquellos que aún defendemos los derechos y los valores que nacieron en Occidente: libertad, igualdad y fraternidad.

Las críticas más ingenuas e ignorantes rechazan compulsivamente los valores de esa divisa francesa al etiquetarlos de “valores occidentales”. Se encierran dentro de sus escuelas de “pensamiento” francés, reaccionan a todo lo que no les embona y en su vocabulario no caben otras palabras que “colonialismo”, “intolerante” o “sionista”. Apelan al derecho del islam de vengarse al conquistar Occidente, llaman multiculturalismo al respeto al derecho de violar mujeres alemanas, quieren que se respeten “valores” que permiten el apedreo de muchachas y ladrones, la esclavitud, el asesinato de homosexuales y el rechazo al pensamiento y a la crítica. Si eso es multiculturalismo, si eso es lo que disfrazan con el nombre de “religión de la paz”, entonces mi guerra personal será dirigida directamente contra ellos. La sumisión y el suicidio de Occidente no tienen raíz en la violencia de algunos musulmanes sino en la inacción y en la carencia intelectual de Europa. Es más fácil relativizar todo cuando uno se encuentra frente al conflicto ideológico más profundo e intenso desde la Segunda Guerra Mundial.

Europa es muchas cosas, entre ellas valores que amamos y despreciamos, es la libertad y la tradición, es a fin de cuentas la cuna de cualquier individuo de raigambre occidental. Pero, principalmente, y desde mi ingenuo punto de vista, Europa es el pueblo que siempre brilló en siglos remotos por tener como quehacer la actividad más noble de todas: pensar.

En Europa no se honra a los asesinos de los juegos olímpicos de Múnich sino a un policía homosexual que dio su vida sobre los Campos Elíseos con tal de defender la divisa francesa. Es la tierra que enamoró a Borges, en la que Foucault era homosexual y profesor del Collège de France, en la que Elton John, Bowie y Mercury eran más que dioses bajo un reflector…

En la Europa que conozco y amo todo es posible. En ese sueño las iglesias se tornan en bibliotecas y universidades, Nietzsche mata a Dios todos los días, George Sand y De Beauvoir son más fuertes que el patriarcado. En esa Europa, Voltaire y Locke quedan fascinados por la libertad religiosa en Londres y Sartre nos invita a pensar y elegirnos a nosotros mismos antes que a cualquier ideología con la que hemos nacido (en esa misma Europa él y Simone se envuelven en sábanas con otros porque su amor es más fuerte y tangible que la hipocresía de la tradición). Ésa es la Europa tanto de Lutero como de Charlie Hebdo, Houellebecq y Bernard–Henri Lévy, donde las parisinas toman el sol mostrando libremente sus senos desnudos a las orillas del Sena. En Europa no se honra a los asesinos de los juegos olímpicos de Múnich sino a un policía homosexual que dio su vida sobre los Campos Elíseos con tal de defender la divisa francesa. Es la tierra que enamoró a Borges, en la que Foucault era homosexual y profesor del Collège de France, en la que Elton John, Bowie y Mercury eran más que dioses bajo un reflector; es donde está el pueblo que prefiere rockear con los Beatles y los Stones que escuchar misa.

He repetido hasta el cansancio algo que considero una sentencia inquebrantable: antes de establecer una postura, punto de partida, opinión o argumento hay que pensar: hace falta saber criticar y discernir. No tomar la salida fácil sólo porque nos ofrece soluciones simples, rápidas y cómodas, sino que nos enfrentamos a los más grandes demonios del pensamiento para discutirlos, criticarlos. Todo es (debe ser) criticable. Ni Francia ni Europa ni el mundo árabe ni el mundo se van a salvar a costa del lamento en redes sociales, el miedo a hablar, la quietud, la sumisión y la corrección política. Nadie va a salvar al mundo a costa de inventar apologías del terror para evadir como cobardes e inútiles el enfrentamiento con el horror que nos tocó vivir en nuestro siglo.

Reaprender a pensar los problemas de nuestro tiempo es la labor de todo ser humano para alejarnos cada vez más del miedo y las opiniones que lo sustentan. Bajo tales ideas sólo podemos esperar llegar al punto donde el monumento más icónico de Francia no requiera jamás de electricidad por las noches. Nos hundiremos en una oscura noche eterna. ®

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Publicado en: Ensayo


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