Hemingway, a medio siglo

La impostura literaria de un muerto

Héroe condecorado y corresponsal de guerra, amante de la tauromaquia, bebedor consumado, cazador de grandes bestias —la mayor, él mismo—, boxeador, mujeriego, aventurero impertérrito, monstruo literario; Nobel y Pulitzer, por si fuera poco.

Hemingway

Una foto de los últimos años: la barba encanecida, un poco de pelo ralo hacia la frente arrugada, la mirada profunda del que ha visto el mundo: un hombre de éxito, Ernest Hemingway: el escritor y el suicida.

Desmitificarlo es humanizarlo. Sus letras lo traducen. Su búsqueda incansable de algo más allá de la mundanidad plaga cada una de las páginas de sus libros que acuden a humanos en situaciones extremas: la Guerra Civil española, la Segunda Guerra Mundial, el enfrentamiento del hombre con la naturaleza, contra las bestias que temen tanto o más que quien las enfrenta, la terquedad y la obsesión de obtener y mantener la presea buscada.

¿Dónde termina la obra y dónde termina el hombre que la escribe? Más allá de los elogios a la obra de un valor de la literatura mundial como Hemingway —casi manual de redacción en cuanto a estructura y estilo— está la consideración de ese adventure man, action heroe que llegó a calcular personalmente haber matado poco más de 120 soldados durante su participación en la Segunda Guerra Mundial; de uno de ellos escribiría: “Cuando cayó, le disparé a la cabeza. El cerebro le salió por la boca o por la nariz, creo”.

Los personajes de Hemingway tienen ese toque de él mismo: rayan en el cinismo antipolíticamente correcto, dan bandazos de menosprecio o subyugan a sus propios sentimientos los de los demás, llegan a ser incluso egocéntricos. Las tragedias que los rodean son incentivos para continuar la aventura, el riesgo es impulso, motivo y objetivo.

Sacralizarlo en el 50 aniversario de su muerte es abonar la leyenda del escritor cuya foto desfiló en las portadas de Life, que sacudió el periodismo narrativo, que se encumbró con Ezra Pound o F. Scott Fitzgerald, pero le robaba cámara a William Faulkner, al tiempo que se contrapuso ante el trabajo de autores como Norman Mailer o Truman Capote. Ese monstruo literario con características para ser venerado pese a estar en constante lucha contra sí mismo.

Hemingway crea en la literatura una estética de individualidad y brutalidad que acompaña cada cuento, relato, novela o texto autobiográfico, se delata en cada enunciado embriagándose de esa hambre de libertad que solamente se satisface en la vivencia de la aventura constante. No son sólo toros, leones, elefantes o soldados; son mujeres, amigos, hermanos, hombres comunes o como él los que enfrenta. Incluso los animales de sus textos tienen algo de él mismo.

Hubo un choque, y sintió que salía despedido por los aires. Empujó la espada mientras se alzaba del suelo y volaba, y se le escapó de la mano. Golpeó el suelo y ya tenía el toro encima. Manuel, desde el suelo, pateó el hocico del toro con la zapatilla. Dio patadas y patadas, pero seguía teniendo encima al toro, que no atinaba a cornearlo de lo emocionado que estaba, empujándolo con la cabeza, clavando los cuernos en la arena [El invicto].1

En la literatura del autor estadounidense el deseo de avanzar, allanar y obtener la presa se entrelazan incluso con la derrota, pero que no llega como conclusión resignada, sino como condición de entender que se puede caer y no ganar, por eso la necesidad de seguir y, cuando ya sea imposible, cuando se carezca de los redaños o las habilidades, entonces darse por descontado, por sí mismo: si nada ni nadie ha podido terminar ahora conmigo, he de hacerlo yo, ¿qué más egocéntrico y cínico se puede ser?

Aunque se ha de volver a la obra y encontrar ahí el Hemingway de la precisión en el uso de la lengua, de la palabra. No llegó a la exquisitez en la búsqueda estética de Gustave Flaubert, quien leía las palabras escritas o los textos completos en voz alta, en la prueba del “gueuloir”, o del oído, durante el proceso de elaboración, pero supo evitar los ornamentos innecesarios, aislarse de la retórica, encontrar el adjetivo exacto, sin excesos.

Hemingway crea en la literatura una estética de individualidad y brutalidad que acompaña cada cuento, relato, novela o texto autobiográfico, se delata en cada enunciado embriagándose de esa hambre de libertad que solamente se satisface en la vivencia de la aventura constante.

Dice de él Gabriel García Márquez: “Con menos inspiración, con menos pasión y menos locura, pero con un rigor lúcido […] Hemingway es el que más ha tenido que ver con mi oficio. No sólo por sus libros, sino por su asombroso conocimiento del aspecto artesanal de la ciencia de escribir”. Y el propio Hemingway señalaría en una entrevista con George Plimpton: “La cualidad más esencial para un buen escritor es la de poseer un detector de mierda, innato y a prueba de golpes. Ése es el radar del escritor y todos los grandes escritores lo han poseído”.3

La escritura de Hemingway es tan certera como su puntería al levantar el rifle: ya sea el león, el elefante, esa bestia natural es similar de la bestia literaria a vencer para dar paso a creaciones que lo rebasaron, pero que luego sucumben o son presa de la fama del autor.

El Hemingway aventurero es más popular que los títulos de sus obras. Pero el aventurero termina por cansarse también. Si bien en las postrimerías de su oficio logra su obra más popular, El viejo y el mar (1953), por la que obtiene el Premio Pulitzer, Hemingway el hombre devela en Santiago la soledad que antecede al final: ni el hombre más acompañado deja de estar algo solo al acercarse al ocaso.

Es Santiago frente al mar, frente al pez que es él también, ante los tiburones, el sol, la piel ardiendo, el sabor a sal, que adereza pero que en exceso llega a escocer. El viejo pescador de la costa caribeña, “Allá arriba, junto al camino, en su cabaña” se va a dormir nuevamente. El viejo Hemingway el escritor, junto al lago, en su cabaña, toma una escopeta y se mete un tiro en la cabeza.

“Cazo y pesco porque me gusta matar, porque si no matara animales me suicidaría”, dijo alguna vez. Cuando la caza terminó, el cazador se entregó, igual que sus muertos, a la naturaleza. El autor malogrado, la leyenda recién surgida: la impostura literaria de un muerto. ®

Notas
1. Ernst Hemingway, Cuentos, México: Random House Mondadori, 2007.
2. E. Hemingway, ibid.
3. Vv. Aa., El oficio de escritor, México: Ediciones Era, 1968.

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Publicado en: Ensayo, Julio 2011


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