House of Cards, el control del juego

En la intimidad del poder

Frank Underwood: retorcido maestro maquiavélico, que no ofrece lecciones a ningún príncipe, sino al espectador, no tanto para aleccionarlo como para invitarlo a presenciar, mediante su mirada cómplice, el espectáculo de la política, donde nuestra entrada está garantizada siempre y cuando aceptemos que es él y sólo él quien lleva la mano ganadora.

El poderoso Kevin.

El poderoso Kevin.

Sobre un fondo negro súbitamente se escucha el rechinido de las llantas de un coche, un choque y el lamento de un perro. Un hombre sale de la puerta de su casa y se dirige adonde se encuentra el animal moribundo. Mirando oblicuamente en dirección a la cámara, mientras acaricia al perro, comienza un monólogo en el tono sentencioso de un profesor: “Hay dos tipos de dolor: el que nos fortalece y el dolor inútil, el que sólo es sufrimiento. Yo no tengo paciencia para las cosas inútiles”, concluye la oración al tiempo que ofrece una puesta en práctica de su máxima: asfixia o tuerce el cuello al perro.

Con esta secuencia comienza House of Cards (2013), serie original de Netflix —producida, entre otras personas por David Fincher, quien también dirige un par de capítulos— protagonizada y producida por Kevin Spacey en el papel de Frank Underwood, un cínico, complejo y seductor político, coordinador de la mayoría de la Cámara de Representantes, quien introducirá al espectador en la trastienda del poder: desde las negociaciones con los líderes sindicales, pasando por el “cultivo” y la creación de candidatos manipulables a puestos de elección popular, las perversas relaciones entre los reporteros y los políticos, hasta el lobbying de las grandes corporaciones y su influencia en las decisiones que dictan la política de Estado.

Lo que hace al espectador sentir que no sólo está atestiguando el ejercicio de la Real Politik sino que incluso es partícipe y hasta cómplice de este gran seductor, es la estrategia narrativa que se utiliza a lo largo de la serie: en los momentos más dramáticos y tensos, en un movimiento anticlimático, el congresista hace una pausa y mira a la cámara para dirigirse directamente al espectador, con la misma familiaridad del maestro aleccionando a su pupilo: señala las fortalezas y debilidades del o los interlocutores, nos explica con la paciencia de un experimentado ajedrecista el sentido de la jugada que está por hacer, hace algún comentario irónico sobre el adversario o la situación, dicta máximas; en pocas palabras, nos muestra su mano en el juego de cartas que es la política, antes de volver a interpretar su papel o retomar su cara de póker: necesariamente nos pone de su lado.

“Lo que tienen que entender de mi gente es que son gente noble: la humildad es su manera de expresar orgullo, su fortaleza, su debilidad. Si uno puede ser humilde ante ellos, harán cualquier cosa que les pidas”.

Mediante esta estrategia el espectador está —o por lo menos eso cree— viendo el mismo juego de Underwood, sus mismas cartas y se vuelve partícipe, cómplice de la jugada; además, se hace evidente la política como representación de papeles, como enfrentamiento de tahúres donde no necesariamente gana quien tenga la mejor mano, sino quien sepa leer y anticipar con mayor precisión los gestos del adversario, blofear sólo si se está dispuesto a apostar hasta la última ficha y, en caso de perder, no abandonar la mesa y mantener el rostro impasible antes de empezar la siguiente puja.

He aquí algunas de las máximas de Underwood:

“Los amigos son los peores enemigos”.

“La generosidad es su propia forma de poder”.

“No hay mejor manera de borrar rastros de dudas que una marejada de verdad desnuda”.

“No somos más que los que decidimos revelar”.

“La proximidad al poder hace creer a algunos que lo tienen”.

“Lo que tienen que entender de mi gente es que son gente noble: la humildad es su manera de expresar orgullo, su fortaleza, su debilidad. Si uno puede ser humilde ante ellos, harán cualquier cosa que les pidas”.

“El dinero es la gran mansión en Sarasota que comienza a derrumbarse a los diez años. El poder es el antiguo edificio de piedra que dura siglos. No se puede respetar a alguien que no vea la diferencia”.

El elenco del poder.

El elenco del poder.

Pero de todas, la que probablemente mejor defina al personaje es la siguiente: “No hay consuelo arriba ni abajo: sólo nosotros, pequeños, solitarios, esforzándonos, luchando los unos con los otros. Yo me rezo a mí mismo, por mí”.

Frank Underwood: retorcido maestro maquiavélico, que no ofrece lecciones a ningún príncipe, sino al espectador, no tanto para aleccionarlo como para invitarlo a presenciar, mediante su mirada cómplice, el espectáculo de la política, donde nuestra entrada está garantizada siempre y cuando aceptemos que es él y sólo él quien lleva la mano ganadora, y que el verdadero premio no es llevarse todas las apuestas sino saber perder de vez en cuando y decidir a quién permitirle ganar de manera que nos acerque más a lo que realmente importa: controlar el juego. ®

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Publicado en: Octubre 2013, Televisión y videojuegos


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