HUBERTO BATIS, EL SÁBADO

y una noveleta…

Presentación de estos dos textos que presento

Para la presente edición de Replicante, dedicada a periodismo y periodistas, consideré justo, oportuno y hasta urgente volver la mirada hacia el maestro Huberto Batis y su suplemento Sábado. A nueve o diez años de bajado su telón, cabe la objetividad suficiente para opinar que ese suplemento fue —gracias a su director— el evento cultural más importante de las últimas tres décadas del siglo XX en México. El suplemento se encuentra en hemerotecas, su historia y valía cualquiera puede conocerla y juzgarla, pero yo estuve adentro y creo que los dos textos que rescato ahora contribuirán a formar un esbozo de tan misterioso suplemento: misterioso, sí, pues resulta increíble —todavía hoy— que haya podido existir y trascender como lo ha hecho, aunque de momento aún se le regatee importancia. Así, presento dos textos, uno acerca del suplemento y de Batis, otro acerca del Huberto que me tocó vivir y por el que ciertas camarillas que aborrecen al editor tapatío me han puesto el exquisito mote de “escudero de Batis”. Este segundo texto —escrito cinco años antes que el otro— fue publicado en el propio suplemento Sábado y —años después— fue recogido por el propio Batis en Por sus comas los conoceréis (México: Conaculta, 2001).

I. VEINTICINCO AÑOS DE HONESTIDAD

Para esta ocasión tan especial me pareció pintiparado este rescate de mi presentación del libro Huberto Batis. 25 años en el suplemento Sábado de Unomásuno, pronunciada en un mano a mano con Huberto Batis en la Ciudad de México el 5 de julio de 2005 en la Casa Lam.

Durante la dramática e incomprensible confusión de la Guerra Civil española, Rafael Alberti escribió:

Hace falta estar ciego
Tener como metidas en los ojos raspaduras de vidrio
Para no ver la luz que salta en nuestros actos.

He citado de memoria porque no tenía a mano la referencia cuando garrapateé estas hojas. Dicen algunos que el poeta gaditano llegó a ser panfletario. Don Camilo José Cela —fascista genial— dijo que era maricón.

Algunos —quizá muchos— no comprenden qué hacemos aquí, por qué insistimos en darle candela a un suplemento muerto. Habría que responderles, en sus miopes términos, que somos necrófilos, que creemos en la reencarnación y que los más radicales confiamos —con astigmatismo platónico— en la trasmigración de las almas. Para los amigos la respuesta es otra: si sábado estuviera muerto nosotros no estaríamos aquí y, si esto fuera su velorio, por lo menos yo —experto en inhumaciones— no me habría vestido de negro.

Se me invitó a presentar un libro, así que debo restringir mi verborrea a eso. Al libro, su hechura, su autora (et al.), sus temas, su forma y sus personajes, sólo y quizá destacando un poco al protagonista… ¡Pero qué gran ridículo haría yo si a estas alturas viniera a tratar de presentarles al maestro Huberto Batis!: para eso hay multitud de libros —éste entre ellos—, hemerotecas, páginas de internet y hasta epitafios avant la morte. Pero sobre todo, lo que tenemos para saber quién es Huberto Batis es a Huberto Batis, el conocimiento de lo que ha hecho y las ganas de reconocerlo.

Poco más puedo yo añadir acerca de Huberto Batis. Cosas que hablan de otro tipo de experiencias: Huberto es un encaminador de almas y un amarranavajas extraordinario. Lo demás ya se sabe: que es un hombre épicamente temible: “¡Canta oh diosa la cólera del tapatío Huberto, cólera funesta que causó tantos males entre los escritores…!” Tal cántico debería terminar diciendo con Homero que sin Aquileo y su diosa protectora todo se habría perdido, y esa prenda vana (Seferis dixit) llamada Helena nunca hubiera inspirado a un bardo ciego que tampoco existió. Nadie se confunda, eso sí, Huberto no tuvo, que se sepa, más Patroclo que sábado. Se sabe que Patroclo y el pélida Aquileo se daban cita en la tienda del legendario semidiós para “cuchiplanchar”. Eso no pasaba en la oficina de Batis, aunque me sentí muy halagado por las miradas que me obsequió Enrique Alonso Cachirulo —como ofreciéndome mi chocolatote—, y no fueron menos soeces mis miradas para Mónica Linarte, hermosísima persona de triste destino.

Sé de tres sábados suplementos de unomásuno: el de Benítez (que fue de Benítez y Batis) el de Montiel (que fue el último y fue de Montiel y, por su afán justiciero, también de Batis) y el de Batis, que fue de Batis y es del patrimonio cultural del México contemporáneo. Yo sólo conocí las entrañas del último que dije y que fue el segundo: el multimentado “sábado de Batis”, al que prefiero referirme, para abreviar, mediante el acrónimo SaBatis.

Las presentaciones de libros se prestan para lambeteos abominables. Lo evitaré en lo posible. La presentación de un libro no puede ser un inventario nostálgico de vivencias, tampoco un ofrecimiento de disculpas, una explicación de nada a nadie, ni mucho menos un mea culpa ni un mea a todos… Quienes me conocen y esperan de mí un ajuste de cuentas se verán parcialmente defraudados.

Huberto Batis. 25 años en el suplemento sábado de unomásuno, así como el propio suplemento del que trata, serán valorados más en el futuro. Generaciones por venir apreciarán hallar ahí a muchos escritores que para entonces también serán reconocidos por su calidad literaria (algunos ya lo son, no siempre por su calidad, hay que decirlo), por sus aportaciones innovadoras, por su inventiva y arriesgue y porque dejaron su huella o marcaron un estilo. Actualmente los protagonistas de sábado aún estamos vivos y algunos siguen por la escalera de subida. Hay resentimientos, malas voluntades y muchos escritores que empezaron desde abajo, es decir y según su mirar, en sábado y que —como lo señala en el libro Alejando González Acosta, el Cubano, compinche de ignominiosos lances— ahora reniegan de lo que consideran un turbio pasado o algo así, quizá porque Batis siguió publicando a jóvenes desconocidos y locos junto a aquellos que empezaron a sentirse divos. Son, en palabra de Pura López Colomé, los cuervitos que abandonaron sábado sintiéndose parte del jet set, muchachos exquisitos de segunda división y en un país del tercer mundo, como lo diría El Gran Cocodrilo.


Este libro que presentamos es una compilación de diversidades en torno a sábado y Batis. Tampoco aquí hay mucho que decir. Entrevistas, homenajes públicos, opiniones recogidas en publicaciones, divanes y desolladas fueron reunidos por Catalina Miranda con la idea de presentar una idea general de lo que fue esta epopeya editorial de entremilenios.

El libro en principio era una tesis, sí, pero fue tal el afán, el esmero, ustedes lo verán, que mereció ser libro. Y un libro, además, que no anduvo buscando el visto bueno de los catadores de manuscritos ni pidió permiso de existencia a nadie, como no lo hacía sábado. La persona a quien Batis dijera “empiezas a pensar como editora” optó por ser editora de sí misma y hacer este regalo a la cultura y los anales de un tiempo difuso, de una generación x, XXX o AA. Catalina prefirió plantarse a dar la cara y dar fe de años como testigo, en vez de andar por ahí de chambona repartiendo su currículum. Los historiógrafos del futuro tendrán que estar agradecidos. Basta ver a sus actuales colegas ratonando en archivos y bibliotecas para pepenar cachitos de queso. Pero sobre todo, si, como decía O’Gorman, la historia nos habla más del historiador que de los hechos, hay que agradecer que en este caso el historiador sean los hechos mismos y los testimonios apenas tocados por la obstinación de Catalina, asistida por la vocación preservadora —que no conservadora— de Huberto. Habría que ser muy mezquino para no destacar la generosa laboriosidad con que está hecho este libro. Se trata de un trabajo de dimensiones impensables, al menos para los que conocemos, así sea a ojo de águila, la riqueza o abundancia de los archivos de sábado y de Huberto: fotos, textos, pinturas, artesanías, todo un mundo de arte dedicado a SaBatis, motivado por SaBatis y preservado por SaBatis en la medida en que lo permitió el devenir.

No he venido a ajustar cuentas, Batis nunca me permitió usar sábado para eso, pero tampoco se me pida prudencia. Aristóteles tenía a la prudencia como la más valiosa y elevada de las virtudes. Así, prudentemente, cobardemente, se le ocurrió una de las más famosas salidas toreras de la historia, cuando dijo aquello de “No quiero que Atenas vuelva a pecar contra la filosofía”. Y puso pies en polvorosa rumbo al prudente exilio (no como el pendejo de Sócrates que se bebió la cicuta por puro afán supersticioso). No obstante, si prudencia es hacer lo indicado en el momento indicado, sábado, Batis y este libro son cosa prudente, aunque socialmente impertinente, pues una de las cosas que se saben es que Batis mismo es un pecado cultural y que ser amigo de Batis es un grave error en términos de corrección política.

Hablemos de sábado, que el libro ahí está para que ustedes lo lean, hoy o dentro de cincuenta años. Mejor dentro de cincuenta años, los que lleguen. Sábado no tiene una generación de sábado: todos pasaron por ahí, desde putas aficionadas a la pluma hasta escritores afectos a emputecerse. Fue un suplemento para académicos, intelectuales, payasos, críticos, escritores de toda calaña, hippies, punketos, darketos y neovamps, pero también jonkies, grupies y becarios. ¿Qué droga no pasó por la cuneta de sábado? Desde esas antiguallas que son el chupe desenfrenado, la Mary-Poppins, la coca o la heroína hasta las modernísimas piedras, el crack y las tachas. No faltaba quien sobrellevaba el asunto sin —al menos que se supiera— psicotrópicos: lamentablemente se notaba en sus escritos. Sería preocupante que pudiéramos hablar de una generación de sábado: estaríamos ante una contradicción de principio, pues sábado fomentaba, cultivaba y cosechaba diversidad, ése fue su mérito mayor, ésa es su fórmula de inmortalidad. Borges nos dirigió unas palabras: “Muchas y divergentes mitologías urdieron los histriones; unos predicaron el ascetismo, otros la licencia, todos la confusión”.

Y está eso de las generaciones que nadie sabe qué son. Hasta se inventaron por ahí la del Xel-Há haciendo un batidillo entre Rafa Pérez Gay, Fadanelli y Montiel, al que luego yo, en un escrito a vuelapluma que publicó Mauleón en Posdata me sumé junto con otra panda de occisos a los que metí sin su consentimiento. Todas las generaciones pasaron por Sábado, desde los colegiados y confesionales que hoy llevan la voz cantante hasta los escritores de La Onda, los de Plural y Vuelta, también los de nexos sin faltar algún mapache despistado, los del Crack, la contracultura, la literatura basura que prefiere El Willy, la Generación X, la que le sigue, la de las tachas y la de quienes con el dizque filósofo Sabater hacemos lo posible por eludir la chulería infértil y contumaz llamada “voluntad de estilo”. También abundaban, o abundábamos los Bartlebys, para hacer las delicias de esos zopilotes carroñeros que andan decidiendo quiénes son escritores venerables y quiénes sólo escritorzuelos inéditos: quiénes son los Domínguez y quiénes los Micheles (o Micheles —pronúnciese en francés, como es lo correcto). Todos somos destructibles uno a uno, pero las palabras de un mal lector metido a crítico por su incapacidad creadora no destruyen, por más padrinos que lo bendigan, un evento cultural como sábado.

En sábado no nos quedó de otra que hacernos gente con pellejo de rinoceronte. Vivíamos entre halagos y críticas y nunca sabíamos de cuáles temer lo peor. Los desolladeros propiciaban el padecer nuestro de cada sábado. Corren tiempos, en buena medida gracias al internet, de anonimatos fáciles, solapados por una realidad que deposita toda responsabilidad en las conciencias individuales, cosa que no está mal (el depósito, lástima por las conciencias). Anonimatos a veces discretos, a veces prudentes, siempre cobardes. Esa era el característica que tanto molestaba de los “desolladeros”. Sin embargo, a quienes tanto se molestaban habrá que recordarles que cuando se concede libertad se concede derecho a cobardías, bajezas y demás indecencias. El “desolladero” fue una idea genial de la que también gozaron los cobardes. E incluso, irónicamente, los mayores detractores del “desolladero” lo manifestaron mediante desolladas: eso no es error de conciencia, sino contradicción fragrante, pobreza intelectual y falta de congruencia.

Un don nadie por ahí, un pobre diablo que sólo fue alguien en sábado, fue a quejarse quién sabe dónde de que no podía colaborar sin mail y esas cosas. Tampoco se podía por fax: se trataba de un acto de comunicación propio de lo que fue sábado: los textos se comentaban con Huberto, se comentaba el acontecer nacional y cultural, se bromeaba y esa era la única “línea”: nos parecíamos entre nosotros porque nos nutríamos de los diversos manantiales que convergían en la oficina de Huberto.

En cambio, por poner ejemplos, Juan García Ponce y Pura López Colomé, desde su altitud y su íntima amistad con Huberto hablan de amor entre el editor y el suplemento. Algunos corregimos: No amor sino pasión —amor sólo en un sentido heleno, propio de Demócrito y sus átomos. Pasión, pero no itinerante, de efusiones aisladas, sino una pasión pertinaz que se reflejaba en algo que todos sabemos pero se ha destacado muy poco: trabajo. Batis es inagotablemente trabajador. Él me dio la muestra de cómo es posible trabajar 24 horas diarias, de cómo es que el trabajo salva de otros afanes, de nostalgias inútiles y sinsabores superfluos. (Me lo sigue mostrando ahora que quizá se aburre un poco a veces.) La salvadora “verdad superficial” a la que se refirió Conrad, depositada en el trabajo cotidiano era la manifestación de un apasionamiento al estilo de Goethe: “Como el astro, sin precipitación y sin descanso”. Pero también de Hamlet: “Traedme un hombre que no sea esclavo de sus pasiones y yo le colocaré en el centro de mi corazón”, y la de Stendhal: “Toda verdadera pasión no piensa más que en sí misma”. SaBatis no pensaba más que en sí mismo, ese era su amor, su atracción atómica, su somero desenfreno. Así, con esa pasión laboriosa fueron posibles los ejemplares y controvertidos, siempre excelsos, sábados de Batis.

Sábado fue un suplemento apasionado y además (que no por lo mismo) vehemente. Dice Norman Mailer: “No sé si la pluma es más potente que la espada, pero ambas alcanzan su mayor violencia cuando son empuñadas por hombres desmedidos”. En todas sus filas, hasta en su fin con la vehemencia patanesca y rufiana de Carmona y con la vehemencia de bien de Montiel al preservar el mando de Batis. Todos éramos, de una u otra forma, vehemencia pura. No había otro modo de ser ahí.

Hay que hablar de Montiel, quizá la última sorpresa grata que nos deparó sábado. Cuando Batis no tuvo más remedio que dejar la dirección de sábado con lo que terminó SaBatis, llegó Mauricio Montiel con palmarés sobrados, pero sin la soberbia que temíamos. Prefirió compartir sus propios conocimientos, adquiridos durante muchos años de afán, con la sabiduría apabullante de Batis. Lo conservó a su lado y lo elevó en la medida que se lo permitía su potestad. Conservó a muchos de los colaboradores y preservó cuanto él consideró pertinente. Quiso salvar sábado, darle 25 años más, pero todos conocemos la historia de unomásuno y, al igual que antes al maestro, al propio Montiel le quitaron su gracia. Se quedó con un palmo de narices. Nos quedamos con un palmo de narices y eso es muy lamentable. No fueron Batis y Montiel quienes lo resintieron más, sino la cultura en México, los buenos lectores y los buenos escritores sin camarilla. Yo había renunciado antes de que se fuera Huberto. Ofrecí buenas razones y no busqué reintegrarme en el sábado de Montiel: hubiera sido tanto como darle una puñalada a mi amigo y maestro. Puedo decir que tal vez de haber sabido cómo haría las cosas Mauricio, tal vez y sólo tal vez, habría esperado para permanecer, pero la paciencia nunca fue mi fuerte. Mucho menos la prudencia. Soy, como mi amigo Huberto, un hombre vehemente y desmedido.

Alberto Ruy Sánchez, alguien que sabe de qué habla, dice, también en este libro: “Una de las necesidades de un editor es saber decir ‘no’, nadie puede acusar a Huberto de ser demasiado blando. Si él publica a algún joven que a veces es atrevido y dice cosas que molestan a los otros, él sabe por qué; Batis no es un editor inocente. No es alguien que deje pasar la mala calidad”. Ese es un punto notable. Las tales páginas de orates y demás cosas molestas para los detractores no eran políticamente correctas, pero no pecaban de falta de calidad, Batis no lo hubiera permitido: eran parte de la valiosa exploración de nuevas formas y nombres por las que se le ha alabado tanto.

¿Cómo fue posible el sábado de Batis? Creo que, si he de buscar un quid, éste consiste en que sábado vivía de los colaboradores. Esto quiere decir que el capital de sábado eran todos los bienes “inmateriales” que hacían necesario para nosotros colaborar ahí: la libertad de expresión, la tertulia constante, el aprendizaje infalible y mil etcéteras. Sábado, sin dinero, tenía un capital del que nadie más ha gozado y que era producto de la sobresaliente inteligencia de Huberto: ese capital era la bonhomía —en muchos sentidos— que ofrecía sábado a sus colaboradores. Me pregunto si Benítez se refería a esto cuando dijo que para hacer sábado se necesitaba un Batis.

Además, para muchos de nosotros era divertido todo aquello. El SaBatis vivía en el filo de la navaja (en este libro dice Fadanelli: “Es el único suplemento que arriesga en México y que se suicida todos los sábados, y que sobrevive hasta el siguiente”), constantemente jugando con fuego y experimentando con uranio enriquecido que muchas veces resultó empobrecido y hasta paupérrimo. Se afanaba en que todo estuviera bien, pero parte de estar en lo justo, lo correcto, implicaba eludir la episteme en favor de la doxa. Eso, desde tiempos de Pericles, ha implicado riesgos tremebundos: muchas cosas que estuvieron bien, a muchos, incluso a Batis, llegaron a parecerles, no sólo mal, no simplemente patéticas, sino franca y abiertamente de la chingada. SaBatis nunca jugó a lo seguro, era parte de su vehemencia, por eso mismo saBatis no está seguro de haber muerto y se obstina en vivir, pero sobre todo muchos que lo quieren muerto lo resucitan con sus improperios y sus mentecatas faltas de respeto.

Si durante muchos o pocos años transitamos la pasión y la vehemencia como virtudes invasoras de nuestras propias vidas: ¿quién puede ahora quitarnos algo de eso? Que algunos renuncien a ello sólo habla de que estaban disfrazados. Pero a nosotros, los que hoy estamos aquí, nos sobra ser invitados a cuidar nuestro patrimonio y añadir a tal exigencia tres versos de Gracilazo sobresalientemente importantes y conocidos:

…si no sospecharé que me pusisteis
en tantos bienes porque deseasteis
verme morir entre memorias tristes.

Por los demás, los que faltan, los que se fueron porque les dio la gana, pues buen viaje. Los que no nos quieren o nos quieren tanto que quisieran ser como fuimos nosotros, les deseamos suerte (muchos números en sus suplementos, mucha gloria merecida y muchos libros post mortem): gracias por tanto amor, hagan lo que quieran, pero no finjan que no les advertimos que vuestra entrega pasional no es deseada ni correspondida por nosotros: eviten los lloriqueos de adolescente despechada al final de esta saga mediocre que os habéis inventado. “Allá otros muertos que entierren como Dios manda a sus muertos…”, que a nosotros siempre nos quedará París.

Llevamos cinco años de exequias fúnebres para sábado y Batis y al cabo resulta que ninguno de los dos se nos muere: ¿qué será lo que tiene el negro? No existe, hoy, nada equiparable, así sea sólo por diversidad e interactividad, ya ni hablar de libertad y honestidad. Haría falta un Batis (Benítez dixit) pero también un capital: ese capital es el mencionado hace ya buen rato, capital que otros no tienen, de modo que se valen de mercenarios esforzados y, por tanto (en su mayoría), abigarrados.

El entierro ha sido lento y difícil y los sepultureros corren el riesgo de que les resucite el muerto; no es amenaza, pero todo puede pasar. Parafraseando, como siempre: Creo que los suplementos condenados a 25 años de honestidad merecen una segunda oportunidad entre las letras. ®

Ciudad de México, 5 de julio de 2005

II. TRES AFRENTAS SUFRÍ Y POR ESO TE AMÉ

Cápsulas memoriosas para celebrar los primeros 20 años de sábado

[La siguiente noveleta ha sido publicada en sábado y en Por sus comas los conoceréis, de Huberto Batis]
A mi maestro, amigo, hermano y pater Huberto Batis, “zar del periodismo cultural” y cosaco en el invierno de la libertad de expresión.
“Por la libertad, Sancho, como por el honor,
se puede y debe aventurar la vida”
—Miguel de Cervantes Saavedra

El niño que quería ser poeta

Muchas veces, durante lapsos de dramatización de mis pequeñas desgracias, le dije a Dios que me privara de todo talento, de toda sensibilidad e inteligencia, pero me permitiera ser feliz. Ahora, que intento valerme de esos atributos para ser feliz a través de la literatura, pido a Dios que me libre de dramatizar desdichas menores para encontrar en cada letra el verdadero drama de la vida, más allá de la “comedia humana” o todo canto de macho cabrío, lo que significa ‘tragedia’. Entre aquéllas oraciones y las de estas noches frías de un raro octubre, en las que sólo pido por la salud de mi pequeño Álvaro Cristóbal, todo ha cambiado salvo que desde que tenía el tamañito de mi hijo quería ser poeta, y que ahora, como fue y será, desconozco el fallo del destino.

¿De dónde son los poetas?

“Mamá, yo quiero saber…” Y ella me regaló su libro de Antonio Machado. Papá me entrenaba para los concursos de declamación. Me ayudó a modelar mi memoria para las palabras, a relacionarme con ellas en cuerpo, alma y mente, y a enfrentar a otros para ganar, siempre ganar. No me enseñó que en la poesía no existe más ganador que quien logra leer un poema y encontrar en él las voces de su espíritu; eso lo aprendí de mamá.

Disonante, asonante y consonante

Estudié en el Instituto Luis Vives, ya desde el nombre una escuela de poetas. Ahí habían estudiado Pancho Segovia y Aurelio Asiain, y en mi época estudiaban Eduardo Vázquez Martín, Pablo Soler Frost y Alberto López Fernández. Terminado el bachillerato elegí Arquitectura en la UIA. Sobre la carrera, parecía amalgamar arte, ciencia y tecnología y yo, como corresponde a un poeta, era un todólogo en cierne; sobre la universidad se suponía que “en todos lados hay todo tipo de gente”. Ambas cosas eran falsas: los arquitectos no quieren formar arquitectos sino esclavos de restirador y en la UIA, como dice Juanjo, no se pagaba colegiatura sino cover (aunque merecen mención aparte Santiago Vidal y el enorme arquitecto Chema Buendía). Dos años tardé en asumir la equivocación. Cuando lo hice no había duda de que mi sitio era la UNAM y las carreras pertinentes, aunque pensé en muchas, eran Letras Hispánicas y Filosofía. La primera me haría un gran crítico pero no ayudaría a mi creación; Filosofía me abriría mundos mentales y me ofrecería una imprevisible relación con el lenguaje: una mezcla equilibrada de buena filosofía y ocio —ocio despierto en el sentido heraclíteo— puede generar arte. Lo demás son técnicas que se aprenden fácil y se abordan al principio desde la imitación, no hay de otra. Tan absolutamente como que “Salamanca non da lo que Natura non presta” (Unamuno dixit) y el que no tiene vivencias y fondos que volcar nunca será digno del reino de la poesía, ni a través de la prosa, ni a través de la plástica, ni a través de la administración de empresas, porque la poesía es una actitud endógena, nunca una afección exógena, una corbata elegante o infatuación cualquiera. Platón y Kant, ambos, soslayarían sin reparos el problema: la poesía, cuando está, es aporística; se le puede recordar o desarrollar pero no aprender, porque es un atributo del espíritu.

Dioses y demonios

La Facultad de Filosofía y Letras era un hervidero de vacas sagradas. Recuerdo cómo me impresionaba durante los primeros meses ver por ahí a Ramón Xirau, a Rubén Bonifaz Nuño, a Sánchez Vázquez. Gonzalo Celorio iniciaba su despegue hacia las bellas artes de la polaka akadémica. La tristeza congénita de Arturo Souto era insoportable y la arrogancia de Salvador Elizondo, unida a su valor como las pulgas al perro, era una afrenta: “Desconfía de los que usan morral”, decía a sus alumnos y “veo rostros nuevos… ¡Horriiibles!” a sus oyentes. Pero la fama suele provenir de los abyectos y a un maestro sólo puede conocerlo un discípulo, rango de honor aplicable al alumnado. Ramón Xirau desaparecía en el aula con su vocesilla inaudible y sus disquisiciones insubstantes, como desapareció del Instituto de Investigaciones Filosóficas sin dejar de cobrar sus rentas, como desparecerá de la historia con todos los que se acogieron bajo los réditos de un solo éxito o de las circunstancias: si me pregunto qué sería de mí si fuera hijo de Joaquín Xirau siento piedad por Ramón. Juliana González arrastraba su cauda de idólatras, mientras, sin hacer a un lado su idolatría al gran Eduardo Nicol, se procuraba, como Celorio, un lugar en el limbo equivocado. En la oscuridad se movían otros a los que nadie aludía porque no les entendían ni habían sembrado elogios. Verdaderos maestros que, como tales, eran más bien temidos y odiados y rarísima vez encontraban un discípulo, de modo que se encerraban en la altísima cumbre de su inteligencia, donde nadie mancillara sus reflexiones. Para llegar a ellos había que volar, no trepar. El enorme esfuerzo pocos lo hacían y los encéfalos de esos sabios se quedaban, bajo arresto domiciliario, lejos de sus corazones en un enredo trágico de amor perpetuo en el que afectos y saberes convivían sin cohabitar como amantes vencidos. Dios sabe bien en quién estoy pensando. Al margen de lo poco o mucho que aprendí de él, me enseñó con su ejemplo que el precio de ser es increíblemente alto y que la única arma que tenemos es el Amor, sea al conocimiento, a nosotros mismos o a los nuestros, trátese de humanos, de gatos o de Ejemplos. Me enseñó que el sabio está más cerca del bruto que del iluso o el jactancioso y que el sabio no pierde tiempo en intentar serlo.

Todos somos Rimbaud

Mi paso por arquitectura me permitió llegar a la UNAM cuando mi círculo de amigos estaba asentado. Las chicas querían ser como Anamari Gomís; los hombres como El Papirolas —hasta que nos enteramos de que era chiva de rectoría. El galán del grupo era Julio Patán; la musa —adorada intangible—, Sofía Ortiz —lo que hizo de todos practicantes de la filoSofía—, puertorriqueña que al fin entregó su voz de nube viajera a un pura sangre: Juan García Oteyza. Los demás hacíamos lo posible por autodestruirnos con elegancia: algunos mediante drogas o alcohol; otros enemistándonos con alumnos, maestros, materias, porros y exámenes; todos buscando pleito y sexo permanentemente. Eramos poetas malditos y había que actuar como tales. Pero ninguno tenía esa vocación y al final todos resultamos alumnos destacados con excelentes promedios. Es una vergüenza: ¡si por lo menos alguno se hubiera suicidado! Muchos lo hicieron intelectualmente… Mas sí. Hubo un suicidio, aunque años después, lo que me hace corregirlo todo: ¡si ninguno se hubiera suicidado! Baste para llenar un cáliz mi llanto por Manolo Begné.

Un Dante sin Virgilio

Los que no venían de almohada de plumas se habían apresurado en procurarse protectores. Yo estaba distraído de esas cosas y alternaba mis exámenes extraordinarios, preparados a última hora, en los que siempre saqué “sobresaliente”, con mis estudios de lógica y mis tres pasiones irrefrenables: la literatura lírica, el sexo y los pleitos. Leer y escribir eran y son, para mí, actos inseparables. Mi obra empezó a ser prolífica y ordenada. Me asusté: ¿qué hacer con todo eso? ¿Dónde meterlo, guardarlo, esconderlo, sepultarlo…?

Un ser legendario

Una materia, optativa para los estudiantes de filosofía, era imprescindible para quienes buscaran ser escritores: “Teoría literaria” con Huberto Batis. Lo decían los dormidos y los despiertos, y decían, unos y otros, que con ese hombre “poco y bueno”. No se trataba del capitán Achab, sino de Moby Dick. Para mi desgracia, durante ese último año de estudiante, el Caterpillar estaba de “sabático” (de año sabático, pues sabático ha estado desde hace años). Nunca fui su alumno ni lo vi siquiera, lo que lo preservó, para mí, en la leyenda.

La femme

Al entrar al aula para la primera clase del primer día del primer semestre vi a una muchacha que me pareció, más que bonita o guapa, cachonda. Yo era guapo y engreído así que no hice más que enterarme de que existía y olvidarla antes de terminada esa clase. Puedo asegurar que la Facultad entera estaba enamorada de Merceditas, aunque yo lo ignoraba, como ignoraba que ella se derretía por mí. Un día me dijo Sergio Cabado: “¡Mirá qué culo!” Ciertamente era digno de verse. Pasamos a su lado mirando impertinentemente y, tras admirar su cuerpo, admiramos su cara. Yo me admiré de mi ceguera. Era ella. La pretendí durante diez minutos y nos fuimos a mi casa. Ahí me enseñó el tamaño de sus verijas con un felatio largamente deseado por ella y que a mí me convenció. Mi largo noviazgo con Celina había terminado por mis desatenciones, así que me dejé envolver por Afrodita transfigurada en boa. En adelante y por mucho tiempo Merceditas había de ser mi todo.

Un hombre de bien

Yo, el inalcanzable, el superhombre, el más engreído de los seres, estaba dispuesto a todo por ella. Me ufanaba de coger dos veces diarias y darme tiempo para sacar las notas más altas, ser becario sin beca en el Instituto de Investigaciones Filosóficas y trabajar, ahí mismo, en el Departamento de Ediciones. Tenía dinero, éxito y fama. Y también poder, porque en esa etapa de la vida nada confiere más poder que tener la mejor vieja: ser el “macho dominante”. Tenía poder, además, porque hacía deporte —yo le puse “30-30” al equipo de futbol que yo mismo hice expulsar de la liga intentando ahorcar a un árbitro— y no había cristiano que me resistiera un derechazo o lograra madrugarme. Era todo un neorrenacentista, hasta por mi forma de concebir a mis dioses. Y era un clasicista por mi inflexibilidad a la vez que un romántico por mi pasión. No es raro: siempre fue Beethoven el regente de mi espíritu.

Los Adioses. Requiem en tres movimientos

Mis amigos escritores, con Fernando Fernández a la cabeza, me dieron un imperdonable esquinazo cuando fundaron Milenio. Supe que no eran amigos y de algunos tengo ya la certeza de que tampoco eran escritores.

León Olivé, con mi plena cooperación, me quitó la beca honorífica del Instituto que mangoneaba a capricho y me presionó hasta la renuncia en mi trabajo en el Departamento de Ediciones.

Merceditas, “con ansia constante de cielo lejano”, me dejó.

No tengo, no me fue ofrecida, explicación de nada de esto. De la noche a la mañana me vi reducido a retazos. El dolor de entonces no encuentra expresión en palabras: lo creo vertido en párrafos y párrafos amargos.

Suicidio por honor

Perdido todo, lo único honorable que restaba era quitarme la vida. Pero no lo había perdido todo. Quedaban dos asideros a este mundo: la literatura y mi abuelita Chepa, a la que el dolor la hubiera llevado, si no a la tumba, al menos a la ira contra Dios y no era propio de un hombre honorable hacer caer en la impiedad a una anciana. Éstas eran mis reflexiones desde la cama en la que me consecuentaba esa depresión profunda. La lógica me llevó a que, si aún me importaba Chepa entonces mis deseo de suicidarme no estaba completo. Había que reforzarlo. A falta de elementos necesitaba que alguien disparara. El blanco ideal era mi literatura. Si no era ni escritor quizá optara por la muerte.

El sicario perfecto

Existía el personaje idóneo: un ser agresivo y sin el menor tacto que me iba a decir, con exceso de violencia, que me dedicara a otra cosa y me llevara esa mierda de textos. Ese personaje era el legendario Huberto Batis.

Lo que se dice “un cabrón”

Aída, la eterna asistente, me pidió que esperara sentado en un sillón en medio de un vestíbulo que no parecía tener sentido alguno. A ratos algún alguien, siempre otro, pasaba de una puerta a otra. No esperé más de diez minutos, en los que tuve tiempo de pensar que, si así era el ambiente de la antesala, sin duda me suicidaría. De una puerta salió un ropero ambulante con barba. Pasó de largo entre Aída y yo y se metió a otra oficina de la que salió de inmediato. En la puerta lo atajó Aída y le dijo algo. Su voz de clarinete sonó como trompetazo apocalíptico: “¡Dame lo que traes, ven el jueves o el viernes, mano!” Aparentemente no me vio y aparentemente en cuanto entrara a la puerta de la que había salido primero iba a echar mis textos en una pira con aceites vertidos en un cráneo de buey. Salí satisfecho y optimista sobre mi suicidio.

La primera afrenta

Asomé la cabeza a su oficina. Había varias personas en las que no me fijé. Reinaba tras un caos de papeles tan legendario como él. “¿Tú eres el de las cosas ésas de La Veiga y no sé qué más?” (¡Já!: total desprecio. Hoy me suicido) “Mañana sale la primera. Tráeme una de dos cuartillas exactas por semana” (¡No!, ¡Me niego! ¡Niet! ¡Tengo que suicidarme: este fracaso es peor que si me hubiera mandado al diablo!) “¡Escribes muy bien, mano!” (¡En la madre!)

Brindis con el abuelo

Arthur Rubinstein intentó suicidarse a los diecinueve años colgándose de la regadera. Ésta se rompió. Lastimado de la cadera y descalabrado, no pudo sino carcajearse. Vivió casi cien años una vida plena y feliz —para él y para el mundo. “Gracias, maestro, gracias… Sí”. Mi sonrisa, tan estúpida como mis palabras, se instaló hasta que salí de unomásuno y empecé a caminar, luego a trotar y al fin a correr como un loco, carcajeándome y alzando el puño de la victoria. Llegué a casa eufórico. Chepa entreabrió los ojos y preguntó: “¿Cómo estás, hijito?” El embrutecimiento de mi corazón parecía menguar. Sentí su infinito amor y le dije que bien mientras le daba un beso. Sabía que si le contaba no lograría volver a conciliar el sueño en el resto de la noche, lo que le produce unas jaquecas infernales. Quería compartir mi alegría, pero no había con quién. Extrañé a Merceditas “como nunca, en ningún otro instante de mi vida he extrañado a alguien”, tal cual lo pensaba mientras me servía un vaso de whisky, y entonces fue obvio que me estaba mintiendo: el abuelo, desde la fotografía que tengo frente a mí, me recordó que desde su muerte yo había incumplido nuestro pacto. Besé el retrato y sorbí el aguardiente. Así, sonriendo a la foto del capitán, me saludó el mediodía del 21 de julio de 1989.

Mecánica de suelos impartida por un terremoto

La tercera vez que hablé con Huberto fue en la primera en que lo traté. Supe quién era. Aunque mi impresión ha tenido variantes, altibajos, etcétera, esa imagen no ha cambiado. Acaso se ha complementado con otras. Me hizo sentar en un rincón, junto a una fotografía de Madona en cueros, y la emprendió a entrevistarme de tal modo que en unos minutos lo sabía todo acerca de mí: mis pensamientos, mis emociones, mi parentela, mis antepasados y, sospecho, mi porvenir. Yo procuraba responder naturalmente y con cara de letrado, pero es prácticamente imposible fingirse un hombre de mundo ante un diafragma Cannon que obtura cada cinco segundos y reposa sobre una barba inquisidora. Cuando al fin dejó la cámara cogió unos papeles y se puso a leer en voz alta mientras me preguntaba a qué se dedica mi padre. Sin dejar de leer me dio toda una cátedra acerca de cimentaciones y mecánica de suelos. Ese señor sabía mucho más que yo de un asunto en el que había estado inmerso toda mi vida. Pronto me daría cuenta de que con cualquier tema es lo mismo. Cuando los papeles que leía le parecieron suficientemente estúpidos se quejó de ellos con un fastidio insuperable mientras seguía hablando de pilotes, acoplamientos telúricos y mantos freáticos. Cogió otros papeles y me hizo alguna otra pregunta que respondí mientras él leía en voz alta. Era imposible que me estuviera poniendo atención, pero su siguiente pregunta demostró lo contrario, que se volvió irrebatible cuando, años después, en conversación con quién sabe quién, habló de lo que yo le había dicho aquella vez enriqueciéndolo con sus investigaciones adicionales, practicadas, supongo, en circunstancias iguales a la que realizó conmigo, con el pubis de Madonna por testigo.

Un moralista obsceno

Se dice de sábado que es inmoral, obsceno y cuanta cosa pueda ser calificada como inmundicia. Desde luego, tal reputación recae sobre su director, del que se dice lo mismo, sumándole que es agresivo e irreverente, lo que recae en sábado. Afortunadamente todo es cierto, si atendemos al criterio de las rebosantes barrigas de los censores y las hemorroides de las buenas conciencias. Batis escribió su Estética de lo obsceno intencionalmente, cosa que sorprenderá a más de un escritor, como sorprende que ha hecho de su idea una praxis vitalicia. Hay dos términos que no sé discutir: obsceno y moralista, y no los sé discutir, en principio, porque casi cualquiera los encuentra incompatibles. Sin disposición a alegatos me proclamo moralista y afirmo, sin disposición a alegatos, que lo obsceno no es inmoral o amoral sino abiertamente moral, amén de estético. Si en algo se ha complementado mi primera impresión del director de sábado es precisamente en el sentido de su jerarquía moral —que pasa por encima de las opiniones coyunturales—, en donde descuellan los rostros de la vida, La Lealtad, La Honradez y otras linduras moralígenas que poco o nada tienen que ver con las distrofias genitales. Dicho de otro modo, Huberto Batis comparte la carcajada de Karl Krause cuando aseveró que “La moral es una enfermedad venérea”. ¿A qué llamamos ‘moral’? La respuesta automática de los censores es inevitablemente obscena; pero nosotros no los juzgamos, aunque creemos que el que la gente muera o se avergüence por eludir lo obsceno es una grave falta moral. La carga negativa de la palabra ‘obsceno’ tiene una estrecha relación con la propagación del sida, la insatisfacción sexual de buena parte de nuestra juventud y con muchos casos de violencia sexual. Esa carga negativa sobre lo obsceno reniega de las leyes primarias de la vida que, al ser violentada, responde con la violencia positiva de su poderío inconmensurable. El falo es obra de Dios, la barriga del censor se le debe al cantinero.

El florescente whisky

Nada como un buen whisky para disponer el espíritu y soltar la pluma. Esta verdad pudo ser mi debacle de no haber desatado una de las experiencias más preciadas de mi vida. Poco a poco mi literatura se volatilizó con los vapores etílicos. Empezaba a hacer las cosas mal sin darme cuenta. Escribí Las flores del whisky, libro de extraña lucidez en el que afirmo que el mal, a falta de referente, no puede generar flores ni poemas y que pobre Baudelaire con su ingenua idea de El Mal, de El Bien y de la violentación de los valores. Ese libro anuncia el estilo de En el retrete del mosto, con una diferencia crucial: aquel libro es lo que el alcohol me permitía escribir, en el otro mando yo, aunque con frecuencia me habla, lo escucho y cumplo sus caprichos. El alcohol es bueno, delicioso, pero ojalá hubiera modo de adivinar de antemano si uno puede o no entregarse a su canto de ninfa marina. Empecé a fallar con mis entregas y a cometer graves errores. Sólo quería beber porque sólo podía beber. E increíblemente no me daba cuenta.

La segunda afrenta

Periódicamente Batis depura su lista de colaboradores. Yo estaba con él, muy divertido, durante una de esas razzias oyendo y hasta opinando discretamente: “Fulano… ¡Se queda!, Sutano… ¡A la chingada!, Mengano…¡Bue’…!, Perengano… ¡Se queda!, Díaz Monges… (Huberto sintió piedad y quiso ejercerla, me miró como un verdadero amigo y, como un verdadero amigo, cumplió con su deber sin ambigüedad alguna y no sin un dejo de cariño que supo convertir en episodio de risa entre amigos): Díaz Monges… ¡A la chingada!” Al quitarme de esa lista, Huberto puso a prueba nuestra amistad. Al reír con él de la consecuencia de mis errores yo refrendé nuestra amistad.

El portón del burdel

Me refugié en El Nacional, Nexos y Etcétera principalmente. Aquello parecía limpio y creo que lo era. Lo sucio vendría después. Yo me esforzaba, ellos pagaban. Lo normal. Claro, y como siempre: lo sucio vino ante el primer contratiempo, que tardó en llegar.

El precipicio a la dolce vita

Merceditas volvió en busca de “amor del bueno”. En vez de mandarla a chingar a su madre, mi ego carcomido la recibió como si fuera un regalo de Dios. A los pocos meses me dejó, esta vez a causa de mi alcoholismo, por lo que no puedo sino decir que hizo bien. Empecé a beber diario y cada vez más corriente hasta llegar al alcohol del 96. Borracho el día entero lograba buenos escritos y mi compañía era muy apreciada entre esos colegas (mapaches y cachorros de mapache). Me pedían textos especiales y hasta fui llamado para cierto encargo como “francotirador” a sueldo.

Hell Angels

Vivía en una vecindad en Nonoalco. Dos putas adorables me cuidaban a su modo: dándome de comer lo que buenamente podían, regalándome alcoholes algo menos malos que el del 96 y desquitando entre ellas y conmigo las ganas que la clientela les dejaba.

Huberto me fue a ver un día, supongo que para recordarme que, para él, aún no había muerto. Estuvo poco tiempo. Al irse, triste o preocupado, fingió olvidar un poco de jamón, un trozo de queso, un paquete de pan de caja y una bolsa de pan dulce.

Paco Gallego, la última vez que fue, me dijo, con esa serenidad que en un aries significa auténtico enojo: “Me voy, y si te vuelvo a ver borracho te parto el hocico: a ver si te vas poniendo los cojones donde te los alcances a ver”.

Nada hizo efecto porque mis textos seguían siendo exitosos y mis bromas seguían siendo aplaudidas.

Macorina

Llegó, me eligió, nos cambiamos a otro departamento y se entregó a hundirse junto conmigo en el alcohol. Aunque ya bebía, mi forma de beber fue su ruina, aunque también lo fue su disposición a arruinarse.

Lucifer es Luzbel

Macorina con la guadaña de la muerte rozándole la garganta, un malestar perpetuo y un árbol junto al que jugaban unos niños bajo el sol, pero sobre todo la muerte y su guadaña a punto de guillotinar a Macorina me llevaron a hospitalizarme voluntariamente para dejar el alcohol.

“¿Quién es ése que anda ahí?”

Gabilondo Soler, entre su infinidad de frases sabias, escribió la única pregunta que puede hacer un hombre frente al espejo durante los primeros meses de sobriedad después de años de alcoholización.

Me llamo El Migue y me quieren volver loco

Mis queridos mapaches y mapachitos fueron a verme un día al hospital, sospecho que por morbo. Sólo Jaime Ramírez Garrido, amigo auténtico aunque el temporal haya interpuesto entre nosotros un tristísimo océano, iba casi diario. Me decían El Migue en alusión a mi delicadeza de trato o como franca burla, ya no sé. Cuando me fui dando cuenta de cómo eran las cosas, de lo que había hecho y dejado de hacer, de las clasificaciones que hacían acerca de la gente, de las puñaladas traperas que se encajaban, de cómo hablaban unos de otros a sus espaldas, del desprecio con que unos y otros veían el trabajo de los demás y de lo involucrado que estaba en todo eso, supe con precisión lo que no quería. Rocé la recaída y me icé con furia de toro piconeado.

“Al-ha-ber-ga-tos, no hay ratones”

Muy a sabiendas de que me jugaba mi resto decidí huir de éso que no podía sino llevarme a la vergüenza de mí mismo. La puntilla la dieron entre Luis Miguel Aguilar y Gustavo Esteva, pero no me interesa relatarla. Ni siquiera Jaime me apoyó. Los mandé a la mierda sonoramente.

Regreso a Ítaca

No perdí tiempo: urgía un total reacomodo de piezas.

All That Jazz

Rencores, agresiones, proyectos y un norte: ibidem = No money, no chance + La bella afuncional; tal que, por lo tanto: Luego, esa palabra escalofriante.

La tercera afrenta

Empezaba ibidem sin haber digerido cuanta porquería había solapado, cuando empecé a toparme con más porquería durante los trabajos de esa revista. Le escribí a Huberto Batis un desolladero colérico donde hasta a él lo salpicaba con el tema de una posible ética de lo obsceno. No sólo lo publicó sino que me invitó a iniciar una crónica sobre el medio cultural en México. De ahí surgió En el retrete del mosto, por el cual yo he logrado practicar la libertad creativa y Huberto ha confirmado una y otra vez su eminente ética, abanderada por la quimera de la libre expresión.

Como se hablan los hombres

Desolladas, chistes, tetas, nenas perversas, disidentes de todo género, analistas penetrantes, investigadores agobiables, sabios y semisabios, pensadores y alucinados, provocadores plumiandantes, trompicantes testarudos, etcétera. ¿Cuántas veces alguien ha destacado la forma en la que sábado, de la mano de Batis, se ha jugado por la dignificación de los desgraciados, por dar oportunidad a nuevas plumas y a más de un resurrecto, por los malquistos, por la justicia, por la erradicación de los gusanos que corroen el medio, por la publicación de las varias verdades —con cuanto riesgo implica— y, en resumen, por La Belleza, La Inteligencia, La Libertad, La Verdad, La Justicia y el Honor? Digamos que sábado es obsceno porque lo es; pero digamos que si Huberto Batis no existiera habría que inventarlo.

“Pita, pita y caminando”

“Para hacer sábado necesitas un Batis…” —Fernando Benítez… Benítez, Bítez y Bencítez. Sábado cumple veinte años porque Huberto persevera; los veinte años de sábado son logro suyo: ¿qué ignorado Batis podría suplir a Batis? Plumas vienen y van; unas encuentran aquí su primer turno y luego saltan como ratas a otro barco en el que olvidan a quien les dio el “espaldarazo” cuando ni ellos conocían su literatura. Otros permanecemos aquí, comiendo frijol y maíz cuando es lo que hay y filete cuando alcanzan los centavos. Y así que pasen veinte años. Los que estamos estamos, como Batis está. En esto se resume esta historia: To be or not To be significa también estar o no estar, pero aquí no hay “cuestión” …No continuará. ®

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Publicado en: Julio 2010, Periodistas


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  • David Aguilar

    Cómo olvidar a Miguelangel Díaz Monges , si mientras leí sus crónicas por el inframundo del alcohol y esos bichos raros pero identificables de sus textos , yo iniciaba mi propia viaje al fondo de la noche . He leído con fruición estos dos artículos , los cuales, temo , he dejado de escuchar en voz viva . Què pena se me haya pasado de largo , pero celebro que siga sus pasos de buen escritor en este variopinto medio. Saludos y gracias.

  • Alejandro Bravo

    ¡Que chido carnal! Recordar al buen Perverto. La novela no tiene madres; el cebollazo inicial, tá pasable, qué mal pedo que no me lancé a esa presentación del libro. Hubiera estado chido conocer al escudero del Fórceps. Ojalá y esté chido el eterno y enterra-todos Batis.