INCOMPETENCIA PROFESIONAL Y EL NEGOCIO DE LA SALUD

Diez años de dolor y gastos médicos

¿Sufre usted dolor de espalda? De ser así este caso puede interesarle. Durante diez años padecí una lumbalgia que me inmovilizaba y terminó por cambiarme la vida. Por suerte eso terminó cuando visité a un médico profesional, competente y honesto, quien me hizo saber algo más doloroso aún: había pasado una década de malestar y gastos médicos innecesarios.

Una mañana de domingo, en junio de 2008, estaba en la Clínica San José en Ciudad Satélite. Me llevaron de urgencia para recibir una inyección. El ortopedista que la puso me pidió una resonancia magnética de la zona lumbar y colocó frente a mí una receta que me quitó el dolor tan sólo de leerla:

1. Celebrex 200 mg. 1 comp vo cada 24 hrs. al medio día con alimentos por 15 días.
2. Onemer o Supradol o Dolac sublingual 30 mg. 1 comp por la mañana y 1 por la noche.
3. Voltarén amp: 1 amp cada 12 hrs.
4. Faja lumbosacra a la medida
5. Lyrica 75 mg: 1 comp a las 17 hrs.
6. Kuppam 40 mh: 1 comp vo cada 12 hrs (gastritis)
7. Ejercicio indicado 5 veces al día por un minuto en cada ocasión.
Firma: Dr. Héctor Reyna Salmerón, Coordinador Médico de Traumatología y Ortopedia. Consejo Mexicano de Ortopedia y Traumatología.

© Juan Mario Pérez Oronoz

De acuerdo con la resonancia que me hicieron en el Centro de Imagenología, se supone que tengo una hernia en el quinto disco cargada hacia el lado izquierdo. El doctor Reyna sugirió operar, además recomendó que dejara la bicicleta por la natación y me prescribió una terapia física con una colega suya (con quien nunca acudí). Me fui pensando en sus palabras, con tantas pastillas e inyecciones pronto estaría “recuperado”, pero el alivio era temporal.

Investigué sobre las operaciones y las sustancias que me recetaban. Pensaba en todo lo que había hecho para quitarme el dolor, cualquier cosa menos dejar la bicicleta. Recordé el largo recorrido que me llevó con dos quiroprácticos, según esto “milagrosos”, y tres ortopedistas cotizadísimos; tratamientos, terapias, estudios, radiografías, medicamentos de todo tipo. Por supuesto, lo que más me dolía eran los gastos (¡saludos, Seguros PNG!), nada funcionaba y los dolores eran cada vez más frecuentes, tan agudos que iba por el piquete mágico porque no lograba estar parado, sentado, acostado o en cuatro patas.

El método siempre fue el mismo: cada “especialista” me atiborraba de jeringazos y pastas para desinflamar y atenuar antes de pedirme algún estudio carísimo de laboratorio, luego me enviaba a una terapia de ejercicios y tratamientos en alguna clínica de rehabilitación física. Al paso de unos meses el dolor volvía. Desde entonces fui adquiriendo hábitos, recomendaciones y prohibiciones para cada actividad: acostarse y levantarse de la cama, sentarse y ponerse de pie, caminar, no cargar objetos pesados, dormir boca arriba en superficies duras, usar sillas con respaldo, subirse al carro de ladito, evitar ejercicios de impacto, realizar estiramientos, olvidar colchones suaves, pufs, hamacas… Una rutina que cambia la vida de las personas.

En ese tiempo conocí a muchos con el mismo dolor, la comunidad de la lumbalgia (varios ciclistas) con la que compartí experiencias, consejos, medicamentos y recetas. También tenía que medicarme dependiendo del grado de dolencia. Siempre tenía mis recetas a la mano y una buena dotación de reserva porque el dolor podía atacarme en cualquier momento. Por ejemplo, durante un viaje de trabajo a Orlando me atacó en un hotel, estaba solo y no iba preparado. Allá son muy estrictos con las medicinas y las recetas, apenas conseguí Flanax y aspirinas, además de dormir en el piso del cuarto con la mirada en el techo. El regreso fue un tormento, arrastrándome por los aeropuertos y trabado en el avión, un clavo al rojo vivo entre las vértebras.

Con el paso del tiempo el dolor distorsiona la visión y la percepción, como si se viviera en blanco y negro, una manera elegante de decir que entristece y amarga los días.

Más o menos así fue la vida durante diez años. Y con el paso del tiempo el dolor distorsiona la visión y la percepción, como si se viviera en blanco y negro, una manera elegante de decir que entristece y amarga los días. Si es muy agudo causa un ruido interno de interferencia parecido al de un canal de televisión sin señal. Por eso creí que lo peor sería acostumbrarme a vivir con él, sobre todo por el hábito de hacer ejercicio y la necesidad de andar en bicicleta en pos de las endorfinas. Rodaba a pesar del dolor, empastillado y con una faja deportiva. Tuve que dejar la bicicleta de montaña para pedalear las de ruta y ciudad. En los últimos tres años mi rendimiento descendió notablemente y los dolores aumentaron. Necesitaba más que los cocteles de Vontrol, Dolo-neurobión, Arcoxia, Celebrex, Febrax, Voltarén, Dolac, Dolotandax y Artridol. Entonces llegaba la hora de la cortisona, una maravilla cuyo uso prolongado atrofia los músculos.

En enero de 2009 sufrí otro ataque por cargar cientos de paquetes de mi libro Las bicicletas y sus dueños. Nuevamente caí con el doctor Reyna, por la inyección y otra receta semejante a la anterior. En esa ocasión me advirtió que volvería más pronto de lo que imaginaba, a menos que renunciara a la bicicleta y me sometiera a la cirugía por la cual me cobraría entre 80 y 100 mil pesos. Pero la operación no garantizaba una recuperación total.

Aturdido por el malestar, los medicamentos y las advertencias fui a tomarme unas cervezas Cosaco al bar Za Za. Quise tomar el asunto como un capítulo de Los Simpson para amargarme con dos pintas que me sentaron muy bien. La salud está en los bares. Ahí platiqué con Gustavo, el amigo que hace la Cosaco, y le conté la situación. Resultó que él tuvo algo semejante por cargar los barriles de cerveza hasta que dio con un médico del deporte que lo salvó de la operación. Me pareció una buena idea tener el último diagnóstico. Además, yo buscaba un médico que tuviera la especialización, la sensibilidad y la mentalidad deportivas. El Gus me dio los datos: Doctor Juan Manuel García, 5286 4033.

Me hizo varias pruebas de movilidad y sensibilidad antes de concluir que el problema no estaba en la espalda ni necesitaba operación.

El doctor García me recibió y le mostré el historial. Sólo indicó que me quitara los tenis y el pantalón. Mientras me deshacía de la ropa observó la suela de los tenis: “Tienes un problema en los pies, pisas mal”. Me hizo varias pruebas de movilidad y sensibilidad antes de concluir que el problema no estaba en la espalda ni necesitaba operación. Los médicos se habían concentrado en tratarme la zona lumbar y a nadie se le había ocurrido revisar los pies o las rodillas. El impacto que recibe el pie al encontrarse con el piso es equivalente al de mi peso multiplicado varias veces, al pisar mal los músculos se inflamaban, la tensión acumulada se iba directo a la espalda baja. La operación no resolvería el problema, hay personas que después de cuatro o cinco operaciones siguen mal y con razón los ortopedistas no pueden garantizar la recuperación. Tampoco volvería a tomar pastillas ni a inyectarme. La solución era muy sencilla y costaría menos de treinta pesos: aplicar masajes de hielo en los pies y una faja caliente en la zona lumbar durante siete noches. Luego de eso podría recuperar mi vida normal y sobre todo pedalear como si nada. Así es, sonaba tan fantástico que yo tampoco lo creí.

Aún incrédulo seguí las instrucciones del médico brujo, después de todo no tenía nada que perder y quise pensar que me quedaba una posibilidad. Siete días después, como por arte de magia, el dolor desapareció. Me puse a prueba cargando las maletas de mi novia en el aeropuerto y yendo a la montaña en bicicleta. Y la espalda como si nada. El doc, que en realidad es cirujano y un hombre sabio, me mandó unas plantillas y tuve que cambiar mis Vans de siempre por unos tenis con suela de aire. Ahora estoy estrenando espalda, libre del dolor.

Pero no dejo de pensar en esos diez años y en los ortopedistas incompetentes que tanto tiempo y dinero me hicieron gastar… En mi paranoia he llegado a pensar dos cosas.

1. Que son unos pendejos y alguna autoridad debería retirarles la licencia para practicar. Aquí se aplicaría la campaña de Alza la Voz en la que se ve a un cirujano y el encabezado: “Yo iba con él en la universidad y compró su título. No le creas nada”.

2. Sólo cuidan su negocio: mantener enfermo y enganchado al paciente. En ese bisne participan los involucrados en la cadena de la salud: los galenos (con sus honrosas excepciones), los fabricantes de medicinas, los laboratorios que realizan pruebas y análisis, las clínicas y los hospitales y, por supuesto, las aseguradoras. Quien sabe, a lo mejor es mi mente bajo los influjos de tantos medicamentos. Y nunca me recetaron opiáceos. ®

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Publicado en: Octubre 2010, Sanos, enfermos y locos

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