Instrucciones para (no) suicidarse con una cuerda

Franzen y las cenizas de Foster Wallace

En su libro Farther Away Franzen muestra sus pasiones antropófagas y se desayuna el cadáver de su amigo F. W. (no tiró todo: se guardó dos gramos en un pastillero metálico). Lo atiende sin anestesia, extirpándolo del panteón de los mártires contemporáneos afligidos por la vida boba, para inyectarlo en el club de los ególatras repulsivos.

David Foster Wallace

En una escena de ese desmañado ensayo cinematográfico titulado Náufrago (2000) Tom Hanks introduce el rodillo de publicidad no tradicional a instancia de los productores ejecutivos: una pelota de volleyball marca Wilson sobada hasta la lástima (epítome de la entereza de la marca: una ball que se la banca, contra viento y marea, y naufragios). Entonces este fulano —barbudo, famélico, en harapos—, que ha quedado a merced de los cocotales y plátanos esponjosos que le ofrece un atolón sin nombre, tunea a su nuevo y redondeado compañero y comienza a interactuar con él. Mientras tanto el espectador, a esta altura azorado, asiste al encuentro imposible, psicótico introducimos, de este man y su ball. ¿Hasta dónde puede resistir la cordura? ¿Existe un test que nos permita comprobar fehacientemente qué es un delirio y qué no? Indudablemente, y para eso están los edificios teóricos construidos por las manos laboriosas de los psi y sus ayudantes ad honorem. Para corroborarlo, con empuje elástico nos inmiscuimos en el archivo y hacemos, claro, trabajo archivístico. Obramos con un único propósito: saber. ¿Es un suicida un demente? Podrá ser muchas cosas, según el credo que se consulte, pero no se trata necesariamente de un chiflado.

David Foster Wallace se ahorcó con una soga en el patio de su casa en Claremont, Los Ángeles, el 12 de septiembre de 2008. Supimos de él por primera vez en 1996, cuando Granta le dedicó un número especial a esos novelistas que regurgitaban en el lecho candente de la joven guardia estadounidense: Jonathan Lethem, Jeffrey Eugenides, Bret Easton Ellis, la Generación X como se la rotuló entonces. Pero en poco tiempo Foster Wallace se despegó del grueso de sus coetáneos. Podríamos argumentar con fardos de expedientes encomiásticos el porqué de esto (la erudición, por empezar). Metido en ese uniforme bizarro de glam californiano —la versión mongoloide de Bret Michaels—, Foster Wallace se trepó al olimpo de las letras norteamericanas porque además de todo consiguió fecundar su apuesta experimental con altas dosis de humor y finísimos toques de destreza intelectual que dieron muestras de su capacidad para trenzar en una misma puntada vigor narrativo y formación, sin derrapar en la pastosa jerga académica. Ustedes saben: movimientos simples, sensoriales, sostenibles y rítmicos como lo serían la contracción y dilatación en loop domesticada por un respirador artificial (descentramiento narrativo, etcétera.). En alguna ocasión Kafka preguntó: “¿No sientes placer al exagerar las cosas dolorosas lo máximo posible?” Foster Wallace ejecutó con su tetris lírico la mecánica que nos permite rápidamente identificarnos con la aflicción de sus personajes. Y lo hizo rastrillando con precisión microscópica los contrapuntos entre lo real y la experiencia existencial. Recordarán ustedes el discurso inaugural pronunciado en 2005 por el escritor en Kenyon Collage. Arranca de este modo:

Dos peces jóvenes están nadando y de repente se encuentran con un pez mayor nadando en sentido contrario que los saluda con un gesto y dice: “Buenos días, chicos. ¿Qué tal está el agua?” Y los jóvenes peces siguen nadando un rato hasta que al final uno de ellos mira al otro y pregunta: “¿Qué diablos es el agua?”

Si hay algo que hace grande a un escritor es lo que éste tiene para darle a un lector. Foster Wallace le dio todo lo que tenía a sus lectores a instancias incluso de exprimir su birriosa economía emocional. El autor de La broma infinita (1996) tomó por el cuello a la hipócrita ética protestante que conduce los destinos de Estados Unidos y la zamarreó a piacere. Sin despeinarse, podrán demostrar ustedes que por más que le apliquemos cirugía reparadora, no hay nada distintivo en esto; muchos otros autores lo han hecho y lo siguen haciendo (Philip Roth y su confortable inercia septuagenaria, por ejemplo). Pero se escabulló F. W. del pelotón de yanquis bienpensantes que blanden sus fusiles como purgaciones morales, porque el progresismo que los constituye son esquirlas de ese cachivache ideológico depositario de sus pasiones homeopáticas.

Metido en ese uniforme bizarro de glam californiano —la versión mongoloide de Bret Michaels—, Foster Wallace se trepó al olimpo de las letras norteamericanas porque además de todo consiguió fecundar su apuesta experimental con altas dosis de humor y finísimos toques de destreza intelectual que dieron muestras de su capacidad para trenzar en una misma puntada vigor narrativo y formación, sin derrapar en la pastosa jerga académica.

Foster Wallace se partió las muñecas para contarnos que el american way of life es un pastiche enfrascado por el vitriólico Borat de Sacha Baron Cohen. Mientras pasás la mitad de tu vida pagando hipotecas, el resto del tiempo lo dedicás a buscar la forma de aislarte del resto. Por eso es el aburrimiento el gran tema en la obra de Foster Wallace, la inapetencia narcotizante infalible que nos pertenece como garantía de bienestar y longevidad. (Se confirma: el hastío del haragán del siglo XX brota como apatía burguesa en el siglo que nace.) Pero en ese decadente disfraz encontró David el fastidio, el terror por la desconexión en un mundo de palabras y emociones, la necesidad de socialización obturada, y sintió ese vacío y la soledad contra el espejo, la imposibilidad por nombrar el mundo. Un mundo cubierto de lenguaje. Un lenguaje que nos constituye. Interpelar entonces los relatos que circulan, por millones, que pululan como hormigas, imperceptibles para el resto, y subvertir el sentido, torcer su esencia; ése fue su encargo. Adscribir a la lógica kantiana de la verdad: no se puede conocer, pero se debe pensar. (El escritor, que puede darse el lujo de estar solo en su atalaya administrando sus campos literarios consigue allí, en la intimidad, la plenitud ilustrada.)

Suele arrinconárselo junto a Pynchon y DeLillo a F. W. cuando en rigor deberíamos pensarlo en la misma barra del bar donde se emborracha Philip Larkin, patriarca de ese extrañamiento existencial, molecular, sensible a las fibras inapreciables, demasiado íntimas para ser escaneadas —incluso— por la ingeniería de la teoría crítica. El tono sedicioso, epatante de su prosa muestra la brillantez de un escritor atormentado, marginal, sin duda uno de los más geniales que ha dado la literatura estadounidense en los últimos años. Cualquier lector atento que consiga llegar hasta la raíz e internarse en el fascinante islote de la visceralidad filosófica de F. W. se hará acreedor del tesoro: el ejercicio de la escritura, la actividad literaria como ritual creador que busca las claves para desentrañar la desesperada batalla de un hombre arrinconado por su propia lucidez.

Cuando David Foster Wallace se quitó la vida se llevó consigo la corona. Aunque rápidamente el lugar vacante lo tomó Jonathan Franzen (Illinois, 1959), autor de Las correcciones (2001) y La Libertad (2010), considerado por la crítica especializada el continuador de la gran novela americana (pfff; mejor buscar sus influencias en Tolstoi por caso). Franzen y F. W. fueron amigos, de hecho grandes amigos, de hecho Franzen esparció las cenizas de su gran amigo —a instancias de la mujer de F. W.— en una isla llamada Alexander Selkirk (Selkirk fue un marinero escocés en quien se basó Daniel Defoe para componer su Robinson Crusoe, y éste la inspiración de Robert Zemeckis para remendar su marioneta by Hanks). Animado entonces por el empujón, seguro de ofrecer algo de interés para sus fans, se propuso componer una dramaturgia del yo que incluyera vestigios de aquel acercamiento. Desde luego, en esa procesión exploratoria el escritor asumió un riesgo, el de quien muestra las palancas detrás de la fachada. El resultado fue un libro publicado recientemente en inglés bajo el título de Farther Away. En castellano lo publicará Salamandra, saldrá a la venta en España el 8 de noviembre y llevará por título Más afuera, con traducción de Isabel Ferrer (traductora de otras obras de Franzen y de Michael Ondaatje). En la retrospección, un salpicadito de veintiún textos entre conferencias, notas personales, ensayos, la nueva estrellita de la literatura norteamericana (¡Obama lo adora!) derrapa en cuestiones vinculadas al campo cultural. Pero además, Franzen muestra sus pasiones antropófagas y se desayuna el cadáver de su amigo F. W. (no tiró todo: se guardó dos gramos en un pastillero metálico). Lo atiende sin anestesia, extirpándolo del panteón de los mártires contemporáneos afligidos por la vida boba, para inyectarlo en el club de los ególatras repulsivos. Como Kurt Cobain, aquel melenudo triste de ojos glaseados que no podía cantar. ®

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Publicado en: Libros y autores, Septiembre 2012


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