King del terror

El cine y las novelas de Stephen King

Devorar sus libros no suele transformarse ante los demás en alguna especie de halo intelectual y ni siquiera se toma como prueba de vanidad, proeza o presunción lectora. En realidad ocurre lo contrario y no es infrecuente que el “lector constante” de Stephen King sea visto en menos dentro del ámbito literario y él mismo se sienta presa de un placer culposo.

Un culpa, para peor y por fortuna a la vez, que pareciera inconmensurable, si se considera la fecunda bibliografía del autor nacido en Maine, Estados Unidos, el 21 de septiembre de 1947.

Por consecuencia, el cine que se basa en la obras de Stephen King, a simple vista, tampoco pareciera formar parte de ningún orgullo cinéfilo. Esas películas, a veces, sólo son toleradas en una tarde de hastío frente a la televisión, en una noche de insomnio en algún canal del cable o en alguna renta o compra de DVD inspirada por cierta atractiva carátula en miras de Halloween.

Ese menosprecio por Stephen King y sus obras no es nuevo y al tiempo que puede entenderse por diversos motivos es, al menos en algunos casos notables, injusto. Desinformado, posero. Puesto que si bien entre los libros y películas que plasman la mente creativa de King pueden encontrarse debilidades estructurales, finales fallidos y argumentos o personajes sencillamente inverosímiles, como en toda obra y autor, la crítica debería surgir a partir del conocimiento y el análisis, no como un prejuicio o una sentencia a priori. King, su obra y en buena medida el género de lo sobrenatural, en ocasiones, no cuentan con ese beneficio.

Eso, sin considerar que además de la renovación del género del terror, lo que lo inscribe en un listado estelar con autores como Edgar Allan Poe, Henry James o H. P. Lovecraft; de la creación de todo un mundo, con geografías imaginarias pero reconocibles y una legión de personajes entrañables, temidos u odiados, Stephen King ha escrito algunos relatos notables y novelas destacadas, que no desmerecen su fama. Y sobre ese material un puñado de cineastas de buena cepa han logrado realizar adaptaciones que más allá de su calidad, lo cual siempre se puede discutir, se han inscrito en la mentalidad colectiva pop de finales del siglo XX y principios del XXI.

Bestsellerista

Stephen Edwin King es uno de los escritores más famosos del mundo, aunque eso le duela a ciertas sensibilidades literarias que lo refieren despectivamente como bestsellerista. Y sí, lo es. Según la revista Forbes, en su lista de escritores más ricos del mundo correspondiente a 2011 King se ubicó en el tercer sitio, sólo debajo de James Patterson (84 millones de dólares) y Danielle Steel (35 millones), con 28 millones de dólares en ese año. Stephen King ha ocupado el primer puesto de ese ranking durante diversos años y si bien lo ha compartido con autores que “ocasionalmente” venden mucho en un periodo determinado como Stephanie Meyer, Joanne Kathleen Rowling, Tom Clancy o John Grisham, el autor de Maine es uno de los que más constantes ha sido en ese listado multimillonario durante ya varias décadas y ha sido considerado una de las “celebridades más influyentes de Estados Unidos”, alternando honores o estigmas, según quiera verse, con gente como Michael Jordan, Tiger Woods, Britney Spears, Tom Cruise, George Lucas o Steven Spielberg.

Stephen Edwin King es uno de los escritores más famosos del mundo, aunque eso le duela a ciertas sensibilidades literarias que lo refieren despectivamente como bestsellerista. Y sí, lo es. Según la revista Forbes, en su lista de escritores más ricos del mundo correspondiente a 2011 King se ubicó en el tercer sitio,

Bestsellerista, lo cual, en un sentido también contrario a la descalificación, es rigurosamente cierto. Aunque si hoy King es de los autores más adinerados de la historia no es por provenir de un estrato social acomodado, por becas eméritas o canonjías estatales, por conectes políticos o puestos públicos o diplomáticos. Es por algo más sencillo, comercial acaso pero conectado estrictamente con la literatura y el cine. Es de los autores más vendidos en el mundo y sus ingresos igual que sus lectores se cuentan en millones, por la venta de derechos de sus obras, por regalías, por derecho de adaptaciones al cine, al cómic y a la televisión.

Pero no siempre fue así. Stephen King sobrevivió en su juventud desempeñando diversos oficios, incluso en una lavandería, luego como maestro de inglés. Al inicio de su matrimonio con Tabitha King enfrentó la pobreza. No sólo vivió en un remolque, sino que ulteriormente, más establecido (King escribía relatos de horror que a veces lograba vender a revistas de caballeros) y juntando el sueldo de Tabitha que laboraba en un Dunkin’ Donuts, no alcanzaba a juntar el dinero suficiente para cubrir el alquiler de un apartamento, la factura de una línea telefónica o, más penosamente, la medicina para sus hijos cuando éstos llegaban a enfermar. Esa etapa de su vida, King la resume así en Mientras escribo:

Mi opinión sobre esos años es que fuimos muy felices, pero que también pasamos mucho miedo. En el fondo éramos muy jóvenes, casi unos críos, que se suele decir, y el cariño ayudaba a olvidar los números rojos. Nos cuidábamos (cada uno así mismo, mutuamente y a los niños) lo mejor que sabíamos. Tabby iba a Dunkin’ Donuts con su uniforme rosa y avisaba a la poli cada vez que armaban un escándalo los borrachos que entraban pidiendo café. Yo lavaba sábanas de motel y seguía escribiendo películas de terror de un solo rollo.

Esas películas de un solo rollo eran relatos cuyo germen literario venía en King desde la infancia, cuando escribía versiones personales de los filmes de terror que le impresionaban y que luego editaba caseramente para finalmente venderlas a sus compañeros del colegio. El péndulo de la muerte (película basada en el original de Edgar Allan Poe, dirigida por Roger Corman con guión de Richard Matheson y protagonizada por Vicent Price) fue uno de los primeros éxitos del joven King. Así lo narra en Mientras escribo:

Hice una tirada de unos cuarenta ejemplares, y en mi feliz inconsciencia ni se me ocurrió estar infringiendo ninguna ley sobre plagio y derechos de autor. Casi toda mi actividad mental estaba enfocada en el dinero que ganaría si El péndulo de la muerte tenía éxito en el cole. Las hojas de imprenta me habían costado 1.71 dólares (me parecía un derroche espantoso gastar una hoja entera sólo para la página del título, pero llegué a la dolorosa conclusión de que había que cuidar la imagen, saltar a la palestra guardando las formas); el papel, más o menos 50 centavos, y las grapas nada porque eran robadas a mi hermano […]. Tras honda reflexión, decidí que V.I.B [Very Important Book, la editorial que se inventó] #1, El péndulo de la muerte, de Stephen King, se comercializaría al precio de 25 centavos. Calculé que podía vender diez ejemplares (el primero a mi madre, que no me fallaría), es decir, que sacaría dos dólares y medio. Los beneficios netos quedarían en 40 centavos, lo suficiente para financiar otro viaje educativo al [cine] Ritz. Si vendía dos más podría comprarme una bolsa grande de palomitas y una coca-cola.

El péndulo de la muerte se convirtió en mi primer best-seller. Fui al cole con toda la tirada en la cartera (en 1961 debía de ir a octavo, en un edificio nuevo de cuatro aulas), y a mediodía llevaba vendidas dos docenas. Al final de la hora de comer, cuando ya había corrido la voz sobre el cadáver enterrado en la pared (“Contemplaron horrorizados los huesos de las puntas de los dedos, comprendiendo que había muerto escarbando frenéticamente para salir”) eran tres las docenas. Sentía el peso de nueve dólares en calderilla al fondo de mi cartera […] y caminaba como en sueños, sin poder digerir mi repentino ascenso a tales y tan insospechadas cumbres de riqueza…

Aunque llegó a recibir quinientos dólares por la publicación en la revista Cavalier del relato “Algunas veces ellos vuelven”, lo que en su momento era un tope en sus honorarios de cineasta de un solo rollo, Stephen King conocería la cumbre de la riqueza real a partir de Carrie, su primera novela, publicada en 1974 por Doubleday, gracias a las labores de descubrimiento y valoración de William Thompson. Ya que si bien recibió como adelanto 2,500 dólares, la venta de derechos a Signet Book para la edición de bolsillo ascendió a 400 mil dólares. Cien mil de los cuales correspondieron directamente a King.

Fenómeno de miedo

La mente creativa de Stephen King puede valorarse desde diversos ángulos. El principal debe partir de la publicación de más de cincuenta novelas, diez colecciones de relatos y media decena de libros de no ficción, de tintes ensayísticos, sobre el proceso de la escritura y el terror.

Sus obras, traducidas a innumerables idiomas, han dado pauta para diversas adaptaciones al cine, a series televisivas, al género del cómic, al audiolibro, incluso al teatro y al musical. Al margen de las valoraciones literarias, o del mayor o menor éxito, el número de adaptaciones hace pensar en una limitada cumbre de autores como William Shakespeare. El catálogo cinematográfico basado en obras de Stephen King (incluidas las ex profeso para televisión) rebasa las setenta, con directores y guionistas de todos los calibres, incluidos el propio King, desde el primero: Brian de Palma (Carrie, 1976), hasta el más reciente: el insufrible Mick Garris (Bag of Bones, 2011).

En la cultura pop, particularmente la que se nutre del género de terror, es difícil no incluir varios títulos emanados de la imaginación de Stephen King. Un autor que ha influido quizás no tanto en escritores profesionales (aunque hay numerosos ejemplos de los que podrían considerarse literatos serios que en algún momento han citado o aludido a King o alguna de sus obras), sino en esa rara clase de fans que escriben. Que gozan de la escritura tanto como de lo gótico, aun en su calidad amateur, y cuyos resultados pueblan infinidad de blogs y páginas que tienen considerables visitantes y lectores cautivos.

Stephen King es un autor tan enraizado en la cultura pop contemporánea, con semejante legión de adoradores o denostadores, que, en rigor, constituye un fenómeno de miedo.

Terror literario

Stephen King

Varias obras de Stephen King incluyen un blurb que lo identifica como “el maestro de lo macabro”. No son pocos los artículos que lo catalogan como “el rey del terror”. Quizás lo es. Puedo serlo. Eso, tal vez, a un tiempo contribuye vía publicidad a sus altas ventas pero ayuda también a explicar que sea mirado literariamente como un autor menor y que lo que salga de sus obras, al menos en el prejuicio, no esté destinado a correr una suerte muy distinta.

¿El terror es un género de primer orden literario, cinematográfico, artístico? ¿Puede serlo? ¿Lo ha sido?

El joven King, que había ascendido a la inesperada cumbre de la riqueza al vender sus ejemplares caseros de El péndulo de la muerte en el colegio, tuvo que devolver los nueve dólares y soportar en la dirección el regaño de la señorita Hisler porque la escuela no era un mercado y menos para vender “porquerías como El péndulo de la muerte”.

A King no le sorprendió la reprimenda de la maestra pero se enfadó por no haber previsto la situación, confiesa en Mientras escribo.

—Lo que no entiendo, Stevie —dijo ella—, es que escribas esta basura. Tú escribes bien. ¿Por qué desaprovechas tus facultades?
La señorita Hisler había hecho un canuto con un ejemplar de V.I.B. #1 y lo movía de tal manera que parecía que hubiera doblado un periódico y estuviera regañando al perro por haberse meado encima de la alfombra. Esperaba una respuesta (la pregunta, sea dicho en su descargo, no era del todo retórica), pero yo no supe qué decir. Estaba avergonzado. Desde entonces me he pasado muchos años (creo que demasiados) avergonzándome de lo que escribía. Me parece que hasta los cuarenta no entendí que casi todos los escritores de novelas, cuentos o poesía de quienes se ha publicado siquiera una línea han sufrido alguna u otra acusación de estar derrochando el talento que les ha regalado Dios. Cuando una persona escribe (y supongo que cuando pinta, baila, esculpe o canta) siempre hay otra con ganas de infundirle mala conciencia. No tiene mayor importancia.

El 15 de septiembre de 2003 la National Book Fundation de Estados Unidos entregó el National Book Award, uno de los más prestigiados premios literarios de ese país, a Stephen King. El premio, diez mil dólares y una estatuilla, fue concedido por la contribución de Stephen King a las letras estadounidenses. Las críticas al otorgamiento del premio, así como a King y su obra, intentaron ser demoledoras. Al frente de ellas ahora no estuvo la señorita Hisler sino Harold Bloom, afamado crítico y teórico literario, Sterling Professor (el más alto grado académico) de la Universidad de Yale.

Los críticos de Bloom, a su vez, advirtieron que éste centraba principalmente sus dardos en la masividad de la obra de King, en su popularidad, en sus altas ventas y, por supuesto, en un género considerado menor por la alta cultura que Bloom representa y, de alguna manera, salvaguarda. La pregunta sencilla: ¿es eso, lo que señaló Bloom en King, en sí mismo criticable? La pregunta compleja: ¿no es éste un indicador de otros tiempos, en los que King es una marca registrada, pero también un paso ampliador de la literatura tradicional que se mezcla con la multimedia y con el respectivo marketing de los medios masivos de comunicación?

Para Bloom la sentencia fue clara: el premio a King era el terror de las letras. Stephen King aceptó el premio, se quedó la estatuilla y donó los diez mil dólares a los programas educativos de la National Book Fundation. Pero acaso la pregunta estética más trascendente, más allá de las viejas divisiones entre la alta y baja cultura, salió a relucir: ¿Por qué le atrae a la gente este género? ¿El terror es arte?

Para King sí lo es.

La emoción que nos ciega

En su libro ensayístico Danza macabra Stephen King analiza y teoriza sobre el fenómeno del terror. Sostiene que éste se da en dos niveles, sobre los cuales actúa el género (los mismo en la literatura, cine, radio, televisión o cualquier otro formato):

En la cima está el nivel “asqueroso” —cuando Regan vomita en la cara del sacerdote o se masturba con un crucifijo en El exorcista, o cuando el crudo monstruo interior de Profecía maldita de John Frankenheimer le arranca la cabeza al piloto como si fuera un muñeco. El asco puede ser obtenido con una variedad de grados de fineza artística, pero siempre está ahí.

Pero en otro nivel, más potente, el trabajo del horror es en realidad una danza, una rítmica y movediza búsqueda.

Y lo que busca es el lugar donde tú, lector o espectador, vives en tu nivel más primitivo. El trabajo del horror no está interesado en el orden civilizado de nuestras vidas. Como un número de baile, atraviesa nuestros espacios, aquellos que hemos ordenado poco a poco, con cada pieza expresando (¡eso espero!) nuestro carácter socialmente aceptable, amable y culto. Está en la búsqueda de otro lugar, una habitación que puede parecerse al refugio secreto de un caballero victoriano, o a veces, a la cámara de tortura de la Inquisición española… pero quizás más frecuentemente y con más éxito a la simple, corriente y brutal cueva del cavernícola de la Edad de Piedra.

¿Es arte el horror? En este segundo nivel, el trabajo del horror, no puede ser otra cosa, alcanza el nivel de arte, porque simplemente está buscando algo más allá del arte, algo que depreda al arte: está buscando lo que puedo llamar puntos de presión fóbica. Una buena historia de horror hará su danza hasta el centro de tu vida, y hallará la puerta secreta del cuarto que tú creías que nadie conocía.

En el Prefacio de El umbral de la noche Stephen King se sirve de un fragmento de crítica de cine leída en la revista Newsweek para desarrollar una teoría sobre las razones por las que la gente gusta de la literatura y el cine de terror:

“…una película estupenda para las personas a las que les gusta aminorar la marcha y contemplar los accidentes de carretera”. Es un buen juicio cáustico, pero cuando uno se detiene a analizarlo comprende que se puede aplicar a todas las películas y relatos de terror […] La gran literatura de lo sobrenatural contiene a menudo el mismo síndrome del “aminoremos la marcha y contemplemos el accidente” […] Algunos lectores rechazarán vehementemente esa argumentación y dirán que Henry James no nos muestra un accidente de carretera en La vuelta de tuerca; afirmarán que las historias macabras de Nathaniel Hawthorne, como El joven Goodman Brown y El velo negro del clérigo, también son de mejor gusto que Drácula. Es una idea absurda. También nos muestran el accidente de carretera: han retirado los cuerpos pero todavía vemos la chatarra retorcida y la sangre que mancha la tapicería.

En ese prefacio, que con los años se consolida como un lúcido ensayo sobre el horror que puede experimentar el ser humano, King sostiene que no es necesario explayarse sobre lo que es obvio: “La vida está poblada de horrores pequeños y grandes, pero como los pequeños son los que entendemos, son también los que nos sacuden con toda la fuerza de la mortalidad”.

Sobre ese territorio de las fobias y los temores individuales, King exprime uno de los sentimientos más poderosos:

El miedo es la emoción que nos ciega. ¿A cuántas cosas tememos? Tenemos miedo de apagar la luz con las manos húmedas. Tenemos miedo de meter un cuchillo en la tostadora para desatascar un bollo sin desenchufarla antes. Tenemos miedo de lo que nos dirá el médico cuando haya terminado de examinarnos. Nos asustamos cuando el avión se convulsiona bruscamente en plano vuelo. Tenemos miedo de que se agote el petróleo, el aire puro, el agua potable, la buena vida. Cuando nuestra hija ha prometido llegar a casa a las once y ya son las doce y cuarto y la nieve azota la ventana como arena seca, nos sentamos y fingimos contemplar el programa de Johnny Carson y miramos de vez en cuando el teléfono silencioso y experimentamos la emoción que nos ciega, la emoción que reduce el proceso intelectual a una piltrafa.

Una perspectiva contemporánea sobre el miedo y su éxito de ventas o taquilla, King lo encuentra justamente en lo potenciador que resultan los medios de comunicación para un sentimiento que en el fondo todos experimentamos de una forma u otra. Reflexiona así en Danza macabra:

Debido a que los libros y las películas son medios masivos, el campo del horror ha estado a veces en posibilidades de mejorar cualquier miedo personal en los últimos treinta años. Durante aquel periodo (y en un menor grado en los años anteriores a los setenta), el género del horror ha sido capaz a veces de encontrar los puntos fóbicos nacionales de presión, y aquellos libros y filmes que han sido los más exitosos, casi siempre parecen ocuparse de expresar los miedos que existen para un amplio espectro de personas. Esa clase de miedos, que son a veces políticos, económicos y psicológicos más que sobrenaturales, nos dan el mejor trabajo de simbólicos y gratos sentimientos, y es una suerte de alegoría con la que la mayoría de los cineastas se sienten muy cómodos. Tal vez porque ellos saben que si la mierda comienza a ponerse demasiado espesa, pueden guardar al monstruo en la oscuridad otra vez.

Pero en todo caso, Stephen King no ignora el escaso aprecio artístico y estético del que goza el creador de terror, aun cuando reconoce que ese terreno del miedo y la muerte no es patrimonio exclusivo del autor de horror.

Muchos escritores considerados de “primera línea” los han abordado con diversos matices que van desde Crimen y castigo de Fedor Dostoievski hasta ¿Quién le teme a Virginia Woolf? de Edward Albee, pasando por las novelas de Ross MacDonald que tienen por protagonista a Lew Archer. El miedo siempre ha sido espectacular. La muerte siempre ha sido espectacular. Son dos de las constantes humanas. Pero sólo el autor de relatos de horror y sobrenaturales le abre al lector las compuertas de la identificación y la catarsis. Quienes abordan el género con una pequeña noción de lo que hacen, saben que todo el campo del horror y lo sobrenatural es una especie de pantalla de filtración tendida entre el consciente y el inconsciente.

Para Stephen King el gran atractivo de la ficción de horror, a través de los tiempos, “consiste en que sirve de ensayo para nuestras propias muertes”. Y ahí, en ese punto, justamente, quizás estriba el desprecio por el autor de terror que experimentan algunas personas, incluido cierto tipo de críticos de arte. King lo dice con humor negro, pero aterrador:

Quizás la explicación consiste en que el autor de narraciones de terror siempre trae malas noticias: usted va a morir, dice. Olvídese del predicador evangélico Oral Roberts y de su “algo bueno le va a suceder a usted”, dice, porque algo malo le va a suceder a usted, y quizás sea un cáncer, o un infarto, o un accidente de coche, pero lo cierto es que le sucederá.

Ficcción de no terror

Stephen King

Stephen King es conocido como “el maestro de lo macabro”, se le refiere como “el rey del terror”. Puede ser. Es probable. Igual, en caso de no ser ni lo uno ni lo otro, tampoco es tan descabellado identificarlo de esa manera.

Pero, paradójicamente, King no sólo ha creado obras de terror. O no del terror sobrenatural o típico. Es cierto que en los relatos y novelas de King, así como en las películas que trasladan de formato su obra, no son infrecuentes los potentes mitos creadores de arquetipos como vampiros, hombres lobo, extraterrestres, fantasmas y muertos vivientes; abundan los sicópatas sedientos de venganza, las máquinas trituradoras, los adolescentes desquiciados, vehículos demoniacos, espíritus atormentados, mansiones crujientes, hoteles sin salida, arañas y toda una galería de insectos y criaturas viscosas, sin faltar un payaso con peluca roja y esponjada y globos en su mano blancamente enguantada, que acecha Derry, pero es el motivo coulrofóbico de no pocas personas.

Sus obras, traducidas a innumerables idiomas, han dado pauta para diversas adaptaciones al cine, a series televisivas, al género del cómic, al audiolibro, incluso al teatro y al musical. Al margen de las valoraciones literarias, o del mayor o menor éxito, el número de adaptaciones hace pensar en una limitada cumbre de autores como William Shakespeare.

En ese sentido, King siempre ha sabido que los mayores miedos de una colectividad, independientemente de las fobias o temores personales, mutan de acuerdo con el contexto social de cada momento. Así, el avance tecnológico e industrial, el comunismo, las bombas atómicas, la Guerra Fría, los rebeldes sin causa, las telecomunicaciones, la comida chatarra, el terrorismo, el fanatismo ideológico y religioso y demás circunstancias propias de una época específica, crean sus propios monstruos. Su particular “It”. Que por si fuera poco ingresa a nuestra habitación, la 1408, donde sobrevivimos con nuestros más íntimos y familiares fantasmas.

No obstante, el catálogo de personajes y temas de King no se limitan a ese tipo de historias terroríficas. De hecho, algunas de las mejores obras de King se dan en el campo —¿cómo llamarlo?— general de la ficción. Aunque no prescinde del misterio, del suspenso o de algún tipo de fobia o patología típica del hombre en su acontecer cotidiano, ha abordado desde el punto de vista formal temas de importancia y valor humano de manera más que admirable y, a veces, hermosa.

La amistad, el aprendizaje vital, el desarrollo físico, la vejez, la libertad, la injusticia, la adicción, la pobreza, el duelo, la muerte (como muerte y pérdida humana, no como condición ultraterrena), el conflicto político, la propaganda mentirosa, el amor, la creación, el bloqueo creativo, la locura, el afecto por una mascota, el acoso de una groupie, la música, la literatura, el arte, el apocalipsis, entre otras temáticas de la vida real, de las miserias humanas cotidianas, han sido tratadas por el genio creativo de Stephen King, como lo testimonian obras entrañables del tipo de Milagros inesperados (La milla verde – El pasillo de la muerte), El cuerpo (Cuenta conmigo), Rita Hayworth y la redención de Shawshank (Cadena perpetua, Sueño de fuga), Misery, Cementerio de mascotas, La chica que amaba a Tom Gordon, El resplandor, La zona muerta, Dolores Claiborne (Eclipse total), Verano de corrupción (Alumno aventajado), Blaze, Carrie…

Sometimes they come back

Había una vez un niño que ya no existe. No murió, o quizás sí. Creció, en todo caso. Pero a veces vuelve, como ahora, que contempla su colección de libros y películas de Stephen King, primer autor del que leyó una novela. En su estante, donde incluso lucen aquellos que publicó con el seudónimo de Richard Bachman “para no saturar el mercado”, no están todos los libros escritos por King, pero casi.

En su repisa de DVDs están incluidas series como las ocho Pesadillas y alucinaciones, las seis temporadas de La zona muerta y El hospital de la muerte, que inicia con ese terrible atropellamiento de un pintor en una carretera, trasunto fidedigno del accidente que el propio Stephen King sufrió el 19 de junio de 1999, que destrozó su cuerpo de la cadera hacia abajo y que estuvo a punto de llevarlo a la muerte, pero del que por fortuna y con el estímulo de la creación literaria logró recuperarse. No obstante, tampoco están todas las adaptaciones cinematográficas que se han hecho de la obra de King. Aunque casi.

La colección de ese niño que algunas veces regresa se completa con libros electrónicos y con ciertas películas en fomato DVDRip, MP4 o AVI. Es curioso. Ninguna cinta de King la ha visto en una sala de cine. Todas han sido vistas en casa. O en vuelos de avión, en hoteles, aprovechando que desde hace unos años las pantallas no se quedan fijas y pueden acarrearse a cualquier lugar.

El niño, o lo que permanece de él, mira la portada de Misery, renueva su admiración por la actriz Kathy Bates, ganadora del Oscar en 1990 por su actuación de la enfermera groupie Anny Wilkins, y recuerda que esa obra la vio representada en vivo, en el Teatro del Centro Deportivo Chapultepec de la Ciudad de México, en 2011, con las actuaciones de Itatí Cantoral y Damián Alcázar. Aunque esa vez las interpretaciones y la dirección escénica de Antonio Castro no lograron exprimir al máximo los matices y las motivaciones psicológicas de los personajes, hace poco la recomendó cuando una amiga en Mérida le preguntó si debería ir a ver la producción ya que se presentaba en tierras yucatecas.

Los ojos de ese niño recorren algunas carátulas de esas películas. Se encuentran con el San Bernardo de pelo largo, colmilludo y rabioso de Cujo. Con Tom Hanks y su gorra del celador Paul Edgecombe y a su lado el gigante negro y entrañable John Coffey actuado por Michael Clarke Duncan y el otro guardia, Brutus “Mole” Howell, que interpreta David Morse en Milagros inesperados. Infaltablemente, con la cara desquiciada de Jack Nicholson entre la madera rota de una puerta, en su actuación del escritor Jack Torrance en El resplandor dirigida por Stanley Kubrick, versión que nunca terminó de gustarle a King. Los faros encendidos y amenazantes del Plymouth Fury modelo 1958 propiedad de Arnie Cunningham en Christine lo ciegan un poco y mejor observa a esos niños dispuestos a aprender del mundo en Cuenta conmigo. Repara en el rostro del actor River Phoenix, fallecido de una sobredosis en 1993, a los 23 años de edad, caso tan malhadado como el de Brad Renfro, quien murió en 2008, a los 25 años de edad, de una sobredosis de heroína pero sobrevive en la memoria del niño, entre otras razones, por su actuación casi patológica en Alumno aventajado, cinta en la que chantajea al viejo de pasado subrepticio nazi que interpreta el actor inglés Ian Mckellen…

Renfro, con toga y mirada desafiante en el papel de Todd Bowden; McKellen en el de Arthur Denken, con el disfraz de uniforme nazi que Todd le ha obligado a enfundarse, aparecen también en uno de los afiches de pared que tiene el niño. En el otro cartel, uno contiguo, está plasmado Tim Robbins, en el rol de Andy Dufresne, con las manos extendidas hacia la lluvia, hacia el aire, hacia la libertad, luego de atravesar un kilométrico túnel de desagüe para escaparse de la prisión de Shawshank con disimulo de la noche y de una Rita Hayworth de papel que ahí le había conseguido su amigo Red, magistralmente interpretado por Morgan Freeman.

El niño que ya no es niño detiene ahí su recorrido, seguro de que podría sumergirse aún más en ese mundo de King, al que debe en un inicio su gusto por la literatura y el cine. Queda pensando en La redención de Shawshank (Sueño de fuga – Cadena perpetua) y en su director y guionista Frank Darabont, a su juicio el mejor cineasta que haya acometido una obra de King. Aunque también dirigió Milagros inesperados y habría de dirigir La niebla, con La redención de Shawshank ganó un sitio estelar en la cinematografia. En Internet Movie Data Base (IMDB) fue votada como el mejor filme de la historia. Ninguna otra película ha acumulado tal cantidad de votos, lo que seguramente es por algo que tiene que ver con la estética, con la sensibilidad, con el alma de los autores.

El niño recuerda entonces un pasaje de esa película. Quizás el momento más atesorable que igual conserva de King. Es cuando los presos de Shawshank comienzan a escuchar a través de las bocinas un fragmento de Las bodas de Fígaro de Wolfgang Amadeus Mozart, cortesía de Andy Dufresne, osadía que habrá de ganarle un severo castigo. La voz en off, la de Red, que narra los acontecimientos de la historia dice:

No tengo ni la más remota idea de qué demonios cantaban aquellas dos italianas, y lo cierto es que no quiero saberlo. Las cosas buenas no hace falta entenderlas. Supongo que cantaban sobre algo tan hermoso que no podía expresarse con palabras y, precisamente por eso, te hacía palpitar el corazón. Les aseguro que esas voces te elevaban más alto y más lejos de lo que nadie, viviendo en un lugar tan gris, pudiera soñar. Fue como si un hermoso pájaro hubiese entrado en nuestra monótona jaula y hubiese disuelto aquellos muros. Y por unos breves instantes hasta el último hombre de Shawshank se sintió libre.

Así, ciertas veces ese niño, que indefectiblemente dejó de vivir porque creció, se ha sentido libre de los muros de la existencia cotidiana gracias a algunas obras de Stephen King, quien junto a su mundo y legión de personajes, en ocasiones regresan a su vida, como el niño mismo. “Por fortuna”, piensa influido por un título kingniano, “Sometimes they come back”. ®

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Publicado en: Ensayo, Marzo 2012


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  • Alfredo Gabriel Páramo

    Extraordinario texto en el que no solamente se hace justicia a uno de los grandes escritores de nuestro tiempo, sino que Mercado cuestiona muchos de los fundamentos –que no son más que simples prejuicios– de la “cultura”.