La actualidad de la filosofía

Historia del pensamiento occidental

En nuestros días existe una filosofía de la ciencia, de la literatura, de la psicología, de la antropología, del lenguaje, de las matemáticas, de la biología, etcétera. La labor principal de estas filosofías es dar un sustento racional, observar el modo de trabajar y ubicar histórica y conceptualmente el trabajo particular de cada disciplina que estudia.

1. No existe en el mundo más filosofía que la filosofía occidental.

Es decir, lo único que puede ser calificado como pensamiento filosófico es aquello que se inscribe en el modo de ser de la tradición de reflexión, argumentación y tratamiento de temas que se inició en la Grecia antigua, hace más de dos milenios y medio. Todo lo demás es otra cosa. Cosmogonías, mitologías, teogonías, son formas del pensamiento que intentan dar sentido al mundo y a la vida; cohesionan la convivencia y dotan de identidad a los grupos humanos. Muchas de ellas tienen una gran riqueza simbólica, poética y narrativa. Pero no son filosofía. La filosofía es ese discurso particular de Occidente que va del poema filosófico de Parménides de Elea (siglo V, antes de nuestra era) al último ensayo de Fredric Jameson o de Gilles Lipovetsky.

En ese largo trayecto del pensamiento y de la actividad filosóficos se ha ganado en aprendizaje acumulado. A través de los siglos, los problemas recurrentes de la filosofía se han mezclado con los problemas particulares del tiempo histórico. Ha evolucionado en sus respuestas, en sus planteamientos y en su modo de ser dentro de la estructura social. Pero, al mismo tiempo, ha mantenido una forma de trabajo permanente a lo largo de la historia, que se ha estabilizado desde los escritos de Platón y de Aristóteles: argumenta de manera coherente, racional e informada sobre los temas que le atañen, y los temas que le atañen son prácticamente todos, ya que incluye lo que pasa con el hombre, con la naturaleza y con el cosmos.

Así, en nuestros días existe una filosofía de la ciencia, de la literatura, de la psicología, de la antropología, del lenguaje, de las matemáticas, de la biología, etcétera. La labor principal de estas filosofías es dar un sustento racional, observar el modo de trabajar y ubicar histórica y conceptualmente el trabajo particular de cada disciplina que estudia. Contrario a lo que se podría pensar, la filosofía no es una disciplina en retirada ni un discurso de antaño que no opera más. No obstante, desde hace por lo menos una generación, un creciente número de personas identifica de esa manera a la filosofía: como el vestigio de un pensamiento que ha llegado a su fin.

2. Una de las consecuencias poco valoradas de la desintegración del mundo bipolar de la Guerra Fría

John Searle

fue la disolución del discurso filosófico como fundamento ideológico y conceptual para el público no especializado en la materia. Hasta antes de 1989, algunos nombres de filósofos tanto históricos como contemporáneos estaban en boca de muchos como referentes, apoyos o espectros de las contiendas ideológicas que se verificaban lo mismo en la prensa diaria que en revistas culturales y en charlas de café. Esto era particularmente notable en los países europeos y en Estados Unidos, aunque también ocurría en México y el resto de América Latina. Los indispensables fundadores del llamado comunismo científico, Karl Marx y Friedrich Engels, por supuesto, pero también los nombres de Hegel, William James y Bertrand Russell circulaban en el insumo informativo cultural de numerosas personas a lo largo y ancho del mundo.

En la actualidad eso no ocurre más y hay quienes incluso creen que el último filósofo occidental fue el francés Jean Paul Sartre. Sin duda sí que fue el último con inmensa popularidad y visión masiva, puesto que llevó su marxismo humanista a la plaza pública y su propia personalidad mediática lo llevó a la difícil línea entre el compromiso y la pose progresista. Pero la filosofía no terminó ni con Sartre ni con Russell (este último un poco menos conocido en el medio latinoamericano, pero muy popular en el anglosajón), dos indiscutibles eminencias del siglo pasado. Ha seguido su camino lo mismo por la especialización académica, labor a medio camino entre el anticuario y el científico, que en la exploración y dilucidación de los temas, problemas y particularidades de nuestro tiempo.

De la llamada filosofía académica (que algunos llaman, quizá con cierta razón, “academicista”) han surgido numerosas corrientes especializadas cuyo público es primordialmente gente del ámbito filosófico, ya sean estudiantes, profesores o investigadores del área. Allí tenemos a la hermenéutica, a la analítica, a la filosofía de la ciencia, a la epistemología, la filosofía de la cultura y el posestructuralismo, entre muchas subdivisiones más. Los creadores de este ámbito son prácticamente todos y cada uno de los profesores e investigadores alrededor del mundo que publican en revistas de corte científico, primordialmente universitarias, que asisten a coloquios, congresos y eventos académicos y que utilizan un lenguaje adecuado (críptico y rebuscado según algunos) para sus iguales en formación filosófica. Este conjunto es global y está compuesto por el sistema de investigación universitaria mundial.

Pero también existen filósofos que, partiendo de ese ámbito de especialización, han llamado la atención de un público más amplio al comunicar sus ideas en un lenguaje que, sin perder la rigurosidad conceptual, resulta más atractivo y comprensible para las personas cultas en general. Han intentado hacerse de un lugar en los medios masivos de comunicación, concediendo entrevistas y escribiendo en diarios y revistas y han enfocado parte de su trabajo a los problemas de la actualidad mundial. De entre los varios ejemplos que pueden ponerse (como fue el caso del estadounidense Richard Rorty y del francés Jean Baudrillard, fallecidos en la década que acaba de concluir), viene a la mente la figura de dos de ellos, ambos vivos y en activo: el estadounidense John R. Searle y el alemán Peter Sloterdijk.

De la llamada filosofía académica (que algunos llaman, quizá con cierta razón, “academicista”) han surgido numerosas corrientes especializadas cuyo público es primordialmente gente del ámbito filosófico, ya sean estudiantes, profesores o investigadores del área. Allí tenemos a la hermenéutica, a la analítica, a la filosofía de la ciencia, a la epistemología, la filosofía de la cultura y el posestructuralismo, entre muchas subdivisiones más.

La labor divulgativa del primero se centra en los aspectos esenciales de las ciencias neurobiológicas y su relación con el funcionamiento del lenguaje, el entendimiento y, muy especialmente, la mente humana. En numerosos artículos y charlas Searle se ha dedicado a explicar detalladamente cómo es que la maravilla de la mente humana tiene un sustrato eminentemente biológico, en el nivel evolutivo, y una configuración puramente bioquímica en su funcionamiento diario. Ha negado que exista una separación entre el cuerpo y la mente, puesto que considera que es un error heredado de la tradición cultural que se remonta al siglo XVII, y ha establecido que si bien la mente trabaja como si se tratara de una entidad que no es de este mundo (es decir, espiritual), eso no se debe a que tenga propiedades sobrenaturales, sino a que su complejidad es tal que nuestras ciencias todavía no han podido dar cuenta por completo de su modo de funcionar.

La conciencia —afirma el filósofo en su libro El misterio de la conciencia— es un fenómeno natural, biológico. Es una parte de nuestra vida biológica, como la digestión, el crecimiento o la fotosíntesis. Nuestra visión del carácter natural, biológico, de la conciencia y de otros fenómenos mentales está obnubilada por causa de nuestra tradición filosófica, que hace de lo “mental” y de lo “físico” dos categorías mutuamente excluyentes. La salida hay que buscarla en el rechazo tanto del dualismo como del materialismo, aceptando, en cambio, que la conciencia es un fenómeno “mental” cualitativo, subjetivo, y al propio tiempo, parte natural del mundo físico… La conciencia es un fenómeno natural biológico que no casa confortablemente con ninguna de las categorías tradicionales de mental y físico. Está causada por microprocesos de nivel inferior que se dan en el cerebro, y es un rasgo del cerebro en los niveles superiores.

Su teoría es sólida al afirmar que las propiedades mentales más valoradas (como la voluntad, la subjetividad y la singularidad) son entramados emergentes de las complicadas combinaciones posibles que se dan en el nivel neuronal. Esa complejidad es la que falta aún por describir de manera precisa, pero ello no significa que no exista y que no sea ella, y sólo ella, el factor determinante en la impresionante singularidad cósmica de la mente humana.

Cuando el filósofo de Berkeley comenta estos temas, que pudieran parecer estrictamente científicos, en realidad lo que hace es presentar a un público no especializado los fundamentos de un pensamiento que excede los presupuestos religiosos históricos y los vuelve rancios, caducos y vacíos de contenido. Si la explicación sobrenatural no es ni suficiente ni necesaria para dar cuenta de la maravilla de la mente humana, consecuentemente es posible dar el paso siguiente; jalonar el pensamiento a un estadio superior al religioso, dejando atrás sus lastres de figuras míticas, mágicas y todopoderosas. La labor del filósofo, entonces, se convierte en un avatar del pensamiento progresista en el mejor de sus sentidos: acumular conocimiento para ensanchar los círculos de entendimiento de la verdad que, como estableciera Aristóteles hace 2300 años, ésta consiste en decir de lo que es, que es, y de lo que no es, que no es.

El caso de Peter Sloterdijk es más complicado y tumultuoso que el de Searle. Su obra es inmensa, barroca, compleja y artística. Sus temas son diversos y lo mismo puede hacer análisis estéticos que psicoanalíticos, sociológicos o de crítica literaria, pero en el centro de toda ella se encuentra la preocupación por el ser del hombre. Sus obras son, por lo general, monumentales (nada más pensar en su trilogía Esferas, que consta en total de más de tres mil páginas) y muy cargadas conceptualmente, pero también se ha dado tiempo para realizar escritos con un cariz más general e intención divulgadora. En éstos ha hecho una disección del estado civilizatorio actual.

El caso de Peter Sloterdijk es más complicado y tumultuoso que el de Searle. Su obra es inmensa, barroca, compleja y artística. Sus temas son diversos y lo mismo puede hacer análisis estéticos que psicoanalíticos, sociológicos o de crítica literaria, pero en el centro de toda ella se encuentra la preocupación por el ser del hombre.

A partir de su obra Normas para el parque humano, que a poco más de una década de su publicación se ha convertido en un clásico contemporáneo y que en su momento (finales del milenio) tuvo una gran repercusión mediática en Alemania, estableció que la dinámica de la sociedad actual la ha llevado a la pérdida del humanismo y al encumbramiento de diversos elementos de barbarie. La creciente violencia cotidiana en numerosos lugares del mundo, así como el desvanecimiento de la lectura, la educación y la civilidad como fundamento de la formación de las personas, han afectado sin remedio al cemento de la sociedad global, donde cada vez más los individuos guían sus vidas y su interacción con los demás con base en el ejercicio de la fuerza, el quebranto de la ley y el desenfreno de las pasiones. De manera incendiaria, Sloterdijk afirma que la retirada del humanismo no tiene vuelta atrás y que los procesos de tensión social y neobarbarie serán cada vez más profundos y más extendidos en el mundo.

En la cultura actual está teniendo lugar una lucha de titanes entre los impulsos domesticadores y los embrutecedores y entre sus medios respectivos. Y ya serían sorprendentes unos éxitos domesticadores grandes, a la vista de este proceso civilizador en el que está avanzando, de forma según parece imparable, una ola de desenfreno sin igual… De igual manera que en la Antigüedad el libro perdió la batalla contra el teatro, así también hoy podría la escuela perder la batalla contra poderes educativos indirectos como la televisión, las películas violentas y otros medios de desinhibición, si no surge una nueva cultura del cultivo propio que mitigue esa violencia.

Las penetrantes observaciones de Sloterdijk revelan de manera general un estado de cosas que ha dejado una estela problemática en muchas partes del mundo, México incluido. Lo que el pensador alemán hace ver es que las soluciones para el estado de franca desintegración de los presupuestos de convivencia (educación, civilidad y constitucionalidad) que durante tres siglos se han construido en buena parte del mundo, están ya más allá de la política profesional. No bastará con reformas reactivas ni con soluciones inmediatas o con el ejercicio desmedido de la fuerza para solucionar los procesos de furia social y descreimiento de la legalidad que se vive en muchos territorios del planeta, sino que es necesario ir más allá. Imaginar, repensar e inventar nuevos cimientos sociales, valores edificantes relucientes y una comprensión del ser humano y su modo de ser en el mundo diversa a la que hasta ahora se ha ensayado en Occidente y las naciones del resto del mundo bajo su influencia.

El trabajo filosófico de estos pensadores, concebido para un público más amplio que el especializado, y recién comentado a vuelo de pájaro, pone de relieve la vigorosidad del quehacer filosófico mundial en nuestros días. Más allá de bravatas esteticistas o tecnocráticas, lo cierto es que la filosofía sigue siendo un pozo inagotable de ideas, concepciones y elucubraciones luminosas sobre la realidad del hombre y el mundo. Su vigencia está fuera de duda y sigue cumpliendo a cabalidad el dictum que lanzara Hegel hace ya dos buenos siglos: ser la máxima encarnación abstracta de la reflexión de donde parte el entendimiento científico de todo lo demás. ®

Nota: Una versión corta de este ensayo fue publicada en la revista Milenio Semanal del 23 de mayo de 2011.

Archivado en Ensayo, Septiembre 2011

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