La casita

Amor de estudiantes

En su desayuno de aniversario de generación escolar, María N de pronto se acordó de un extended play (EP) de Roberto Jordán y les anunció que les tenía una sorpresa. Puso en seguida en el fonógrafo “Amor de estudiante” a sus compañeros de estudios reunidos en casa.

Hombre que llora.

Hombre que llora.

uno.

¿Has observado cómo el llanto de un hombre poco a poco le afloja el cuerpo? Si el llanto empieza en la orilla, por ejemplo, de la cama, un sofá o una silla, verás que, gradualmente, el llanto lo lleva a reclinarse en la colcha, en el brazo del mueble de sala o sobre el escritorio o mesa que hace juego con la silla. Se abandona a sí mismo como un traje que se echa al cesto de la ropa, como una rama de pronto marchita.

dos.

Observarás también que el llanto lleva al hombre a: 1. cubrirse el rostro con las palmas o el pañuelo; 2. bajar la cabeza como quebrado o vencido; 3. o echar atrás la cabeza como si comprimiese la nuca para dirigir el llanto al cielo. Si es alguien que cumple la observación 1, es un hombre tímido; si la 2, es una persona que no se anda con rodeos; si la 3, es uno que implora clemencia a alguien superior a sí mismo.

El llanto lleva al hombre a: 1. cubrirse el rostro con las palmas o el pañuelo; 2. bajar la cabeza como quebrado o vencido; 3. o echar atrás la cabeza como si comprimiese la nuca para dirigir el llanto al cielo.

tres.

Por supuesto que hay excepciones, como Edipo, que se sacó los ojos, o Romeo que apuró el veneno al ver a la amada tendida, o Narciso que se enamoró de su propia y terrible imagen. Cada una de estas acciones hace referencia a una modalidad del dolor, la impotencia o al llanto como una virtud de muchos.

cuatro.

Una noche Rogelio fue a saludar a sus padres, acompañado de un amigo. Faltaba poco para que su padre saliera de viaje —era empleado de Ferrocarriles Nacionales de México— y los visitantes se ofrecieron a llevarlo a la estación. Cuando don Cornelio trepó al tren, como siempre hacía, volteó a donde estaban su hijo y el amigo de la familia y con una mano en alto se despidió. El ritual de despedida que Rogelio conocía desde niño le hizo romper en llanto, acaso se vio remontado a un pretérito lejano; acción que quizá por contagio se repitió en el rostro de Salomón, sin que éste supiese la razón exacta del llanto del otro. Así de inesperada es a veces la catarsis.

cinco.

José N. es piloto aviador que organiza vuelos charter y es también devoto del santo niño de Atocha. Dice un investigador (G. Wasson) que la vieyra que trae el santo en el pecho simboliza el recipiente con que los peregrinos en el Camino de Santiago (Galicia) toman agua; que el guaje que porta la criatura, embrocado, es una cabeza de hongo; que la espiga de trigo que carga simboliza la harina y el pan de hornear y que del trigo se extrae un elemento de propiedades alucinatorias; que la canasta que lleva el infante se utiliza para la recolección de “cabezas” de hongos, llamadas “niños”. Pues bien, el piloto un día llevaba a seis pasajeros, incluido él mismo, bajo un cielo tormentoso; cuando la descarga de un rayo obligó a la aeronave a un aterrizaje forzoso. Como pudieron, bajaron. Al hacerlo, todos se percataron de que habían descendido sobre un trigal. Uno de los elementos característicos de la iconografía religiosa, se le reveló a José N, creyente, los había salvado. Le vino un acceso de llanto agradecido.

seis.

Pues bien, en su desayuno de aniversario de generación escolar, María N de pronto se acordó de un extended play (EP) de Roberto Jordán y les anunció que les tenía una sorpresa. Puso en seguida en el fonógrafo “Amor de estudiante” a sus compañeros de estudios reunidos en casa, todos cincuentones, como se dice. No terminaba aún la primera estrofa —“es otoño, los amantes ya se fueron,/ las hojas de los árboles cubren el campo”—, me deletrea cadenciosa mi amiga, cuando Juan N rompió en llanto. Como ocurre en estos casos, se hizo un silencio denso entre los presentes, como si se materializara de pronto un cuerpo tendido, un difunto. Cuando la anfitriona vislumbró que Juan se arrodillaría primero, antes de llegar al clímax echado en la alfombra, quebrado, como derrotado, con un movimiento de cabeza, le pidió a otro compañero que lo auxiliara.

siete.

Pero el auxiliar, sin nadie preverlo, al abrazarlo para darle consuelo, rompió también en llanto; era uno de esos llantos estruendosos, sin diques ni tapujos. Alguien de los ahí presentes, nadie lo precisa, me cuenta María, tuvo la peregrina idea de hacer una cadena de brazos que rodeó al par de chillones. No faltó alguien que les alcanzó el papel desechable. “Te lo juro, me dice ella a modo de epílogo, que a muchos, y todavía no terminaba la balada nostálgica de Roberto Jordán, nos escurrían las lágrimas en silencio, en lo que les hacíamos casita”.

ocho.

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Publicado en: Marzo 2014, Narrativa

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