La ciencia más allá del fin del mundo

Reflexiones en el 2012

Es el 2012 y la cultura del miedo se expande a través de los medios de comunicación masiva, las redes sociales y la literatura de ocasión. Falsos profetas, predicciones apocalípticas y más de algún pseudocientífico despistado inundan las pantallas y los encabezados.

La ciencia es la progresiva aproximación del hombre al mundo real.
—Max Planck

Nunca antes el fin del mundo había servido como medio de enriquecimiento para tantas personas. La desesperanza y la superstición como mecanismos infalibles del siempre fértil campo de la histeria colectiva. Con todo esto, resulta difícil desmarcarse de la tendencia pesimista que ya decreta el fin del mundo como un hecho inevitable. Pero la labor de la divulgación científica, a la par del científico como tal, también es en parte rebatir con fundamentos lo que la ignorancia hace ver como verdad absoluta.

¿Cuál es el papel que despeña la ciencia en todo esto?

No es de sorprender que este tipo de vaticinios dogmáticos encuentren fuerte aceptación en naciones cuyos niveles educativos, por lo general, dejan mucho que desear. Y en el caso de países como México o Estados Unidos (cuna de toda esta subcultura conspirativa), una educación científica nula en el caso del primero y decadente en el segundo son más que aptas para que los ultrajes a la razón logren permear en el grueso de la sociedad. Pese a ello, de entre todo este circo mediático en el que se han convertido las culturas ancestrales, existen ciertas formas a partir de las cuales se puede establecer un punto de partida hacia un mejoramiento científico y tecnológico, el cual, a su vez, deberá ser materializado en un progreso social e intelectual mejor encaminado que el ya existente.

A últimas fechas el mundo occidental parece tomar conciencia de los daños causados a su propio ecosistema. Se respira desde hace no más de dos décadas un cierto atisbo de culpa que remueve al hombre hacia un uso de los recursos tanto más consciente, con un criterio acucioso en cuanto los efectos que esto traerá consigo. Trasladando esa visión hacia el campo de la ciencia es claro que los parámetros a seguir por la investigación científica en el plano mundial no se tomarán licencias para abandonar los márgenes que delimitan la idea cada vez más arraigada del progreso sustentable. Punto de inflexión representa el momento histórico que vivimos en la actualidad. Dejando de lado toda la locuacidad que la cultura pop ha generado de una serie de hipótesis carentes de argumentos, el 2012 se planteaba ya desde tiempo atrás como un año critico en relación con los problemas energéticos que arrastra el planeta.

Se planteó que para 2012 los efectos del cambio climático serían ya incorregibles, proponiendo así un proceso de adaptación más que de corrección en cuanto a las medidas que se deben de tomar para sofocarlos. El bosquejo de una sociedad a futuro, cincuenta o cien años a partir de hoy, no se puede siquiera imaginar sin una relación armónica con el ambiente.

Se planteó que para 2012 los efectos del cambio climático serían ya incorregibles, proponiendo así un proceso de adaptación más que de corrección en cuanto a las medidas que se deben de tomar para sofocarlos. El bosquejo de una sociedad a futuro, cincuenta o cien años a partir de hoy, no se puede siquiera imaginar sin una relación armónica con el ambiente. La mutación de todo un sistema social que se ha encargado de anteponer el hedonismo material antes que la calidad de vida. La ciencia, sin embargo, no se puede soslayar de la realidad que se vive, si así fuese, perdería gran parte de su naturaleza revolucionaria. En este mundo tecnificado que ha sobrepasado ya la imaginación del hombre las disyuntivas de un sistema económico a punto del colapso repercuten por supuesto en la evolución discontinua del pensamiento científico.

Si pretendiéramos lanzar predicciones superfluas en torno a lo que los años venideros traerán consigo estaríamos cayendo en el mismo círculo vicioso que previamente se ha criticado. Lo que sí podemos y debemos hacer es aventurarnos a proponer ciertas pautas que deberían marcar el paso del desarrollo tecno-científico a mediano y largo plazo. Por un lado, entender que la ciencia va más allá de la simple tecnocracia. Los descubrimientos en este campo no necesariamente deben estar limitados por el mercado o el desarrollo armamentista de algunas naciones, como tristemente sucede en la actualidad. Anteponer el bienestar común antes que la explotación comercial del conocimiento. Entender que la propiedad privada y la posesión de los bienes materiales no necesariamente son la mejor opción para todos. ¿Automóviles y medios de transporte comunitarios? ¿Por qué no?

La visión a futuro de las comunidades quizás tienda hacia un estilo de vida más austero, minimalista en la mejor de sus acepciones. Las grandes megalópolis deberán sufrir una profunda transformación y mutar en pequeños espacios urbanos mejor distribuidos, con mayor equidad en la gestión de los recursos. Por supuesto que la mayor problemática que tenemos en la actualidad es el uso de los combustibles fósiles, por eso resulta vital continuar con los esfuerzos que se están realizando alrededor de los más importantes centros de investigación y aplicación científica del mundo. Un último punto a tomar en cuenta es la inclusión, no sólo la referente a todos y cada uno de los sectores que componen la sociedad, sino también la de esa inmensa biodiversidad con la cual coexistimos. A manera de conclusión podríamos aseverar que la ciencia sólo puede describir certidumbre, pero jamás justicia, bondad o tolerancia. ®

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Publicado en: Destacados, Enero 2012, La ciencia del futuro

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