La ciencia y los golpes al antropocentrismo

Frente a la pervivencia del pensamiento religioso

A lo largo de la historia la ciencia se ha encargado de derrumbar uno a uno los conceptos más egocentristas que el hombre ha ido creando acerca de sí mismo.

Desde el principio de nuestro tiempo, las posturas idealistas dominadas por una fuerte visión dogmática (en su más amplia definición) se han encargado de crear sus propias interpretaciones acerca de todos aquellos fenómenos que salen de su rango de percepción o entendimiento. Desde luego, el origen del universo, así como también el del hombre y el lugar que ocupa en él, no han dejado de ser temas recurrentes en la concepción meramente poética de la realidad, generando así ideas paradigmáticas en torno a la valoración que hacemos de nosotros mismos y de cuál es el papel que desarrollamos dentro de un entorno general.

El antropocentrismo se define como una corriente surgida, presumiblemente, durante el Renacimiento, la cual nace en contraposición al teocentrismo de la Edad Media. Si bien es cierto los cambios generados durante esta época están más encaminados hacia una postura humanista, en la que la voluntad del hombre se establece como cimiento de su propia libertad, una visión ególatra construida con las posturas de la filosofía idealista más conservadora en combinación con una malentendida ideología humanista arroja como resultado ese antropocentrismo, bajo el argumento principal de que el hombre es y será la medida de todas las cosas. Lo que esta postura deja de lado, además de representar un enorme candado de paradigmas en torno al conocimiento científico y filosófico, son las consecuencias irreversibles que provoca en las especies que se desarrollan alternas al hombre, así como también en su ambiente.

La filosofía, la sociología, la religión e incluso el arte se han vistos influidas, y en algunos casos modificadas desde sus fundamentos, a la par de los avances generados en el mundo tecno-científico.

Hoy, en el amanecer del siglo XXI, es todavía muy marcada la influencia que la concepción antropocéntrica que el hombre creó de sí mismo, y ha ejercido sobre la cultura occidental; pese a ello, el pensamiento científico ha logrado sacar a flote diversas y muy variadas posturas, las cuales, sin tenerlo como meta principal, han representado golpes contundentes a esa manera de pensar. Teorías que han sido sometidas a los más rigurosos procedimientos de validación de las ciencias prácticas y que luego de su aceptación inobjetable han representado también un cambio revolucionario en áreas del conocimiento que a simple vista podrían parecer antagónicas a las ciencias formales. La filosofía, la sociología, la religión e incluso el arte se han vistos influidas, y en algunos casos modificadas desde sus fundamentos, a la par de los avances generados en el mundo tecno-científico.

Haciendo hincapié en el ámbito de la religión (la institucionalización del conocimiento dogmático), las aportaciones científicas más revolucionarias expuestas ya desde la última etapa del Medioevo han terminado de desnudar la carencia de argumentos sólidos de este tipo de conocimiento. Hay quienes señalan que ciencia y religión no tienen por qué mantenerse en un estado de confrontación permanente, argumentando que simplemente no compiten en campos iguales. Aunque nadie puede negar que los paradigmas dogmáticos impuestos por la religión (cualquiera que ésta sea), han representado el principal obstáculo para el pensamiento científico; que la visión ideológica en la que el hombre y sus actos son regidos por un ente más allá de lo material representa, por principio de cuentas, la más fuerte de las ataduras que el hombre puede tener para alcanzar el conocimiento.

No sólo el pensamiento dogmático impuesto por las religiones del mundo representa la base de las posturas antropocéntricas. El hombre, en su más grande egocentrismo, se ha encargado de mitificar su existencia por medio de la imposición de hipótesis carentes de todo valor experimental, ocultando con ello la profunda insatisfacción que le causa el entenderse a sí mismo como un elemento más del orden natural, en el que pierde toda clase de superioridad sobre el resto de las especies y le quita el poder que la supuesta creación inteligente le ha otorgado para modificar su ambiente. Es evidente que las posturas científicas encaminadas a privilegiar la naturaleza pura del conocimiento no encajan con el lado más romántico al que se hace referencia cuando el hombre pretende enaltecerse a sí mismo; sin que esto importe, la ciencia, por medio de sus más grandes expositores, ha tenido que resistir los embates de nuestra propia ignorancia para establecerse como el medio más factible en la búsqueda de la verdad.

Los anticristos de la historia; la ciencia y algunas de sus más grandes aportaciones

Freud

Hablando de cuáles pudieran ser las aportaciones científicas que más se adecuan a esta postura de oposición a los paradigmas dogmáticos creados en torno a la realidad, es importante acotar que para cualquier persona con un cierto grado de inmersión en el estudio de las ciencias, los gigantes a los que alguna vez Newton hizo referencia serán distintos. Por mi parte, mencionaré de manera muy general las aportaciones de los más reconocidos científicos de las ciencias naturales (física, astronomía y biología), añadiendo el caso del psicoanalista austriaco Sigmund Freud y su concepto del subconsciente.

Como el ejemplo más común del reto al que la ciencia se ha enfrentado cada vez que aparece una nueva postura que viene a revolucionar la concepción de nuestro universo se encuentra la teoría heliocéntrica de Nicolás Copérnico, astrónomo polaco, quien en pleno dominio del rigor medieval que azotaba a occidente durante el siglo XVI se aventuró a comprobar que la tierra, lejos de ser el centro del universo, no era sino un planeta más que giraba en su órbita alrededor del sol, en lo que sería llamado, a posteriori, sistema solar. Y es que ni siquiera estamos hablando de una galaxia que cuente con una ubicación estratégica dentro del enorme universo que nos rodea, es sólo una galaxia más de entre tantas que existen en él. Las aportaciones que más tarde harían científicos como Galileo Galilei y Johannes Kepler vinieron a reforzar las ideas expuestas por Copérnico tras la publicación de su teoría heliocéntrica. En este punto me interesaría hacer referencia a Wolfgang von Goethe, escritor y científico alemán, quien hace la siguiente aseveración en torno a las ideas copernicanas.

De todas las opiniones y descubrimientos, ninguno debe haber ejercido mayor efecto sobre el espíritu humano que la doctrina copernicana. Apenas el mundo había sido considerado como redondo y completo en sí mismo, cuando se le pidió que renunciara al tremendo privilegio de ser el centro del universo. Quizá nunca se haya hecho una petición tan exigente a la humanidad, ya que, al admitirla, tantas cosas se desvanecerían en humo y niebla. ¿Qué se hizo el edén, nuestro mundo de inocencia, piedad y poesía? ¿Qué se hizo del testimonio de los sentidos, de las convicciones de una fe poético-religiosa? No sorprende que sus contemporáneos rehusaran perder todo esto y presentaran toda resistencia posible a una doctrina que autorizaba y exigía de sus conversos una libertad de miras y una grandeza de pensamiento desconocidas, ni tan siquiera soñadas, hasta entonces.

La publicación de El origen de las especies de Charles Darwin, en 1859, representa el momento más alto de la revolución científica darwiniana. Si ya antes Newton, Copérnico, Galileo y Kepler habían transformado no sólo el mundo de la física y la astronomía, sino también el de la filosofia y la religión, fue Darwin el primero en confrontar al hombre ante su realidad más próxima. Habiendo sido asumida la idea de que la tierra estaba lejos de ser el centro de nuestro universo, la idea de un proceso evolutivo natural postulado por el darwinismo representó el golpe más fuerte hasta hoy en día para el ego de la raza humana. Más aún cuando, en su formulación más elemental, la teoría de la evolución de Darwin asegura de manera fehaciente que los ancestros del hombre se encuentran en un ser de extremada similitud al simio. Punto focal de interminables y en ocasiones hasta memorables discusiones entre posturas de índole religioso y científico, el darwinismo es todavía hoy susceptible al debate por algunas de las mentes más conservadoras de nuestro tiempo. Quizás el ejemplo más claro, desde Nicolás Copérnico, de cómo la ciencia ha tenido que caminar a través de un sendero pantanoso para defender sus más valiosas aportaciones; apenas y podemos visualizar a un Charles Darwin resignado a saber que ni toda una vida le alcanzaría para ver que su más grande tarea fuera reconocida de manera oficial.

No sólo el pensamiento dogmático impuesto por las religiones del mundo representa la base de las posturas antropocéntricas. El hombre, en su más grande egocentrismo, se ha encargado de mitificar su existencia por medio de la imposición de hipótesis carentes de todo valor experimental…

Sigmund Freud, el fundador del psicoanálisis, saltó al escenario principal de la ciencia a finales del siglo XIX, luego de dar a conocer los resultados obtenidos a raíz de sus múltiples investigaciones en el área de la neurología. En ellas se concentraba una visión revolucionaria acerca de la conducta humana, así como también un conjunto de postulados en los que el neurólogo austriaco buscaba en las raíces más profundas del inconsciente. Freud innovó en dos campos. Desarrolló simultáneamente, por un lado, una teoría de la mente y de la conducta humana y, por otro, una técnica terapéutica para ayudar a personas con afecciones psíquicas. Algunos de sus seguidores afirman estar influidos por uno, pero no por otro campo. De igual manera, los opositores de las ideas freudianas basan su crítica en la carencia de un rigor científico, lo cual, para algunos, pone a Freud y el psicoanálisis fuera del espectro de la ciencia formal.

Pero lo que trae a Freud a este breve ensayo es el carácter revolucionario con el que irrumpió en plena época de la Europa victoriana, la de las buenas costumbres que se entremezclan con la doble moral. Hablar de trastornos psicológicos relacionados directamente con la niñez y su sexualidad representaba no sólo un cambio de paradigmas en la percepción de lo que hasta ese entonces era el último baúl de la inocencia; también ponía en entredicho la capacidad que el hombre puede llegar a tener para controlar plenamente su propia conducta. La idea del subconsciente expuesta por Freud nos lleva a replantearnos el que tanto control podemos tener sobre nuestros más profundos deseos.

Desde el pensamiento griego del siglo IV a.C. hasta las ideas relativistas de Einstein, pasando por Copérnico, Darwin, Galileo, Freud y muchos más, uno puede ver cómo a lo largo del camino nuestra concepción de nosotros mismos se ha ido denigrando cada vez más. La naturaleza, entendida desde un enfoque científico, nos muestra que carecemos de toda autoridad innata para actuar como la raza superior que en ocasiones pretendemos ser. No somos más que un elemento dentro del orden natural. Llamémoslo cientificismo, posthumanismo o cualquier otro adjetivo que describa el apego a todo aquello susceptible de ser comprobado. Una cosa es segura, la gran maquinaria del pensamiento dogmático religioso puede sostener a la gran mayoría de las masas en este mundo, pero como toda maquinaria, no deja de ser susceptible al error, y sobre todo, a la caducidad. ®

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Publicado en: Ciencia y tecnología, Febrero 2011


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  • La creencia en el antropocentrismo entra dentro de la categoría de religión.

    Existe todo un enorme aparato conceptual e ideológico urdido para intentar justificar nuestra superioridad sobre otros animales y el hecho de que les explotemos para nuestro beneficio a costa de su libertad y sus vidas.

    Por ejemplo, el uso de animales no humanos como comida, y otros fines, no sería posible sin la demanda de la sociedad. Y esta demanda no sería posible a su vez si no se pensara de manera generalizada que el ser humano tiene derecho a usar a otros animales para su beneficio porque de algún modo es superior a ellos. Si los consideráramos iguales a nosotros en respeto no nos los comeríamos.

    A los humanos no se les usa como comida, ni para otros fines para los que sí son usados otros animales (para vestimenta, como sujetos forzados en experimentos,…) Los humanos son considerados personas y poseen derechos. Los animales no humanos son considerados propiedad de los humanos y carecen de derechos.

    Ya en el libro del Génesis, de la Biblia, se dice que el ser humano es una criatura especial, a imagen y semejanza de Dios, que tiene derecho a dominar a los demás animales para su beneficio. Y en general en todas las religiones y doctrinas filosóficas se reafirma esta supuesta legitimidad del hombre de usar a los demás animales para sus propios fines.