La conciencia de muerte como origen del exterminio

La paradoja de la vida y la muerte

La abominación de la muerte origina y fomenta los peores conflictos entre los humanos y, contradictoriamente, estos conflictos no tienen como objetivo primordial preservar la existencia, sino terminarla.

© Harold Lloyd

Epicteto, filósofo griego de la escuela estoica, afirma que la fuente de todas las miserias humanas no es la muerte, sino el miedo que ésta imprime debido a su inexorabilidad. La conciencia de muerte nos separa racionalmente del resto de los mortales. El ganado que se inclina a beber agua en un lago cundido de lagartos no es consciente de que puede morir. Su avistamiento instintivo únicamente le permite presentir el peligro, mas no el fin de su existencia. Su afán por sobrevivir es un acto reflejo que rebasa su capacidad cognitiva.

Muy temprano en la vida, probablemente durante la infancia, los humanos comenzamos a transitar el mundo, sabedores de que en algún momento dejaremos de vivir. Esta revelación adquiere dramatismo debido a la imprevisibilidad del evento. Sin ánimo de ceñir mis afirmaciones a algún tipo de atadura moral, me atrevo a pensar que, en la psique humana, la muerte adquiere un valor inversamente proporcional al de la vida. Si la vida es un túnel ciego en el que desesperadamente estamos abocados a buscar placer —sobrevivir es una forma de placer—, la muerte es un enigmático fetiche poseedor de un encanto que se acumula con el transcurso del tiempo. Un concepto fascinante que, a medida que la vida avanza, se va nutriendo de lo terrible que hay en esa idea del final de la existencia.

El humano es el animal más destructivo habitando la Tierra. Su instinto competitivo rebasa en todo sentido su capacidad racional. La competitividad natural del homo sapiens no podría estar mejor citada en las célebres palabras de Nicolás Maquiavelo: “El fin justifica los medios”. Ningún replicante que se respete moral y filosóficamente podría refutar esta frase. Aquí, Maquiavelo más allá de conceder una directriz política, nos está describiendo como especie. El triunfo máximo del ser que compite implica acabar con el enemigo, derrotarlo certeramente. La victoria suprema es quitar la vida, liquidar.

A continuación, expongo las cuatro principales consecuencias que conlleva la conciencia que el humano tiene de la muerte. Asimismo, intento dejar claro por qué cada una de ellas constituye una estrategia en sí misma para llevar a cabo el objetivo primordial: el exterminio.

La guerra

Los sistemas y métodos que como civilización hemos creado para satisfacer nuestras necesidades, en primera instancia de competitividad y en segunda de depredación, son variados y efectivos. El proceso, por supuesto, no escapa a nuestra capacidad de innovación y sofisticación. El sistema por antonomasia es la guerra. El combate frontal en el que el molesto lastre de la legalidad se relativiza pasando a un segundo término. Nada supera a la guerra cuando de sublimar nuestros instintos más poderosos se trata. En la guerra, la naturaleza humana alcanza su cenit: el de sus pasiones y el de sus exigencias tanto físicas como emocionales. Es probable ­—no lo sé— que el placer que un soldado promedio siente al ejecutar al enemigo sea, en el plano instintivo-emocional, comparable al orgasmo. Acaso sea su propio inconsciente el que efectúe esa suerte de transmutación perceptiva como una medida urgente para preservarse en medio del caos.

Pareciera que la frustración que nos produce la conciencia de un final ineludible nos llevara a odiarnos a nosotros mismos por encontrarnos incapaces de competir contra este sino. La vida es un desafío que desde que nacemos tenemos perdido.

En la guerra y a través de ésta hemos logrado lo otrora impensable en lo que a avances tecnológicos corresponde. La inversión física, intelectual y económica que en mayor grado los hombres —pero también las mujeres— han realizado en pos de la afrenta bélica es macabra, no obstante, asombrosa. Cualquier forma de humanismo se encoge hasta el punto de la invisibilidad bajo una revisión somera de nuestro pasado beligerante. No ha habido muro filosófico que detenga nuestro fanatismo por la destrucción del otro, esa alteridad en la que siempre veremos la figura del enemigo.

Pareciera que la frustración que nos produce la conciencia de un final ineludible nos llevara a odiarnos a nosotros mismos por encontrarnos incapaces de competir contra este sino. La vida es un desafío que desde que nacemos tenemos perdido. Al ser la vida un hecho finito, navegamos en la derrota desde el inicio. Es una empresa que siempre estará destinada a fracasar, una misión permanentemente inconclusa. Bajo el supuesto de este odio hacia nosotros mismos —en el que el suicidio es un acto demasiado valiente para el humano promedio—, lo más viable para sobrellevar esta frustración es matar a la entidad semejante. Así nos vengamos de nuestra propia ineptitud para sortear el reto de la vida. Al matar al otro lo que se busca es la muerte de uno mismo. El homicidio es una manera simbólica de satisfacer la aversión hacia nuestra propia carne.

La religión

Compañera fiel de la diosa Guerra es la fe en seres imaginarios superpoderosos que, en un contexto de divinidad y gloria, ofrecen a precios variables la inmortalidad. Curiosamente, el precio que paga el sujeto en cuestión por hacerse de un lugar en el paraíso de la eternidad consiste en una especie de donativo voluntario. Es decir, cada quien, haciendo uso de sus facultades mentales, elige de qué manera debe rendirle culto al fantasma justiciero de su elección para que éste valore si nuestro héroe terrícola goza del perfil necesario para acceder al mundo de los siempre vivos.

El terror a la muerte es tan viejo como la vida humana en la tierra. Los primeros seres que utilizaron el pensamiento mágico para entender mejor fenómenos inexplicables fueron homínidos de hace aproximadamente treinta mil años, en la era conocida como el Paleolítico Tardío. La creencia religiosa surge, pues, como una explicación mitológica a los eventos que escapaban a la razón humana. Existen evidencias arqueológicas de que tribus neandertales enterraban a sus muertos de manera ritual.

Docenas de milenios más tarde, las tres principales religiones del mundo fundamentan su dogma sobre los supuestos de una gloriosa inmortalidad. La muerte vista bajo la óptica monoteísta de judíos, cristianos y musulmanes es un lugar mucho más amable y apacible que la miserable vida en la Tierra. Los tres dogmas muestran y predican el desprecio por la vida. En el mundo de los vivos hay que sufrir, si es necesario también se debe aprender a ser humillado —incluso disfrutarlo—, evitar los placeres que rebasen la moralina mediante la cual los mandos cupulares ejercen el poder, así como aceptar la aplicación selectiva de penas —mortales, en algunos lugares y si el caso lo demanda— sin importar que surjan en éstas desavenencias que contradigan su propia doctrina. Cualquier razonamiento pasa a una segunda instancia cuando en el individuo religioso existe algún indicio de amenaza que le impida alcanzar la “verdadera” trascendencia, su salvación: el tránsito hacia la eternidad idílica, morada de seres inmaculados: ¡Hosanna, hosanna!, cantan algunos aturdidos.

La crisis del catolicismo ha producido decenas de sectas disidentes. De igual forma, en el islamismo existen múltiples interpretaciones del Corán que derivan en escisiones y grupos con ideas contrapuestas. Los ex católicos, que ahora se hacen llamar orgullosamente cristianos —como si el catolicismo no lo fuera— son en realidad una versión recargada del protestantismo europeo: se rebelan contra el poder de la iglesia papal, pero siguen ciegamente los dogmas evangélicos, cuya principal característica es y será siempre, bajo cualquier interpretación, el culto fanático de la inmortalidad celestial en detrimento de la vitalidad biológica humana.

El capitalismo

© E. Eugene Smith

El capitalismo es el sistema humano ideal por excelencia. La cumbre de su evolución. Permite satisfacer prácticamente todos sus instintos particulares, así como enmarcar su competitividad en un contexto de legalidad y moralidad: el capitalismo es el momento en la historia de la humanidad en el que la depredación y el exterminio son aceptados democráticamente y difundidos como métodos para el progreso y la evolución. El sistema capitalista nos ha permitido tecnologizar nuestra competitividad. A través de éste hemos logrado humanizar el salvajismo al tiempo que conservamos celosamente su esencia. El capitalismo es la racionalización del salvajismo. Cuando nuestra primigenia actitud depredadora se volvió racional nos volvimos capitalistas. El capitalismo, reitero, es el punto más álgido de la evolución humana, por ello es éste el sistema que llevará a la especie a su extinción.

Como mencioné anteriormente, sostengo la hipótesis de que nuestra conciencia de muerte nos orilla hacia un desesperado afán de posesión. En este sentido, es fácil comprender por qué un sistema que basa sus teorías en el consumo es tan exitoso. Vivimos para acumular. Las nuevas tecnologías están enfocadas a que el consumidor acumule cada vez más cosas en menores espacios. Nuestra era se inscribe en una especie de barroquismo emocional, donde productos, imágenes, sonidos y signos se atiborran a nuestro alrededor. Una atmósfera donde nuestra mente no alcanza a decodificar ni la tercera parte de lo ofertado, y sin embargo, mantiene el deseo de poseerlo todo.

El suicidio

Se ha hablado aquí de las diversas formas en las que el afán autodestructivo se manifiesta como un rasgo inherente a la especie humana. En este sentido, el suicidio constituye el culmen de la desilusión por la vida. La expresión más tangible de la conciencia de muerte. Un paso extremadamente racional (aun en la locura) pero que ha sido satanizado por los principales dogmas religiosos, los que han predicado hasta el hartazgo la maldad que existe en el hecho de que el ser humano ejerza la voluntad de poder sobre su propia existencia.

Sin embargo, la conveniencia hipócrita con que históricamente se han manejado los monoteísmos, ha dado lugar a que —contradictoriamente— no en pocas ocasiones la idealización de la muerte también arroje como resultado la muerte voluntaria. El impulso de muerte, entonces, se manifiesta a conveniencia no como un movimiento contrario a la moral, sino como una demanda de encuentro con una realidad absoluta, una exigencia de una vida más plena a través de la experiencia mortal (véase el nutrido historial tanto de suicidios colectivos como de inmolaciones en el nombre de Dios y sus múltiples alias).

El impulso de muerte, entonces, se manifiesta a conveniencia no como un movimiento contrario a la moral, sino como una demanda de encuentro con una realidad absoluta, una exigencia de una vida más plena a través de la experiencia mortal (véase el nutrido historial tanto de suicidios colectivos como de inmolaciones en el nombre de Dios y sus múltiples alias).

Philipp Mainländer (seudónimo de Philipp Batz, a quien Borges rescató del olvido) escribió uno de los máximos tratados de la corriente pesimista de la filosofía occidental, La filosofía de la Redención, publicada el 1 de agosto de 1876, un día antes de que el autor se volara los sesos. Según este tratado, la verdadera liberación radica en el suicidio. La conciencia advierte, a través de los tráfagos de la vida, que la no existencia es mejor que la existencia, y este conocimiento, que lleva a que el hombre se niegue a perpetuarse y tienda a autoaniquilarse, consuma finalmente el gran ciclo de la redención del ser: todos somos fragmentos de una entidad absoluta, que en el Big Bang del principio de los tiempos se destruyó. Una suerte de avidez de no ser. La historia universal es la oscura agonía de esos fragmentos y la destrucción del mundo tendría como objetivo recuperar ese absoluto.

Carlo Michelstaedter, filósofo italiano, elaboró un pensamiento filosófico-poético en Dialogo della Salute (1912), según el cual la vida aspira siempre a algo distinto de sí, y al no conseguirlo, experimenta una raigal desilusión, que es a su vez fuente de impulsos que trascienden la propia existencia hacia un absoluto.

La irracionalidad del vivir y la desilusión del fracaso dan origen a la racionalización de ilusiones que eventualmente llegan a tener una existencia y valor propios. En cierta medida, Michelstaedter anticipó ideas de Heidegger, rescatando el existencialismo más primigenio del danés Søren Kierkegaard. No es casualidad que su obra constituya la par italiana de Del sentimiento trágico de la vida de Unamuno, con la cual —por cierto— comparte el año de publicación.

El suicidio tiene raíces tanto en la antigua Grecia como en las religiones brahamánicas, chinas y japonesas. En la cultura helénica fueron portavoces el fundador de la escuela cínica Antístenes y el del estoicismo, Zenón de Citio, quien inclinó la balanza cuando tropezó y se rompió un dedo: “Para qué uno debe seguir viviendo con alguna molestia, por más pequeña y pasajera que sea, cuando la vida y la muerte son indistintas para el hombre inteligente”. Alrededor del año 250 a.C., Heguesías de Cirena fue apodado “abogado de la muerte” por predicar el suicidio ante audiencias que terminaban por cometerlo, hasta que el rey Ptolomeo prohibió su lectura para “restablecer el orden”.

En varios clásicos asoma una defensa del suicidio, como el Fedón de Platón, el Enquiridión de Epicteto y poemas de Lucrecio. Ya en plena modernidad, Cioran, sin ánimos laudatorios, hablaba de que lo más importante del suicidio es saber que podemos cometerlo.

Epílogo

La capacidad intelectual no es suficiente para asimilar la existencia y menos aún para aceptar nuestra condición mortal. Somos seres predestinados biológicamente a la autodestrucción. Un animal transitorio, cuyos avances tecnológicos son posibles gracias al trabajo en equipo, a la asociación inteligente. La unión de cerebros puede producir las mejores máquinas, pero un solo cerebro todavía no es capaz de aceptar y comprender la vida y la muerte. Quizá el humano sea sólo un eslabón hacia una especie superior, con un cerebro más desarrollado, con una capacidad mejorada para controlar las emociones o al menos estar conscientes y en poder de ellas. Por lo pronto, en un plano general, y en comparación con el resto de las especies, los humanos sólo hemos aprendido a paliar el desahucio: contaminamos sin parámetros precisos, matamos por placer, nos hemos inventado el dinero para ponerle una meta concreta a nuestra competitividad. Todo ello es acaso una reacción desesperada, derivada de nuestra conciencia de muerte. Deseamos todo lo posible en el corto periodo de vida, puesto que sabemos que después no habrá nada, tan sólo ese vacío terrible que implica la desaparición de nuestro cuerpo en el mundo. Los más vulnerables son los que más desean, puesto que son los más inseguros a la hora de enfrentarse con el fin. Su debilidad se ve reflejada en la ambición material y económica, en su afán sexual (posesión del otro, originado por el vacío existencial), en la obsesión fálica y muscular (en el caso del hombre), en la talla de senos y glúteos (en el caso de la mujer), en la lucha obsesiva por alcanzar y conservar una apariencia juvenil. Todos son síntomas del temor a morir.

La capacidad intelectual no es suficiente para asimilar la existencia y menos aún para aceptar nuestra condición mortal.

Los individuos en cuyas conciencias pesa aún más la idea de la muerte son racionalmente más frágiles, no pueden manejarla. Hay quienes buscan desesperadamente la perpetuación de la existencia a través de la tecnología (criogenia, clonación, retraso del envejecimiento a través de modificaciones químicas y genéticas). Los avances en torno al mapa genómico humano constituyen un reflejo de la necesidad psicológica de hacer a un lado, de una vez por todas, la idea de la muerte. La consigna es prolongar la vida lo más que se pueda. En la sistemática prohibición de las drogas psicotrópicas es fácil constatar que todo el sistema está volcado a preservar la vida como lo más valioso. Y lejos de hacer un encomio banal de las drogas, lo que parece criticable es la coartación metódica del libre albedrío que todo sujeto en mayoría de edad y sano juicio debe ejercer. En ello hay, por un lado, una drástica subestimación de la capacidad que el sujeto tiene para tomar decisiones sobre su cuerpo y, por otro, una idea oscura que pervierte la idea de que la muerte es simplemente algo a lo que estamos expuestos por el hecho de estar vivos. En otras palabras, estamos ante una obsesión crónica por condenar el óbito como lo peor que puede sucedernos, cuando en realidad, éste podría ser visto como una etapa más —la última— de la vida, su final ineludible.

La abominación de la muerte origina y fomenta los peores conflictos entre los humanos y, contradictoriamente, estos conflictos no tienen como objetivo primordial preservar la existencia, sino terminarla. La paradoja, entonces, radica en que esta aparente conservación a ultranza de la vida termina siendo una suerte de apología pragmática del exterminio, la cual tiene como último fin facilitar el ejercicio del poder, imponiéndolo.

De su libro En las cimas de la desesperación, de 1933, se extrae esta reflexión de Emile Cioran:

Una de las mayores ilusiones es olvidar que la vida se halla cautiva de la muerte. Siendo la muerte inmanente a la vida, ¿por qué la conciencia de la muerte hace imposible el hecho de vivir? La existencia del hombre normal no es turbada por ella, porque para esa clase de seres humanos normales sólo existe la agonía última y no la agonía duradera, inseparable de las primicias de lo vital. ®

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Publicado en: Diciembre 2011, Ensayo

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