La estrepitosa caída

A unos años de la catástrofe

El desastre mundial está a la vuelta de la esquina, es decir a no más de dos décadas. Ni el maquillaje que quiere dar la Unión Europea para que sus pobladores dejen de usar los focos eléctricos en el lapso de cinco años, ni incrementando la energía eólica ni la solar, pues. De cualquier manera se vendrá la estrepitosa caída.

Todo lo que decimos es que le den un chance a la paz.

—John Lennon

Es verdad que, desde que nos llamamos civilización, ha existido el sueño de viajar por el tiempo, o el espacio—tiempo. Pero ese deseo enmascara, en realidad, que nadie quiere viajar por el tiempo. Sólo se esconde el anhelo de evitar la muerte, conseguir a cualquier costo la perdurabilidad. Ese sueño, una máscara, encubre y cancela un deseo más remoto, ya casi apaciguado: viajar hacia la memoria más lejana del hombre.

Para grupos tribales —todavía en la actualidad—, llamados no sé por qué “arcaicos”, es una práctica más o menos usual invocar el instante de sus orígenes, cuando las cosas fueron por primera vez, venidas de la bruma, nombrando el mundo en forma ascendente hasta llegar al momento en que están departiendo, cada año, dibujando una historia sin faltarles detalle alguno [Mircea Eliade]. Con ese ritual obtienen el don de la ubicación y de la unidad de su existencia grupal y como individuos. Y toman decisiones para el siguiente año, pensando en la preservación del grupo y su entorno.

Recogen una constancia sagrada, si se quiere, y así continúan de manera cíclica sin extraviarse en la Historia. Se reconocen pertenecientes a una comarca, la cual no desgarran. No olvidan qué había hecho posible que ellos estuvieran allí. Entre el recuerdo y su perfil actual. Fundidos a las cosas del mundo, siendo ellos mismos las cosas del mundo.

Recuerdo que, cuando fui observador electoral en territorio zapatista, antes de que el expresidente Ernesto Zedillo rompiera la línea que lo demarcaba, platicando con el representante de una comunidad y al notar yo que habían cultivado maíz en un breve terreno de la falda de la montaña, con mis ideas comerciales le comenté que por qué no sembraban un trozo más grande y que con el sobrante podrían hacer intercambio con otras comunidades que sembraran o produjeran otras cosas y de esta manera su comunidad se favorecería. Me respondió que no era posible porque El Señor del Monte castigaría a la comunidad; si de por sí, añadió, para tomar ese pedazo de tierra le tuvimos que pedir permiso a través de una ceremonia. O sea que, en este caso, la religiosidad o mitología de estas zonas del sur de México permiten la preservación ecológica de algunas zonas. Cuando el señor me dio su respuesta desde luego que me dio un tanto de vergüenza.

Es verdad que, desde que nos llamamos civilización, ha existido el sueño de viajar por el tiempo, o el espacio—tiempo. Pero ese deseo enmascara, en realidad, que nadie quiere viajar por el tiempo. Sólo se esconde el anhelo de evitar la muerte, conseguir a cualquier costo la perdurabilidad. Ese sueño, una máscara, encubre y cancela un deseo más remoto, ya casi apaciguado: viajar hacia la memoria más lejana del hombre.

Estas prácticas, llevadas a cabo en especial por tribus africanas y grupos indios americanos son ya aisladas y por lo tanto sería imposible, de la manera en que está organizado el mundo, llevarlas a cabo a un plano más amplio. Si pudiéramos realizar un análisis temporal de cada miembro de un mismo grupo social obtendríamos una amplia disparidad de tiempos históricos individuales. A partir de ahí sería factible conseguir la media general, más o menos correcta, del tiempo histórico en que transita ese grupo, al margen de la opinión de sus representantes y líderes.

Desde luego que en esto no intervendrían la historiografía, la antropología, la arqueología, la etnología, los estudios genéticos ni los de sangre. Estas disciplinas tienen otros fines y, tratándose de mi tema, no han llegado a conclusiones lejanas que no sean más que aquellas disciplinadas al pensamiento occidental, lo cual no sería útil para, más o menos, la otra mitad del mundo.

Lo que quiero decir es que, dejando de lado estas disciplinas, las cuales son de mi total respeto, se lograría una evaluación “limpia” de temporalidad, se evitarían sobreentendidos, interpretaciones, metodologías. Una evaluación así, sobre todo, ayudaría a menguar sectarismos y discursos raciales tendenciosos. Con el dato “puro” no cabría la posibilidad del fingimiento teórico ni discursivo.

Sé que es preciso registrar las peculiaridades del devenir histórico, testimoniarlas y ordenarlas; en la actualidad se impone una medición correcta en ese sentido global, pero con la imparcialidad de una medida profunda. La confusión hacia la que se despeña el mundo, el magma turbio de etnias, la emergencia de los poderes despegando o despegados, incluido el de las mafias potentes del narcotráfico, el tráfico de órganos, niños y de mujeres, lo están pidiendo.

¿La historiografía y la economía tienden a llamar pueblos civilizados a los que manejan alta tecnología y disfrutan de la modernidad? ¿Los puntales de Occidente y algunos de Oriente, no? ¿Pero no cabría la posibilidad de que algunas de estas regiones “modernas” o “de punta” arrojaran una media general arcaica, mientras las consideradas en una etapa menor de “civilidad”, debido a sus formas de producción semi o preindustriales, a sus arraigadas costumbres culturales, marcaran, de forma sorpresiva, un momento histórico más avanzado? ¿Cómo explicarlo?

Los modernos quizá hubieran consumido su tiempo y su “inteligencia” y sus “conocimientos” a una velocidad vertiginosa, con lo que su “aguja temporal”, en un momento dado, empezaría a ir hacia atrás, trazando una elipsis invertida, paralela a la que debieron transitar con un ritmo normal, poniéndolos en el camino de lo arcaico, que algunos llaman de manera pomposa “decadencia”. Se trata, desde luego, de una visión invertida del tiempo, generada por la ley de la discontinuidad que, en última instancia, sería su fundamento [Albert Einstein]. Hablar del desarrollo desigual y combinado no modifica las cosas, pues esa teoría disculpa la división histórica del discurso dominante.

Los pueblos “semi” o “preindustriales” podrían continuar con su ritmo, con esa cohesión propia que les ha valido los epítetos de “atrasados”, “incivilizados”, hasta “salvajes”, situándose de inmediato, pongamos por caso, en 2084. Mientras tanto, los pueblos dependientes del consumo acelerado de tiempo individual o colectivo irían cayendo, poco a poco, hacia fechas increíbles, en instantes pretéritos de su historia, pues la aguja les graficaría un excedente de tiempo gastado, desincorporándolo hacia el pasado: 1791, 1311, 1645, hasta menos cien mil años; la fecha que usted guste y según el país. Pongamos un caso sencillo: los trenes europeos que hacen dos horas a un lugar donde los trenes tradicionales hacían siete. ¿Cuál es la prisa, si llegan al mismo lugar? Esta pregunta filosófica y física es incontestable en el contexto de la hípermodernidad.

Los primeros ganaban porque la gente veía el paisaje, leía una novela, descansaba, reflexionaba, conversaba y, en especial, el gasto de energía y tiempo era menor. Los segundos pierden lo que los otros ganaban y el gasto de energía en muchísimo mayor, consumiendo, por lo mismo más tiempo, digamos quince horas. Ambos llegaban al mismo lugar, que era lo más importante, y a hacer las mismas cosas: ver a sus familiares o amigos o parejas, o a realizar negocios. Además, ahora, la mayoría lleva su computadora portátil, su celular, iPod (más gasto de energía y pérdida de tiempo como humanos).

Y su cohesión cultural no les sirve de mucho, en tanto que la han sostenido sobre los productos de alta velocidad temporal que cada uno de sus individuos exige. Es natural y cuerdo exigirlo. Sus formas de cultura modernas y posmodernas devendrían en sofisticado maquillaje de un retrato para siempre joven (otro sueño de la humanidad: el síndrome Dorian Gray), de espaldas al olvido. Sostenerse en el curso de la elipse legítima en estos momentos es ya imposible. Habrán de acudir, cómplices, a maniobras de ilegitimidad histórica, política y de relaciones internacionales. Se llenarán de lemas, consignas, símbolos y “propósitos” de unificación. Sólo el horror, la guerra y las transgresiones geográficas pueden alargar un poco más su caída estrepitosa hacia lo arcaico.

Ya es demasiado tarde para desretorizarse, desteorizarse, desistematizarse, para dar algunos pasos hacia atrás, sencillos, ceremoniosos, con respeto (como las tribus africanas y los indios del sur), a pesar de que hubieran preparado con “honesto” propósito el “desarrollo” de la “humanidad”, sabiendo que vamos cayendo hacia fechas más primitivas, quizás anteriores a las sumerias.

Por otro lado, no hay que olvidar el vergonzoso contubernio de las ciencias (el cuarto poder después del político, el industrial y comercial y el del nacortráfico), porque las mujeres y los hombres “inteligentes” de la Tierra no quieren escucharlas: desean sus premios Nobel o publicar en las revistas de más prestigio mundial. Habrían bajado la cortina para mejor oportunidad. Pero ¿habrá otra oportunidad? Mientras viene la estrepitosa caída, en la cual han colaborado o han sido “cómplices”, seguirán metidos en sus laboratorios y en sus símbolos de exclusividad. Por cierto, el deshielo de los polos, aunque está calculado para de aquí a treinta años, no quiere decir que hasta ese tiempo comenzará el deshielo, sino que ya empezó; los efectos se están generando ya ahora, pero ya, y dentro de unos diez años serán desastrosos.

Es obvio que la alternativa del horror, la guerra y las transgresiones geográficas, que ya se vienen fraguando, es demasiado anacrónica y vergonzosa ante la oportunidad que este lado del Universo nos ha otorgado a todo mundo. En tal caso, y en el de los países transgresores, la aguja dará fechas antediluvianas. Sin distingo de raza ni religión, estado mental ni grado de inteligencia, dentro de los núcleos de la misma fatalidad.

Ya es demasiado tarde para desretorizarse, desteorizarse, desistematizarse, para dar algunos pasos hacia atrás, sencillos, ceremoniosos, con respeto (como las tribus africanas y los indios del sur), a pesar de que hubieran preparado con “honesto” propósito el “desarrollo” de la “humanidad”, sabiendo que vamos cayendo hacia fechas más primitivas, quizás anteriores a las sumerias. El desastre mundial está a la vuelta de la esquina, es decir a no más de dos décadas. Ni el maquillaje que quiere dar la Unión Europea para que sus pobladores dejen de usar los focos eléctricos en el lapso de cinco años, ni incrementando la energía eólica ni la solar, pues. De cualquier manera se vendrá la estrepitosa caída. Pero hay que tomarla con calma: por más que se desespere el llamado tercer mundo, de cualquier modo por aquí pasará el estrépito y la verdad no hay lado para dónde hacerse. Según una fórmula de un científico estadounidense, se ha calculado que nada más en la Vía Láctea hay unos 18 mil planetas semejantes a las condiciones físicas de la Tierra (en diversas etapas de evolución), así que sumándole las que pueden haber en otras galaxias, como la de Casiopea, nuestras almas tendrán cuerpos donde habitar. ®

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Publicado en: Abril 2012, Destacados, ¿Nos estamos acabando el mundo?

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