La fascinante odisea de Pixar, X

Wall-E, poesía robótica

“Define danza”, pide el capitán del Axiom. El súpercomputador de la gigantesca nave le contesta: “Baile, reunión social donde se practican danzas animadas”, mientras afuera, Wall-E y EVA, los robots, finalmente han llegado a una comunicación tan humana que haría llorar al mismísimo Isaac Asimov, bailando en el espacio.

Poesía en la animación, el robot que ve al cielo anhelante de que haya algo o alguien en las alturas, que augure que esa soledad no es más que un tránsito pasajero, tal como el ser humano ha creado las más bellas manifestaciones de su sentir en la tierra, inspirado por esa duda esencial. Poesía, no hay de otra.

Un robot creado con un fin, que aprendió de la humanidad como un auténtico arqueólogo, escarbando en los desechos hasta hacerse una idea de lo que fueron esos seres y todo lo que significaron. Wall-E (2008) nos conquista no porque nos muestre sus ojos inocentes de robot, porque nos chantajee en el proceso como un moderno Bambi con tornillos, sino porque es un robot como el Hombre Bicentenario de Asimov, decidido a ser humano a pesar de que no sabe lo que ello entraña, y difícilmente la humanidad que le ve en su imposible misión lo comprende. Y sólo le queda atesorar lo que del humano queda en un páramo en donde el mismo humano provocó su ruina.

Es tanto esa idea de que Pixar estuvo a un paso de acceder a la inmortalidad, de quien rompe uno de los tabúes más rígidos de la industria fílmica. Los primeros 35 minutos nos hacen creer que la catástrofe se consumó, que en verdad no hay nada más en el panorama, que nadie bajará del cielo para demostrarle a Wall-E que su fe era fundada, es decir, que el mundo ha muerto y el ser humano ya es historia.

Pixar tiene que salvar a sus personajes, porque entonces sí estaríamos hablando de un animal completamente distinto, uno que los tabúes de nuestra época nos impediría mostrarle a los niños. Pero en ese trance que los de Pixar nos muestran en Wall-E la idea de religiosidad arcaica, la idea de que aun un robot puede reconocer la vida que hay en esa indefensa plantita, y lo que representa en su verdor es una de las ideas más bellas que la casa de Emmeryville nos ha hecho llegar, una idea tan preciosa que es un poema en sí mismo.

Luego esa idea simbólica de que la nave se llame Axiom —Axioma—, que es como se dice, una idea fundamental, una semilla para una nueva concepción teórica, tal como la planta verde es una semilla para una nueva oportunidad, abajo, en la Tierra, con toda la metáfora de la siembra con la que finaliza la película. Piénsese y Wall-E es más compleja de lo que parece.

Si Brad Bird demostró en sus desarrollos lo subversivo y apegado al mundo real que podría ser el cine animado por computadora, el horizonte de Andrew Stanton en Wall-E es el discurso poético, y el verdadero paso al vacío es hacerlo a través de personajes que hablan con sonidos que vagamente recuerdan al lenguaje articulado.

En ese sentido antropomorfizar a Wall-E era necesario, para crear la identificación con el público, para darle un relieve especial, y la verdad uno que en sí constituye un homenaje sincero (sobre todo porque Stanton y Docter demuestran que conocen la estructura de la ciencia ficción literaria y no como el bodrio llamado Robots de la casa productora FOX en 2005), no sólo a Asimov, que desde sus leyes de la robótica jamás hubiera permitido que el robot dañase al humano, sino por otro lado el tributo al futuro distópico de series queridas como Alien (la voz de la computadora es de Sigourney Weaver, la legendaria teniente Ripley) y al HAL 9000 de la obra de Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick, 2001. A Space Odissey.

Si usted gastó una o dos lágrimas al ver el epílogo no tiene por qué sentirse culpable, porque es el extremo más precioso de la humanidad, la idea de la empatía con el mundo primordial, la tabula rasa en la de que el hombre aprendió la lección y está decidido a enmendar sus pifias anteriores.

La forma de presentar la historia que eligen Stanton y Docter es una que no tengo duda de que será imitada en el futuro, tocando los aspectos que eran de esperarse de una película de Pixar, el humor maniático, la comedia situacional, pero dándoles la profundidad de todo aquello que fascina en los relatos de ficción científica, su vínculo con el primitivo gesto de la inmensidad y la búsqueda del origen.

Como en Finding Nemo, donde Stanton rodeó de misterio a la ballena, en Wall-E el espacio se revela como el lugar enigmático, reverencial, el sitio que incluso en robots aparentemente sin alma puede hacer sentir en sus transistores el respeto al vacío, la finitud y lo imperecedero.

Esos sentidos tan profundos muy pocos directores podrían tomarlos y hacer algo como lo que vemos en Wall-E, porque la forma de contar trasciende la estructura de un simple cuento de hadas ambientado en el espacio, toca con maestría el temor reverencial a la extinción humana y ahonda en aspectos antropológicos que son difíciles de soslayar. Amén de hacerlo a través de la anécdota de lo social. Los rebeldes robóticos a los cuales el despistado Wall-E emancipa tienen la virtud impagable de ser excéntricos, (como todos los grupos de las películas de Pixar), y de salir del tono programático del robot, de expresar en su anomia, el descontento al Mundo Feliz que se han creado los humanos. De hacer sentir al robot más humano, que el terrible monótono rojo y azul con el que los humanos se uniforman para paradójicamente robotizarse a tal extremo que olvidan lo que les hace terrícolas.

¡La tierra!

Y es impresionante y agradecible la fe en la humanidad que tiene Pixar. No es sólo el homenaje hilarante (sin sentido, como los que presenta Dreamworks en sus cintas), cuando el capitán se enfrenta a Auto y se escucha de fondo el comienzo de Also Sprach Zaratustra de Strauss, tal y como apareció en 2001 en la elipsis más grandiosa de la historia fílmica; estamos hablando de un paso titánico: el ser humano decidido a recuperar la grandeza que lo hizo ser y a tratar de reparar sus errores garrafales.

El extremo ante el que nos colocan Stanton y Docter es tan desgarrador cuando Wall-E, ya reparado, actúa como debería de actuar. Piénsese en lo anterior, Wall-E, que apareció para salvar el día en incontables escenas anteriores, era excepcional porque era capaz de salir del tono programado de los demás robots, porque tenía esa cualidad de lo humano que nos entraña y nos identifica, la capacidad de ser diferente, de trascender su propia condición.

Cuando EVA lo repara todo eso parece perdido y Wall-E parece haber dejado su aura para convertirse en un hijo de la nada más, de los muchos que existen en el colorido mundo feliz que describen los autores, en el Axiom. Pero al final, ese amor humano es suficiente como para recordarle a la máquina que aun ella, una metáfora de la creación del creador (tal como el humano), tiene un vínculo que lo emparenta con esa hermosa robot con apariencia de iPod del futuro.

Luego la vuelta a la tierra y la culminación en la poesía de Peter Gabriel en “Down To Earth” es un instante tan etéreo que Wall-E llega a los extremos del más fino arte que se ha concebido en el cine animado. Es decir, si Gabriel entró aquí no es similar a la figura mediática (Gabriel es un ARTISTA con mayúsculas), prestándose para vender un pésimo producto, en verdad el tema de la tierra y el ser humano y su devenir es el tema central de la obra de Gabriel, (piensen en SO, US, OVO y UP), y su aparición sólo culmina las representaciones de lo que ya vimos.

Si usted gastó una o dos lágrimas al ver el epílogo no tiene por qué sentirse culpable, porque es el extremo más precioso de la humanidad, la idea de la empatía con el mundo primordial, la tabula rasa en la de que el hombre aprendió la lección y está decidido a enmendar sus pifias anteriores.

Wall-E es uno de los monumentos cinematográficos más emotivos que jamás se hayan creado, el tiempo lo dirá. ®

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Publicado en: Cine, Julio 2012


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