La fascinante odisea de Pixar, XII

Finding Nemo: el viaje iniciático

Stanton sabe de qué nos habla y bajo esa idea no iba a haber forma en que nos mostrara una ballena sonriente o bromista en su película. Stanton, como los buenos escritores y artistas, sabe de qué hacer mofa y qué cosas respetar. Andrew respeta al dios del mar y en verdad eso es un recurso que sólo los grandes tienen.

Es Andrew Stanton el Sid de Toy Story. El tipo que cuando era niño jugaba “como un niño de verdad” y que considera a Andy (en el fondo una imagen de John Lasseter, que aún conserva sus ositos de felpa de la niñez) un retrasado mental. Stanton, contrario al tierno Andy de Toy Story, jugaba a romper sus juguetitos con gran ingenio y eso es lo que lo hizo un creador (para aquellos que aún no entiendan que Sid es un futuro artista).

Stanton cuenta que durante una parrillada familiar vio a un muñeco de acción G. I. Joe colgando de un árbol, pendiendo de un hilo por el cuello, y le preguntó con voz imperativa a su hijo por qué tenía a ese pobre muñequito colgado. El niño ni lo miró y le contestó: “Está en su sesión de entrenamiento”. Stanton cuenta que sólo dijo para sí: “Ése es mi hijo”.

Una gran anécdota de un padre y un hijo, que es el tema medular de Finding Nemo (2003): cómo dar ese primer paseo por un mundo cruel, pero a la vez maravilloso, es la hazaña de la película dirigida por Stanton, el auténtico éxito global de la compañía que no había sido superado hasta la llegada de Toy Story 3.

Finding Nemo convirtió a Pixar en la empresa que es hoy, a tal grado que aumentó la exigencia del público mundial, y a partir de entonces este público le demandaría una película anual.

Lo que llama la atención del colectivo Pixar es que los objetivos son distintos en cada cinta; son la idea y realización de un autor, en verdad no hay deseo de repetir la grandeza del anterior filme, y en lugar de acomodarse en el nicho creado por el trabajo anterior los de Pixar apuntan más alto. Y si la comedia une cada uno de los extremos de Monsters Inc, el genuino melodrama lo hará en Finding Nemo.

La historia y la dirección de Stanton, el segundo a bordo después de John Lasseter, nos muestra un inicio cruento, no hay temor de alejar a los pequeños, el autor no cede a los clichés, considera a su auditorio capaz de entender y ésa ya es una razón para aplaudir. Está la dialéctica de la vida y la muerte, y con un lance espectacular desaparece a Coral, la madre de Nemo, pero dejando su imagen en nuestra mente, dándole un significado a esa muerte, un recurso de narrador experto, como se puede ver. Y en tal mundo apenas comienza la aventura principal.

Y recuerde esa iniciación de Nemo en la pecera, es el niño mimado enfrentado a sus primeros pasos por el mundo, nada menos. Claro que el humor no permanece ausente, de hecho el humor es un estudio de caso distinto a la variante abordada por Pete Docter en Monsters Inc.

Acá el humor está en la neurosis en que cada uno de estos peces sufre un terrible caso patológico. Marlin es el padre sobreprotector, un pez payaso que no hace reír a nadie; los tres tiburones, Bruce, Anchor y Chum, son adictos que intentan dejar de comerse a los peces; Gill es un sombrío y taciturno outcast que lo ha vivido todo y permanece en un estado de depresión permanente con las cicatrices cruzándole el rostro; el obsesivo compulsivo Bubbles, que pasa el día buscando burbujas; Jacques tiene la obsesión de limpiarlo todo; Gurgle tiene fobia a la suciedad; Bloat, el pez globo, sufre un severo caso de ansiedad; Deb o Flo, un pez, que piensa que tiene una hermana cuando en realidad sólo es su reflejo; Peach, la estrella de mar que sufre ataques de pánico ante las crisis, y al final la fascinante Dory.

Finding Nemo por momentos parece un viaje a la mítica clínica pythonesca en la que se paga por tener una discusión, por ser golpeado en la cabeza o por ser insultado. Es un viaje a través de las neurosis más comunes en la modernidad, y aun así hay lugar para la estupenda metáfora de Job y la ballena, el misterio que envuelve al cachalote, que nada en el mar desde antes de que el ser humano fuera siquiera una partícula.

Dory y su memoria de corto plazo es el riel que evita que Finding Nemo se convierta en un melodrama predecible. Los enredos en los que incurre Dory son de una ingenuidad tal que se convierte en la perfecta sidekick para un taciturno y poco atractivo Marlin, como padre aprensivo, el personaje más serio que ha creado Pixar a la fecha.

Todo ese estudio de carácter es lo que vuelve el trabajo de Pixar algo demasiado complejo para el medio en el que tuvo éxito, y con ello no hizo más que alzar el nivel de la animación como técnica y la complejidad de su historia y narrativa.

Las películas infantiles suelen ser una moraleja que está aderezada y condimentada con humor y viñetas, pero al final es una moraleja, una fábula, un cuento de hadas con advertencia y un sentido de educación que francamente sólo estorba y degrada el género del entretenimiento infantil, telegrafía los conceptos, olvidando que los niños pueden y deben de aprender a discernir esas cosas.

En Finding Nemo Stanton hizo el movimiento suicida de recurrir al drama, colocar a sus personajes en situaciones de verdadero peligro y sacarlos ilesos, pero nos convence dentro de la lógica que creó. Arriesgarse a la complejidad de no subestimar a su auditorio, de ponerles delante una historia exigente, en otorgarles esas dosis necesarias de comedia que son el sello de la casa, pero con valentía plantea personajes y situaciones y los cierne a una historia, que si bien es un tanto común, tiene aristas que son pura y genuina creación.

Él mismo presta su voz a Crush, la tortuga cool y fresca que le enseña a Marlin el sentido de dejar a su hijo en paz y gradualmente enfrentarlo al mundo.

Pero aquí no suena como un discurso moral, Crush es un viejo rockero de 150 años que sigue sintiéndose joven y habla como presa del éxtasis de alguna droga recreativa, y cualquiera diría que esa subversión estaría desterrada de una película de Disney, pero Stanton hace además un par de bromas de escusado y recurre a un subtexto puramente mental, utilizando los enigmas del océano y enlazando las situaciones de forma magistral. Nuevamente, es más complejo que ese sello de advertencia de aprobación que buscan los padres cuando llevan a sus hijos al cine, como si el animador tuviera la obligación de educar a sus niños.

Para Stanton eso es basura. Y su forma de demostrarlo es recurrir al humor, burlarse sin tregua de cada una de las obsesiones y patologías de todos los personajes. Y no se olvida de describir a especies unidimensionales y mezquinas, como sus gaviotas que sólo pueden decir “mine” o los cangrejos en busca de desperdicios en los tubos de desecho (y uno no puede evitar equiparar a esas especies con roles o actividades mezquinas de la vida real).

Es todo un cosmos, y no se esconde en ningún momento lo cruento y la complejidad del mundo que le toca a Nemo, un mundo que devoró a su madre y a sus cuatrocientos hermanos.

Finding Nemo por momentos parece un viaje a la mítica clínica pythonesca en la que se paga por tener una discusión, por ser golpeado en la cabeza o por ser insultado. Es un viaje a través de las neurosis más comunes en la modernidad, y aun así hay lugar para la estupenda metáfora de Job y la ballena, el misterio que envuelve al cachalote, que nada en el mar desde antes de que el ser humano fuera siquiera una partícula.

Seamos sinceros, Stanton sabe de qué nos habla y bajo esa idea no iba a haber forma en que nos mostrara una ballena sonriente o bromista en su película. Stanton, como los buenos escritores y artistas, sabe de qué hacer mofa y qué cosas respetar. Andrew respeta al dios del mar y en verdad eso es un recurso que sólo los grandes tienen. Estamos ante auténtica creación, no hay duda. ®

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Publicado en: Cine, Septiembre 2012


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