La Fil sin Antonio Alatorre

Minucias del lenguaje

Lamentable, mucho más que la cancelación de Carlos Fuentes, fue la ausencia en la FIL de Antonio Alatorre, filólogo, traductor y ensayista que murió apenas el pasado 21 de octubre, y más porque la inmensa feria del libro de Guadalajara estuvo dedicada a León y Castilla, la región española donde se gestó la lengua de 450 millones de personas en todo el mundo.

Antonio Alatorre. Foto Héctor Téllez

La primera gran obra en castellano es el Cantar de Mío Cid, compuesta por un autor desconocido entre los años 1207 y 1235 de acuerdo con los historiadores María del Carmen Gutiérrez Aja y Timoteo Riaño Rodríguez en la presentación de la versión digital de esa obra en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, aunque el nuevo idioma ya podría haber sido llamado “español” desde hacía unos doscientos años, como lo documenta Alatorre en su extraordinario libro Los 1001 años de la lengua española, publicado originalmente en 1979 y reeditado la última vez por el Fondo de Cultura Económica en 2002. Aunque en este año vio la luz la cuarta reimpresión de la tercera edición, ¿no habría valido la pena una edición especial para esta ocasión y su adecuada promoción en el marco de tantos homenajes y la presentación de la Nueva gramática de la lengua española? Debe reconocerse que la presentación que hizo de esta obra en la FIL el bonachón director de la Academia Mexicana de la Lengua, José G. Moreno de Alba —jalisciense como Alatorre—, fue tan amena como su columna periodística “Minucias del lenguaje”, recogida en Suma de minucias del lenguaje (FCE, 2003).

Christopher Domínguez repara en la relevancia de este libro: “De Los 1001 años de la lengua española nunca acabará de hacerse un justo elogio. Recurro a la enumeración casi caótica: es uno de los principales libros mexicanos de todos los tiempos, una lectura deliciosa, una navegación que sigue a las palabras como si fuesen carabelas transatlánticas, una introducción a la filología comparada de las lenguas romances, un verdadero libro de cabecera” (El Ángel de Reforma, 31-X-10). Alatorre, miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua, era un académico riguroso pero flexible que entendía la evolución del lenguaje y aceptaba con humor y cierta resignación los neologismos creados por la vorágine tecnológica, si bien sentía algún pudor al pronunciar términos como escanear y otros anglicismos, que le parecían feos, según le confesó a su amigo Naief Yehya, analista de las nuevas tecnologías y con quien tenía una gran afinidad. Escribe Yehya a la muerte del también estudioso de Sor Juana: “Podría terminar diciendo que perder a Antonio en un tiempo de frivolidad rampante, devaluación moral, chabacanería arrogante y grotesca superficialidad es una tragedia inmensa, que quedarnos sin referentes como él en la era del desconcierto hiperinformativo de Google y la confusión megainformada de Wikipedia es devastador, pero eso sería ponerme del lado de los mojigatos asustadizos que se horrorizan al leer corn flakes, klínex o troca. En vez de eso me conformo con decir que su sabiduría, su humor corrosivo, su generosa conversación y su amistad serán irremplazables” (“La despedida de un sabio”, www.revistareplicante.com). Por estas razones, insisto, es raro que ningún editor haya pensado en el relanzamiento de una obra fundamental que merece ser leída por nuevas y viejas generaciones. Por suerte, las nuevas tecnologías hacen posible leerla en pantalla, teclea el nombre del libro en Google y en dos clics podrás descargarla. ®

Publicado originalmente en Milenio Semanal.
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Publicado en: FIL, Noviembre 2010


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