La frontera sin frontera

Apuntes de una visita a la región fronteriza de Chiapas

Chiapas es reconocida por su historia rebelde y su naturaleza privilegiada. Atravesar la frontera desde Comitán hasta Centroamérica es un viaje muy distinto a cruzar de Juárez a Phoenix. Aquí la crónica.

Introito

La mitad de la gente dice Chapas, incluidos los presentadores de la televisión, esos que también dicen inaguración en lugar de inauguración. Al pensar en el sureste, una buena parte de las personas piensa inmediatamente en el EZLN. Otra parte se imagina ríos y selvas a granel; una amiga de la universidad, al saber que otra compañera era de allá, le preguntó si para llegar a la escuela debía cruzar ríos. Es Chiapas, estado fronterizo que saltó a la fama mundial en 1994 gracias al alzamiento zapatista, pero cuyas rebeldías son mucho más viejas: se dice que para evitar ser conquistados por los españoles los indios chiapa prefirieron despeñarse en el Cañón del Sumidero.

Visitar Chiapas es uno de esos placeres que no puedo ocultar, aunque el viaje en carretera sea cansado hasta las cachas. Pero allá vamos porque, por alguna razón que no puedo explicar, el sureste me causa una fascinación imposible de negar.

I

Estamos en Comitán de Domínguez. La ciudad se encuentra a poco más de 1,500 kilómetros de Guadalajara y a 90 de uno de los cruces fronterizos con Guatemala. Según la historia, fue fundada en 1556 y debe su actual apellido —antes era Comitán de las Flores— a un médico boticario que llegó a senador en los albores del siglo XX y que fue asesinado por oponerse al régimen huertista: Belisario Domínguez. Como el resto del estado de Chiapas, la ciudad tiene fama de rebelde: en 1821 se independizó de Guatemala y de España, y ahí se firmó el acta de Independencia de Chiapas en 1824.

Comitán será nuestra base de operaciones.

Como el resto del estado de Chiapas, la ciudad tiene fama de rebelde: en 1821 se independizó de Guatemala y de España, y ahí se firmó el acta de Independencia de Chiapas en 1824.

La vida aquí transcurre a otro ritmo. Mientras en la gran ciudad las distancias se alargan, acá todo está cerca: en menos de 20 minutos se puede ir de un lado a otro de la ciudad, incluyendo el congestionamiento vial del boulevard Belisario Domínguez. Y a pesar de que sigue siendo una urbe pequeña, Comitán está creciendo y adquiriendo costumbres de gran metrópoli. De eso deja constancia la aparición, todavía reciente, de las llamadas tiendas de conveniencia: ya es posible encontrar un par de Oxxos —y todos sabemos lo que pasará: se multiplicarán como parásitos. A las afueras del municipio se acaba de inaugurar Plaza Las Flores, que cumple con todos los requisitos de un mall de cualquier ciudad de cualquier parte: un Sam’s Club, un Wal-Mart, un complejo cinematográfico Cinépolis. Carlos, un viejo conocido, me cuenta que la intención era demoler la preparatoria para construir la plaza sobre el boulevard, dentro de la ciudad, pero que los comitecos no se dejaron. Y ahora la plaza está allá, lejos, donde da flojera ir. Pero se llega.

En el centro de la ciudad pocas cosas han cambiado respecto de la primera vez que visité Comitán. Ahí está el templo de Santo Domingo, la Casa de la Cultura, el Palacio Municipal, los portales y el teatro Junchavín. Me detengo un instante en el puesto de periódicos. No están La Jornada ni Milenio ni Reforma, tampoco sus ediciones regionales. En su lugar están Cuarto Poder, de Tuxtla Gutiérrez, y periódicos pequeños como el Diario Independiente de Comitán, El Fronterizo y La Voz del Sureste. Pero eso de pequeños es un decir: el Diario Independiente de Comitán —una decena de hojas dobladas por la mitad con noticias como “Detienen a degenerado” en su portada— cuesta cinco pesos, lo mismo que El Informador, uno de los tres diarios más importantes de Guadalajara.

Al lado del templo está la Casa de la Cultura. En sus portales hay una vendimia y una lona que anuncia que los comitecos también están en contra de la fiesta brava. Adentro, un mural sentencia: “Desde el esplendor de nuestro pasado maya, Comitán va hacia el futuro a través del trabajo”. Belisario Domínguez, Rosario Castellanos, Jaime Sabines, la tríada santa del sureste, sonríen desde la pintura. En el corredor, los telares aguardan a que pasen las vacaciones de Navidad para que regresen las tejedoras. Mientras, el hilo se empolva.

A una cuadra de distancia del jardín principal está la que fuera casa de Belisario Domínguez, hoy convertida en museo de sitio. Hay facturas, recetas firmadas de puño y letra y demás cosas que pertenecieron al senador. En las vitrinas, las páginas de El Progreso perpetúan el asesinato de Madero y Pino Suárez y dan noticia de los días agitados que vivió México hace cien años. El cuarto principal reproduce la carta escrita por Domínguez y dirigida al Senado de la República, en la que desvelaba las dobles intenciones de Victoriano Huerta y que terminaría costándole la vida.

Como en muchos otros municipios del país, fuera del centro de Comitán hay poco que ver. El hermoso jardín de San Sebastián, el colorido templo de San Caralampio y poco más.

Es, pues, momento de tomar carretera.

II

Hace años la publicidad de una cervecera se encargó de convertir el Huapango, de Moncayo, en el segundo Himno Nacional mexicano. Y de volver famosos los Lagos de Montebello. Se trata de una cadena de lagos que, dicen, están unidos por canales subterráneos. La cosa es que cada lago tiene una tonalidad diferente en sus aguas: turquesa, púrpura, azul. Bien visto, es un poco como el Cristo de la tortilla: el que quiere ver, ve; el que no, no.

Marimba guatemalteca

Visitar los lagos puede despertar en el visitante un sentimiento de déjà vu: se ve el lago desde el carro, se estaciona, lidia con los chamacos que se ofrecen para cuidar el auto, se toma la foto, se sube al carro y a darle con el otro lago. El asunto de los chamacos merece mención aparte: cosa que vean llegar un coche, aparecen tres —o cuatro o cinco o seis— y repiten sin cesar: “¿Le digo un verrrrrso? ¿Le cuido el carro?” Pero su especialidad es el verso. “¿Cómo se llama?”, pregunta un niño y Susan pica el anzuelo. “Así como necesito de la pluma para escribir, necesito a Susan para vivir”, dice el poeta buscando sacarle una moneda a la turista neoyorquina que no entiende nada de lo que está pasando. A mí me persigue uno de los chilpayates y, ante la insistencia, hago una prueba: “¿Le digo un verrrso?”, me pregunta y le respondo: “¿Y si yo te digo uno tú me das la moneda a mí?” Hace una mueca y se va, sin saber que ese día seguramente trae más monedas él que yo en el bolsillo.

El lago que más me llama la atención es el llamado Lago Internacional. Está literalmente con un lado en Guatemala y el otro en Guatepior —y por como están las cosas por estos días en el país, me temo que Guatemala es Guatemala y México…

Estamos exactamente en la frontera. Pero no parece. No hay una garita ni agentes del Instituto Nacional de Migración; no hay nada que haga pensar que está uno abandonando la patria. Un letrero de la Comisión Internacional de Límites y Aguas informa que de un lado es el límite de los Estados Unidos Mexicanos y que del otro es el de la República de Guatemala. Unas boyas sobre el lago, unos obeliscos de dos metros que se pierden el horizonte. Eso es la frontera, la línea. No, no hay muro. Ni siquiera una alambrada. No puedo evitar el lugar común y saltar de un lado a otro repitiendo “México-Guatemala-México-Guatemala-México…”

Me quedo en Guatemala: un pequeño tianguis de artesanías es la bienvenida para quienes “cruzamos” la frontera. Aunque estamos del lado guatemalteco, se sigue comerciando con pesos mexicanos. Los quetzales, moneda oficial del país centroamericano, son souvenires que se venden sin considerar las tablas para el intercambio de divisas: un quetzal se cotiza en doce pesos. Y se compran a buen ritmo. Lo demás son artesanías bordadas, maderas talladas. De fondo, una marimba infantil le mete candela poniéndole un tono festivo a la lucha de todos los días: el afán de los artesanos por vender sus obras a un precio que consideran justo y el afán de los turistas regateando para obtener un precio que consideran justo. Los turistas, obvia decirlo, siempre ganan. (O eso creen, porque siempre queda la duda: ¿el precio real es el que se dice al principio o el que se negoció?)

Regreso a México y me vuelvo a hacer la pregunta de siempre: ¿cuántos kilómetros podré internarme en Guatemala como ilegal? Porque si un guatemalteco intenta cruzar por aquí tendrá paso franco hasta Comitán, a donde regresamos.

III

Regreso a México y me vuelvo a hacer la pregunta de siempre: ¿cuántos kilómetros podré internarme en Guatemala como ilegal? Porque si un guatemalteco intenta cruzar por aquí tendrá paso franco hasta Comitán, a donde regresamos.

Ir a Chiapas y no visitar una ruina arqueológica es como ir a la Ciudad de México y no subirse al Metro o estar en Guadalajara y no comerse una torta ahogada. Ahí están, abiertos al público, los vestigios de la cultura maya. O al menos lo que ha quedado: mucho del acervo se encuentra en museos regionales, por lo que sólo quedan los vestigios de las pirámides. Pero con eso es suficiente. Nunca he sido muy adepto a las energías escondidas, pero no deja de resultarme imponente la pirámide de Chinkultik: en lo alto de una montaña y con un cenote detrás, ofrece una panorámica inigualable del valle. Algo parecido a lo que ocurre en Tenam-Puente, donde para llegar a lo alto de la pirámide hay que contar con arrestos de escalador, al menos amateur.

De las ruinas no hay mucho qué decir. Acaso la esperanza de que el Apocalipsis maya no llegue, como nos han amenazado, en 2012. O que si llega sea antes que las elecciones federales.

IV

San Cristóbal de las Casas apareció en las primeras páginas de todos los diarios el 2 de enero de 1994 porque se convirtió en el primer municipio tomado por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Ese día comenzamos a familiarizarnos con nombres como Marcos, Samuel Ruiz, San Andrés, Ocosingo, zapatismo. De aquello, no queda más que el recuerdo: San Cristóbal vive tranquilo y asume su compromiso de ser uno de los puntos turísticos más importantes de Chiapas. Los extranjeros se mezclan y confunden con los indígenas que vienen de las distintas comunidades de la sierra chiapaneca y confluyen en la plaza central del municipio. San Cristóbal es un punto de encuentro.

Me detengo a hacer un par de fotos en la plaza principal. Los indígenas ofrecen sus mercancías a los paseantes, que pasan de largo sin apenas mirarlos. Sólo uno que otro se detiene a observar. De ésos, sólo uno que otro compra. Todos avanzan, tienen prisa. Es diciembre y nadie se imagina que un mes después la plaza estará abarrotada para despedir a Samuel Ruiz, el Tatic, como le decían. Pero de momento lo importante es resguardarse del clima.

De regreso a Comitán pasamos por la comunidad de Mitziton, que se anuncia como adherente de La Otra Campaña del EZLN y que se opone a la construcción de lo que pretende ser la autopista San Cristóbal-Palenque. Aunque dice que está prohibido el paso a toda la gente del “mal gobierno”, es una amenaza difícil de cumplir: a unos kilómetros de distancia se encuentra la base de una de las zonas militares del Ejército, a los que, me imagino, no les debe haber causado mucha gracia que les tomaran San Cristóbal en el 94 y que todavía haya vestigios de rebeldía a tan sólo unos minutos. Pero así es esto: Chiapas —o al menos esta parte— ha aprendido a vivir con sus diferencias. O al menos eso parece.

Coda

La frontera

La visita termina. Es momento de remontar los 1,500 kilómetros de regreso. Entre las maletas, como parte del equipaje, van los panes compuestos (no podía terminar esta crónica sin hablar de ellos: son unas pequeñas tortas hechas de carne de puerco, zanahoria, frijoles y mucha mayonesa), el pan de Comitán, el café, las tortaditas (otra delicia: secas o bañadas con recado), los tamales de bola (con su costilla de cerdo en salsa roja como relleno) y los de hoja (de pollo en mole).

Sí, habría muchas otras cosas qué mencionar: la pobreza y la marginación son el pan de cada día en el sureste. Los jóvenes, cada vez más abiertos a otras cosas, se sienten cada vez menos vinculados a las raíces: entre los viejos es una constante repetir que las nuevas generaciones ya no quieren hablar con el acento y el argot de la región porque les da vergüenza.

Sí, repito, hay muchas otras cosas de las cuales escribir. Pero por alguna extraña razón hoy no es el momento. No para mí. No obstante, tengo una certeza: no es la última vez que andaré por aquí. Algún día volveré y esas cosas seguirán ahí para escribir de ellas. ®

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Publicado en: Abril 2011, Apuntes y crónicas

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