LA HERMOSA CIUDAD, LA HERMOSÍSIMA CIUDAD

Julio Cortázar en tierra de cronopios: Oaxaca

Este texto fue escrito a partir un breve relato en el que Julio Cortázar escribe sobre su visita a la ciudad de Oaxaca, integrado en Papeles inesperados (Alfaguara, 2009).

Lo irreal se volvió comprensible sólo cuando Cortázar caminó estas tierras. ¿Pero qué es real, qué lo incierto, si todo pende de los juegos de la imaginación? ¿Si toda obra artística es resonancia que dice de otro modo lo mismo, alternando solamente a través del tiempo, relieves, sonidos, formas prevalecientes de la creación?
El grandísimo cronopio, con sus zapatos relucientes y el corazón lleno de polvo, caminó México para caer accidentalmente, como los cronopios finalmente lo hacen, en este valle de Oaxaca.
Buscando las huellas de Rufino Tamayo en el año 1975, encontró en su museo, por esas maravillosas recompensas que sólo el azar nos da, una numerosa y bella legión de cronopios. Divertidos, burlones, curiosos, como si se tratara de inquisitivos ajolotes, lo miraban desde sus iluminadas peceras donde desde tiempos inmemoriales han nadado contra la corriente y contra la pesadez de las convenciones sociales. Con etiquetas formales se indicaba a las personas comunes que eran piezas precolombinas pertenecientes a la cultura mesoamericana, pero para un digno heredero de la estirpe de los cronopios no había duda, se trataba de sus ancestros, de victoriosas representaciones de sus más antiguas tribus.
Emociona pensar en este feliz encuentro, en la ávida mirada y la estirada figura del escritor desplazándose sigilosamente por las calles colmadas de amistosa serenidad, como si se tratara de un paraíso metafísico donde podía dedicarse a la contemplación o a reinventar historias que seguramente imantarían los recovecos más impensables de lo que es hoy nuestra perturbada ciudad: la maga distraída comprando bagatelas en la rue de Alcalá, una pareja vomitando conejitos al descender la escalera del Fortín, ingeniosas instrucciones para hacer caer al gobernador de la entidad, los coágulos automovilísticos (por plantones o embotellamientos) formados en la autopista Huitzo-Oaxaca de Juárez, o un zapoteca que al ser sacrificado en la pirámide de Monte Albán se sueña de repente en un tiempo distinto, arrollado en su motoneta, esperando interminablemente a ser operado en el Hospital Civil de la ciudad.
Así, este gran cronopio siempre sorprendido de los rígidos andamios que sostienen a los adultos se paseó como en un sueño en esta multiétnica urbe, sin poder desembocar a la melancolía pero sí al zócalo de Oaxaca. Donde puedo contemplar el festivo trajín popular, un jazz espontáneo que sólo el advertía que flotaba en el ambiente, las realidades paralelas y las paradojas entreverándose —como hormigas frotando sus antenas— en la plaza central, los edificios añosos, y sobre todo quedarse fascinado por el aleteo de un centenar de palomas, que siguiendo sus precisos análisis sociopolíticos e imaginativos seguramente le arrancaron una sonrisa, al pensar: estas aves grisáceas son la únicas que aún mantienen verdaderamente los principios juaristas en esta entidad, al no temer ni entibiar su crítica, a través del único aspaviento que les queda: cagarse a las iglesias. Algo es algo. ®

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Publicado en: Ensayo, Junio 2010

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  • David Aguilar

    Ah, las modas literarias que han dejado a este cronopio en el cuarto de los cartuchos mojados, no fuera Murakami por que llenan de suspiros universitarios este espacio. Buen texto, gracias.