LA HOSTIA PSIQUIÁTRICA

La medicina, la política y el dinero

Cada vez que compramos un medicamento también estamos votando en las cajas registradoras de las farmacias. No hay sujetos, hay consumidores. No hay sociedad, hay target de mercado. No hay ciencia, hay publicidad y mercadotecnia.

“Estimado profesional del cuidado de la salud:

A partir de discusiones sostenidas con Health Canada, nos gustaría informarle sobre la posibilidad de que los SSRI (inhibidores selectivos de serotonina) y otros antidepresivos pueden estar asociados con cambios emocionales y de conducta que incluyen el riesgo de autoagresión” (“Dear Healthcare Professional”, Eli Lilly Canada, Inc.).

Así empieza la carta que “Salud Canadá” le hizo llegar a todos los profesionales de la salud, advirtiéndolos sobre los efectos colaterales de medicamentos como Paxil (paroxetine), Celexa (citalopram), Zyban (Bupropión) y Prozac (fluoxetine); es decir, los antidepresivos más populares de la última década.

Los síntomas que podrían presentarse en algunos casos al ingerir esos medicamentos son acatisia, agitación, desinhibición, hostilidad, agresión, inestabilidad emocional y despersonalización, por lo que se les pide a los doctores un constante monitoreo de los pacientes por la posibilidad de suicidio relacionado no sólo con la depresión, sino con el uso y la interrupción abrupta de estos medicamentos. A esta lista habría que sumarle los síntomas que sí reconocían los farmacéuticos hasta antes de esa petición: “náusea, dificultad para dormir, sueño, ansiedad, nerviosismo, debilidad, pérdida del apetito, temblores, boca seca, sudores, decremento del deseo sexual, impotencia” (www.prozac.com).

El problema de los síntomas colaterales es tan grave que de hecho existe uno que fue creado por los mismos medicamentos: acatisia. Una especie de tortura interna que puede ir desde una simple ansiedad, hasta llegar a una sensación de terror y agitación extrema que se apodera completamente del sujeto y que lo puede llevar a cometer actos desesperados o violentos contra sí mismo o contra otros. La acaticia es una especie de manía, el otro extremo de la depresión. El tratamiento para desaparecer este síntoma consiste en ajustar la dosis o, en su defecto, suspender el medicamento. Así, tenemos un callejón sin salida o un sádico juego de palabras. Para aliviar la depresión se receta un fármaco, el medicamento puede provocar síntomas tan adversos como para que el que lo ingiere cometa suicidio u homicidio y la única manera de curar ese nuevo síntoma es dejar el medicamento. Y empezar de nuevo.

El problema de los síntomas colaterales es tan grave que de hecho existe uno que fue creado por los mismos medicamentos: acatisia.

Los números se manejan con mucha discreción y las empresas farmacéuticas han sido acusadas de maquillar los resultados de sus investigaciones y minimizar el riesgo de suicidio en los consumidores. La mayor controversia gira alrededor de los usuarios menores de edad, ya que al parecer son los que sufren con mayor gravedad los síntomas relacionados con intentos suicidas. Tanto GlaxoSmith&Kline, los fabricantes de Paxil, como Eli Lilly, los fabricantes de Prozac, han sido demandados en diversas ocasiones, culpándolos tanto de suicidios como de homicidios violentos. Uno de los casos más controvertidos sucedió en junio del 2004 cuando el alcalde de Nueva York Eliot Spitzer presentó una demanda contra GS&K por haber ocultado información sobre los resultados de sus estudios sobre los efectos colaterales de Paxil en niños y adolescentes. Esto fue negado rotundamente por la multimillonaria empresa. “La razón de la demanda es garantizar que se facilitará a los médicos la información completa para que puedan tomar decisiones al recetar un medicamento”, dijo Spitzer y añadió: “Creemos que los datos que tenemos indican con claridad que GS&K hizo una selección parcial de los resultados del medicamento y no ofreció a los médicos todos los datos de los que disponía”. Al parecer la empresa sólo dio a conocer uno de los cinco estudios realizados.

Y por supuesto está el caso William Forsyth, que once días después de haber iniciado su tratamiento con Prozac apuñaló a su esposa quince veces con un cuchillo de cocina, para luego suicidarse. Para ese entonces Eli Lilly ya tenía más de 160 demandas en su contra. Sin embargo, nada de esto ha sido lo suficientemente fuerte como para sacar del mercado el famoso antidepresivo. La mayoría de los casos han llegado a un acuerdo monetario o no han procedido.

Este medicamento ha sido utilizado por más de 54 millones de pacientes en más de noventa países y vende hasta dos billones de dólares al año. Prozac es el antidepresivo más vendido en la historia de la psicofarmacología mundial. O por lo menos eso es lo que presumen los creadores de la famosa droga de la felicidad en su sitio de internet. Vale la pena echarle un ojo a ese portal: “Si dudas de que la depresión puede ser el resultado de un desbalance químico, trata de recordar todas las veces que trataste de ‘salir de eso’ sin la ayuda de un doctor y un tratamiento efectivo”. Hay tres cosas muy interesantes en ese sitio, la primera es el hecho de asegurar que se trata de un desbalance químico, como si no existieran otro tipo de depresiones. La segunda es que después de la lista de efectos secundarios dicen “pero la mayoría de los síntomas desaparecen después de algunas semanas de tomarlo y en la mayoría de los casos no son tan serios como para dejar de tomar Prozac”. ¿No pueden dormir, o no se pueden despertar, no pueden comer, no quieren o no pueden tener sexo, y se quieren aventar por la ventana, pero se les va a quitar después de unas semanas?

Y por último citan a Confucio, “Nuestra mayor gloria no consiste en nunca caer, sino en alzarnos cada vez que caemos”. Es decir, queda claro que Prozac no cura la depresión, sólo quita los síntomas: “te eleva” mientras la estés consumiendo.

“Nunca he sido más feliz que cuando tomaba Prozac”, me dijo una de mis mejores amigas. Psicóloga, joven, bonita, con esposo, hijos y dinero, pero que siente que algo le falta todo el tiempo hasta que esa sensación la agobió completamente y fue al psiquiatra. Nunca he conocido a alguien que vaya al psiquiatra y que no salga con una receta en menos de 50 minutos de entrevista. Desbalance químico, por supuesto; no hay otra explicación.

Ya hay Prozac semanal, una dosis de 90 gms que se va liberando poco a poco para evitar los olvidos, las sobredosis y demás variables extrañas que pueden repercutir en los famosos síntomas indeseables. Prozac semanal, qué conveniente.

Está claro que para la psiquiatría el hombre es un organismo al que le faltan y le sobran sustancias en el cerebro. Todo tiene que ser instantáneo como una sopa y los factores psicológicos y sociales involucrados en una depresión salen de la jugada por incómodos. Pero no se puede culpar de eso a los psiquiatras ni a los fabricantes de los medicamentos exclusivamente, lo más difícil de la situación es que los pacientes, los que sufren la depresión, están encantados con este tratamiento de cuerpos enfermos. Como si lo único que pudieran hacer los sujetos para sí mismos fuera tomar obedientemente su medicina a tiempo.

En 1998 el doctor Loren R. Mosher renunció a la Asociación Estadounidense de Psiquiatría diciendo que después de treinta años de pertenecer a ella sentía que estaba renunciando a la Asociación Estadounidense de Psicofarmacología y categóricamente los acusó de vendidos. En una carta lúcida y fuerte hizo una crítica a la psiquiatría moderna, a su forma de proceder y a sus compromisos políticos con los farmacéuticos, que finalmente invierten millones y millones en congresos, viajes, regalos y muestras médicas que comprometen la ética profesional de los psiquiatras. Dice el doctor Mosher: “Hay que ser realistas con respecto a la ciencia, la política y el dinero. Llamar a cada uno por su nombre” (Loren Mosher, “Letter of Resignation From The APA”, Adbusters. Journal of The Mental Enviroment, mayo-junio de 2002, no. 41).

Prozac, Paxil, Zoloft y demás son productos de consumo y eso no se puede dejar de lado a la hora de hablar de soluciones para un problema. Cuando uno acude al médico confía absolutamente en que lo que éste recete va a ser justo lo que necesita, sin pensar que hay una historia de cómo el nombre del medicamento llegó a su cabeza a la hora de anotar la receta. Y no se trata de que todos los psiquiatras sean corruptos, pero si Prozac los llevó a Londres con todos los gastos pagados y les habló tres días sobre los superbeneficios de su droga, entre cocteles y camarones gigantes, seguro que la tienen en primer lugar de la lista. Pero, ¿no hay otras soluciones?

Hay casos de depresión tan graves que necesitan hospitalización, y uno de los métodos más recurrentes para tratar la depresión severa es con terapia eletroconvulsiva. Además de lo aberrante del tratamiento, una vez más los efectos colaterales son dignos de crítica.

Los electrochoques son lo de hoy. No es una noticia nueva, pero creo que no se dice lo suficientemente fuerte ni el suficiente número de veces. Hay casos de depresión tan graves que necesitan hospitalización, y uno de los métodos más recurrentes para tratar la depresión severa es con terapia eletroconvulsiva. Además de lo aberrante del tratamiento, una vez más los efectos colaterales son dignos de crítica. El científico español Rami-González publicó un estudio en el que encontró que los pacientes que recibían terapia electroconvulsiva presentaban pérdida de la memoria a corto y largo plazo, alteraciones en la fluidez del lenguaje, en la flexibilidad mental y en la velocidad visomotora, síntomas que podrían afectar a los pacientes por el resto de su vida.

Según la Organización Mundial de la Salud la depresión será la segunda enfermedad más común para el 2020. En México hay más de diez millones de personas deprimidas, según la Encuesta Nacional de Salud Mental 2003, y no existe ninguna maestría de psicología sobre la depresión. Nadie se ha preocupado por formar especialistas para tratar el problema desde un punto de vista que no sea orgánico. Cualquiera que haga clínica atiende un buen número de depresivos con los elementos que tiene desde su formación profesional; pero en los ámbitos estatal, de salud pública y educativo no se está haciendo absolutamente nada al respecto —y estamos hablando de 10% de la población. De ese tamaño está el problema.

En octubre de 2004 se publicó un estudio doble ciego con antidepresivo, psicoterapia breve en pacientes con depresión moderada, conducido por los doctores López Rodríguez, López Butrón y Vargas Téllez (Salud Mental, vol. 27, no. 5, octubre de 2004), en el cual se demostró que la psicoterapia tenía el mismo efecto que los antidepresivos administrados (fluoxetina), sin embargo, los efectos de la terapia combinada (es decir, farmacológica y psicoterapéutica) eran mejores que cualquiera de los dos métodos por separado.

La psicoterapia tuvo los mismos resultados que el Prozac. Este estudio debería ser divulgado masivamente (yo lo encontré casi por accidente). Se estudian muy poco los efectos de la psicoterapia y eso es por una simple razón, no hay quien patrocine estos estudios que evidentemente atentan contra intereses multimillonarios.

El doctor Mosher escribe en su carta de renuncia que habría que poner en su respectivo lugar a la ciencia, la política y al dinero. Y eso abre la pregunta de quién se beneficia de nuestra enfermedad.

Cada vez que compramos un medicamento también estamos votando en las cajas registradoras de las farmacias. En el 2000 Eli Lilly, el corporativo que produce Prozac, donó 1,342,336 dólares para la campaña electoral de los republicanos (“The Revolving Door”, Adbusters. Journal of The Mental Enviroment no. 41, mayo-junio de 2002).

No hay sujetos, hay consumidores. No hay sociedad, hay target de mercado. No hay ciencia, hay publicidad y mercadotecnia. “Es su mundo, yo sólo vivo en él”, dice Harvey Pekar. ®

[Publicado originalmente en Replicante no. 8 “Sólo ciencia”, verano de 2008.]
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Publicado en: Hemeroteca, Octubre 2010

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