La ignorancia de cada día

Degradación de la cultura general

El autor, profesor universitario, comenta los libros Adiós a la Universidad. El eclipse de las Humanidades, de Jordi Llovet, y La civilización del espectáculo, de Mario Vargas Llosa, y aprovecha para mostrar cómo la ignorancia, la pose y la impostura sustituyen la reflexión y el conocimiento.

Jordi Llovet

En lo que actualmente más se parece a un suplemento cultural en nuestro medio periodístico, Laberinto, del periódico Milenio, el reportero Héctor González escribió, según él citando a Guadalupe Loaeza: “Para ella ha de ver sido muy frustrante…” [7/04/2012; cursivas nuestras]. Es evidente que la entrevistada debió usar el verbo haber que el reportero no distingue del verbo ver. En el noticiero de José Cárdenas, unonoticias.com, Alejandra Tar, al recordar el aniversario del fallecimiento de Octavio Paz se refirió a La estación violeta, de nuestro Nobel. Evidentemente Alejandra Tar intentó referirse a La estación violenta (1958), obra que de conocer, al menos de oídas, habría citado correctamente. Recientemente escuché a una conocida locutora de la estación radiofónica de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos referirse durante un noticiero a la obra Novela como nueve, según ella de Gilberto Owen; como se sabe, ese autor publicó en 1928 una novela titulada Novela como nube. Hace unas semanas compartí una mesa redonda con una doctora en biología en la que ella abordó el tema de los animales. La doctora en biología, catedrática de una universidad pública, miembro del Sistema Nacional de Investigadores, se refirió reiteradamente a los “dinosauros”.

Mario Vargas Llosa

Estos ejemplos sólo tienen por objeto ilustrar algo que ya muchos han observado con preocupación: la creciente degradación de lo que solíamos llamar “cultura general”. Si una doctora en biología llama dinosauros a los animales del caso y un reportero ¡de cultura!, probablemente licenciado en Comunicación, no conoce la diferencia entre el verbo haber y el verbo ver, algo está muy mal en el desarrollo de la cultura y la educación. Es el mismo caso del ¿profesor? (su edad no es la de un alumno) de la UNAM que durante las pasadas elecciones durante una protesta contra el PAN escribió un cartel en el que reclamaba a Josefina Vázquez Mota que la institución no era un “mounstro”. Su foto la publicó la prensa; explicablemente, la pifia pasó inadvertida para quien redactó el pie de foto. Calderón, el cartonista de Reforma, se ocupó del caso.

Los ejemplos que ofrecemos los hemos encontrado casualmente, no hemos andado a la caza de gazapos. No lo son. Es ignorancia pura, dura y cotidiana. Aunque los casos que menciono demuestran algo más aterrador: ni siquiera los especialistas saben a menudo lo que dicen o escriben. De muchas maneras esto es lo que plantean, in extenso, Jordi Llovet y Mario Vargas Llosa en sus respectivos libros Adiós a la Universidad. El eclipse de las Humanidades [Galaxia Gutemberg, 2012; segunda edición], y La civilización del espectáculo [Alfaguara, 2012].

Jordi Llovet (Barcelona, 1947), profesor de la Universidad de Barcelona durante cuarenta años y con una formación humanística que sólo puede calificarse como clásica, es también autor de, entre otros, Lecciones de literatura universal (1995), grueso volumen que reúne textos de diversos autores sobre los temas más importantes de la materia. Una joya literaria, enciclopédica. Llovet escribe con una claridad meridiana, sin rodeos y con un notable sentido de la crítica y la ironía. Su escritura es eficiente en el mejor sentido: desconoce florituras y circunloquios, es directo, crítico y ameno: enseña, no perora. Alumno de Todorov, Guattari, Kristeva y esa generación de teóricos, también lo ha sido de los brillantes Martín de Riquer y José María Valverde, que prologan y epilogan, respectivamente, sus Lecciones de literatura universal. La estatura intelectual de Jordi Llovet se puede medir por su gran capacidad de gratitud y crítica para con sus maestros y las décadas de vida académica y literaria que ha pasado frente a sus alumnos.

De Vargas Llosa se puede añadir muy poco, excepto quizá recordar que su trabajo ensayístico ha sido constante desde que se inició como novelista y su mayor característica, y virtud, ha sido siempre manifestar sus ideas más allá de compromisos políticos o de amistad. Los tres tomos de Contra viento y marea son una magnífica bitácora de navegación de su pensamiento crítico. En su viaje como ensayista Vargas Llosa ha perdido amistades pero ha ganado un nivel envidiable de credibilidad, que perdieron muchos, como Julio Cortázar, Fuentes y García Márquez, por ejemplo, quienes prefirieron evadir las aguas bravas de la autocrítica, ¿con tal de mantener? el precio en el valor del mercado de valores de la reputación, diría Philipp Blom. En cambio el principio que parece asumir el Vargas Llosa ensayista es que, sin perjuicio del respeto, la amistad no supone obligada uniformidad. Como en el caso de Octavio Paz, el principio es tan diáfano y democrático en sus páginas que son (in)explicables los reproches ya conocidos.

En su viaje como ensayista Vargas Llosa ha perdido amistades pero ha ganado un nivel envidiable de credibilidad, que perdieron muchos, como Julio Cortázar, Fuentes y García Márquez, por ejemplo, quienes prefirieron evadir las aguas bravas de la autocrítica, ¿con tal de mantener? el precio en el valor del mercado de valores de la reputación, diría Philipp Blom. En cambio el principio que parece asumir el Vargas Llosa ensayista es que, sin perjuicio del respeto, la amistad no supone obligada uniformidad.

De muchas maneras los libros de Llovet y Vargas Llosa son vasos comunicantes. Desde dos distintos puntos de vista observan y entretejen sus reflexiones sobre el deterioro de la cultura contemporánea y las Humanidades, y el arte como el centro neurálgico de este saber. Al terminar la lectura de ambas obras el lector confirma, entre otras cosas, una extraña paradoja cotidiana: entre mayor es la oferta de información mayor parece ser nuestra ignorancia. Inclusive de cuestiones para las que no tenemos excusa, como los casos del reportero de cultura y la doctora en biología que he recordado. Mientras más inteligentes son nuestros teléfonos portátiles mayor es el riesgo que tenemos de terminar siendo unos tontos. Como toda la información parece estar disponible en las nuevas tecnologías de la comunicación ilusoriamente creemos poder saberlo casi todo. Y cada día usamos menos la inteligencia y la memoria. Hay testimonios de que a los clásicos les inquietaba que la gente aprendiera a leer porque perderían el ejercicio de la memoria; las citas de memoria era lo cotidiano entre los griegos clásicos. Siglos más tarde, a mucha gente le disgustó el invento de la imprenta porque, si todo estaba impreso, disminuiría la necesidad de aprender a escribir, decían. Durante el siglo XV hubo muchos casos de asaltos y destrucción a talleres de impresión; también atentaban los impresores contra el empleo de los copistas, argumentaban. Por supuesto que nadie está en contra del desarrollo de las tecnologías, pero es necesario desarrollar una especie de mecanismo de defensa que nos permita tener mejores respuestas al cada día más vasto e ilusorio “saber universal” que desarrolla en la sociedad la falsa creencia poder de saberlo todo con un clic. Es necesario estar conscientes de la precariedad de la información electrónica y recordar que con cada clic abandonamos más y más el uso de la inteligencia y la lectura. Por esta razón resulta tan riesgosa la tendencia educativa contemporánea que apuesta todo “al progreso” y únicamente aspira al desarrollo de “habilidades” a costa del ejercicio filosófico y el conocimiento de las Humanidades. Como si fueran materias aparte. En estos dos saberes está el mejor destilado de la humanidad. Sin las Humanidades la especie humana está lista para iniciar el camino hacia una vida anestesiada. Como en estado de coma. La llamada de atención de intelectuales como Vargas Llosa, Jordi Llovet, y muchos más, no son gratuitas. Llovet cuenta cómo durante un seminario de Música y Literatura que impartió en la Universidad de Barcelona descubrió que sus alumnos jamás habían escuchado una obra de Hayden, Schubert y otros cuyos “nombres” conocían bien. Con un teléfono celular “inteligente” en un minuto se puede averiguar quién fue Bach, pero eso no significa que se le conozca. Aunque mucha gente se quede con esa sensación: fantasías de la educación wikipédica. La proliferación y el éxito comercial de los libros electrónicos lo único que garantiza es que se están acumulando en los artefactos electrónicos. Mi experiencia como profesor universitario me indica que muy pocos están dispuestos a leer una obra de trescientas páginas en su computadora o tableta, y en su formato impreso las estadísticas hablan por sí mismas. El testimonio de Vargas Llosa de una celebrada exposición de “arte contemporáneo” en la Galería Mayffair, de Londres, nos demuestra que en realidad se trataba de un espectáculo engañabobos; “Caca de elefante” titula Vargas Llosa al capítulo [pp. 60-64]. Aquí en México no escasean los ejemplos, desde un artista nayarita que pegó unos tabiques y afirmó que era “su visión de una cultura imaginaria ya desaparecida” hasta la bobería de destruir una casa en un par de horas como una expresión artística. Siempre destruir ha sido más fácil que construir. El periódico Reforma les dedicó importantes espacios. Si para disfrutar, o peor aún, entender “una obra de arte” alguien tiene que darnos previamente explicaciones de su “significado” (casi siempre mixtificaciones académico-teorizantes), es muy probable que se trate de una farsa. En este sentido, tanto Llovet como Vargas Llosa le dedican varias páginas a los teóricos-celebridades, entre otros como Sontag, Derrida, Barthes y Foucault (para quien el sida era “un invento del imperialismo”, invento del que luego moriría el francés), cuyas teorías requieren de otras muchas páginas más, explicativas, ahora escritas por sus fans, para “entender” algo que a fin de cuentas es muy dudoso que contenga ideas coherentes. Y quien se atreva a decir que demasiadas parrafadas barthesianas, derridianas, foucaultianas son simplemente incomprensibles asegura la condena o la reprobación de quienes se dicen, sobre todo en la academia, deslumbrados. Entre otros ejemplos nativos de cómo perder el tiempo mixtificando interpretaciones teóricas pueden consultarse los textos de Glantz, Dorra y Jiménez de Báez en La hoguera y el viento. José Emilio Pacheco ante la crítica (1987) o leer la espléndida novela de Jorge Volpi El fin de la locura (2003). Debemos de ser muchos quienes hemos estado a punto de malograr nuestros estudios de posgrado por negarnos a admitir el argumento de “la muerte del autor”, que “toda escritura es fascista” o “la literatura es un instrumento de control del poder burgués” y otras tonterías por el estilo. Como afirma Vargas Llosa, si la obras literarias no dicen nada entonces para qué las estudian. Llovet desnuda a la exhibicionista Sontag y a otros profesores-showman de la academia como Guattari y Deleuze que se pasaron una clase entera, a la que asistió Llovet, preguntándose uno al otro: “La veritè… qu’est-ce qué c’est la verité?” Uno preguntaba y el otro respondía con la misma cuestión. Así, una y otra vez durante una hora de “clase” [p. 79], o Jacques Lacan y “sus incomprensibles disquisiciones, haciendo el paripé en la Facultad de Derecho”. A esta subespecie académica Vargas Llosa los llama “bufones y teóricos convertidos en maîtres à penser —directores de conciencia”, cuyo interés esnobista de izquierda es “agitar el cotarro, dar de qué hablar”. Lo peor del caso es que muchos charlatanes lo consiguieron en un sinnúmero de universidades, y embaucaron a legiones, dentro y fuera de las aulas. Algunos de aquellos damnificados sobreviven hasta nuestros días. “Pronto empecé a pensar que artistas, pensadores y escritores contemporáneos me estaban tomando el pelo” [Vargas Llosa, p. 202]. Es la demagogia de birrete.

Me encuentro rodeado de profesores de hip hop; de clones de teoría galo-germánica; de ideólogos del sexo y de las diversas tendencias sexuales; de multiculturalistas sin límite, y me doy cuenta de que la balcanización de los estudios literarios es irreversible. La numerosa caterva de resentidos del valor estético de la literatura no va a desaparecer, y engendrará resentidos institucionales para que los sucedan [Llovet, citando a Harold Bloom, p. 351].

El libertinaje informativo no tiene nada que ver con la libertad de expresión y está más bien en sus antípodas […] parece desarrollarse guiado por el designio único de entretener [Vargas Llosa, pp. 154-155].

Los restos de lo que solía llamarse “clase intelectual” de un país desaparecerá progresivamente y en su lugar se erigirá una clase especializada sin otro saber ni horizonte mental que aquel que guarda relación con las famosas “habilidades” [Llovet, p. 201].

La cultura debería llenar ese vacío que antaño ocupaba la religión. Pero es imposible que ello ocurra si la cultura, traicionando esa responsabilidad, se orienta resueltamente hacia la facilidad, rehúye los problemas más urgentes y se vuelve mero entretenimiento [Vargas Llosa, p. 151].

No es más que una suposición el que los tiempos históricos hayan cambiado para mejorar la especie humana […] no ha acarreado una mejora en la preparación de los estudiantes, en especial en todo aquello que guarda relación con su capacidad de hablar, leer y escribir [Llovet, p. 342].

Adiós a la universidad y La civilización del espectáculo son dos obras honestas, obligada y meritoriamente iconoclastas, que dicen y demuestran lo que muchos siguen murmurando dentro del clóset, con tal de no perder la chamba, el posgrado o la simpatía de ciertos auditorios. Dentro y fuera de las universidades. Soy testigo de cómo en el aula de una universidad pública la sola mención de Octavio Paz o Enrique Krauze desata diatribas y condenas sin que los hayan leído todavía. Vargas Llosa: “No es malo que los principales privilegiados de la libertad critiquen a las sociedades abiertas, en las que hay muchas cosas criticables; sí que lo hagan tomando partido por quienes quieren destruirlas y sustituirlas por regímenes autoritarios como Venezuela y Cuba”. ®

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Publicado en: Libros y autores, Septiembre 2012


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  • Gracias, Juan Francisco, Ya se corrigió ese “Hyden”.

  • Enrique

    Teniendo presente de qué va el tema, hay que tener cuidado: “cuanto mayor”, no “entre mayor”; e “incluso”, no “inclusive” (en este contexto: “entre mayor es la oferta de información mayor parece ser nuestra ignorancia. Inclusive de cuestiones para las que no tenemos excusa”).

  • Juan Francisco

    No entendí bien la relación entre la crítica a los pensadores franceses y el escándalo por la mala ortografía y la falta de público para Schubert y Hayden (el autor escribe Hyden, pero seguramente es un error de dedo ya que la ortografía le preocupa tanto).

    Quizás un análisis más agudo sobre la cultura contemporánea (aparte de la obra de los franceses que trata de destrozar el autor) está en la obra de Theodor Adorno; ahora que tal vez Camposeco también piense que el alemán escribía “parrafadas” o peor “tonterías por el estilo”.