La ilusión del narco

“Mi vida vale 750 gramos de coca”

Un joven tapatío quiso dinero, mujeres y buena vida, así que decidió ser camello del narco. Cuando quiso salirse del crimen fue imposible. Amenazado de muerte si no pagaba una cifra de miles de dólares volvió a trabajar para ellos. Hoy vive escondido.

© Jorge Alberto Mendoza

El reloj de la Gare du Midi marcaba las 9 con 5 minutos. Un frío intenso envolvía Bruselas a pesar de ser mediados de octubre. Jorge, así lo llamaremos, tenía más de una hora dando nerviosas vueltas en la sala de espera, cuidando de no despertar sospechas entre los numerosos policías que patrullaban los andenes. Fregándose con aparente descuido las manos heladas, intentaba disimular los temblores que lo sacudían de pies a cabeza.

Pero sus escalofríos se debían más a la tensión que al viento polar que se filtraba bajo la bóveda metálica de la estación. Mirando de soslayo ora el reloj —las 9 y cuarto: ¡sólo han pasado diez minutos!—, ora la pantalla de los horarios, esperaba impaciente a José, la “mula” que debía de haber llegado desde hace más de media hora con el tren procedente de Barcelona.

No conocía su cara. Lo único que le dijeron fue: “Es el típico chilangazo. A huevo que lo vas a ubicar”. Como si no hubiera latinos, árabes y gente morena aquí —la hacen fácil, ellos—, se dijo. De todas formas esto no constituía el problema principal. “El Chino”, que desde México los estaba coordinando vía telefónica, le había avisado en la última llamada de que el “camello” ya no aguantaba las ganas de ir al baño. Y eso sí era un verdadero problema.

Revisó por la enésima vez los sanitarios. Nadie, aparte de un indigente que hacía una aproximativa toilette. Recorrió los andenes, regresó a la sala de espera y miró de nueva cuenta el reloj, decidido a marcharse si pasaban de las 10. Las manecillas, que seguían avanzando lentamente, habían recorrido apenas un cuarto de vuelta: 9 y media.

Estaba perdiendo toda esperanza cuando José, al que le habían enseñado una foto suya, lo alcanzó en la banca donde se había derrumbado. “Cabrón…”, se le escapó a Jorge. Con esfuerzo contuvo las demás maldiciones. No había tiempo para ulteriores presentaciones. Salieron rápido de la estación y se subieron al destartalado Volkswagen de un contacto belga que, por 150 euros, los llevaría a Rotterdam, ignorante de lo que estaba transportando.

El viaje transcurrió en un pesado silencio. Una vez en la ciudad holandesa, en un hostal de la zona roja tuvieron que rentar un cuarto con baño por el que le cobraron 70 euros. El escusado privado era indispensable.

Esa fatídica noche resolvió abandonar el negocio. Vendió en los días siguientes la primera droga que salía del culo del camello de cápsula en cápsula y en envoltorios de látex y cera con tres mil euros, seis billetes de cincuenta cada uno, envió el recado al Chino. Luego, con la parte que le correspondía, regresó a México y, en vano, intentó esconderse en Guadalajara.

Sólo entonces el chilango le confesó que ya tenía fuera cerca de cuarenta gramos. Calma. No era el momento de perder la cabeza. “A fin de cuentas, ya lo sospechaba”, pensó fríamente. Lo urgente era que el güey sacara los restantes 960 gramos de cocaína, y lo más pronto posible, ya que le quedaban apenas treinta euros. Pero parecía que no podía más.

“Eso fue demasiado”, dice Jorge, al recordar el episodio. “¿Qué chingado estoy haciendo aquí? Me pregunté”. No sabe por qué, en aquel frío cuchitril lo primero que se acordó con añoranza fue de las tardes en que iba a emborracharse con los compas en los bares de Periférico y a fanfarronear frente a unas micheladas sobre las morras guapas del barrio.

Esa fatídica noche resolvió abandonar el negocio. Vendió en los días siguientes la primera droga que salía del culo del camello de cápsula en cápsula y en envoltorios de látex y cera con tres mil euros, seis billetes de cincuenta cada uno, envió el recado al Chino. Luego, con la parte que le correspondía, regresó a México y, en vano, intentó esconderse en Guadalajara.

Negocio internacional

© Jorge Alberto Mendoza

El tráfico de droga es uno de los negocios principales para los cárteles mexicanos. México es el segundo productor mundial de marihuana después de Afganistán y el tercero de opio, además de ser el principal proveedor de metanfetaminas de Estados Unidos, según el último Informe Mundial de Drogas 2011 de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito.

Un negocio que se estima reditúa a la delincuencia organizada mexicana alrededor de 30 mil millones de dólares anuales solamente en el mercado de Estados Unidos. Así lo declaró el coordinador de la Oficina regional de la ONUDD, Antonio Macitelli, en una conferencia ofrecida en marzo de este año en Chiapas. Esta cifra concuerda también con datos dados a conocer ya a finales de 2009 por el Departamento de Estado de EE.UU, que colocaban las ganancias del narco alrededor de los 25 mil millones de dólares, y con el Estudio Binacional de Bienes Ilícitos realizado a mediados del año pasado por instancias de México y Estados Unidos, según el cual estas alcanzarían los 29 mil millones.
Si se considera que, el Departamento de Justicia de Estados Unidos dio a conocer que en la actualidad los cárteles mexicanos controlan 80% del tráfico de cocaína que sale de Colombia y otros países de Sudamérica y que 90% de este estupefaciente que ingresa a Estados Unidos procede de México; que el mercado de la cocaína en Estados Unidos se acerca a los 37 mil millones de dólares, de acuerdo con el citado informe de la ONUDD; la cifra anterior, aun si aproximativa y asombrosa, no es para nada descabellada.

Y tal vez se queda corta. Pues a esto hay que sumarle el creciente mercado nacional, que de acuerdo a lo declarado el año pasado por el subsecretarío de la SSP federal, Monte Alejandro Rubido, ronda los 13 mil millones de dólares. Pero sobre todo este capital aumenta exponencialmente si se toma en cuenta que los cárteles mexicanos se están constituyendo en empresas globales para encontrar nuevos mercados. En particular el europeo, que en cuanto a cocaína casi iguala al de Estados Unidos (36 millones de dólares anuales según la ONUDD).

La misma Europol alertó en mayo de este año sobre “el notorio aumento de la cocaína que llega a la Unión Europea a través de España y Portugal, procedente de México”. Un mercado particularmente atractivo, ya que el polvo blanco es mucho más caro en el viejo continente que en el resto del planeta.

El Departamento de Justicia de Estados Unidos dio a conocer que en la actualidad los cárteles mexicanos controlan 80% del tráfico de cocaína que sale de Colombia y otros países de Sudamérica y que 90% de este estupefaciente que ingresa a Estados Unidos procede de México.

Como señala un informe de 2010 de la Secretará de Seguridad Pública Federal, “los narcotraficantes mexicanos adquieren cada kilogramo de cocaína en 1,762 dólares, pero cuando lo venden en Estados Unidos su valor es de 28 mil dólares más, es decir, alcanza los 30 mil dólares aproximadamente”, pero este monto en Europa puede llegar a los 45 mil euros.

Un pastel demasiado grande para dejárselo solamente a los colombianos, los gallegos, los italianos y los africanos. Los cárteles mexicanos se han introducido en las rutas mundiales de las drogas que conectan América con Europa, y también al interior de ésta, en particular en el eje España-Holanda, que mueve la mayoría de las sustancias ilícitas en este continente, como explica Francesco Forgione, ex magistrado italiano, en su libro Mafia Export.

Pero detrás de este negocio con cifras de seis ceros existen pequeñas historias trágicas; individuos que por perseguir un sueño arriesgan su vida o son obligados a hacerlo por capos despiadados en nombre de la fidelidad a un grupo o a un ideal. Pequeñas historias de jóvenes que entran en el narcotráfico ambicionando riqueza y poder, y se encuentran con el fracaso y con una cuerda al cuello. Como dijo en entrevista el escritor sinaloense Élmer Mendoza, especialista en narcotráfico: “Esos chicos tienen deseos, y los referentes más atractivos son los delincuentes porque tienen lo que ellos desean tener: carros, chicas pelirrojas, dinero. Y para que estos deseos se conviertan en realidad hay una ruta, rápida, que es la de la violencia”.

Crecer en el barrio

© Jorge Alberto Mendoza

Jorge era respetado y temido en su barrio. Barba estilizada, coches del año, rodeado siempre de mujeres hermosas. Un cholo, como se le conoce en la jerga callejera, risueño y elegante, pero que no claudicaba un segundo en “bajar” a alguien si un compa lo necesitaba. En la Colonia del Sur de Guadalajara era alguien.

Apasionado de películas de narco, como denotan sus camisas alusivas a la película Scarface, creció con el mito del padre, traficante de armas muerto asesinado cuando él estaba chico, hacia el cual tiene una admiración rayana en adoración. Su adolescencia la pasó entre fiestas de reggaetón, riñas, pequeños hurtos, consumo y venta de droga al igual que muchos jóvenes que nacen en zonas marginales de la metrópoli, donde las oportunidades para sobresalir escasean y las necesidades son el pan de todos los días.

Pero su éxito no pasó inobservado. “O estás con nosotros o si no, no trabajas”, le dijeron un día los jefecillos que controlan la venta de cocaína en la colonia por parte del Cártel de Sinaloa. Ganancias, mujeres, poder, fue lo que le prometieron. “No resistí a la tentación del dinero fácil”, confiesa Jorge. Pero entonces no midió las consecuencias.

Corría el año 2009. El 29 de agosto, en un vuelo de MartinAir lo enviaron a Amsterdam, de “camello”, con un kilo de cocaína en el estómago y apenas 200 euros. “Se me pegaron 28 cápsulas en el intestino. No podía sacarlas, salieron de una en una, lento”.

“Tuve mucho miedo porque a otros dos camellos se les acababan de romper unos envoltorios en la panza”, añade. “A uno lo dejaron tirado en la calle. Creo que se murió. Al otro le abrieron la barriga en el hospital y lo salvaron. Pero lo agarró la policía”.

Su encargo era de recibir los camellos o mulas que llegarían de México y organizar la venta de la droga para el cártel. Sin dinero, sin amigos, se enfrentó a la frialdad y la crueldad del mundo del narcotráfico, donde sólo el negocio importa. “Fue difícil, en Holanda hay un montón de cocaína, y la que me enviaba el Chino, mi jefe en Guanatos, era de mala calidad. Pero necio, la quería vender a precios más altos, a 32 euros el gramo, cuando allá te la pagan máximo 25”.

Vivió algunos meses rogando comida y un techo con gente ajena al tráfico de droga, que de vez en vez le hacía también algún préstamo sin saber para qué era en realidad. El dinero y el poder que creía obtener rápidamente se desvanecieron ante el miedo y el hambre, la vida de rey se transformó en la de un animal acechado.

En cuartos baratos de Amsterdam, Brujas, Frankfurt o Hamburgo, empezó a extrañar la vida del barrio. Hasta que en octubre, en aquel hotel de Rotterdam, tomó la decisión de escabullirse y regresar a su ciudad. Ahora, a los veinticinco años, Jorge es un muerto que camina, un fantasma. Su vida vale apenas el precio de un kilo de cocaína.

Jóvenes del narco

Gente como Jorge, personas marginadas que viven en barrios periféricos de las metrópolis mexicanas, constituyen presas fáciles para los cárteles de la droga, que ahora como nunca, en la guerra que se desató en el país, necesitan abundantemente de mano de obra y de carne de cañón desesperada y barata.

“Los grupos de la delincuencia organizada le ofrecen desde tres mil a cinco mil pesos, algunos mensuales, otros semanales, para hacer actividades ilícitas de diferente índole, desde venta de droga y homicidios hasta mandar a descuartizar a alguien”, explica Dante Haro Reyes, investigador de la Universidad de Guadalajara y experto en temas de seguridad pública. “Lo que no saben estos jóvenes es que en el mundo del narcotráfico es fácil entrar, pero difícil salir”.

Gente como Jorge, personas marginadas que viven en barrios periféricos de las metrópolis mexicanas, constituyen presas fáciles para los cárteles de la droga, que ahora como nunca, en la guerra que se desató en el país, necesitan abundantemente de mano de obra y de carne de cañón desesperada y barata.

Con una investigación que está realizando en las colonias conflictivas de la Zona Metropolitana de Guadalajara, detectó que éstas “constituyen un caldo de cultivo para el narcotráfico, por la falta de oportunidades para los jóvenes, desde niños de secundaria hasta los 25 años, que viven la ausencia de áreas verdes, de iluminación pública, de servicios básicos”.

Estas áreas urbanas están delimitadas por grandes avenidas, ríos, barrancas, barreras naturales que a la par de los complejos residenciales populares y hacinados, crean guetos donde mandan los grupos criminales. “La falta de oportunidades lo único que hace es que la gente en lugar de estar cuidando carros, de trabajar de franeleros, en los semáforos, o en pequeños trabajos informales, sea presa fácil de los cárteles que la enrolan por cantidades módicas de dinero”.

México tiene una incidencia de pobreza juvenil de 50%, según la doctora Rossana Reguillo, factor al que hay que sumar que en el país existen 5,3 millones de analfabetos y que el grado promedio de escolaridad, es de apenas 8.4 años, de acuerdo al Censo de Población y Vivienda 2010 realizado por INEGI. La investigadora del Insituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) considera que “la asociación violencia-jóvenes permanece atrapada en un conjunto de lugares comunes cuya lógica tiende a criminalizar y a estigmatizar los propios jóvenes”.

“Se ignora o se invisibilizan las dimensiones estructurales”, añade, “como la pobreza, la falta de oportunidades y la cancelación del futuro para millones de jóvenes en este país”. Estas condiciones, aun si ser causales “directas” de la violencia que se despliega en barrios y calles, configuran el escenario en que ésta se convierte en una opción viable e incluso legítima, explica.

Escenario marcado por “la pobreza estructural, el repliegue del Estado social y los múltiples fracasos de las instituciones modernas, como la escuela, los partidos políticos y la propia familia, en cuanto garantes de la incorporación, de socializaciones ‘exitosas’ y como marco para la construcción de ciudadanía”.

En nombre del papa y del Chapo

© Jorge Alberto Mendoza

Después de tres meses de haber regresado a México, a mediados del año pasado, los narcos encontraron a Jorge en un antro de Guadalajara. “Me secuestraron el coche que me había prestado un amigo, para que no pudiera escapar”, dice. “¿Y cómo iba a escapar? ¿A quién iba a pedir ayuda, si llegaron escoltados por tres patrullas de la policía metropolitana?”

El Chino le dijo que tenía una deuda con el capo del cártel. Una suma exorbitante, de miles de dólares, que él no había contraído y que no tenía para pagar. “Mira, la llevas de perder y si te escapas otra vez ahí está tu jefa que la va a pagar por ti”, le dijo, y lo citó al día siguiente en un centro comercial de la ciudad.

Allá lo esperaban además los hombres cercanos al capo. “Llegué diez minutos tarde, ¡y por eso me aumentaron la deuda de 10 mil dólares!” El Chino lo apartó del grupito, y le dijo: “La neta, aviéntate la bronca porque aquí alrededor hay ocho güeyes armados que si te niegas te levantan saliendo de la plaza, y te van a descuartizar”.

Frente a las amenazas accedió a hablar por Nextel con el jefe, supuesto sobrino del supuestamente fallecido Ignacio “Nacho” Coronel, quien le dijo:

“—Mire, a mí págueme. No me importa si roba, mata o haga lo que quiera, pero quiero mi dinero”.

“—Señor, yo no le robé nada, pero si así fuera o de cualquier manera le tengo que pagar, pues yo veo cómo le hago”, le respondió Jorge. “Eso fue mi más grande error; me puse la soga en el cuello yo solo”.

Desde entonces su vida es un recuento de gente asesinada, de traiciones, de arreglos de cuentas y de amenazas. Como la última que su jefe le mandó por correo en noviembre del año pasado: “Fue una gran pena averte conocido, y mas averte brindado una familia y una amistad. Tu no te mereces nada y eso es lo que vas a tener. Me gustaría decirte nos vemos pronto, pero ya no va a ser asi. Gente como tu no debe de estar en este mundo. Ke lastimas me das. Es tan triste tu vida, y va a acabar tan mal…”.

En Holanda, adonde lo reenviaron el verano pasado, todos le dieron la espalda y fracasó en el negocio. “Regresé allá porque temía por mi vida y por la de mi madre. Cuando esta gente te agarra no tienes opción, mi familia está al alcance de sus manos y, como se sabe, en México no existe la ley ni nada. La ley es la de los narcos”.

“¿Qué país es éste?” se pregunta, “donde los narcos gobiernan y nadie los detiene, y que cuando te agarran te dicen cínicamente: ‘Te soltamos sólo si llama el Chapo o su Santidad’”.

Ninis al servicio del narco

En diciembre de 2010 Alberto Pérez Vázquez, alias El Cero, perdió su trabajo como ayudante en un puesto de tacos. Desempleado, 21 años de edad, sin títulos de estudio, supo que en su barrio, la colonia Las Fuentes de Zapopan, estaban ofreciendo tres mil pesos para colaborar con una banda.

“Entré como halcón (vigilante), pero quería ser sicario para llegar a ganar doce mil pesos. Pero antes tienes que ganarte su confianza”, dijo.

Pero no lo logró. Ahora El Cero está en la cárcel con otros nueve sujetos ligados al cártel de La Resistencia por haber participado el 15 de enero pasado en el atentado con granadas en contra de Reynol Contreras, jefe de la Policía Municipal de Chapala; nueve de ellos tienen entre dieciocho y 24 años.

Pero era un riesgo que no le importaba. Lo que le interesaba era el dinero, “pues uno tiene familia, hijos”, declaró a los policías que lo arrestaron. En cuanto al móvil del atentado, contestó sencillamente: “No quería jalar”.

En diciembre de 2010 Alberto Pérez Vázquez, alias El Cero, perdió su trabajo como ayudante en un puesto de tacos. Desempleado, 21 años de edad, sin títulos de estudio, supo que en su barrio, la colonia Las Fuentes de Zapopan, estaban ofreciendo tres mil pesos para colaborar con una banda.

En lo que va de esta administración, el crimen organizado ha reclutado al menos 23 mil jóvenes, según un documento de trabajo de la Comisión de Seguridad Pública de la Cámara de Diputados. El informe, publicado en junio de este año, especifica además que la guerra contra el narcotráfico puesta en marcha por el presidente Felipe Calderón habría dejado hasta ahora un saldo de diez mil menores huérfanos y 120 mil personas desplazadas.

“Es incalculable precisar el daño por las vidas cegadas, las familias rotas, mutiladas y dolidas”, comentó al respecto la presidenta de la comisión, Teresa Incháustegui, y añadió que “el gobierno federal dejará un gran saldo social” ya que, según sus cifras, las víctimas superan las 40 mil que reconoce la administración federal.

La llamada “guerra contra el narcotráfico” ha dejado más de cuatro mil niños muertos, en la orfandad o reclutados por bandas de sicarios, de acuerdo con un informe de diciembre 2010 realizado por la de la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim). En éste se señala también que entre 2006 y 2010 mil 66 menores de dieciocho años fueron asesinados en sucesos relacionados con la lucha al narco y que treinta mil menores podrían estar colaborando de alguna manera con las organizaciones criminales.

Asimismo, información del Gabinete de Seguridad Nacional señala que 40% de los veinte mil asesinados estimados entre 2008 y 2010 fueron de jóvenes de edades entre dieciocho y 29 años, considerados dentro la categoría de ninis (que ni estudian ni trabajan).

Éstos, según declaró el rector de la UNAM José Narro, durante una conferencia ofrecida en junio del año pasado en el Centro Cultural Tlaltelolco, en México serían más de siete millones. La investigadora del CUCS Claudia Chan Gamboa considera que los ninis son jóvenes de una edad de entre catorce y 29 años, que “no tienen planes de vida ni proyectos personales, fenómeno que obedece a la falta de oportunidades y al fracaso del modelo económico en México”. Opina que muchas veces estos jóvenes no entran en los cárteles por necesidad, sino por apatía: “Lejos de preocuparse por no tener un empleo o acceso a estudiar, viven en una situación cómoda, por lo que son presa fácil para involucrarse en adicciones y grupos delictivos”.

En este sentido, Élmer Mendoza dice que expresiones como “más vale vivir cinco años como rey que cincuenta como güey” “te dan la idea de cuál es la percepción que un sector muy numeroso del país tiene sobre el fenómeno del narcotráfico: de ser nini a correr los riesgos para convertirse en un icono, cada quien hace su apuesta”.

En México el crimen paga

(“El cholo se hizo buchón”, de Didier García, se inscribe en el llamado movimiento alterado, que propone imágenes halagadoras del narco y fomenta la “narcocultura”. La canción relata la historia de un cholo que entra en las filas del narco, con referencias explícitas a los “beneficios” que esto le implica: “Desde que se metió a la mafia le sobra dinero/ Le llueven las viejas y los carros nuevos/ Trae ropa de marca… Es todo un ranchero”, reza el estribillo)

Pero, ¿cómo puede una persona, aun si es pobre, pasar de franelero a sicario, de no hacer nada a matar hombres por dinero? Pues en la delincuencia organizada entran no sólo desempleados o ninis, sino policías, militares y personas con empleos bien retribuidos.

Según Marcos Pablo Moloeznik, investigador de la UdeG, las explicaciones se tienen que buscar no solamente en la dimensión económica, sino también en la dimensión cultural. “En muchos lugares de México hay una cultura de la violencia, del enriquecimiento fácil, donde gran parte de la población porta armas de fuego”, explica.

Las barreras culturales y de educación se suman a las sociales y económicas: “Las abismales diferencias sociales y sobre todo la pésima distribución de la riqueza que existe en una sociedad injusta como la mexicana tienen una estrecha correlación con la delincuencia organizada”.

Además la impunidad que, de acuerdo con un estudio realizado a finales del 2010 por el Tecnológico de Monterrey, en México alcanza 98,5% de los delitos, es una clara invitación a la comisión de actos criminales: “Es claro que hoy en México el crimen paga, es tan alto el nivel de corrupción que en una relación racional costo-beneficio, es para preguntarse por qué actualmente no hay más mexicanos que se dediquen a cometer algún delito”. Y concluye: “La sociedad mexicana se caracteriza por la transgresión, no es solamente una sociedad donde existe un déficit de cultura de legalidad, sino que culturalmente desde el punto de vista de la idiosincrasia estamos acostumbrados a quebrantar la ley”.

El precio de una vida

La de Jorge es una de esas pequeñas historias trágicas que subyacen al gran negocio del narcotráfico. Historia de jóvenes que buscando la gloria viajan por México o por el mundo con kilos de drogas en la panza, en maletas, escondidos debajo de la ropa, en cambio de un puñado de pesos. Jóvenes que arriesgan su vida y que, inevitablemente, fracasan.

Y muchas veces la vida es el precio de la derrota. Jorge no logró saldar su enorme deuda con el cártel y además no pudo vender la última partida de droga que le enviaron de México. Por eso, pese a las amenazas que caen sobre su madre y sus dos hermanos, optó por darse a la fuga. Nadie conoce su paradero. “Ahora todos en Guadalajara saben que me van a matar, mi cabeza tiene precio. El Chino quiere el dinero de los 750 gramos de cocaína que me envió. ¡No es ni siquiera un kilo!, pero ahora éste es el precio de mi vida”. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Julio 2011


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  • Cmdte. GómezPalacio

    Desde que el vendepatrias de Vicente Fox Quezada “traspaso” la erradicación aérea de cultivos ilicitos (con el visto bueno de la Camara de Senadores) en el 2006 al ejercito y Farza Aérea mexicanos, sacando a los expertos civiles de P.G.R. que realizaron esa ardua tarea durante 25 años fumigando con paraquat desde helicópteros; miles de hectareas de amapola y mariguana se han quintuplicado, todo con el benenplacito de los padrinos “Norteamericanos” y grupos de origen Israelita que controlan a Estados Unidos, con la inconfesable intención de destruir Patrias como la mexicana al tiempo de socavar a la juventud norteamericana provocando que México tenga grandes zonas productoras de amapola y canabis.

  • Carlos Q

    Yo vivo en Sinaloa, en uno de mis trabajos me toca convivir con algunos chavos de entre 15 y 20 años y la facilidad con la que te dicen: me voy a meter a mafioso es pasmosa. Es como si tuvieran basura en la cabeza o que se yo. Y uno pensaría, son jóvenes sin oportunidades, que dejaron la escuela porque no pueden pagar sus estudios o bla bla, pero no, son flojos, vagos y obtusos, dejan la escuela por motivos como: Me expulsaron porque me pelee con otro morro porque según el le quería bajar la morra. No me gusta estudiar. Me la pintie más de cinco veces y me expulsaron. Y así otro montón de excusas completamente injustificables, a estos tipos sus padres les pagaban sus estudios y ahora no son nada más que una bola de vagos. Podemos conjeturar mil causas para la proliferación del crimen organizado, pero no hay que ser ciegos, no toda la culpa es del gobierno.

  • edgar

    Gente tan obtusa y cerrada como calderon y sus brutos seguidores han convertido ete pais en una tina llena de sangre Pero culpa tambien tenemos nosotros por apaticos e ignorantes. Ni un voto al pan ni al pri (pero que opcion tenemos si el prd tampoco ofrece gran cosa?)